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En el año del centenario de la Revolución Rusa comienza ya aquella farsa previsible, pero no por eso menos molesta, por la cual todos los que se creen, con distintos títulos, de izquierda empiezan a “alabar” –de palabra, obviamente– la Revolución de Octubre, incluso no aplicando en la práctica las lecciones de aquella fundamental experiencia de la historia de la humanidad ni, en la mayor parte de los casos, conociendo de verdad los hechos y los acontecimientos fundamentales, sin ser capaces de hacer un análisis coherente, es decir marxista, de la dialéctica del desarrollo de la revolución.

Por: Matteo Bavassano

No fueron solamente los representantes de la burguesía expropiada por las masas revolucionarias los que falsificaron la historia de la revolución: por años, por razones más o menos diferentes, los que se decían –falsamente– herederos de la Revolución de Octubre han mantenido en la tiniebla a sus militantes sobre lo que realmente ocurrió, en lo que concierne al conjunto de la Revolución, y específicamente en lo que concierne a la Revolución de Febrero.

El “Che” Guevara, en el cuaderno de notas que llevaba consigo durante la guerrilla en Bolivia, hablando de la Historia de la Revolución Rusa de León Trotsky, escribió: “arroja luz sobre toda una serie de acontecimientos de la gran Revolución que quedaron ofuscados por el mito” (Ernesto “Che” Guevara, Antes de morir, p. 94). Si respecto a Octubre las falsificaciones hechas por los estalinistas están dirigidas al redimensionamiento del papel de Trotsky y construir un inexistente papel de primer plano para Stalin, además de para destruir la idea fundamental de que la Revolución Rusa fue para Lenin solo el primer estadio de la revolución socialista mundial, con relación a la de Febrero las falsificaciones han sido todavía más profundas, porque han servido a los estalinistas para frenar la extensión de la revolución, al menos a partir de la segunda Revolución China. Eso se suma a la falsificación de los burgueses, que presentan la Revolución de Febrero como la revolución de la mayoría del pueblo ruso contra el zar y el aparato represivo de la autocracia, contraponiéndola al “golpe de Estado” de los bolcheviques contra la democracia. Buscaremos en este artículo señalar, y refutar, las principales falsificaciones sobre la Revolución de Febrero, dando para ello una interpretación marxista coherente.

Una huelga que nadie quiso “proclamar”

El 23 de febrero de 1917 (8 de marzo según el calendario occidental), Rusia se encontraba en el trigésimo segundo mes de la Gran Guerra: las perspectivas del fin de la guerra eran aún lejanas, y esto suponía más que una condena a muerte para los soldados del frente, era una condena a una lenta agonía en las trincheras que diezmaron innumerables vidas; en las retaguardias, los reservistas temían enormemente su turno de ser fagocitados por las trincheras; la población civil, exhausta de las estrecheces de guerra y del trabajo agotador necesario para sostener el esfuerzo bélico, empezaba a no poder más que hacer filas para el pan y perder a sus propios seres queridos para el provecho de aquellos burgueses que seguían enriqueciéndose, que no sufrían por la guerra, que continuaban viviendo en el lujo y en las comodidades de antaño.

Hay que notar que, aunque sea en passant, que antes del estallido de la guerra, entre 1912 y 1914, el movimiento obrero ruso se había restablecido del período de reacción que siguió a la derrota de la Revolución de 1905 y había dado vida a centenares de huelgas de masa: el estallido de la guerra y la inicial borrachera patriótica habían quebrado el ascenso del movimiento, pero esas huelgas fueron una escuela fundamental para los trabajadores que harían la revolución.

