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Hoy, 25 de enero, se cumplen 29 años de la muerte de Nahuel Moreno, fundador  la LIT-CI y máximo dirigente de nuestra organización hasta su fallecimiento. Reproducimos el artículo de Alejandro Iturbe, publicado en la misma fecha, en 2012.

En la muy calurosa tarde de verano del sábado 26 de enero de 1987, una compacta columna de más de diez mil personas marchó desde el centro de Buenos Aires hasta el cementerio del barrio de Chacarita, acompañando los restos de Nahuel Moreno. Portando numerosas banderas rojas, hay obreros industriales, maestros, jóvenes estudiantes y familias enteras provenientes de los barrios más populares del Gran Buenos Aires.

Algunos pasaron toda la noche en el velatorio realizado en el local central del MAS (Movimiento al Socialismo), otros llegaron en la mañana, incluyendo las delegaciones del interior. Los compañeros de Neuquén (en la lejana cordillera patagónica) viajaron más de 24 horas en ómnibus para estar presentes.

Bajo un sol implacable, la tristeza de los participantes no puede ocultarse: hasta en los rostros más duros y curtidos se ven lágrimas. Sin embargo, la columna, al mismo tiempo que avanza a paso lento, va cantando: “Lo vamos a recordar, lo vamos a recordar, al compañero Moreno, construyendo el MAS y la Internacional”.

Los diarios de Buenos Aires informan extrañados del multitudinario homenaje a un dirigente que era casi desconocido públicamente. La extrañeza aumenta al saber que hay varias delegaciones internacionales presentes y que desde muchos lugares del mundo han llegado condolencias, incluyendo las de centrales sindicales de Bolivia, Brasil, Colombia y España.

En una carta, el conocido dirigente trotskista belga Ernst Mandel lo despide diciendo: “Con él desaparece uno de los últimos representantes del grupo de cuadros dirigentes que, después de la Segunda Guerra Mundial, mantuvieron la continuidad de la lucha de León Trotsky en condiciones difíciles…”. Por su parte, Hugo Blanco, quien fuera un gran dirigente de los campesinos del Cuzco, en Perú, expresa: «Reconozco en él a mi mayor maestro del marxismo”.

Muchos años después de su muerte, Nahuel Moreno sigue presente en la vida política de importantes sectores de la izquierda latinoamericana y mundial. Al cumplirse 20 años de su fallecimiento, el PSTU organizó en San Pablo, Brasil, un acto con cerca de 3.000 personas, entre las que se contaban varias delegaciones internacionales. Actualmente, numerosas organizaciones políticas de Latinoamérica y Europa se reivindican “morenistas”. Al mismo tiempo, otras organizaciones trotskistas y de izquierda conforman su perfil político criticando (y a veces falsificando) sus posiciones.

¿Quién fue, entonces, Nahuel Moreno para merecer aquel homenaje de 1987 y esta presencia política actual? En este artículo, trataremos de responder a esta pregunta. Nuestro objetivo no es escribir una biografía, ni siquiera un esbozo biográfico tradicional. Ya existen trabajos en este sentido y, en todo caso, una biografía completa aún está por ser escrita. Intentaremos presentar lo que consideramos los principales significados de la larga trayectoria militante y algunos criterios centrales que, desde nuestro punto de vista, conforman el “morenismo” como una corriente específica dentro de la izquierda en general y del trotskismo en particular. 

Una tercera vía

Comenzaremos por lo más evidente. Hugo Bressano Capacete nació en 1924 en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, Argentina. Muy joven, a los 15 años, inició su militancia revolucionaria en las filas del trotskismo y permaneció en ellas hasta su muerte. En sus casi 50 años de militancia fundó, construyó y orientó numerosas organizaciones en Argentina, Latinoamérica y otros países, y también tuvo una destacada militancia internacional.

