A menudo nos hemos referido a la furibunda campaña ideológica que el imperialismo instrumentó contra el marxismo –que anunciaba la supuesta “victoria final” del capitalismo sobre el socialismo– luego de la restauración de la economía de mercado en los ex Estados obreros del Este europeo, China y Cuba.

Por Daniel Sugasti

Esta ofensiva continúa, aunque ciertamente tuvo su auge durante la última década del siglo XX. La idea del “fin del socialismo” causó estragos. Incontables organizaciones que se reclamaban “de izquierda” y miles de militantes revolucionarios en todo el mundo degeneraron programática, política, y algunos también hasta moralmente. El “aluvión oportunista”, lamentablemente, también alcanzó a partidos revolucionarios que se reivindicaban trotskistas[1].

En pocos años, tanto los principios revolucionarios como décadas de aprendizaje histórico de la clase obrera y el socialismo científico parecían desmoronarse. Todo quedó “cuestionado”: la existencia de la “lucha de clases”; la posibilidad de derrotar al imperialismo; no solo la posibilidad sino la necesidad de tomar el poder y destruir el Estado burgués por la vía insurreccional; la validez de la construcción de partidos nacionales y de una Internacional de tipo leninista, etc.

La mayor parte de la izquierda pasó a asumir como “programa máximo” la tarea de “radicalizar la democracia” a través de “ganar espacios” en los parlamentos y gabinetes capitalistas, proponiendo la misión de “recuperar las instituciones para la gente”.

En medio de toda esta confusión ideológica, uno de los cuestionamientos más discutido en medios marxistas –o ex marxistas– fue el papel del proletariado industrial como sujeto social de la revolución socialista, que a su vez está ligado a la cuestión de los sujetos políticos.

Durante las dos últimas décadas, las teorías o, mejor dicho, la visión reformista y “posmoderna” del mundo ha ido penetrando sin pausa en las universidades y en la propia “izquierda”, donde actualmente campea. Miles de ONGs y legiones de “intelectuales”, muchos de ellos dichos “progresistas” y hasta “marxistas”, acometieron y acometen la tarea de “demostrar” la supuesta “desaparición física” del proletariado industrial[2], o bien se esfuerzan por apuntar la centralidad de “nuevos sujetos” en los procesos políticos actuales.

En este sentido, durante la primera década del siglo XXI tuvo mucho eco la teoría de la “ciudadanía global”. Igualmente, la consigna que partía de la dirección del Foro Social Mundial: “Otro mundo es posible”, aunque sin derrotar al imperialismo y criticando solamente el “neoliberalismo salvaje”, era casi un lugar común en la izquierda[3].

La situación política europea es posiblemente la principal vitrina de estas teorías. Los inmensos procesos de protesta social contra los planes de austeridad protagonizados por jóvenes desempleados, precarizados y otros sectores asalariados, encendieron de nuevo la polémica.

La intelectualidad posmoderna respondió a esos procesos enormemente progresivos impulsando la formación y el fortalecimiento de nuevos aparatos electorales que, al proponer programas reformistas y moverse completamente por dentro de la institucionalidad burguesa, actúan como un freno a esas movilizaciones. Este es el caso de Syriza en Grecia y Podemos en el Estado español.

Fueron pocos los partidos dentro de la izquierda que, nadando contra la corriente del sentido común, reconocieron el signo progresivo de las movilizaciones pero, al mismo tiempo, alertaron sobre el peligro mortal de confundirlas con el carácter reaccionario de estos nuevos partidos reformistas. El debate, evidentemente, sigue abierto. Pero la traición descarada de Syriza en Grecia es un hecho implacable a la hora de dirimirlo.

Si Syriza, Podemos, o el Bloco de Esquerda portugués eran los “nuevos sujetos políticos”, autoproclamados representantes genuinos de la “nueva política”, el ecléctico diccionario posmoderno también adicionó “nuevos” conceptos para proclamar los “nuevos sujetos sociales”: “indignados”; “precariado”; “la gente”, etc.

Ninguna definición es casual en política. Toda esta terminología está al servicio de una misión ideológico-política muy concreta: negar la existencia de clases sociales y de la lucha entre ellas. En esencia, la contradicción principal de la sociedad capitalista no sería más la lucha mortal entre la burguesía y el proletariado, sino entre “la casta” y “la gente”; entre los “mercados” y los “ciudadanos decentes”.