El 23 de febrero era el día en que se celebraba en Rusia el Día internacional de la Mujer (en esa época, cada sección de la Segunda Internacional lo celebraba en una fecha diferente, solo después se fijaría internacionalmente una fecha, es decir, el 8 de marzo, según el calendario occidental): Trotsky, en su Historia de la Revolución Rusa nos dice que «en los círculos socialdemócratas se pensaba celebrar este día de la forma habitual: reuniones, discursos, manifestaciones. El día antes, nadie habría soñado que este “Día de la Mujer” pudiese inaugurar la revolución. Ni una sola organización preconizó una huelga aquel día». Pero el estado de ánimo en los barrios obreros ya era de suma tensión, tanto que la organización bolchevique del barrio de Vyborg desaconsejó cualquier huelga, porque eso podía transformarse en un enfrentamiento frontal. A pesar de esto, la mañana del 23, los obreros textiles dejaron el trabajo y, con las obreras a la cabeza, se dirigieron de Vyborg haciendo etapa en las grandes fábricas hasta el suburbio de Petrogrado y a la Duma para pedir pan: «es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres casadas con soldados»(2), un detalle, este último, que no debe infravalorarse. Una de las grandes incógnitas que preocupaba a los dirigentes en aquellos días era lo qué podía suceder cuando los obreros en huelga se encontraran con los soldados en las calles, aquellos mismos soldados que habían reprimido el Sóviet de Petersburgo y la insurrección de diciembre de 1905 en Moscú.

Pero los años de la guerra habían cambiado profundamente el ejército: las necesidades de la guerra, la ampliación del ejército, la larga duración del conflicto había hecho que el ejército ya no fuera ese “cuerpo separado” de la sociedad civil, sino que se había convertido en una especie de crisol en el que durante años se había plasmado todo el hartazgo de las masas populares, especialmente el de los campesinos, contra la autocracia y la guerra imperialista. En efecto, no solo los soldados normales demostrarán una benévola neutralidad hacia los huelguistas, sino que también los temidos cosacos se abstendrán de cargar contra las masas trabajadoras; de hecho, en algunos casos obstaculizarán la acción de los faraones, la policía a caballo que parece ser la única en intentar enfrentar a los obreros.

El día siguiente, el 24, el estado de ánimo de las masas no se calma: ¡casi la mitad de los obreros de Petrogrado están en huelga, mientras que la consigna de “pan” se deja caer a favor de “abajo la autocracia! ¡Abajo la guerra!”, pero todavía hay solo choques con la policía y no tiroteos con el ejército (o, mejor dicho, del ejército sobre los huelguistas). Según un plan ya pronto desde hacía tiempo, encargado por el gobierno y ejecutado por el general Cebykin, comandante en jefe de la reserva de la guardia, en los primeros días no se habría empleado la infantería, sino solo la policía y luego la caballería; el día 25, frente a la huelga que se extendía, también fue empleada la infantería, aunque ésta todavía mantenía una benévola neutralidad, no abriendo aún el fuego. Pero el gobierno tenía la intención de terminar con la protesta: en la noche entre el 25 y el 26 fueron arrestados un centenar de militantes revolucionarios, entre ellos algunos miembros del Comité de los bolcheviques de Petrogrado.

El domingo 26 de febrero los obreros comenzaron a converger hacia el centro de la ciudad y a encontrar barreras y pelotones del ejército, los cuales recibieron la orden de disparar, orden que fue seguida sobre todo por los suboficiales: empieza así la batalla de los obreros para poner de su parte a los soldados, por la revolución, contra la guerra y la autocracia.

«La presión de los obreros sobre las tropas se intensifica conforme aumenta la presión sobre ella por las autoridades. La guarnición de Petrogrado se ve decididamente arrastrada por los acontecimientos. La fase de expectativa, que se mantuvo casi tres días y durante la cual el principal contingente de la guarnición puedo conservar una actitud de amistosa neutralidad ante los revolucionarios, tocaba a su fin: “¡Dispara sobre el enemigo!”, ordena la monarquía. “¡No dispares contra tus hermanos y hermanas!”, gritan los obreros y las obreras. Y no solo esto, sino: “¡Únete a nosotros!” En las calles y en las plazas, en los puentes y en las puertas de los cuarteles, se desarrollaba una pugna ininterrumpida, a veces dramática y a veces imperceptible, pero siempre desesperada, en torno al alma del soldado. En esta pugna, en estos agudos contactos entre los obreros y obreras y los soldados, bajo el crepitar ininterrumpido de los fusiles y de las ametralladoras, se decidía el destino del poder, de la guerra y del país».(3)

La victoria de la insurrección: el nacimiento del sóviet y del gobierno provisional

Mientras tanto, Rodzjanko, líder de la Duma imperial, se presenta a Galicyn, presidente del Consejo, para persuadirlo a que dimitiera, con la finalidad de nombrar un nuevo Ejecutivo con ministros que gozaran de la confianza popular y que pusieran fin a la revuelta; recibe así el ukase de disolución de la Duma, ante el cual el día después, mientras la autocracia caía fatalmente y un nuevo poder nacía en Petrogrado, los miembros de la Duma se plegaban sin pestañear: el parlamentarismo ruso no tenía otra base de fuerza que las concesiones del zar, y podrá tomar el poder solo gracias a los dirigentes conciliadores.

