El capitalismo enseña como oprimir, como esclavizar y someter a los seres humanos. Al revés del bienestar, de la libertad y emancipación, lo que viene creciendo en todo el mundo es la explotación, la humillación y esclavización de millones de seres humanos.

Una de las prácticas que han crecido mucho últimamente es la formación de verdaderas empresas capitalistas dedicadas al tráfico internacional de mujeres. Comenzó con pequeñas empresas haciendo grandes negocios: raptaban niñas en el sur del país y las llevaban al norte y nordeste, donde eran esclavizadas como prostitutas en los burdeles infectados que disputan el lugar con los bares alrededor de grandes empresas, como la construcción de usinas. Ahora, el negocio está más sofisticado; rompió las fronteras nacionales y ganó status internacional. Los países más pobres de América Latina y América Central se convirtieron en granero de jóvenes que son enviadas a Asia, Europa y Estados Unidos, y nunca más han sido vistas.

 

Violación de las más perversas contra los derechos humanos, el tráfico de personas aparece en el ranking global de los negocios ilícitos, como el tercer ramo más lucrativo del crimen, perdiendo apenas ante el tráfico de armas y drogas. De entre esas formas de tráfico, la mayor incidencia es el tráfico para la explotación sexual de mujeres, también conocido como “trata”. Considerada como crimen por la legislación brasileña, la trata, en general, es de difícil detección, prevención y castigo debido, en gran parte, al silencio que impera sobre los comprometidos, a menudo ligados a las redes de prostitución, a la policía y a los cártéls del tráfico de drogas y armas.

 
Tal vez sea uno de los negocios que más se hayan beneficiado con la globalización de la economía, a partir de los años 80. Las investigaciones indican la existencia de casi 300 rutas nacionales e internacionales de tráfico de personas. Se estima que, por año, cerca de un millón de jóvenes brasileñas, colombianas, bolivianas, ecuatorianas y de otros países próximos, sean traficadas y esclavizadas. En esta cantidad es englobada, también, el tráfico para la extracción de órganos. Existen pocas investigaciones sobre el tema, las más recientes datan del inicio del 2000. En el 2004, la ONU divulgó un informe comprobando que el tráfico de seres humanos es, mayoritariamente, administrado por los mismos integrantes del tráfico de narcóticos. Constata que el 83% de las víctimas son mujeres, el 48% menores de 18 años y apenas el 4% son hombres. Las estimaciones globales, en el 2005, fueran de 2.4 millones de personas traficadas y, de estos números, el 98% son mujeres y muchachas que hacen trabajo esclavo, siendo que el 43% son usadas para la explotación sexual comercial forzada, principalmente en las regiones de América Latina y el Caribe, rindiendo cifras de US$ 1.3 mil millones.
 
En esa estadística macabra, Brasil detenta el vergonzoso título de campeón latinoamericano en la “exportación” de mujeres para la “industria” de la prostitución, en los países del “primer mundo”. El informe del 2010, del Departamento de Estado de los Estados Unidos, cita a Brasil como «fuente de hombres, mujeres, niños y niñas para la prostitución forzada en el país y en el exterior». Brasil pasó a formar parte del mapa del turismo sexual desde los años 80, cuando el mercado asiático comenzó a saturarse y los países de América Latina se convirtieron en los destinatarios más solicitados por turistas europeos y japoneses. La década del 90 consolidó el nordeste brasileño como paraíso del turismo sexual y de los casamientos interculturales. De ahí al tráfico de personas fue un salto.
 
El Informe Anual del 2009 del Observatorio de Tráfico de Seres Humanos reveló que el 40% de las mujeres, víctimas del tráfico humano en Portugal, son brasileñas. Basado en 85 casos, identificados en el 2009, el estudio señaló que la mayoría de esas mujeres son originarias de los estados de Goiás, Minas Gerais y estados del nordeste. Las mujeres son embaucadas en las regiones más pobres del país y llevadas para las regiones más ricas. Ese es el llamado “tráfico interno”, que también es grande en el sur del país, como Río de Janeiro y Sao Paulo, además de la ruta que une a Río Grande do Sul con los países vecinos del Mercosur. En el “tráfico externo”, Sao Paulo y Río de Janeiro son las puertas de salida más utilizadas, a través de sus grandes aeropuertos, que llaman menos la atención.
 