Apelar a la teoría marxista es indispensable en tiempos de confusión ideológica. Para entender el presente, es fundamental retomar el estudio serio de la vasta experiencia histórica de nuestra clase. Es asimismo indefectible el estudio del pensamiento y las lecciones que los maestros del marxismo extrajeron de los distintos procesos políticos que presenciaron o en los que actuaron directamente.

En estas líneas no hablaremos particularmente de Marx, Engels, Lenin o Trotsky. Hablaremos de Nahuel Moreno, a quien consideramos el más lúcido y consecuente dirigente trotskista de la segunda posguerra[4].

Nos referiremos, específicamente, a la visión que tuvo el fundador de la LIT-CI sobre el tema que presentamos más arriba: el papel de la clase obrera en la revolución y la relación del partido revolucionario con el proletariado.

Nos parece que es importante abordar el asunto desde esta arista. Nahuel Moreno tuvo el mérito y la “osadía” necesaria de apuntar que el pronóstico realizado por Trotsky en las Tesis de la Revolución Permanente –no en la Teoría– sobre que la revolución socialista en los países atrasados solo podría darse si esta era encabezada por el proletariado industrial y era dirigida por un partido revolucionario, no se verificó en la realidad:

«Las Tesis categóricamente afirman que sólo la clase obrera acaudillada por un partido comunista revolucionario puede llevar a cabo la revolución democrático-burguesa y la expropiación de la burguesía a través de la revolución socialista. Esto se ha revelado como equivocado. Hay que reconocerlo así. El propio Programa de Transición modifica levemente, con su improbable variante teórica, las categóricas afirmaciones de las Tesis. Hay que reconocer que partidos pequeñoburgueses (entre ellos los estalinistas), obligados por las circunstancias, se han visto empujados a romper con la burguesía y el imperialismo para llevar a cabo la revolución democrática y el comienzo de la revolución socialista, expropiando a la burguesía e inaugurando así nuevos estados obreros burocratizados […] La teoría de la revolución permanente es mucho más amplia que las Tesis escritas por Trotsky a fines de la década del veinte; es la teoría de la revolución socialista internacional que combina distintas tareas, etapas y tipos de revoluciones en la marcha hacia la revolución mundial»[5].

En efecto, las revoluciones que expropiaron a la burguesía en la segunda mitad del siglo XX, no confirmaron el pronóstico de las Tesis escritas por Trotsky. El papel de “sujeto social” cupo al campesinado y a las “masas populares”; el de “sujeto político” correspondió a partidos estalinistas o bien a “partidos-ejército” con direcciones pequeñoburguesas y burocráticas.

En la ex Yugoslavia, China, Cuba, o Vietnam se dio una combinación excepcional de factores objetivos que forzó y “empujó” a esas direcciones no obreras a pasar sus límites de clase y expropiar a la burguesía en el marco de sus propios Estados nacionales, originando así Estados obreros burocráticos desde su propio nacimiento.

¿Estos hechos negaban la esencia de la Teoría de la Revolución Permanente? Nahuel Moreno opinaba que no. Su conclusión fue la opuesta: las revoluciones de la segunda posguerra habían mostrado no solo la corrección sino toda la fuerza de esta teoría: “La realidad ha sido más trotskista y permanente que lo que el propio Trotsky y los trotskistas previeron”[6].

La corrección que hizo Moreno a las Tesis, a partir de la simple constatación de cómo se dieron esas revoluciones, resultó y resulta fundamental. Evitó que los trotskistas ortodoxos, al confundir mecánicamente el carácter de lo “objetivo” con lo “subjetivo”, el “contenido” con la “forma” del proceso, cometiéramos dos errores simétricos:

1- Concluir que la expropiación del capitalismo llevada adelante por Josip Tito, Mao Tse-tung, Fidel Castro, Hồ Chí Minh había transformado a esas direcciones en “revolucionarias”. A partir de esta caracterización, no solo se imponía la obligación de apoyarlas sino que la propia tarea de construir partidos trotskistas en esos países resultaba innecesaria.

Este error impresionista fue la constante en la mayoría de la dirección del conocido Secretariado Internacional de la Cuarta (Michel Pablo, Ernest Mandel), en el posterior Secretariado Unificado (Ernest Mandel, Livio Maitán), y en la dirección del SWP norteamericano a partir de la segunda mitad de la década de 1970, encabezada por Jack Barnes. Moreno explicaba así la posición de este último:

«Según Barnes, las revoluciones [de posguerra que él define como] de octubre hoy en día son mil veces superiores [a la de 1917], y sus dirigentes mil veces superiores a Lenin y Trotsky, que eran escritores, masturbadores teóricos, literatos, imbéciles, etcétera, que acertaron una revolución en Rusia. En cambio, [los dirigentes como Castro] son los más grandes internacionalistas del mundo, porque hacen la revolución en cada lugar, y además tienen la teoría justa […] Esa es la esencia de la posición de Barnes»[7].