La mañana del 27 estuvo cargada de incertidumbres: ¿qué habría sucedido en los cuarteles durante la noche? ¿Cuáles serían las reacciones de los soldados ante los enfrentamiento del día anterior? ¿Tendrían todavía los obreros la confianza necesaria en su fuerza para volver a la huelga?

«Por la mañana del día siguiente los obreros afluyen nuevamente a las fábricas y, en asambleas generales, deciden proseguir la lucha. […]¡Proseguir la lucha! Pero, ¿qué significa esto, hoy? La huelga general ha derivado en manifestaciones revolucionarias de masas inmensas, y las manifestaciones se han traducido en choques con las tropas. Seguir la lucha hoy equivale a proclamar el alzamiento armado. Pero este llamamiento no lo ha lanzado nadie, no ha sido puesto a la orden del día por el partido revolucionario: es una consecuencia inexorable de los propios acontecimientos».(4)

Si claramente no se podía contar con los mencheviques ni con los socialistas-revolucionarios para llamar a la insurrección a los obreros y los soldados, el centro de los bolcheviques, privado de Lenin, estaba casi paralizado, con Sljapnikov (principal dirigente de Petrogrado) que trataba de evitar los choques entre los obreros y el ejército, dejando en la práctica abandonadas a sí mismas a las organizaciones de los barrios: en una reunión de delegados de fábrica en casa de un dirigente bolchevique del barrio de Vyborg se decide por mayoría por la continuidad del movimiento. Pero incluso antes de que el ejército bajara a las calles, los primeros regimientos empezaron a amotinarse e ir a los otros cuarteles para convencer a los otros soldados a unirse a la insurrección: sabían bien que su salvación de la represión pasaba por la victoria de la revolución sobre el absolutismo.

«Los obreros de Vyborg, y con ellos la parte más decidida de los soldados, han esbozado el plan de acción: apoderarse de las comisarías de policía, en las cuales se han concentrado los gendarmes armados, desarmar a todos los jefes de policía; liberar a los obreros detenidos y a los presos políticos encerrados en las cárceles; destruir los destacamentos gubernamentales de la ciudad, unirse a los soldados que no se han sublevado aún y a los obreros de las demás barriadas».(5)

Mientras los bolcheviques, espontáneamente, organizaban la victoria de la revolución en los barrios de Petrogrado, los mencheviques iban hacia la Duma, lugar en el que por la tarde empezaron a acercarse varios representantes de los regimientos insurrectos y, más tarde, los obreros y sus delegados para tener informaciones sobre lo que estaba sucediendo y recibir directivas de su nuevo “estado mayor revolucionario”.

«Los mencheviques, miembros del Comité industrial de guerra, sacados de la cárcel por la revolución, se encontraban en el palacio de Táurida con los militantes del movimiento sindical y cooperativo, pertenecientes así mismo al ala derecha, y con los diputados mecnheviques de la Duma, Cheidse y Skobelev, y crearon inmediatamente el “Comité ejecutivo provisional del Sóviet de los diputados obreros”, que en el transcurso de aquel mismo día fue integrado principalmente con ex-revolucionarios que habían perdido el contacto con las masas, pero que conservaban el “nombre”. El Comité Ejecutivo, del cual formaban parte asimismo bolcheviques, incitó a los obreros a elegir inmediatamente diputados».(6)

La primera sesión del Soviet de Petrogrado tuvo lugar aquella misma tarde: ratificó la composición del Ejecutivo, empezó a crear comisiones para la administración cotidiana del poder, la primera y más importante fue aquella para el abastecimiento alimentario, envió destacamentos revolucionarios a ocupar instituciones estratégicas como el Banco del imperio, la Casa de la Moneda, la Tesorería, etcétera, y se decidió que los soldados de la guarnición elegirían sus representantes al propio sóviet de los obreros (cosa extremadamente importante para el desarrollo posterior de la Revolución Rusa), que se convirtió por tanto en el Sóviet de los delegados de obreros y soldados. No se sabe exactamente quién hizo esta propuesta, pero Sljapnikov señala que los social-patriotas se opusieron significativamente. Desde ese momento el Sóviet empezó a operar como nuevo poder revolucionario, a pesar de que los “socialistas” que lo dirigían no sabían qué hacer y en el fondo deseaban que la burguesía tomase el poder.

