En el último jueves 20 de junio, durante las manifestaciones, en la Avenida Paulista, en San Pablo, y en la Avenida Presidente Vargas, en Río de Janeiro, las columnas de militantes de izquierda fueron atacadas por grupos de indescriptible rudeza, que quemaron las banderolas. Las banderas rojas fueron perseguidas con ferocidad fascista. Decenas de militantes fueron agredidos, violentamente y,

para evitar un enfrentamiento físico, que podría haber sido mucho más grave, en condiciones inmensamente desfavorables, porque los agresores fascistas estaban apoyados por una parte de la manifestación, que gritaba “¡Sin partido, sin partido!”, la izquierda decidió retirarse de la manifestación.

Lo que sucedió fue una tragedia. Militantes de todos los partidos de izquierda están furiosos y perplejos. Con razón, porque lo que sucedió fue terrible. Tuvimos que enfrentar la represión policial, incontables veces, es verdad. Pero, hace décadas que no teníamos que disputar el derecho de marchar en las calles contra los fascistas. La izquierda ocupó las calles, al final de los años 1970, hace treinta y cinco años atrás.

Sin embargo, es bueno recordar que no fue la primera vez que los militantes, que hoy se organizan en el PSTU, se vieran obligados a defender, vigorosamente, el derecho de presentarse públicamente con sus banderas. Por ejemplo, en 1984, cuando la campaña de las ¡Directas Ya!, una campaña de unidad, en acción democrática, contra el último gobierno de la dictadura, que unió a los partidos de la clase trabajadora con partidos burgueses, como el entonces MDB, de Tancredo, y el PDT. Fue Brizola (PDT) quien atacó nuestro derecho de levantar una banderola en la Av. Presidente Vargas, con la consigna “¡Un día de Huelga General el 25 de Abril, por las Directas Ya!” Desde el estrado, ante un millón de personas, Brizola hizo una agitación para legitimar un ataque, que llevó a que la banderola fuese derrumbada. En la lucha política, por los destinos de la campaña de las ¡Directas Ya!, contra los partidos burgueses, Brizola, entonces gobernador de Río de Janeiro, y uno de los principales oradores del evento, quería impedir que las masas, en las calles, viesen aquello que los revolucionarios no podían decir, desde el estrado. En la lucha por la democracia, usó los métodos más antidemocráticos, propio de lo más podrido que existe de la lucha política: se apoyó en la autoridad que tenía para impedir que una tendencia minoritaria en el PT, Convergencia Socialista, pudiese presentar su propuesta. No tuvo la honestidad política de confrontarla con argumentos sino, cobardemente, a porrazos.

Los símbolos son menos importantes que las ideas. Es verdad. No es una cuestión de principios levantar banderas en todos los actos. Es una opción táctica, por lo tanto, en último análisis, depende de la correlación de fuerzas. Bajo una dictadura, no levantamos banderolas, sino iríamos presos. Y sólo idiotas actúan sin medir las consecuencias de sus actos. No somos gente testaruda ni obtusa. Pero, hay una cuestión de principios comprometida en la polémica sobre bajar o no las banderas.

Queremos presentar nuestra opinión, con franqueza, para toda la izquierda y, en especial, para los más jóvenes. Sabemos que tienen dudas. Es razonable tener dudas. Al final, son miles gritando “¡Sin partido!” y eso impresiona. Pero, es bueno saber que la lucha política es, casi siempre así, difícil, porque es contra la mayoría. Si fuésemos mayoría no sería difícil. Ser leninista, en el aniversario de los 110 años de la publicación del libro ¿Qué hacer?, es tener la comprensión que no podemos huir de la lucha política contra las ilusiones de la juventud y de los trabajadores. Es una lucha contra la falsa conciencia de las masas.

Vamos al punto. Cuando estamos ante grandes movilizaciones de masas, con miles de personas, en condiciones de libertades democráticas, en que no seremos apresados por la policía, no es solamente un derecho sino también  un deber de los socialistas levantar sus banderas. Muchos acordarán con nosotros que es un derecho: el derecho elemental a la libertad de expresión, pero no acordarán con que es un deber. Queremos explicar por qué es un deber. Nuestra opinión es que el oportunismo no es levantar las banderas sino, por el contrario, esconderlas.

Los revolucionarios pueden y deben usar los métodos conspirativos contra la policía, los patrones, y todos los enemigos, para protegerse. En condiciones adversas, entramos en la clandestinidad, si es necesario. Pero, incluso en esas condiciones extremamente difíciles, con las mediaciones de seguridad necesarias, no escondemos por lo que luchamos ante los activistas. Y lo hacemos porque los socialistas tienen el deber de no esconderse del proletariado.

