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En Abril de 1917, Lenin decía: “Si los ucranianos ven que tenemos una república de los Soviets, no se separarán; pero si tenemos una republica de Miliukov (partido Kadete, derecha burguesa), se separarán”. En Octubre, “sobre las ruinas de la Rusia zarista se erigía un nuevo estado de nacionalidades ligadas económica y políticamente, de la manera más firme, por el Partido Bolchevique” (Trotski, Historia de la Revolución Rusa).

Por: Roberto Laxe

El Partido Bolchevique, frente al nacionalismo opresor gran ruso, proclamó el derecho de las naciones oprimidas a desligarse del Imperio de los zares; esta definición revolucionaria sobre la cuestión nacional creó entre los pueblos oprimidos una confianza inquebrantable en el Partido, y a través de él, en que la clase obrera sería la que les garantizaba sus derechos nacionales.

El imperio zarista, una cárcel de pueblos

El zarismo era una combinación muy especial de un estado anclado en una contradicción de hierro que su caída en febrero del 17 no resolvió. La Rusia zarista era una gran superestructura que vivía de la inercia del pasado feudal, aunque sus bases económicas estuvieran minadas. En la década de los sesenta del siglo XIX, había sido abolida la servidumbre; en las ciudades de la Rusia europea, como Petrogrado, Moscu y algunas de las naciones dominadas, como Kiev en Ucrania, Baku en Georgia, el sur de Finlandia y Polonia, el capitalismo era ya la forma dominante en las relaciones sociales, con un proletariado joven altamente concentrado. Esta estructura capitalista se combinaba con pueblos todavía saliendo del neolítico, y otros, los de Asia Central, en la fase nómada.

La burguesía rusa, tras la revolución de 1905, el gran “ensayo general” de Octubre del 17, había visto las orejas al lobo de la revolución obrera, lo que le llevó a renunciar por la activa y la pasiva a hacer su revolución; una revolución que al estilo de la francesa o la norteamericana, convirtiera un imperio feudal en una nación homogénea. De esta manera, esa burguesía busco por mil vías un acomodo negociado con el zarismo.

El pasado imperial del zarismo, construido como todos los imperios no capitalistas, de una manera extensiva, ocupando territorios y países, para saquear sus riquezas lo convirtió en un verdadera cárcel de pueblos, de tal manera que la revolución burguesa, democrática, en Rusia pasaba por el reconocimiento explicito del derecho de esos pueblos a la independencia; a constituirse ellos mismos como naciones homogéneas.

La burguesía rusa, al pactar con el zarismo, se convirtió en beneficiaria de esta opresión nacional, que le reportaba el control de un vasto imperio, sin que para ello tuviera que hacer el menor esfuerzo inversor. El régimen se encargaba de mantener el orden en esa amalgama de pueblos y naciones, a través de multitud de leyes que procedían directamente del imperio feudal; por ejemplo, el pueblo judío estaba sometido a sistema de guetos y por 650 leyes, que los convertían en el perfecto “culpable” de todos los males. Cuando en Rusia había un problema, la culpa de los judíos, y se desataban progroms (razzias) brutales en sus guetos.

Esta interrelación entre la dominación burguesa en las relaciones sociales, bajo el manto imperial zarista, hizo que cuando en febrero de 1917 cae Nicolas II, la burguesía gran rusa se niegue rotundamente a admitir el derecho de los pueblos a su autodeterminación. De esta manera, el carácter profundamente reaccionario de la burguesía convierte una reivindicación democrática en una propuesta revolucionaria.

Las naciones oprimidas y la revolución de Octubre

A medida que avanza 1917, y las tensiones sociales entre la burguesía y el proletariado se van agudizando cada vez más, anunciando la insurrección; las burguesías de las naciones oprimidas, sobre todo en aquellas que están más desarrolladas, como Polonia, Finlandia o Ucrania, comienzan a levantar la consigna de la autodeterminación. Pero no lo hacen como parte de la revolución obrera, sino contra ella, a la que, como buenos burgueses, temían; aunque contradictoriamente se enfrentaran y debilitaran al gobierno provisional, que negaba los derechos nacionales.

La política leninista de defensa intransigente de ese derecho, lleva a sectores de la izquierda revolucionaria, con Rosa Luxemburgo a la cabeza, a criticar la política bolchevique de favorecer los movimientos centrífugos en Rusia. Nada más lejos de la realidad, lo único que prometía el Partido Bolchevique “era resistir con firmeza todo tipo de opresión nacional, incluida la retención forzada de una nacionalidad en los limites de un Estado común. Sólo de este modo pudo el proletariado ruso conquistar gradualmente la confianza de las nacionalidades oprimidas” (Trotski, Historia de la Revolución Rusa); con esta firmeza contra la opresión, en realidad estaban reforzando el papel de la clase obrera como dirigente de los pueblos oprimidos.

Porque no olvidemos que en el grado de desarrollo de Rusia, en muchos de los pueblos que la componían, la diferenciación de clases estaba en un estado muy incipiente, con casos en los que, como los judíos, no tenían ni territorio propio, sino que estaban desperdigados por todo el estado. Por ello, esta firmeza en combatir cualquier tipo de opresión es la que hace del partido bolchevique, y la clase obrera, ese cemento que va a unir a la URSS: los pueblos oprimidos verán en el clase obrera rusa la única garantía del respeto a sus derechos. Serán las naciones donde la burguesía está más desarrollada, y luego de duras luchas obreras, la independencia se traduce en la separación y la caída en regímenes dictatoriales burgueses, como Polonia y Finlandia.

Después de Octubre del 17, producto de la desorganización social que toda revolución provoca en todas las relaciones sociales, se comenzó una reorganización del estado de “abajo arriba”, como lo definiera Andreu Nin en Los Movimientos de Emancipación Nacional: “al caos de los primeros meses sucede el centralismo voluntario, la unión voluntaria de los soviets en nación”. Este proceso no surgió de un plan previamente establecido, sino que “la necesidad de federar a las naciones había de surgir por fuerza como una exigencia dictada por los intereses económicos y la comunidad de objetivos”.

Tras la fase de “centralización voluntaria”, forzada por las condiciones de la guerra civil y la intervención imperialista, el 30 de diciembre de 1922 se constituía la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en base a los principios de asociación voluntaria de las naciones e igualdad de derechos. Será el retroceso de la revolución europea, las condiciones de aislamiento internacional, la desaparición física de la vanguardia obrera del 17 lo que dará paso al desarrollo de una capa burocrática, que vendrá a sustituir al viejo funcionariado zarista gran ruso; una burocracia que vive del control del estado, por lo que heredará de buen grado esa ideología centralista. Como anunciaba Lenin, “solo habían dado un verniz rojo a la burocracia gran rusa”.

Al debilitarse el peso político de la clase obrera en el aparato del estado, sometida por esa burocracia, el Partido Bolchevique, que fuera la garantía de la unidad de los pueblos,  con su deformación burocrática convirtieron a la URSS otra vez en una “cárcel de pueblos”. De esta manera se sentaban las bases para que las fuerzas centrifugas de la Federación se agudizaran, a poco que las fuerzas pro burguesas e imperialistas agitaran las banderas de los agravios nacionales; la burocracia stalinista, con su brutalidad gran rusa, se convertiría en el enterrador de la URSS.

Artículo publicado en www.corrienteroja.net, 10 de febrero de 2017.

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