En 1965, el reconocido intelectual George Novack, uno de los teóricos del SWP, llegó al punto de comparar a Lenin y Trotsky con Fidel Castro[8].

2- Concluir que, como esas revoluciones que expropiaron al capitalismo no tuvieron como vanguardia ni a la clase obrera ni a un partido revolucionario, esos procesos no habían sido “revoluciones” ni habían nacido nuevos “Estados obreros”, aunque burocráticos. Así pensaron, en el caso de Cuba, Gerry Healy, Pierre Lambert, y todo un sector ultraizquierdista que posteriormente también degeneró política y moralmente.

Moreno, al contrario de esas visiones mecánicas, ofreció una visión materialista y dialéctica de los fenómenos políticos de la segunda posguerra, que no confundió el carácter de las revoluciones (tremendamente progresivas) con el carácter de sus direcciones (contrarrevolucionarias).

Al tiempo en que reconocía en esos procesos grandes revoluciones y nuevos Estados obreros que debían ser defendidos, no incurrió en el error de “embellecer” a las direcciones pequeñoburguesas o presentarlas como “revolucionarias”, ni siquiera “progresivas”: “La direcciones burocráticas [que hicieron esas revoluciones] son contrarrevolucionarias por todos los costados y sin ‘doble naturaleza’ alguna”[9].

Según Moreno, debido a su carácter de clase, esas direcciones serían inexorablemente incapaces de enfrentar consecuentemente al imperialismo y, mucho menos, de implantar un régimen de democracia obrera. Puesto que habían adherido a la concepción del “socialismo en un solo país” y asumido todos los métodos estalinistas, desde el primer día esas direcciones pequeñoburguesas socavaron las bases de esos Estados obreros hasta hacerse conscientemente restauracionistas y transformar aquellas enormes conquistas en su contrario, es decir, conducir esos Estados obreros burocráticos a la restauración del capitalismo[10], tal y como terminó sucediendo.

A pesar de la claridad de sus escritos, el hecho de haber constatado y extraído estas lecciones sobre la dinámica entre el sujeto social y el político en las revoluciones de posguerra, hizo que algunas corrientes que se reivindican del “trotskismo ortodoxo”, como el PTS y el Nuevo MAS argentinos, acusaran a Moreno y a su corriente –no sin una buena dosis de mala fe– de un supuesto “abandono” de la confianza en el potencial revolucionario de la clase obrera.

Asimismo, partidos que mantienen un curso oportunista y tienen una clara estrategia electoralista, como el MST argentino o el MES brasileño, ahora ligados al Secretariado Unificado (SU), capitulan a los “nuevos sujetos” tanto sociales como políticos (Syriza, Podemos, etc.), sin por ello dejar de reivindicarse “morenistas”.

Cobra importancia, entonces, señalar algunos aspectos, aunque sea de manera somera, sobre la historia de la relación que la corriente morenista ha mantenido con la clase obrera.

Los primeros años: el GOM y Villa Pobladora

En los inicios de la década de 1940, el trotskismo argentino no pasaba de una serie de pequeños grupos dispersos. Su actividad política se limitaba a interminables reuniones cargadas de discusiones académicas sobre los más diversos temas.

El “centro” de aquel trotskismo pequeñoburgués, muy bohemio y contemplativo, eran los tradicionales cafés de Buenos Aires. Nahuel Moreno caracterizó ese ambiente estéril diciendo: “entre el ’40 y el ’43, el trotskismo era una fiesta”[11].

En ese contexto, en 1943, Moreno y otros jóvenes fundaron el Grupo Obrero Marxista (GOM). El núcleo fundacional nació en Villa Crespo, un barrio de Buenos Aires.

Ese mismo año, Nahuel Moreno había escrito un documento titulado “El Partido”, que sería el precursor de la nueva organización y en el que quedó plasmada una decisión que resultaría determinante para nuestra corriente: los miembros del GOM abandonarían “la fiesta” de los círculos intelectuales típicos del “trotskismo de café” para ligarse estrechamente a la clase obrera.