Empresarios del crimen  
 
El tráfico de mujeres, sobre todo para el exterior, es una operación complicada. Transportar personas de un lado a otro, de forma ilegal, sobre todo para otros países, no es cosa que se haga sin un gran esquema de sustentación. Por eso, son montadas verdaderas empresas que compromete a diversos “funcionarios”, incluyendo contactos bien ubicados y de la mayor confianza, entre aquí y el exterior, además de grandes sumas de dinero, incluso para cubrir los imprevistos.
 
Ese esquema complejo requiere que sus integrantes tengan facilidades, junto a las autoridades, para conseguir documentos, como pasaportes y certificados, y junto a la policía federal, que controla el flujo en los aeropuertos. Es un esquema caro por eso, en general, es financiado con el dinero del tráfico de drogas.
 
Los gestores buscan sus víctimas, de preferencia mujeres jóvenes entre 18 y 25 años, en favelas y barrios empobrecidos, pero no es raro que también ronden las puertas de las escuelas y facultades de clase media, donde una gran concentración de jóvenes está expuesta al consumo de bebidas alcohólicas y drogas, incluyendo la prostitución. Esas jóvenes son “invitadas” a vivir en el exterior, con la promesa de un trabajo honesto y bien remunerado, vivienda y otras facilidades. Reciben toda la documentación necesaria para viajar, incluso pasaporte, pasaje y un adelanto de dinero. Con un discurso coherente, pasan sin problemas por los controles de los aeropuertos y consiguen desembarcar, igualmente, sin ninguna contrariedad.
 
Cuando llegan a destino, descubren que cayeron en una trampa. Son mantenidas encerradas en verdaderas cárceles, privadas y obligadas a trabajar en casas de prostitución, en un régimen de trabajo esclavo, que no termina nunca, porque ellas tienen que pagar sus “deudas” de pasajes y documentación. Viven bajo constantes amenazas, incluso de ver a sus familias ser asesinadas en caso de que traten de huir o hacer cualquier denuncia contra las organizaciones criminales. En el exterior, ellas son vistas como inmigrantes, con toda la carga de preconcepto que recae sobre ese sector de la población; el desconocimiento del idioma y de las leyes del país agrava enormemente su condición.
 
Encontrar a esas mujeres, conocer su paradero y las condiciones de vida a que están sometidas no es fácil; casi siempre son mantenidas incomunicadas e impotentes para tomar cualquier actitud, dejando a las familias en desesperación. Con el tiempo, acaban entrando al listado de personas desaparecidas y nunca más se tiene noticia de ellas.
 
Muchas leyes, pocas acciones
 
La policía y las autoridades, el Estado, en suma, alegan esas dificultades para conseguir ejercer una investigación a fondo contra el tráfico de mujeres, la liberación de ellas y la prisión de los culpables. Pero, el hecho concreto es que, muchas veces, quien está detrás del negocio son empresarios millonarios o, incluso, políticos, que son encubiertos por las autoridades. Además, las leyes no se cumplen. La prostitución y la trata son cuestiones exhaustivamente abordadas y condenadas por la legislación internacional y nacional. Brasil es adherente a la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra las Mujeres, firmada por la ONU en 1979. El Congreso Nacional aprobó, en el 2003, por medio de la resolución 231, un protocolo contra el crimen organizado y el tráfico de personas, reconociendo la necesidad de protección global e internacional de los derechos fundamentales, internacionalmente reconocidos, para las mujeres brasileñas. Además, el tráfico internacional de personas para fines de explotación sexual, así como el tráfico interno, son previstos en el Código Penal Brasileño, en su artículo 231, con pena de reclusión de 2 a 6 años.
 
Sin embargo, el tráfico viene aumentando cada día, sin que el Estado se empeñe a fondo en reprimir a ese tipo de crimen. Para que la policía federal y el Ministerio del Exterior se muevan es necesario que aparezca algún caso llamativo en la prensa o que alguien haga alguna denuncia que aparezca en la televisión, como en la novela de la Red Globo que, recientemente divulgó la denuncia de una mujer, cuya hija había sido traficada a España. Ella y otras jóvenes eran mantenidas en cautiverio dentro de una casa de prostitución, sin poder salir o sin comunicarse con el mundo exterior. El caso tomó tamaña repercusión, que la policía española fie forzada a ir hasta el local para liberar a las jóvenes.
 