Sin embargo, este brevísimo resumen no explica el significado ni las característica propias de esa militancia. Para hacerlo, vamos a tomar dos ángulos de enfoque. El primero se refiere al proceso vivido por el movimiento trotskista y la IV Internacional en la segunda posguerra, y la ubicación de Moreno en ese marco.

El pequeño núcleo de cuadros y militantes trotskistas agrupados en la IV, después del fin de la Segunda Guerra Mundial, se vio sometido a duras presiones y pruebas. Y debió hacerlo, sin la presencia de Trotsky y su gran experiencia revolucionaria acumulada, con una dirección muy débil e inexperta.

Por un lado, la guerra produjo, de acuerdo con los pronósticos previos de Trotsky, un gran ascenso revolucionario en Europa y otras regiones del mundo y el surgimiento de nuevos estados obreros que se sumaban a la URSS. Pero, por el otro, contra esos pronósticos, la IV no ganó peso de masas e incidencia en esos procesos sino que continuó siendo un pequeño núcleo. Por el contrario, fue el estalinismo quien los dirigió. Algo que, sumado al papel de la URSS en la derrota del nazifascismo, lo convertieron en la dirección indiscutida del movimiento obrero y de masas mundial.

En este contexto, la mayoría de la nueva dirección de la IV no pasó la prueba. Frente a esa realidad, las organizaciones trotskistas tendieron a dividirse en dos grandes corrientes. Una de ellas, que asumió la dirección de la IV, encabezada por Michel Pablo y Ernest Mandel, adoptó un curso oportunista. En su afán de intervenir en los procesos revolucionarios en curso y ligarse a ellos, capituló a sus direcciones burocráticas y pequeñoburguesas. Primero al estalinismo, luego al titoísmo (Yugoslavia), posteriormente a los movimientos nacionalista burgueses, al castrismo, etc. En función de esa capitulación, creaba teorías justificativas y abandonaba los principios y la estrategia. Llegaron al colmo de rehusarse a defender la retirada del Ejército Rojo cuando explotaron las revoluciones políticas en Berlín Oriental (1953) y Hungría (1956).

La otra corriente tomó un curso sectario: como los procesos no seguían los pronósticos de Trotsky, no eran revoluciones ni surgían nuevos estados obreros. Al no reconocerlos, se incapacitaban para intervenir en esos nuevos procesos revolucionarios y se refugiaron en una defensa propagandística del programa, la estrategia y los principios. Posteriormente, varias de estas organizaciones (especialmente el healismo inglés y el lambertismo francés) se separaron de la construcción centralizada de la IV, transformándose en lo que Moreno denominaba nacional-trotskistas. En el mejor de los casos, construyeron débiles organizaciones colaterales internacionales.


El SWP de Estados Unidos, entonces el partido trotskista más fuerte y el que contaba con los cuadros más experimentados (varios de ellos educados por el propio Trotsky) a pesar de que tuvo posiciones semejantes a las de Moreno en relación tanto a la defensa de las revoluciones políticas en Hungría y Alemania Oriental como en el reconocimiento de los nuevos estados obreros deformados en el Este y en Cuba, padecía de una desviación que lo llevaría a jugar un papel extremamente negativo en la crisis de la IV. El SWP nunca asumió la tarea central de construir una dirección de la IV, que le hubiera correspondido por peso y experiencia. Sus dirigentes no veían como su gran tarea ser el eje de construcción de la Internacional y, de hecho, veían a la IV como una federación de partidos y no una dirección internacional centralizada. De esa forma, ese partido fue responsable por omisión de la crisis vivida por esta organización. Y esa concepción más temprano que tarde lo llevaría a una revisión del propio trotskismo y a transformarse en grandes capituladores al estalinismo y al castrismo en los años 80.

En ese contexto, Moreno intentó construir, por así decirlo, una “tercera vía”. Mantuvo una defensa intransigente de los principios y la estrategia. Pero, a la vez, buscó desarrollar explicaciones marxistas de los nuevos fenómenos e impulsó las necesarias actualizaciones programáticas. Al mismo tiempo, tuvo siempre la obsesión de que las organizaciones trotskistas, especialmente las que él dirigía, interviniesen y se construyesen en los procesos concretos de lucha de las masas, aprovechando las oportunidades y superando la marginalidad que las caracterizaba.              

