La libertad es siempre la libertad para el que piensa diferente. (Rosa Luxemburgo)

Libertad es el derecho de estar equivocado, y no de cometer errores. (John Diefenbaker)

Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana. Pero, en lo que respecta al universo, todavía no tengo certeza absoluta. (Albert Einstein)

De repente, todo cambió. En las manifestaciones de ayer (Brasil, 17 de junio de 2013) ocurrió algo excepcional, algo de inusitado y heroico, que remite a lo extraordinario, a lo imprevisto, a lo grandioso. Linda, magnífica, majestuosa, en San Pablo, en Rio de Janeiro, y por el Brasil todo, la juventud salió a las calles e hizo temblar la avenida Paulista y la Río Branco, hizo temblar a los banqueros, terratenientes, empresarios, hizo temblar a los comandos de la Policía Militar, y a los gobernadores, intendentes, diputados, y hasta el último de los concejales. Todo el orden económico, social y político que preserva Brasil como uno de los países más injustos del mundo, ayer tembló. “Ellos” no podían dormir. Tenían que encontrar una explicación. Porque precisaban entender por qué son despreciados.

Fue sorprendente, pero sabíamos que tenía que ocurrir, que estaba en el horizonte, por lo que esperamos veinte años; esperamos, algunos, una vida entera. Lo que hasta entonces había sido, en cuatro manifestaciones llenas de coraje en San Pablo, una protesta contra el aumento de los pasajes, se agigantó en manifestación política nacional y, de repente, todo cambió. El capitalismo brasileño, que estaba conmemorando sus grandes obras, sus estadios, sus hidroeléctricas, se fue a la cama con los ojos agrandados, asustados.

Cambió porque esta generación de la juventud, la más escolarizada de la historia del Brasil, los desaprueba, los condena, los odia. Peor, y más importante aún, temen que la juventud esté sólo abriendo la puerta de entrada en escena a la clase trabajadora. Si los millones de asalariados, que hacen del Brasil uno de los países periféricos con uno de los mayores proletariados del mundo, entran en la pelea, lo que va a estar en disputa no será sólo la anulación del aumento de los pasajes. Esta alianza de la clase trabajadora con la juventud es la mayor fuerza social que existe. Fue así en la Directas Ya [1985]. Fue así en el Fuera Collor [1990].

¿Por qué cambió? Cambió porque éramos muchos, éramos centenas de miles, y eso hace toda la diferencia. Cambió porque eran millones los que nos apoyaban. Cambió porque aquellos que no salieron a las calles ayer, lo harán mañana. Cambió porque nuestros enemigos se callaron, silenciaron, royéndose las uñas. Cambió porque aquello que es justo merece vencer. La alegría tomó cuenta de las calles y el miedo tomó cuenta de los palacios. Ellos gimieron y nosotros cantamos. Anduvimos, gritamos y cantamos, como debe ser. Además, ¡cómo anduvimos en San Pablo! Muchos carteles maravillosos: ¡Si el pueblo se despierta, ellos ni duermen! ¡No sirve tirar, las ideas son a prueba de balas! ¡No es por centavos, es por derechos! ¡Poner la tarifa en la cuenta de la FIFA! ¡Verás que un hijo tuyo no huye a la lucha! ¡Si su hijo se enferma, llévelo al estadio! ¡Oh, ‘cuello blanco’, tú también eres explotado!

Pero, si apareció lo que existe de más generoso, valiente y solidario en el corazón de la juventud, apareció, también, lo que existe de ingenuo, confuso y hasta reaccionario. No fue todo progresivo.

Aparecieron jóvenes embriagados de nacionalismo, envueltos en la bandera nacional. Cantando “soy brasileño” con mucho orgullo y mucho amor. El nacionalismo es una ideología política peligrosa. Sólo es positivo cuando defiende a Brasil del imperialismo. Ocurre que no parecía que los que cantaban el himno estaban de acuerdo en exigir la anulación de los remates de privatización, por lo tanto, de desnacionalizar el petróleo del pré-sal.

Algunos de estos jóvenes hicieron algo peor aún. Avanzaron sobre los militantes de izquierda y sus banderas. Atacaron las banderas del PSOL, del PCB y del PSTU. Por suerte, no ocurrió una tragedia: porque la militancia de izquierda tenía el derecho y la disposición de defender sus banderas, a cualquier costo, y podría haberse dado una paliza seria, con heridos.

Gritar “sin violencia” no es lo mismo que gritar “sin partidos”. Cuando gritamos juntos “sin violencia” estamos denunciando la presencia de provocadores infiltrados de la policía que quieren ofrecer, conscientemente o no, un pretexto para la represión.

No estamos condenando el derecho legítimo a la autodefensa, un derecho inalienable, que cualquiera aprende en el jardín de infantes. Estamos intentando impedir que nuestras manifestaciones sean destruidas por la represión, y que esta represión consiga ganar apoyo del pueblo contra la juventud. Las televisiones usaron y abusaron de imágenes de una estación de metro [subte] depredada. El pueblo que trabaja es contrario a la destrucción del subte. Fue eso lo que Alckmin intentó hacer, por cuatro veces: manipular a la población acusando a la juventud de vandalismo, y fue derrotado.

Gritar “sin partidos”, contra la izquierda, es muy diferente. Que una parte de la juventud ingenua tenga profunda repugnancia por “la política”, que asocie a toda la izquierda con el PT, el PT de la corrupción, el de Haddad y el aumento, aun siendo superficial, por lo tanto, medio verdad y medio mentira, es comprensible. Que grupos reaccionarios, nacionalistas, que están contra el gobierno Dilma por la ultraderecha, que odian a la izquierda porque representa el proyecto colectivista e igualitario de la clase obrera, se aprovechen de la confusión de una manifestación con muchos miles para expresar su odio de clase, insuflados por [el periodista] Jabor, de la Red Globo, es previsible. Que núcleos de inspiración anarquista aún insistan en la división del movimiento, queriendo imponer por la fuerza de los gritos su ideología, es antidemocrático, divisionista, por lo tanto, lamentable.

Pero lo que ocurrió en San Pablo, en Rio de Janeiro y en Salvador fue diferente, y mucho, mucho más grave. Fue parecido a lo de El Cairo, donde la Hermandad Musulmana intenta impedir que la izquierda se presente públicamente.

Lo que ocurrió fue que jóvenes, supuestamente de inspiración anarquista, de rostro cubierto, enmascarados, alimentando la ilusión de que la intimidación física es suficiente para vencer en la lucha política, fueron la línea del frente de un ataque cobarde, cuando estaban accidentalmente en mayoría, e intentaron derrumbar las banderas rojas. No consiguieron hacerlo, ni en Rio ni en San Pablo, pero sí lo consiguieron en Salvador.

Las luchas son apartidarias, pero no son monolíticas, son pluralistas. Marchamos todos juntos, no importa la ideología, por las reivindicaciones comunes que nos unen. Cada uno abraza su ideología, su programa y, si quiere, su partido. Pero, nadie dentro del movimiento puede impedir a los otros presentar su identidad o expresar su posición. El antipartidismo, más grave cuando se dirige contra la izquierda socialista, es una ideología reaccionaria que tiene nombre: se llama anticomunismo. Fue ella la que envenenó al Brasil para justificar el golpe de 1964 y los veinte años de dictadura.

No dejen bajar sus banderas rojas. Fueron los mejores hijos del pueblo quienes derramaron su sangre en su defensa.
 
Traducción Natalia Estrada