En el ínterin, los miembros de la disuelta Duma decidieron permanecer en Petersburgo y reunirse en forma privada, dando vida al llamado “Comité provisional de los miembros de la Duma”, a fin de monitorear la situación. Iniciaron enseguida las negociaciones, quizás sea mejor decir las súplicas, entre el Ejecutivo del Sóviet y el Comité de la Duma para que este último tomara el poder, cosa que se decide hacer efectivamente en la tarde-noche del 27 de febrero, cuando ya era claro que no había ninguna posibilidad para el zarismo de lograr recuperar en breve el control de Petrogrado. ¿Pero con qué espíritu y para qué fines tomar el poder? Según Rodzjanko, si la Duma se hubiese negado a tomar el poder «habría sido detenida y sus miembros asesinados por los soldados sublevados y el poder habría caído en manos de los bolcheviques».(7) Tomó pues el poder para tratar de restablecer el orden en Petrogrado, si hubiera sido posible aquel monárquico: a las dudas del propio Rodzjanko, que se preguntaba si su gesto no podría ser interpretado como una revuelta contra el zar, el monárquico Chulghin respondía:

«No hay en ello ni sombra de rebeldía; acepte usted como súbdito fiel del zar… Si los ministros se han fugado, alguien tiene que reemplazarles. Caben dos soluciones: o todo se arregla, o no se arregla, y si nosotros no tomamos el poder, lo tomarán otros, lo mismo que esos canallas [el populacho] de las fábricas han elegido ya…».(8)

La Duma tomó el “poder” que los dirigentes conciliadores del Soviet le ofrecían en nombre de la revolución, pero con el objetivo de sabotear el nuevo poder revolucionario, aquel real, aquel de las calles y las fábricas, tarea que habría sido imposible sin la complicidad activa de los dirigentes socialistas traidores: se sabía que una vez disgregada la disciplina del ejército hacia la autocracia zarista y con las masas armadas, habrían tenido que ponerse “la piel de cordero” revolucionaria.

Un profesor liberal, Stankevic, prueba a describir el estado de ánimo con que los miembros de la Duma “tomaron” el poder de las manos del Soviet:

«Oficialmente se mostraban entusiasmados, ensalzaban la revolución, vitoreaban a los combatientes por la libertad, se adornaban con cintas coloradas y marchaban bajo las banderas rojas… Pero en el fondo de su alma, en las conversaciones articulares, se horrorizaban, se estremecían y se sentían prisioneros de aquella fuerza elemental hostil que seguía caminos ignorados. No olvidaré nunca la figura voluminosa y respetable de Rodzianko, cuando, con porte de dignidad majestuosa, pero con una expresión de profunda desesperación y sufrimiento en su pálido rostro, pasaba entre la multitud de soldados que, en actitud desembarazada, invadía los corredores del palacio de Táurida. Oficialmente se proclamaba que “los soldados han venido a apoyar a la Duma en su lucha contra el gobierno”; pero, de hecho, la duma dejó de existir ya desde los primeros días. El mismo rictus podía observarse en el semblante de todos los miembros del Comité provisional de la Duma y de los círculos allegados a él. Se dice que los representantes del bloque progresista, al llegar a sus casas, lloraban histéricamente de impotente desesperación».(9)

El zarismo intentó desesperadamente no derrumbarse: el 2 de marzo, Nicolás II abdicó en favor de su hermano Michele, que el día después renunciaba al trono, remitiendo a la asamblea constituyente la decisión acerca de la futura forma de gobierno de Rusia. En el ínterin, entre el 28 de febrero y el 2 de marzo acabaron las negociaciones entre el Comité Ejecutivo del Sóviet y el Comité Provisional de la Duma respecto a la composición del gobierno, al caer la condición que Miljukov, jefe del partido de los Kadetes, había puesto sobre la forma monárquica del régimen: nacía así el primer gobierno provisional con el príncipe Lvov como jefe, compuesto casi completamente de burgueses, con la única excepción del “socialista” Kerensky en el ministerio de la Justicia; Cheidze había rechazado resueltamente el ministerio del Trabajo.