Ese caso fue una excepción. En general, las familias no tienen condiciones de investigar por su cuenta. Su impotencia se suma a la inercia de las autoridades competentes, además del preconcepto que ronda a las mujeres. No es nada común que ellas sean acusadas de mentirosas y haber salido del país por libre y espontánea voluntad, sin conciencia de lo que les esperaba en el exterior. Así, no son consideradas víctimas, sino co-participantes del proceso, ya que dieron su consentimiento y, muchas veces, llegaron, incluso, a firmar documentos autorizando el viaje.
 
Se sume a eso el hecho de que el Código Penal no establece la diferencia entre prostitución forzada y voluntaria; eso depende de la interpretación de la policía, del Ministerio Público y del Judicial. Tanto una como otra no son criminalizadas, dejando así a los “embaucadores” con las manos libres. Existe, incluso, el agravante de que la ley no considera al tráfico como trabajo esclavo, lo que podría asegurar la aprensión de los criminales.
 
La relación con la prostitución
 
La relación entre el tráfico de personas y la prostitución es directa. De acuerdo con el Informe del Plan Nacional de Enfrentamiento al Tráfico de Personas, publicado en el 2010 y coordinado por la Secretaría Nacional de Justicia, el Ministerio da Justicia, las mujeres, niñas, adolescentes y travestis ya comprometidos, de alguna manera con el ambiente de la prostitución, son los principales objetivos del crimen de tráfico de personas, cuando la práctica tiene por finalidad la explotación sexual. Las víctimas tienen en común el hecho de ser, en su mayoría, personas jóvenes, de baja renta, poca escolaridad, sin oportunidad ni perspectiva de mejoría de vida y provenientes de lugares y de regiones pobres. En ausencia de amplia calificación y pleno empleo, esos son, por lo tanto, los sectores de la población más carentes y en situación de desamparo.
 
Un estudio hecho para el Ministerio de Justicia, en el 2003, pregunta: “¿por qué mujeres (adultas y adolescentes) son embaucadas para fines sexuales? La respuesta está en la razón directa de la precarización de su fuerza de trabajo y de la construcción social de su subalternidad. En Brasil, el tráfico para fines de explotación sexual comercial, es predominantemente de mujeres y adolescentes negras, siendo que la franja de edad de mayor incidencia es de 22-24 años y de 15-17 años, respectivamente. Generalmente, son oriundas de clases populares, presentan baja educación, habitan en espacios urbanos periféricos, con carencia de saneamiento, transporte (entre otros bienes sociales comunitarios), viven con algún familiar y tienen hijos. (…) Sobre las condiciones de vida de las mujeres/adolescentes, antes de ser embaucadas por los traficantes, la mayoría provienen de municipios de bajo desarrollo socioeconómico, situados en el interior del país. Entre las que viven en capitales o en municipios localizados en las regiones metropolitanas, la gran mayoría vive en barrios y áreas suburbanas o periféricas”. (Leal y Leal, 2003). El mismo estudio muestra que las mujeres más sujetas al tráfico humano son aquellas que “ya sufrieron algún tipo de violencia intrafamiliar (abuso sexual, estupro, seducción, atentado violento al pudor, abandono, negligencia, malos tratos, entre otros) y extrafamiliar (los mismos y otros tipos de violencia en las escuelas, refugios, en redes de explotación sexual y otros tipos de relaciones); las familias también presentan cuadros situacionales difíciles (violencia social, interpersonal y estructural) vulnerables frente a la fragilidad de las redes protectoras (familia/estado/sociedad)”.
 