Una obsesión por la intervención y la inserción en el movimiento obrero

Quizás fue su militancia en Argentina, su necesidad de superar, al mismo tiempo, la esterilidad del “trotskismo de café”, imperante en su país en esa época, y el obstáculo que el peronismo, uno de los movimientos nacionalistas burgueses más fuertes de la historia, representaba en el objetivo de difundir las ideas revolucionarias entre la clase obrera. Pero lo cierto es que, en su larga trayectoria, Moreno se mostró como un “maestro” en la tarea de elaborar y proponer tácticas concretas para intervenir en la realidad, aprovechar las oportunidades que ofrecía y construir organizaciones en el seno del movimiento de masas, especialmente en la clase obrera.

En base a análisis rigurosos de las diferentes situaciones de Argentina y de otros países, las numerosas tácticas propuestas, “posibles” y “aplicables”, conforman, en su conjunto, un verdadero “catálogo” de construcción revolucionaria. Abarca desde las intervenciones en los procesos electorales y el aprovechamiento de la legalidad hasta la militancia en la más absoluta clandestinidad o la lucha armada contra las dictaduras, pasando por la participación en las luchas y la organización sindical de los trabajadores.

Sería muy largo enumerarlas a todas. Queremos destacar especialmente aquellos momentos en que las organizaciones orientadas por Moreno consiguieron “romper el cerco” de la marginalidad y ser partícipes destacadas de importantes procesos de la lucha de clases.

  • Entre 1956 y 1958, el pequeño POR argentino edita, junto con activistas obreros peronistas combativos, el periódico Palabra Obrera del que se vendían miles de ejemplares. Su influencia en las fábricas permitió que el POR tuviese un peso muy importante en las principales huelgas de esos años y codirigiese la Resistencia Peronista contra la dictadura militar.
  • En los primeros años de la década de 1960, Hugo Blanco (estudiante peruano captado en Argentina por el grupo de Moreno) vuelve a Perú donde organiza y dirige los sindicatos y la lucha de los campesinos del Cuzco por la reforma agraria. Se transforma así, según palabras del propio Moreno, en “el más importante dirigente de masas trotskista después de Trotsky”.
  • En 1979, el PST de Colombia impulsa la formación de la Brigada Simón Bolívar que va a combatir, en Nicaragua, contra la dictadura de Anastasio Somoza, junto a las fuerzas del FSLN. En los combates, tiene tres muertos y varios heridos. De esta forma, militantes y simpatizantes trotskistas tienen el orgullo de intervenir directamente en un gran proceso revolucionario y en el derrocamiento de uno de los más sangrientos dictadores del continente latinoamericano.
  • Ese mismo año, en Brasil, los militantes de la Convergencia Socialista llaman a construir un Partido de los Trabajadores. En el IX Congreso de los Metalúrgicos del Estado de Sao Paulo, José Maria de Almeida propone un manifiesto que llama a «todos los trabajadores brasileños a unirse en la construcción de su partido, el Partido de los Trabajadores». La moción es aprobada a pesar de la posición de Lula en ese momento (participar en el MDB, un frente opositor con la burguesía). También fue levantada por los morenistas la política de construir una nueva central, la CUT derribando los burócratas amarillos. Así fueron vanguardia en las propuestas de construir uno de los mayores partidos obreros del mundo y la nueva central, en aquel momento una de las más dinámicas y democráticas del mundo. Gracias a eso se pudo forjar una sólida inserción de los morenistas brasileños en la clase obrera.
  • A partir de 1982, aprovechando las condiciones de legalidad electoral, su participación en las luchas obreras y su intervención en las listas sindicales antiburocráticas, el MAS argentino va a transformarse en el partido más importante de la izquierda de su país y en el partido trotskista más grande del mundo.