La formación del gobierno, cuyos verdaderos inspiradores fueron Guckov en el ministerio de Guerra y Miljukov en el de Exteriores, concluía la Revolución de Febrero, abriéndose un período de doble poder que fue la premisa de la lucha de los bolcheviques y la vanguardia proletaria rusa por la toma efectiva del poder de parte de las masas en Octubre. 

El mito del “espontaneísmo” del Febrero

La mitología más difundida sobre la Revolución de Febrero, mitos de los cuales a menudo no se libran tampoco algunos sedicentes marxistas, es aquel del origen espontáneo de la revuelta de las masas de Petrogrado en febrero de 1917. Este tipo de explicación sobre el “mecanismo” que ha hecho accionar el resorte de la revolución es muy cómodo y usado por todos los enemigos del Octubre y del bolchevismo: desde los liberales demócratas hasta los socialistas reformistas y los centristas, que de palabra se dicen bolcheviques pero que en los hechos renuncian a la construcción de un verdadero partido obrero de vanguardia de tipo bolchevique.

Incluso los monárquicos reaccionarios, que explican la caída de los Romanov como una conjura palaciega, indirectamente dan una explicación espontaneísta de la Revolución de Febrero: la acción independiente de las masas habría sido causada por los “desórdenes” en las altas esferas del poder zarista y no por una acción consciente de los elementos revolucionarios, imputando así al liberalismo la culpa de la destrucción del Imperio ruso.

Es de vital importancia tener claro qué fue realmente aquella revolución, porque situaciones parecidas son el primer acto de casi todas las situaciones revolucionarias strictu senso, comprender las implicaciones es indispensable para explotar de la mejor manera las posibilidades ofrecidas a los revolucionarios, sabiendo que una situación revolucionaria, y mucho más una crisis revolucionaria, no puede durar para siempre.

¿Fueron determinantes los contrastes en la corte, entre la corte y la burguesía, para el estallido de la Revolución de Febrero? La verdad es que no hubo ningún plan preestablecido para sustituir al zar: «Nada hay que lo pruebe. Para ser un complot era demasiado vasto, abarcaba elementos demasiado heterogéneos y numerosos. Flotaba en el aire como expresión del espíritu de la alta sociedad petersburguesa, como una vaga idea de salvación o como una salida desesperada, pero sin llegar a concretarse en ningún plan práctico».(10)

Ese “espíritu” existía, alimentado por los embajadores ingleses y franceses, descontentos con la conducta de guerra de Nicolás II y que quizás temían pudiera acordar con el káiser una paz separada, pero no era esta una de las causas de los acontecimientos, sino un efecto.

«La revolución surge cuando todos los antagonismos de la sociedad llegan a su máxima tensión. La situación, en estas condiciones, hácese insoportable incluso para las clases de la vieja sociedad, es decir, aquellas que están condenadas a desaparecer. Sin dar a las analogías biológicas más importancia de la que merecen, no será inoportuno recordar que llega un momento en que el parto es algo tan inevitable y fatal para el organismo materno como para el nuevo ser. La rebeldía de las clases privilegiadas no hace más que dar expresión a la incompatibilidad de su posición social tradicional con las necesidades vitales de la sociedad en el futuro. La aristocracia, sintiendo converger sobre sí la enemiga general… hace recaer la culpa sobre la burocracia. Ésta acusa a su vez a la nobleza, hasta que ambas juntas, o cada cual por su parte, enderezan su descontento contra el símbolo monárquico del poder. […]