Lo que nos hace actuar así es simple: la honestidad política nos obliga a decir quiénes somos, y cuál es nuestro programa. Sabemos que el proletariado no concuerda, actualmente, con el proyecto de la revolución brasileña. Sabemos que hoy estamos en minoría. Pero, sólo podremos ser mayoría, un día, cuando se abra una situación revolucionaria, si tenemos la coherencia y honradez de defender el programa mientras seamos paciente, aunque, corajudamente, una minoría. Confiamos en el proletariado y en su vanguardia, porque es con ellos que queremos hacer la revolución brasileña. Confiamos en los trabajadores, incluso cuando ellos mismos aún no confíen en sí mismos. Queremos cambiar el mundo pero, para eso, es necesario cambiar a las personas. Cambiar a las personas es hacer política, y la lucha política es una lucha educativa.

Somos honestos, y decimos quiénes somos y por qué luchamos. Y eso no es fácil. Porque la mayor parte del tiempo  defendemos ideas revolucionarias, en situaciones políticas en las que la mayor parte de los trabajadores no concuerda con nosotros. Sería más fácil adaptarnos y decir solamente aquello que la mayoría, en las fábricas y en las escuelas, quieren oír, porque ya concuerdan. Queremos ser un instrumento de organización para que ellos, trabajadores y jóvenes, puedan luchar y vencer contra el capitalismo. No escondemos nuestra identidad, no nos enmascaramos detrás de siglas oscuras y cambiantes, no presentamos nuestras ideas por la mitad. No queremos el apoyo fácil, no queremos ser votados sin que los trabajadores sepan por quiénes están votando. No somos oportunistas: somos honestos.

No lo hacemos porque queremos “aparecer”. No somos una marca que precisa de publicidad. No estamos vendiendo nada. Estamos defendiendo un programa. No somos “pasajeros” de las luchas: somos parte, lado a lado, de los agitadores y organizadores de esas luchas. Quien estuvo en las huelgas y luchas de los últimos cuarenta años puede no estar de acuerdo con nosotros, pero no puede negar nuestra dedicación, honestidad y coraje. Tuvimos errores (¿quién no los tuvo?), pero siempre estuvimos del lado de las barricadas. Siempre estuvimos al lado de los trabajadores, de la juventud, de los explotados y oprimidos.

En las marchas del día 22 de junio, estábamos defendiendo una banderola enorme, con la propuesta de estatización del transporte, para garantizar el pase libre. Y teníamos la obligación de señalarla como PSTU porque no somos anónimos ni salimos enmascarados. Salimos con el rostro expuesto, porque somos gente responsable y honesta. Cualquiera, en una manifestación, tiene el derecho de no estar de acuerdo. Pero no tiene el derecho de quemarla, no tiene el derecho de impedir que la presentásemos públicamente. Quien defiende que los socialistas no pueden expresarse, en realidad, defienden nuestra destrucción. Esos son los fascistas. Sabemos, evidentemente, que la mayoría de los que gritaban detrás de los fascistas (“¡sin partido, sin partido!”) no son fascistas. Pero, la posición que defendieron fue, en la práctica, la misma, y eso merece ser discutido.

Muchos se preguntan si el PSTU no debería bajar sus banderolas, ya que la mayoría pedía que las banderas fuesen retiradas. Este argumento parece democrático. Pero, no lo es. Es super, hiper, mega-autoritario. ¿No están permitidos los partidos? ¿Quién lo decidió? ¿Cuándo lo decidió? ¿Hubo algún debate? La mayoría no tiene el derecho de impedir a la minoría de expresarse. Porque sino tendremos el monolitismo de la mayoría e, incluso, además, sin la posibilidad de reversión de la posición mayoritaria, porque la minoría nunca podrá luchar para ser mayoría. Sin libertad, no habrá disputa de ideas. La disputa de ideas es la esencia de la libertad. Un mundo mejor será un mundo más libre y más igualitario. No habrá nunca libertad entre desiguales. Pero, no habrá igualdad sin libertad.

No habrá democracia en el movimiento sin la tolerancia de la mayoría con la minoría. La mayoría tiene muchos derechos pero no el de impedir la expresión de la minoría. La mayoría tiene el derecho de votar cuales son las reivindicaciones, pero después de un debate, en el que las minorías deben poder expresarse. La mayoría tiene el derecho de decidir lo que va a ser hecho y cuándo va a ser hecho, pero las minorías tienen el derecho de presentar propuestas alternativas. Nadie tiene el derecho de considerar que es infalible.

La mayoría tiene el derecho de votar, por ejemplo, que no se debe tolerar el vandalismo. Siendo esa la decisión, la mayoría tiene el derecho de impedir las depredaciones. La mayoría tiene el derecho, así, de impedir la destrucción de los edificios públicos e impedir a quien trate de actuar de forma provocadora, lo que sólo puede ayudar a legitimar la represión. La mayoría tiene el derecho de impedir los intentos de invasión, como el del Palacio de los Bandeirantes, en San Pablo y de Itamaraty, en Brasilia. Pero, no tiene el derecho de quemar las banderolas y símbolos de las minorías que respetan la voluntad de la mayoría.