Más allá del curso posterior de estas experiencias, ellas quedan como importantes enseñanzas de que, con una política correcta y audaz, el trotskismo puede dar importantes saltos en su construcción, incluso en momentos aparentemente muy difíciles.

Un consejo muy profundo

El segundo ángulo de enfoque para interpretar el significado de Moreno y el morenismo se refiere a un consejo que él daba a las organizaciones que orientaba, especialmente en momento de crisis. Él decía que había que tratar de ser “más obreros, marxistas e internacionalistas que nunca”. En esa corta frase, resumía una verdadera orientación para la construcción de esas organizaciones.

Con respecto a los de ser “más obreros” fue algo que comenzó a aplicar desde los inicios de su militancia cuando rompe con el “trotskismo bohemio” y traslada el pequeño grupo de adolescentes que formaban el GOM a Villa Pobladora, en el corazón más obrero e industrial de la Argentina de la época.

Para él, construirse en la clase obrera (aunque podían y debían aprovecharse coyunturas de construcción en otros sectores pero siempre para volver después con esas fuerzas a la clase obrera) surgía de dos razones muy profundas. La primera es que, si bien otros sectores sociales podían ser más dinámicos y explosivos en sus luchas, la clase obrera era mucho más sólida y consecuente en su combate contra el capitalismo. Por eso, el partido que crease fuertes raíces en la clase obrera sería también mucho más sólido y consecuente, mucho menos sujeto a los vaivenes coyunturales.

La segunda razón es profundamente estratégica. Él señalaba que nuestro modelo de revolución socialista sólo podría llevarse adelante con la movilización autodeterminada y permanente de la clase obrera. Aunque tardásemos más tiempo, allí debíamos construirnos e impulsar ese proceso. No se podía engañar a la historia buscando atajos y construyéndonos como una corriente campesina o plebeya urbana porque eso nos llevaría inevitablemente a profundas desviaciones de nuestra estrategia.

Con respecto a ser “más marxistas” se refería, por un lado, a la necesidad de estudiar con profundidad, en base a las herramientas teóricas del marxismo, los nuevos fenómenos y procesos que no se encuadraban en los viejos esquemas y, de ser necesario, corregir esas herramientas teóricas para que respondiesen a las nuevas realidades. Por otro lado, se trataba de estudiar con profundidad las situaciones del mundo y de cada país para, recién a partir de allí, elaborar las políticas y orientaciones correctas. Él señalaba que había que hacer política revolucionaria como actúa un buen médico que sólo indica un tratamiento después de realizar los análisis necesarios y elaborar un cuidadoso diagnóstico. Varias veces, criticó a dirigentes nacionales de su corriente y los calificó de “curanderos” por no cumplir este requisito y trabajar sólo en base a intuiciones y golpes de vista que, inevitablemente, quedaban sujetos a las presiones, modas o falsas apariencias de la realidad.

Con respecto a ser “más internacionalista”, en el libro “Conversaciones” (1985), Moreno señala que el centro de las preocupaciones de su extensa actividad estuvo dedicado a la intervención en las diferentes organizaciones internacionales en las que militó. Como Trotsky, él consideraba que no podía haber militancia u organización trotskista nacional que no se desarrollase como parte de la construcción de una organización internacional. Y desde 1948, año en que participa como delegado del POR en el II Congreso de la IV Internacional, fue fiel a este principio.

Durante largos períodos estuvo en minoría en esas organizaciones. Así ocurrió en la IV unificada hasta 1953, en el Comité Internacional hasta 1963 y en el SU entre 1963 y 1979. Pero nunca abandonó esa militancia internacional ni dejó de participar activamente en las polémicas y debates que surgían. En 1979, comienza la construcción de su propia corriente internacional: primero con la Fracción Bolchevique (FB) y, desde 1982, con la LIT-CI (Liga Internacional de los Trabajadores).