Para la nobleza, la causa de todos los males está en que la monarquía se ha vuelto ciega o ha perdido el juicio. La clase privilegiada no ha perdido las esperanzas en una política capaz de conciliar la sociedad vieja con la nueva. O, dicho en otros términos: la nobleza no se aviene a la idea de que está condenada a desaparecer, y convierte lo que no es más que la angustia del agonizante en rebeldía contra la fuerza más sagrada del viejo régimen, es decir, contra la monarquía. La acritud y la irresponsabilidad de la rebeldía aristocrática se explican por la misma molicie histórica a que están acostumbrados sus más altos representantes, por su miedo insuperable a la revolución. Las incoherencias y contradicciones de la rebeldía aristocrática tienen su razón de ser en el hecho de que se trata de una clase que tiene cerradas todas las salidas, y del mismo modo que una lámpara, antes de extinguirse, brilla por un momento con resplandor más vivo, aunque sea humoso, la nobleza, en los estertores de la agonía, tiene un resplandor súbito de protesta que presta un gran servicio a sus enemigos mortales. Es la dialéctica de este proceso, que no solo se aviene a la teoría de la sociedad de clases, sino que solo en esta encuentra su explicación».(11)

La quiebra del régimen autocrático ruso en 1917, durante la guerra imperialista, otorga el marco objetivo dentro del que se desarrolla la Revolución de Febrero: los socialistas reformistas atribuyen “automáticamente” la revuelta “nacional” y “democrática” a las masas rusas, recogida por el liberalismo ruso en la creación de un Estado democrático, con el solo objetivo de contraponerla a la revolución llevada adelante por una “minoría” en Octubre.

Los centristas, cómo no reniegan de esta interpretación espontánea del Febrero, se conforman con una simple defensa “de oficio” de la Revolución de Octubre que no defiende sus bases reales, es decir, la función imprescindible del partido revolucionario de vanguardia, no solo para tomar el poder sino también por la predisposición de las masas a actuar de manera independiente con respecto a la burguesía: no se puede posponer la creación de un partido revolucionario independiente para cuando la situación se vuelve revolucionaria, en parte porque, como Trotsky escribe en el artículo “Clase, partido, dirección”, «en el curso de una revolución, es decir, cuando los acontecimientos se suceden a un ritmo acelerado, un partido débil puede convertirse en un partido poderoso, con la única condición de que comprenda con lucidez el curso de la revolución y que posea cuadros probados que no se dejen exaltar por las palabras o aterrorizar por la represión. Pero es necesario que un partido de estas condiciones exista desde mucho antes de la revolución en la medida en que el proceso de formación de cuadros exige plazos considerables y que la revolución no deja tiempo para ello»; pero, sobre todo, porque la acción del partido revolucionario es fundamental en la evolución de los acontecimientos sociales hacia una situación revolucionaria.

En 1915, en el texto “La bancarrota de la Segunda Internacional”, Lenin señala las tres condiciones para que pueda hablarse de situación revolucionaria, de las cuales la tercera es particularmente significativa respecto del espontaneísmo del Febrero y el papel del partido revolucionario:

«3), Una intensificación considerable, por estas causas [imposibilidad de las clases dominantes de gobernar como antes y empeoramiento de la miseria de las masas, NdA], de la actividad de las masas , que en tiempo de “paz” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los mismos de “arriba”, a una acción histórica independiente».(12)

Para cualquiera que conozca un mínimo el pensamiento de Lenin está claro que la acción independiente de las masas con respecto a la burguesía es solo posible en la medida en que el partido revolucionario haya elevado la conciencia de estas, porque de otro modo la conciencia dominante permanece conciencia de la clase dominante.

He aquí como Trotsky juzga la teoría espontaneísta acerca de la Revolución de Febrero:

«Pero queda todavía una gran cuestión que resolver. ¿Quién dirigió la revolución? ¿Quién puso en pie a los obreros? ¿Quién echó a la calle a los soldados? Después del triunfo, estas cuestiones se convirtieron en la manzana de la discordia entre los partidos. El modo más sencillo de resolverlas consistía en la aceptación de una fórmula universal: la revolución no la dirigió nadie, se realizó por sí misma. La teoría de la “espontaneidad” daba entera satisfacción no solo a todos los señores que todavía la víspera administraban, juzgaban, acusaban, defendían, comerciaban o mandaban pacíficamente en nombre del zar y que hoy se apresuraban a marchar al paso de la revolución, sino también a muchos políticos profesionales y ex-revolucionarios que, habiendo dejado pasar de largo la revolución, querían creer que en este respecto no se distinguían de los demás. […] La revolución, que nadie esperaba en aquellos días, salió adelante, y cuando en las esferas dirigentes se creía que el movimiento se estaba ya apagando, este, con una poderosa convulsión, arrancó el triunfo. ¿De dónde procedía esta fuerza de resistencia y ataque sin ejemplo? El encarnizamiento de la lucha no basta para explicarla. Los obreros petersburgueses, por muy aplastados que se hubieran visto durante la guerra por la masa humana gris, tenían una gran experiencia revolucionaria. En su resistencia y en la fuerza de su ataque, cuando en las alturas faltaba la dirección y se oponía una resistencia, había un cálculo de fuerzas y un propósito estratégico no siempre manifestado, pero fundado en las necesidades vitales. […] La leyenda de la espontaneidad no explica nada. Para apreciar debidamente la situación y decidir el momento oportuno para emprender el ataque contra el enemigo, era necesario que las masas, su sector dirigente, tuvieran sus postulados ante los acontecimientos históricos y su criterio para la valoración de los mismos. […] En cada fábrica, en cada taller, en cada compañía, en cada café, en el hospital militar, en el punto de etapa, incluso en la aldea desierta, el pensamiento revolucionario realizaba una labor callada y molecular. Por dondequiera surgían intérpretes de los acontecimientos, obreros precisamente, a los cuales podía preguntarse la verdad de lo sucedido y de quienes podían esperarse las consignas necesarias. Estos caudillos se hallaban muchas veces entregados a sus propias fuerzas, se orientaban mediante las generalizaciones revolucionarias que llegaban fragmentariamente hasta ellos por distintos conductos, sabían leer entre líneas en los periódicos liberales aquello que les hacía falta. Su instinto de clase se hallaba agudizado por el criterio político, y aunque no desarrollaran consecuentemente todas sus ideas, su pensamiento trabajaba invariablemente en una misma dirección. Estos elementos de experiencia, de crítica, de iniciativa, de abnegación, iban impregnando a las masas y constituían la mecánica interna, inaccesible a la mirada superficial, y sin embargo decisiva, del movimiento revolucionario como proceso consciente. […] A la pregunta formulada más arriba: ¿Quién dirigió la insurrección de Febrero?, podemos, pues, contestar de un modo harto claro y definido: los obreros conscientes, templados y educados principalmente por el partido de Lenin. Y dicho esto, no tenemos más remedio que añadir: este caudillaje, que bastó para asegurar el triunfo de la insurrección, no bastó, en cambio, para poner inmediatamente la dirección del movimiento revolucionario en manos de la vanguardia proletaria».(13)

La paradoja del Febrero, o bien, ¿qué ha sido la Revolución de Febrero?

Creemos que no hay nada que añadir a la clarísima explicación de Trotsky sobre cual fue el verdadero motor de la Revolución de Febrero. Nos queda solo afrontar brevemente otro tema, que no es secundario, y que esperamos haya sido ya suficientemente argumentado con todo lo sostenido anteriormente: el carácter de la Revolución.

Hay quien considera el Febrero una revolución burguesa, algunos hasta la consideran la realización de la dictadura democrática del proletariado y los campesinos, fórmula que Lenin acuñó después de la Revolución de 1905, posteriormente abandonada y activamente combatida en las famosas Tesis de Abril.

En el libro La revolución permanente, Trotsky explica polemizando con Radek el porqué asociar la fórmula leninista con la Revolución de Febrero carece completamente de sentido, puesto que las “tareas democráticas” de la revolución, principalmente la reforma agraria, fueron cumplidas por la dictadura del proletariado después de la Revolución de Octubre; no creemos que sea necesario centrarnos en esto, pero aconsejamos a todos la lectura o relectura de aquel libro.