En ese texto, puede leerse: “Pero lo urgente, lo inmediato, hoy como ayer, es: aproximarnos a la vanguardia proletaria y rechazar como oportunista todo intento de desviarnos de esta línea. Así se presente como una tarea imposible[12].

Boris Galub, uno de los fundadores del grupo, se refirió a la importancia de ese documento: “[…] Cuando captábamos a alguien o cuando charlábamos, o cuando teníamos reuniones, siempre lo hacíamos sobre la base de ese documento. Por supuesto que también se leía a Lenin y Trotsky. Pero para mí ese documento fue la base, es lo que formó todo”[13].

Munidos con esta orientación, los miembros del GOM fueron a Villa Crespo a intentar ligarse a la clase obrera, consustanciarse con sus luchas y hasta con su modo de vida.

Aún en 1943, el grupo participó de la principal concentración del 1 de mayo. No más de cinco militantes trotskistas marcharon al grito de “¡Cuarta…Cuarta!”. La juventud del Partido Socialista terminó atacándolos a golpes. Moreno recordaría ese episodio con simpatía, comentando una anécdota del compañero Faraldo que relataba cómo un obrero, al ver pasar aquella columna que gritaba “¡Cuarta…Cuarta!”, exclamó: “Es verdad… si son cuatro”[14].

Entre 1943 y 1944 el grupo recorría fábricas, participaba de conflictos sindicales, recorría las casas de los obreros, realizaba pegatinas de afiches, pintaba paredes con consignas políticas, editaba folletos con textos clásicos –Cuadernos Marxistas, Ediciones Octubre–, además de elaborar los interesantes “Boletines de discusión del GOM”.

Pero fue en abril de 1945, cuando estalló la huelga del frigorífico Anglo-Ciabasa, que se presentó la primera oportunidad de dar un salto importante. Los jóvenes trotskistas se metieron de lleno a intervenir en la lucha de aquella que, con 12.000 obreros, era una de las fábricas más importantes del país. La participación decidida del grupo les permitió ganar a casi la totalidad del Comité de Fábrica[15]. Contaba Moreno que, a partir de esa huelga, “hicimos una especie de comuna en Avellaneda: desviamos el tránsito y no se podía circular sin un carnet del sindicato”[16].

Es ilustrativo el relato de un activista sindical de entonces, Ramón “El Chueco” Britos, para entender el proceso de inserción obrera de ese pequeño grupo trotskista:

«Yo era un activista ligado al comité de huelga que dirigían los anarquistas […] Entonces se acercó un grupo de pibes diciendo que eran estudiantes y que querían ayudar. Así conocí al GOM y a compañeros como Moreno, Boris, Mauricio, Abrahamcito, Rita, Daniel, Rosita y otros… Ustedes saben que el obrero es medio desconfiado. Así que nosotros los mirábamos con desconfianza. Pero los vi moverse, empujar, ayudar, sacar volantes, hablar y convencer. Sobre todo los vi hacer una cosa muy rara: consultar, pedir consejo y opinión. Los escuché decir, como decía Moreno ‘¿qué te parece, Chuequito…?’. No venían en función de maestros. Y entonces se ganaron nuestra confianza. Nos dejaron mucho más que la solidaridad a la huelga. Nos enseñaron lo que debía ser un partido revolucionario, y a muchos de nosotros nos cambiaron la vida. Ellos, el grupo de pibes del GOM, también cambiaron. Haber conocido a la clase trabajadora los llevó a ligarse todavía más. Fue así que, al poco tiempo, yo alquilé la casa de Villa Pobladora, adonde irían a vivir Moreno y otros compañeros»[17].

Villa Pobladora era entonces el principal centro obrero e industrial de la Argentina y uno de los mayores en Latinoamérica. El GOM, además de su intervención en la huelga y los gremios de la carne, pasó a dirigir media comisión directiva de la SIAM, por entonces la metalúrgica más grande del país. También había orientado la fundación de varios sindicatos importantes, como la Federación de la Carne y la Asociación Obrera Textil. Dirigían, además, fábricas de tubos de cemento, del cuero, etc.

Siempre con el objetivo de crear lazos con las fábricas, el GOM avanzó también en su inserción dentro de aquel populoso barrio, a punto tal que Nahuel Moreno llegó a ser presidente del club barrial “Corazones Unidos”, donde se organizaban desde fiestas bailables hasta cursos y charlas sobre las revoluciones francesa y rusa.