Al mismo tiempo, a pesar de que la LIT-CI se había transformado en la corriente trotskista internacional de mayor desarrollo y dinámica, nunca cayó en la tentación de autoproclamarla “la IV”. Por el contrario, desde sus propios estatutos, siempre puso ese desarrollo al servicio de la tarea de reconstruir la IV Internacional como alternativa de dirección revolucionaria para las masas. 

Sus escritos

Nos detendremos un poco en los escritos de Moreno. La mayoría de sus trabajos está destinada a analizar, caracterizar y orientarse en procesos políticos concretos o generales y es dentro de ellos donde desarrolla las cuestiones teóricas o conceptuales. Veamos una revisión, seguramente incompleta, de ellos.

Hay dos que se destacan, escritos en forma de polémica, contra posiciones de Ernst Mandel. El primero es “El Partido y la Revolución” (también conocido como “El Morenazo”), de 1973, que polemiza con la desviación guerrillerista, ultraizquierdista y vanguardista. Algunos de sus capítulos, como Partido Leninista o Partido Mandelista, con su análisis de la relación entre acción, experiencia y conciencia, el método para elaborar consignas y su relación con el programa, educaron a toda una generación de cuadros.

El segundo es “La Dictadura Revolucionaria del Proletariado” que polemiza con una nueva desviación de Mandel: un intento de adaptar el concepto de dictadura del proletariado al contenido de la democracia burguesa. Junto con una clara sistematización de qué significa la dictadura del proletariado y sus diferentes variantes, Moreno realiza un pronóstico: si el SU profundizaba ese camino, acabaría abandonando el campo del trotskismo y de los revolucionarios para pasar al del reformismo. El pronóstico lamentablemente se cumplió.

También están escritos en forma de polémica sus trabajos sobre la revolución boliviana de 1952, la revolución portuguesa de 1974 y los textos de ruptura con el lambertismo  (que contienen importantes elaboraciones sobre el frente popular y la teoría de los “campos”).

Seguramente, su trabajo más ambicioso fue Actualización del Programa de Transición (1980) en el que Moreno busca realizar una sistematización del análisis de los nuevos fenómenos y procesos surgidos en la segunda posguerra y su reflejo en la actualización del programa escrito por Trotsky en 1938.

Otros textos, en especial de sus últimos años, adoptan una forma pedagógica, como Las Revoluciones del Siglo XX, Conceptos Políticos Elementales y Problemas de Organización. Reflejaban la necesidad de formar y educar a toda una nueva generación de miles de cuadros y militantes que habían ingresado en el MAS y en la LIT-CI.

En el terreno de los trabajos más alejados de la política concreta cabe mencionar dos de carácter teórico-histórico. “Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América” (1948) combate la caracterización del estalinismo y otras corrientes de que la colonización había sido feudal y no capitalista. En “Bases para la interpretación científica de la historia argentina” sistematiza las etapas del desarrollo económico y social del país y, a la vez, realiza aportes al sistema de categorías de clasificación de los países. En el campo puramente teórico, encontramos “Lógica marxista y ciencias modernas”, escrito inicialmente como un prólogo a un libro del estadounidense George Novack y luego publicado como folleto independiente. En sus apretadas páginas, Moreno reivindica la influencia de Hegel en Marx, expone brevemente las leyes de la dialéctica, presenta una historia de las lógicas y, entre ellas, destaca la lógica hipotético-deductiva descubierta por Jean Piaget, a la que considera como un sistema análogo al de la lógica marxista.   

Finalmente, cabe señalar que, si bien nunca escribió un trabajo específico sobre economía, diferentes escritos, como Actualización o las Tesis y el Manifiesto de la LIT-CI de 1984, contienen elaboraciones imprescindibles para comprender la actual crisis económica.

La capacidad de autocrítica

Otro rasgo que queremos destacar de Nahuel Moreno es su capacidad de autocrítica. Todos los que lo conocimos en la militancia, recordamos como, días, meses o años después de haber defendido apasionadamente una posición, aparecía y decía, o escribía, que se había equivocado y que tenía que corregirla.