Pero, ¿fue una revolución burguesa? En Lecciones del Octubre, Trotsky escribe: «Considerada en sí misma la revolución de Febrero era esencialmente burguesa» (cursiva nuestra). Aquel “Considerada en sí misma” es un inciso fundamental, que indica un razonamiento que hace abstracción del contexto histórico y del desarrollo de los acontecimientos, un punto polémico de Trotsky en un folleto directo contra los “viejos bolcheviques”, es decir, los epígonos del leninismo, que consideraron realmente la Revolución de Febrero como revolución burguesa y la contrapusieron al desarrollo de la revolución proletaria, y en efecto él agrega después: «había llegado demasiado tarde y no poseía por sí ningún elemento de estabilidad. Desgarrada por contradicciones que se manifestaron desde un principio en la dualidad de poderes, debía transformarse o bien en introducción directa a la revolución proletaria –lo cual aconteció– o arrojar a Rusia, bajo un régimen de oligarquía burguesa, a un Estado semicolonial».(14)

Abstrayéndose de los procesos que la determinaron, sin fijarse en las posibilidades futuras que abrió (que sabemos hoy verificadas), solo fijándose en sus “resultados inmediatos” como si fuera una operación matemática definida y no una ecuación con las incógnitas del vivo proceso histórico, entonces la Revolución de Febrero ha sido una revolución burguesa: en efecto, ha dado vida a un gobierno burgués.

Obviamente, este modo de razonar no tiene nada que ver con el marxismo. Como magistralmente ha dicho Trotsky en Historia de la Revolución Rusa anteriormente mencionada, no fue la burguesía el motor de la revolución sino la clase obrera de Petrogrado: la paradoja por la cual la burguesía arrebató la victoria al proletariado es causada por la debilidad del partido revolucionario en aquel entonces y la traición de los socialistas pequeñoburgueses, no a un carácter burgués de la revolución ni a una predisposición benévola de las masas hacia la burguesía. Dicho sea de paso, deberían recordar esta lección, por ejemplo, todos los que han juzgado severamente las recientes “Primaveras árabes”, que no reconocen ni siquiera el carácter de revoluciones de éstas solo porque la burguesía ha logrado retomar el control en varios países.

Existe un solo modo marxista de analizar la Revolución de Febrero, viéndola como parte de un proceso iniciado por la clase obrera, fecundada de ideas revolucionarias para eliminar la vieja sociedad y la explotación. Aunque esta no tuvo todavía claro dónde y cómo encontrar la solución a los problemas planteados y no resueltos del Febrero, a causa de que fue privada inicialmente de la guía del partido. Y justo aquí está la importancia del partido revolucionario y de dirigentes como Lenin y Trotsky, que sean capaces de ver las potencialidades de un movimiento, de una situación revolucionaria, más allá de las dificultades y de las debilidades momentáneas.

Es esta la lección fundamental de la Revolución de Febrero para los revolucionarios: prepararse para ser el instrumento que infunda conciencia y coraje a las masas proletarias, para hacer que estas analicen la situación y la relación de fuerzas, y aprovechar cada ocasión favorable que se produzca para dirigir su voluntad hacia la toma del poder y la instauración de su dictadura revolucionaria de clase. Solo esta puede ser la solución de los actuales problemas de todos los explotados y oprimidos del mundo en la época del imperialismo decadente.

Notas:

(1) Trotsky, Storia della Rivoluzione russa [Historia de la Revolución Rusa], Oscar Mondandori, p. 122.

(2) Trotsky, op. cit., p. 123.

(3) Trotsky, op. cit., p. 136.

(4) Trotsky, op. cit., p. 141.

(5) Trotsky, op. cit., p. 148.

(6) Trotsky, op. cit., p. 182.

(7) Trotsky, op. cit., p. 185.

(8) Trotsky, op. cit., p. 185.

(9) Trotsky, op. cit., pp. 187-188.

(10) Trotsky, op. cit., p. 90.

(11) Trotsky, op. cit., pp. 96-97.

(12) Lenin, Il fallimento della Seconda Internazionale [La bancarrota de la Segunda Internacional], en: Lenin, Il socialismo e la guerra [El socialismo y la guerra], Ed. Lotta comunista, p. 46.

(13) Trotsky, op. cit., pp. 165-176.

(14) Trotsky, Le lezioni dell’Ottobre [Lecciones de Octubre], en: Procacci (a cargo de), La “rivoluzione permanente” e il socialismo in un Paese solo [La “revolución permanente” y el socialismo en un solo país], Editori Riuniti, p. 40.

Traducción: Natalia Estrada.