A partir de este trabajo, el pequeño grupo de cuatro o cinco compañeros pasó a ser un centenar. En Villa Pobladora, haciendo cursos para los obreros, compenetrándose con las familias de los trabajadores y destacando a sus miembros en los sindicatos obreros, construyeron un singular “bastión trotskista”, erigido en medio de la marea peronista que inundó el país desde 1945.

Moreno relata:

«Fuimos los que dijimos que el lugar preferente del trabajo de los trotskistas debían ser los sindicatos peronistas. Supimos entender ese fenómeno decisivo. Y lo hicimos sin capitularle, porque denunciábamos el carácter totalitario y reaccionario de la burocracia sindical y el control estatal que ejercía sobre los sindicatos. Este acierto, opino, es la página fundamental que escribió nuestro grupo y la razón última de que subsista hasta la fecha: el haberse ligado al movimiento obrero»[18].

La importancia de este acierto es histórica. En un medio donde lo “normal” era diletar en los cafés porteños, dejarlo todo para ir a trabajar y militar en los frigoríficos y la barriada obrera no era ni fácil ni común. Los escasos miembros del GOM, muchos con menos de veinte años de edad, bien pudieron haber tomado otra orientación, como entrar a la universidad, algo que en la Argentina de aquellos años era mucho más fácil de conseguir que en nuestros días.

Pero escogieron otro camino, el más difícil. Entendieron lo más importante: entendieron que sin ligarse a la clase obrera no existe trotskismo. Hicieron lo primero y fundamental que se puede reclamar de un revolucionario: ser parte de la clase obrera. Esto es así porque el programa del trotskismo es el programa de la clase obrera movilizada. Moreno siempre insistió en que la movilización permanente de la clase obrera, democráticamente auto-organizada, es la razón de ser del verdadero trotskismo.

Evidentemente, entre 1944 y 1948 nuestra corriente cometió errores. El propio Moreno apuntaría después que en esos años su corriente sufrió un desvío “nacional-trotskista” –el POR (Partido Obrero Revolucionario), sucesor del GOM, participó del movimiento trotskista internacional por primera vez en ocasión del II Congreso de la Cuarta Internacional, realizado en 1948–. También existió un desvío “obrerista”, pues el partido no contemplaba la actividad en otros sectores, como el movimiento estudiantil. Este último problema fue una exageración que después fue corregida, a pesar de que se había originado en el marco de una orientación general correcta: ligarse al “mundo” obrero.

Lo concreto es que tras la ida a Villa Pobladora, la corriente morenista no se separó más de nuestra clase. El morenismo quedaría asociado indefectiblemente a la clase obrera, con el trotskismo obrero.

Las diferencias con la dirección pablista y mandelista

En este sentido, la batalla en todos los terrenos para que la Cuarta Internacional se ligue a la clase obrera fue una constante en el llamado “movimiento trotskista”.

Esta fue una polémica permanente con la dirección de Pablo y Mandel que, debido a su carácter pequeñoburgués y a las presiones de los medios intelectuales europeos, no confiaban en la fuerza revolucionaria de la clase obrera. De esta suerte, terminaban capitulando a los principales “fenómenos”, a toda “nueva vanguardia” y, coherentemente, a toda dirección política burocrática, pequeñoburguesa e incluso nacionalista burguesa que dirigiera algún proceso de lucha importante o una revolución.

Primero capitularon al estalinismo, impresionados por el enorme prestigio que adquirió a partir de la derrota del nazi-fascismo y la expropiación de la burguesía en el Este europeo.

La justificación teórica fue elaborada por Pablo y secundada por Mandel. Básicamente, partían de anunciar la supuesta inminencia de una “tercera guerra mundial” entre el imperialismo norteamericano y la URSS. En medio de ese proceso inevitable, sostenía Pablo, los partidos estalinistas harían la revolución internacional para defender a los Estados obreros burocratizados, fuente de sus privilegios. La revisión era completa: los principales dirigentes de la Cuarta Internacional otorgaban un carácter revolucionario nada menos que al aparato contrarrevolucionario más poderoso de la historia.

Coherentemente, propusieron la línea organizativa de que los partidos trotskistas de la Cuarta debían “entrar” y disolverse en los partidos estalinistas (dado que estos irían a encabezar la revolución mundial), aunque no para criticarlos sino para “aconsejarlos” durante ese proceso. El resultado fue desastroso. La Cuarta se dividió por primera vez en 1953, a partir de que un sector no admitió esa revisión. El otro sector, que aplicó la línea del “entrismo sui géneris” durante 17 años, desapareció.