Algunos jóvenes argumentan que “los partidos son todos iguales”. Dicen que “nadie aguanta más a los partidos”. Defienden que los partidos son inútiles. Que toda la izquierda es igual al PT. Atención, que la desilusión por el PT se haya transformado en desprecio es comprensible; pero no es verdad que todos los partidos sean iguales y, mucho menos, que sean inútiles. Hay varias formas de organización en la sociedad. Los sindicatos deben representar a diferentes ramas. Los movimientos sociales representan la lucha por un programa específico. El MPL lucha contra el aumento de los pasajes, por un programa en defensa del transporte público, por el pase libre. El movimiento estudiantil lucha por la defensa de la enseñanza pública. Son luchas importantes, necesarias, pero son luchas parciales.

Cada partido representa los intereses de cada una de las clases sociales en que se divide la nación. Hay muchos partidos que defienden programas alternativos, que responden, casi todos ellos, a los intereses de la burguesía, porque ella es la clase dominante. En Brasil, en su mayoría, son máquinas electorales corruptas. Corrompidas por el financiamiento de los fondos, en las campañas electorales, y por la manipulación de los fondos públicos. Representan a pocas centenas de grandes corporaciones, que eligen a casi todos los diputados y senadores, alcaldes, gobernadores y presidentes. Merecen ser repudiados. Hasta el PT se transformó en un partido a la orden del capital. Pero el problema no son los partidos, sino los capitalistas que los compraran. No vamos a cambiar al Brasil si no derrotamos al capitalismo.

No hay forma de defender un programa político que no sea con la organización, o sea, la unión voluntaria de militantes. Esto es un partido, aunque no tenga nombre de partido. Hay muchos grupos políticos en internet que son partidos, solamente evitan denominarse así. La Red Globo es un partido de la burguesía brasileña, aunque no tenga una “P” en su nombre. Marina Silva resolvió adherir a la moda denominando a su partido de Red, porque cree que con ese camuflaje sería más fácil dialogar con la juventud. Eso es oportunismo: enmascararse para evitar las fricciones.

No será un “líder iluminado” quien podrá resolver la crisis brasileña. Acabó la época de los líderes carismáticos. Janio [Quadros] hizo una carrera cambiando de partido. Collor [de Melo] también lo hizo. La lucha de partidos es inevitable. Son las partes de la sociedad, esto es, las clases sociales, que luchan unas contra otras. La pluralidad de partidos es, por lo tanto, inevitable. Quien defiende que no haya lucha de partidos son los fascistas. Para salvar al capitalismo, ellos pretenden acabar por la fuerza con la lucha de clases, como si fuese posible eliminarla sin eliminar al capitalismo. Los fascistas defienden que una sola bandera puede ser levantada: la nacional. Un sólo programa puede ser defendido, el de ellos. Un sólo líder, el suyo: Salazar, Franco, Mussolini, Hitler. La izquierda no es toda igual al PT. Hay una izquierda que apoya al gobierno, y una izquierda que fue contra los gobiernos del PT. El PSTU estuvo siempre al lado de las causas más justas y de las luchas populares.

Dos trampas están en el camino de la lucha. Y tres campos, por lo menos, irán a definirse, en las próximas semanas, o días. Una parte de la burguesía, representada por el PSDB, DEM y la Red Globo, va a tratar de dirigir la movilización para desgastar al gobierno del PT y canalizar el malestar hacia las elecciones del próximo año. Tendrá dificultad en desviar a las masas juveniles y populares de la lucha por las reivindicaciones concretas. Entre otras muchas razones, porque son gobierno en San Pablo, Minas Gerais y otros estados. Pero está en disputa. Fue Alckmin quien mandó disparar y no dijo una sola palabra de arrepentimiento porque está esperando la hora para volver a usar la represión. El PT y sus satélites, por su parte, van a tratar también de desviar la movilización. Van a desplazar la lucha de las reivindicaciones hacia la defensa de la “democracia”. Es decir, para conseguir una tregua en las calles, para ganar tiempo, para que la energía que nació de las calles se pierda por la confusión y el cansancio. Ya hay quien habla de la “ofensiva de la derecha”, del “peligro de golpe”, del “frente democrático de los movimientos sociales y de la izquierda, contra el golpe”. Ese argumento tiene también un problemita. Fue Haddad quien mandó disparar. Y, tampoco mostró ningún arrepentimiento. Y Dilma fue a la TV para decir que puede colocar a las Fuerzas Armadas en las calles.

El tercer campo será el de la unidad de la juventud con los trabajadores. Esa es la fuerza social más poderosa que hay en Brasil. La juventud abrió una ventana de esperanza. Si nos fijamos bien en ella, veremos que en las fábricas y empresas de todo el país hay millones de trabajadores que están, hace mucho tiempo, queriendo creer que es necesario luchar. Ahora quedó comprobado: si luchamos, es posible vencer. Nunca fue sólo por 20 centavos. Nunca fue sólo por una bandera.

Traducción Laura Sánchez