En el 2011, un grupo de alumnos en Servicio Social, de Sao Paulo, hicieron un amplio estudio sobre el tema, relacionando directamente al tráfico de seres humanos, con la prostitución y explotación sexual de mujeres. El estudio, de Rosineide Silva, Roberta de Moraes y Alessandra Matricaldi, trazó una serie de testimonios de mujeres que viajaban hacia afuera del país, en la esperanza de conseguir un empleo y una vida mejor, y acabaron víctimas de la explotación sexual. Esa realidad demuestra cabalmente cómo la opresión de las mujeres, en la sociedad capitalista, la situación de inferioridad en que son colocadas en todos los ámbitos, favorece ese tipo de crimen. Algunos de esos testimonios fueron cosechados junto al Puesto de Atención a los Migrantes, que funciona en el Aeropuerto Internacional de Guarulhos, en Sao Paulo, desde el 2006.   
 
La mayoría de las mujeres relatan que al llegar, al país de destino, se sintieron discriminadas por funcionarios de migración y por los ciudadanos extranjeros, relacionándolas como prostitutas y sintieron en la piel el abuso de autoridad, cuando argumentaban que no tenían dinero y no sabían hablar el idioma. La mayoría de las mujeres atendidas viajaban sin la certeza de conseguir un empleo, formal o informal, contando apenas con algún pariente o amigo que, posiblemente, podría conseguirle un empleo en el país de destino. Una de las mujeres relató que fue agredida físicamente por policías de inmigración española, con ocasión  de su estadía en el centro de inmigración, en Valencia/España. Cuenta que un policía trató de acariciarla y fue repelido; como represalia, él la golpeó usando un porra de hierro, descargándole golpes en las nalgas, mientras otro policía la tenía por los cabellos. Al narrar sus historias de vida, señalan diferentes motivaciones para la migración, desde el deseo de no vivir más en la zona rural, hasta la fuga de un marido o un padre violento. Muchas cuentan que fueron abusadas, intimidadas, amenazadas, perseguidas y tuvieron sus pasaportes confiscados. Vivían en cárceles privadas y eran obligadas a prostituirse, sólo recibían un preservativo por día y eran vigiladas todo el tiempo. Con miedo de perjudicar a la familia, trataban de no rebelarse; para poder comer, tenía que estar con más de un hombre por noche. Sólo salían para ir al peluquero, tiendas y mercados, ya que necesitaban cuidarse, pero siempre escoltadas y no tenían permiso de hacer ligazones con los familiares. Las que vivieron esta situación, relatan que sólo consiguieron regresar porque pagaron una cantidad por su libertad y otras por haber conseguido ayuda para huir.
 
El tráfico de mujeres y la explotación sexual son prácticas correlativas a la explotación y opresión de las mujeres, en el conjunto de la sociedad. Las mujeres son vistas como mercadería, como objetos sexuales y propiedad privada, que pueden ser vendidas y traficadas al capricho de los ricos. Incluso, muchos grandes burgueses, empresarios y banqueros participan de esas actividades ilícitas, y ganan millones de dólares con eso. La prostitución a gran escala, como institución del Estado burgués, también es una violencia desmedida contra las mujeres. Se trata de un gran negocio, donde las mayores víctimas son las propias mujeres, que se ven presas de esa práctica, sin forma de librarse de un sistema que, muchas veces, también las envuelven en el consumo de drogas. Sin empleo digno, sin educación de buena calidad, sin perspectiva de un futuro de felicidad y plenitud, la gran mayoría de esas mujeres no tienen otra salida que entregarse a la prostitución como forma de ganarse la vida. Esa situación crítica de vida también es aquella que permite el tráfico de mujeres, ya que muchas de ellas tienen la ilusión de conseguir, en otro país, un empleo y una vida mejor para su familia, pero la cruel realidad nos ha mostrado que ese es un camino sin retorno.
 
Un sistema asentado en la explotación económica de millones de seres humanos no podría producir otra cosa. Conforme el capitalismo avanza, la situación tiende a ser cada vez peor. La degeneración de los seres humanos, los trabajos viles y humillantes, la destrucción de los vínculos de familia sin que el Estado los sustituya por otra realidad, crean un mundo de dolor, donde el único que avanza es el egoísmo, el individualismo, el “sálvese quien pueda”. Y los sectores más oprimidos, como los jóvenes, las mujeres, en especial, las pobres y negras, los inmigrantes, sean las mayores víctimas.
 
Traducción Laura Sánchez