En el terreno de la política, esa teoría de Pablo y Mandel los llevó a oponerse a las impresionantes movilizaciones antiburocráticas que eran parte de la revolución política contra las dictaduras de los partidos comunistas, libradas por los obreros alemanes en 1953. Sin embargo, la principal traición fue el apoyo que la dirección mayoritaria de la Cuarta Internacional dio al Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) de Víctor Paz Estenssoro, un partido nacionalista burgués, durante la revolución boliviana de 1952.

Mientras el trotskismo revisionista claudicaba ora al estalinismo, ora al nacionalismo burgués; a Tito; a Mao; a la dirección castro-guevarista y su orientación foquista para América Latina; a la vanguardia estudiantil radicalizada surgida durante el Mayo francés; al eurocomunismo y al sandinismo, la corriente orientada por Moreno, aunque minoritaria, se orientó en sentido opuesto y no escatimó esfuerzos para insertarse en el movimiento obrero, en sus lugares de trabajo, postulándose siempre como una alternativa de dirección revolucionaria para sus luchas.

En 1984, Moreno explicaba a una nueva camada de dirigentes partidarios la fuerza de las presiones que ocasionaban las “modas” en los años de 1960 y 1970, mil veces más poderosas que las actuales:

«A principios de la década del ’60, todo el mundo leía al Che Guevara y a Frantz Fanon. Nosotros parecíamos locos: éramos los únicos que decíamos que la clase obrera no es oligárquica y aristocrática. Ellos decían que hay que hacer revoluciones contra ella: “Hay que apoyarse en los pueblos atrasados. La revolución va del campo a la ciudad; de los países atrasados a los países adelantados. A la clase obrera hay que barrerla: a principios de siglo fue revolucionaria, pero ahora es lo último, es aristocrática, la compran con heladeras, la compran con el confort”. Y nosotros decíamos: “No señor” […].

Dijimos, entonces, “la clase obrera se va a movilizar”. Y se movilizó. En 1968, siete u ocho años después de las polémicas con el Che Guevara. […] En siete u ocho años se demostró que teníamos razón. Ya ahora nadie habla de eso. Ya se han olvidado hasta del propio Che Guevara: no es el ídolo de ustedes. En los años ’60, el Che Guevara era un dios. Se desfilaba con su retrato. Ahora ni se lo nombra. Toda su teoría se ha demostrado falsa. Hoy en día, a Frantz Fanon tampoco lo lee nadie, pero hace veinte años yo tenía que discutir a fondo contra Frantz Fanon y Guevara en cualquier curso: la clase obrera va a pelear, va a pelear. Nuestra verdadera razón de ser es la lucha por la democracia obrera»[19].

Esta confianza y esta opción hacia el movimiento obrero se expresaba coherentemente en el interior del partido. Moreno, al discutir con la mayoría del SU, daba cuenta del peso de los obreros en la dirección del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) argentino, en detrimento de los intelectuales y profesionales liberales:

«[…] tomando los cien dirigentes más importantes de la sección francesa y de la dirección del PST, por cada 20 o 30 doctores y profesores en la sección francesa, hay uno en nuestro partido argentino. Concretamente, en nuestro Comité Central de 120 miembros, hay solo 3 miembros con profesiones liberales, siendo casi 100 profesionales del partido, de los cuales el 80% han sido dirigentes del movimiento obrero. El Comité Ejecutivo, la máxima dirección de nuestro partido, exceptuando cuatro compañeros, es en su totalidad formado por militantes profesionales que han sido importantes dirigentes del movimiento obrero. Finalmente, hay una tradición en nuestro partido, que el vertiginoso crecimiento actual nos impide aplicar al pie de la letra, que estipula que nadie puede llegar a la dirección sin haber cumplido con dos años de actividad destacada como militante profesional en el seno del movimiento obrero»[20].

El porqué de esta obsesión lo explicaba Moreno: “El trotskismo empalma con el proletariado y sólo con él (…) Su programa es esencialmente obrero. Es el programa que la clase obrera debe aplicar para conducir a todos los explotados del mundo. Por eso el trotskismo acompaña al proletariado como la sombra al cuerpo”[21].

Esta es la comprensión teórico-política que orientó siempre a los militantes morenistas. Su educación estaba cimentada en que debían estar siempre al lado de nuestra clase y forjar, a partir de las luchas más sentidas, una dirección revolucionaria en su seno.