En varias ocasiones, expresó que, desde su juventud, estaba cansado de estar entre “genios trotskistas”, dirigentes a los que le bastaba construir un grupo o partido de algunas decenas o centenas de militantes para reivindicar el derecho de ser considerados los legítimos sucesores de Lenin o Trotsky.

Seguramente en su mente la principal imagen que surgía era la de J. Posadas, primero autocrático jefe del pablismo en Latinoamérica (su apodo era el “virrey”) y luego dirigente de su propia, en realidad bastante pequeña, corriente internacional posadista. Posadas pontificaba en sus artículos sobre “lo humano y lo divino”. Sin llegar a tales extremos, Mandel, a quien Moreno consideraba un ser humano mucho más amable, jamás escribió una autocrítica a pesar de que, muchas veces, dio giros de 180º en sus posiciones.

Moreno, por el contrario, hizo de la autocrítica una herramienta de militancia. Por ejemplo, en la polémica sobre la revolución portuguesa, el sostenía que lo esencial para construir un partido en los procesos revolucionarios era un núcleo fundacional y una política correcta. Mandel y la dirección del SWP le respondieron que los ritmos de construcción del partido revolucionario estaban limitados y condicionados por la cantidad de cuadros que se consiguiera captar y educar. Años después, en Problemas de Organización, reconoció sin ninguna ambigüedad que se había equivocado y que Mandel y el SWP tenían razón. O cuando siempre contaba que una de las grandes líneas impulsada durante la Resistencia Peronista (la toma de fábricas con rehenes) había surgido de la propuesta de un compañero obrero de base y que él inicialmente había estado en contra.

Incluso llegó a elaborar, aunque nunca escribió, una historia de la corriente morenista en Argentina en la que las diferentes etapas de construcción eran analizadas no en base a los aciertos y avances (que en casi todos los períodos habían existido) sino en base a las desviaciones de cada uno de ellos: nacional-trotskismo entre 1944 y 1948, obrerismo rabioso hasta 1952, movimientismo entre 1952 y 1959, desviación procastrista hasta 1967, sectarismo hacia la izquierda peronista en el PST, etc.

En un momento en que la izquierda sigue poblada de “pequeños genios” (trotskistas o no), queremos reivindicar este rasgo autocrítico de Moreno, quien la utilizó como una herramienta de aprendizaje y construcción.      

Algunas consideraciones finales

El movimiento trotskista que Moreno conoció y en el que militó (al que definió como “una corriente o movimiento independiente de los aparatos burocráticos aunque no tuviera unidad organizativa”) ya no existe como tal. En un verdadero “aluvión oportunista”, sectores importantes de ese movimiento han “cruzado la línea” y abandonado el campo revolucionario, transformándose en correas de transmisión (y viviendo a expensas) de la democracia burguesa y parlamentaria, los fondos del estado o de aparatos burocráticos sindicales.

Siguen existiendo, claro está, varias organizaciones nacional-trotskistas y también numerosas sectas, en general bastante estériles, que se reivindican “trotskistas”. Pero es imposible esperar que de ellas surja la reconstrucción de la IV Internacional.

La LIT-CI también sufrió las consecuencias del “aluvión oportunista” y, después de la muerte de Nahuel Moreno, pasó por una profunda crisis que casi llevó a su desaparición. Pero, intentando seguir sus consejos, superó esa crisis y salió adelante. Hoy, en el marco de la peor crisis económica internacional desde 1929, que desmiente categóricamente el triunfo o la superioridad del capitalismo, sus secciones y militantes buscan intervenir activamente en los procesos reales de la lucha de clases.

El legado de Moreno y su principal construcción están en pie y en combate. Pero, tal como él nos enseñara, no se “autoproclama” sino que pone su propia construcción al servicio de la reconstrucción de la IV Internacional como alternativa de dirección revolucionaria para las masas, en momentos en que esto es cada vez más necesario.

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