El partido ligó su destino al de la clase obrera desde el comienzo. Moreno educó a varias generaciones de militantes en la convicción de que sin la participación protagónica de la clase obrera, toda revolución, incluso las que llegan a expropiar a la burguesía y romper con el imperialismo, estaba condenada al aislamiento y al retroceso.

Morenismo es sinónimo de obsesión por ligarse a la clase obrera

Aferrándose a esta concepción, los partidos nacionales fueron siempre orientados a concentrar esfuerzos y recursos para intervenir en el movimiento obrero.

La propia debilidad o una determinada situación de la lucha de clases y/o del movimiento sindical, ciertamente hicieron que, a veces, se aplicaran otras tácticas, como la construcción, por un cierto periodo, en el movimiento estudiantil, o incluso en el seno del campesinado. Pero esto siempre fue considerado “táctico”, un movimiento necesario para acortar la distancia entre el partido y el movimiento obrero.

En la historia del morenismo, además del caso argentino y su experiencia en tiempos del PST y del viejo MAS, se puede citar el ejemplo de los jóvenes militantes colombianos que fueron a intervenir en las concentraciones obreras de su país. O el caso del partido español cuando centró sus fuerzas en Getafe, uno de los más importantes centros industriales de Madrid. También queda la experiencia del grupo de jóvenes, muchos de ellos oriundos del movimiento estudiantil, que, a finales de la década de 1970 y algunos años antes del surgimiento del fenómeno Lula y el PT brasileño, se lanzó audazmente a intervenir en el proceso de luchas obreras del ABC paulista, el inmenso complejo industrial de San Pablo. Allí participaron de sindicatos y dirigieron oposiciones contra la burocracia sindical, antes y durante el proceso de fundación del PT y la CUT, central obrera donde las tesis defendidas por los trotskistas de la Convergencia Socialista nunca tuvieron una influencia menor a 10% de los delegados.

Una lección de hierro: no existen atajos

En nuestros días existe una fuertísima presión para alejar a los partidos revolucionarios de la clase obrera y acercarlos a los “nuevos” fenómenos sociales y políticos, en fin, a las “modas” actuales. Hace unos años existió una enorme presión para hacerse “chavista” y, ahora, para apoyar políticamente a Syriza o a Podemos.

Pero esto no tiene nada de “nuevo”. Esencialmente, es la misma presión que sintieron –y a la que se curvaron– los antiguos dirigentes del SU y el SWP, cuando se “impresionaban” con Castro, Guevara o el sandinismo.

Es la conocida presión para no “aislarse”, no “perder el tren de la historia” y, obrando así, poder “romper la marginalidad”.

En este sentido, Moreno legó una inmensa lección. Nadie que conozca su obra y su trayectoria puede decir que él no quería encontrar el “camino a las masas”. Pero esa lucha para ligarse a los procesos vivos de la lucha de clases y para hacer crecer el partido y la Internacional nunca significó ningún tipo de alejamiento de los principios, del programa revolucionario ni de la clase obrera. Para “llegar a las masas”, Moreno no se hizo peronista, castrista, guevarista, eurocomunista, o sandinista.

Esto no significa que Moreno era inmune a las presiones del movimiento de masas y de los aparatos que lo controlaban. Él mismo, intentando educar metodológicamente al partido, no se cansaba de reconocer públicamente sus errores y desvíos, pues estaba convencido de que esa era la única forma de encarar seriamente una rectificación. La historia de nuestra corriente es la historia de sus errores, decía. Para citar solo un ejemplo: en los primeros años de la revolución cubana, Moreno llegó a expresar simpatía hacia el fenómeno castrista y planteó expectativas en la evolución y la acción política de la dirección cubana. Luego corrigió sus posiciones equivocadas y pudo extraer lecciones de este proceso y caracterizar definitivamente sus dirigentes.

Lo “distintivo” en Nahuel Moreno, como en los grandes maestros del marxismo, no era algún tipo de garantía de “infalibilidad” sino su capacidad de autocriticarse y corregir sus opiniones, siempre pensando en aquello que sería lo mejor para el movimiento obrero y el partido. En ese sentido, el hecho de haber podido superar esas presiones hizo que la confianza de Moreno en la fuerza creadora de nuestra clase se reforzara más y más a la luz de la experiencia. Comprendió que no existían “atajos” hacia el poder, que sin la clase obrera simplemente no es posible la dictadura revolucionaria del proletariado ni la estrategia de la revolución mundial.

Esta lección, indispensable para nuestros días, quedó inmortalizada poco antes su muerte en enero de 1987.

«No hay forma de engañar al proceso histórico y de clase […]

Yo me refiero al carácter de clase. Nosotros tratamos de dirigir al proletariado, jamás nos alejamos de él. Esto no es declamación, es una política internacional de clase que se desprende de un análisis teórico profundo. No hay triquiñuela política que valga. De nada sirve mentir, decirle al campesinado que somos campesinos, con el objetivo de hacer una revolución obrera. Si la clase obrera no nos sigue, no llegamos a ninguna parte. Nos burocratizamos, capitulamos al campesinado. Es inconcebible hacer la revolución proletaria sin el proletariado […].

A lo largo de mi vida política, después, por ejemplo, de mirar con simpatía al régimen que surgió de la Revolución Cubana, he llegado a la conclusión de que es necesario continuar con la política revolucionaria de clase, aunque postergue la llegada al poder para nosotros en veinte o treinta años, o lo que sea. Nosotros aspiramos a que sea la clase obrera la que verdaderamente llegue al poder, por eso queremos dirigirla»[22].

Notas:

[1] HERNÁNDEZ, Martín. Un aluvión oportunista recorre el mundo: acerca de los caminos de la izquierda. Revista Marxismo Vivo. São Paulo, n° 9, 2004, pp. 51-55; HERNÁNDEZ, Martín. Un aluvión oportunista II. Revista Marxismo Vivo. São Paulo, n° 10, 2004, pp. 119-128.

[2] GORZ, André. Adeus ao Proletariado: Para Além do Socialismo. Rio de Janeiro: Forende Universitária, 1982.

[3] Para la discusión sobre la relación entre el concepto de “ciudadanía” y la independencia de clase, ver: WELMOWICKI, José. El discurso de la ciudadanía y la independencia de clase. Revista Marxismo Vivo. São Paulo, n°1, 2000, pp. 66-77; WELMOWICKI, José. Ciudadanía, democracia y sociedad civil: el retorno de Eduard Bernstein. Revista Marxismo Vivo. São Paulo, n°4, 2001, pp. 111-123.

[4] Nahuel Moreno (1924-1987): dirigente trotskista argentino, fundador de la actual Liga Internacional de los Trabajadores-Cuarta Internacional (LIT-CI).

[5] MORENO, Nahuel. Actualización del Programa de Transición, 1980. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/moreno/actual/apt_4.htm#t39, consultado el 17/10/2015.

[6] Ídem.

[7] MORENO, Nahuel. Escuela de cuadros: Argentina, 1984. Buenos Aires: Crux Ediciones, 1992, p. 90.

[8] NOVACK, George. Para comprender la historia: una aplicación del método marxista al análisis de algunos de los problemas más intrincados del proceso histórico. Buenos Aires: Ediciones Antídoto, 1988, p. 65.

[9] LIT-CI: Tesis de fundación, 1982. Disponible en: <https://www.archivoleontrotsky.org/download.php?mfn=8511>, consultado el 17/10/2015.

[10] Ídem.

[11] CARRASCO, Carmen; CUELLO, Hernán. Esbozo biográfico de Nahuel Moreno. Revista Correo Internacional. Buenos Aires, Edición especial, 1988, p. 7.

[12] MORENO, Nahuel. El Partido. Revista Marxismo Vivo Nueva Época. São Paulo, n°1, 2010, p. 211.

[13] GONZÁLEZ, Ernesto (Org.). El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina. Tomo I: del GOM a la Federación Bonaerense del PSRN (1943-1955). Buenos Aires: Editorial Antídoto, 1995, p. 102.

[14] Ídem, p. 84.

[15] SAGRA, Alicia. Historia de la LIT-CI. Disponible en: http://litci.org/es/historia/, consultado el 28/10/2015.

[16] CARRASCO, Carmen; CUELLO, Hernán. Esbozo biográfico de Nahuel Moreno…, op. cit., p. 9.

[17] GONZÁLEZ, Ernesto (Org.). El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina…op. cit., p.,109

[18] CARRASCO, Carmen; CUELLO, Hernán. Esbozo biográfico de Nahuel Moreno…, op. cit., pp. 10-11.

[19] MORENO, Nahuel. Escuela de cuadros…op. cit., pp. 52-53.

[20] MORENO, Nahuel. El partido y la revolución: teoría, programa y política. São Paulo: Ediciones Marxismo Vivo, 2010, pp. 364-365.

[21] MORENO, Nahuel. Conversando com Moreno. São Paulo: Editora Sundermann, 2005. p. 63.

[22] Ídem, pp. 64-65.