Compartir

A lo largo del dominio semicolonial imperialista de Latinoamérica, surgieron en varios países movimientos nacionalistas burgueses que intentaron resistir. Sin embargo, por sus profundas limitaciones de clase y de programa, todos fracasaron en ese intento y terminaron, por distintas vías, capitulando al imperialismo.

Por: Alejandro Iturbe

Esos movimientos nacionalistas burgueses son corrientes políticas impulsadas por sectores burgueses en los países coloniales y semicoloniales. En los países coloniales, luchaban por la independencia política del país; y en los semicoloniales, intentaban resistir la presión imperialista y obtener un espacio político y económico mayor[1].

La gran mayoría de los países latinoamericanos ya había obtenido su independencia en la primera mitad del siglo XIX (con excepción de Cuba y Puerto Rico), por lo que estos movimientos se encuadran en el segundo tipo. Los ejemplos más destacados, en el pasado, fueron el Partido Revolucionario Institucional (PRI) de México y el peronismo argentino. De modo más reciente, podemos caracterizar así todo el chavismo venezolano. 

Sus génesis son distintas: el PRI es el resultado de la institucionalización burguesa de la gran revolución iniciada en 1910, que derrocó el régimen de Porfirio Díaz[2]; el peronismo surge entre 1943 y 1946, en el marco de “las relaciones de la burguesía argentina con el imperialismo inglés en retirada y el imperialismo yanqui en plena ofensiva (…) Perón capitalizó el sentimiento anti-yanqui de un importante sector de la burguesía y el Ejército que aspiraban a resistir los embates del imperialismo [yanqui] con métodos precisamente burgueses”[3]. El chavismo es un subproducto del Caracazo y fue impulsado por un sector de segunda línea de la oficialidad del Ejército[4].    

El análisis de Trotsky

A pesar de su génesis diferente (y su expresión en la configuración política específica de cada uno), esos movimientos tuvieron características comunes. Las principales de ellas fueron estudiadas por Trotsky durante su exilio en México, en la década de 1930, referidas al gobierno del general Lázaro Cárdenas, y expresadas en diversos artículos[5].

En esos escritos, Trotsky dice que, una vez en el poder, esos movimientos “aprovechan para defenderse los antagonismos entre los países y grupos de países imperialistas”. Fue el caso del cardenismo y del peronismo y de la disputa entre EEUU e Inglaterra. Una vez que esos antagonismos se atenuaron, después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y el imperialismo estadounidense impuso su hegemonía en nivel mundial, también aprovecharon las contradicciones entre los países imperialistas, por un lado, y el bloque de la URSS y los Estados obreros, por el otro, para intentar crearse un espacio propio.

Otras características centrales es que tomaron algunas medidas antiimperialistas de cierto peso e impulsaron desde el Estado algunas ramas de la producción, pero nunca sobrepasaron los límites del sistema capitalista ni del Estado burgués. Cárdenas estatizó el petróleo en 1938; Perón estatizó los ferrocarriles, la mayoría de la producción eléctrica y de las telecomunicaciones (la producción de petróleo ya era estatal desde 1922). Trotsky denominaba este proceso como “capitalismo de Estado” y consideraba progresivas algunas de esas acciones. Sobre la estatización del petróleo mexicano escribió que esa medida era “el único medio efectivo de salvaguardar la independencia nacional y las condiciones más elementales de la democracia (…) No es socialista ni comunista: es una medida de defensa nacional altamente progresista”.

Pero, al no superar los límites del capitalismo a nivel nacional y no avanzar hacia un combate general contra el imperialismo (salvo una muy retórica propuesta de “unidad latinoamericana”), dejaron intactas, en gran medida, las bases económico-sociales que el imperialismo y los sectores burgueses nacionales aliados con él utilizarían para contraatacar. Perón, por ejemplo, no tocó una hectárea de los riquísimos terratenientes agroganaderos e impulsó el desarrollo de una fuerte burguesía industrial que, finalmente, se alió al imperialismo estadounidense para derrocarlo, en 1955.

Los regímenes bonapartistas sui generis

Como una forma de contrapesar la presión del imperialismo y de los sectores burgueses nacionales aliados con él, estos movimientos se apoyaban en el movimiento de masas, al que le daban algunas concesiones importantes. Pero esta movilización de los trabajadores y las masas representaba un gran peligro, porque podía desbordarse y tratar de avanzar más allá de las intenciones de la dirección nacionalista burguesa. Tal como señalaba Trotsky, esta profunda contradicción nacía del hecho de que las condiciones particulares del desarrollo capitalista de los países atrasados (con gran peso del capital imperialista) determinaba “una debilidad relativa de la burguesía nacional en relación al proletariado”. Por eso, ejercieron un control burocrático y totalitario sobre los trabajadores y las masas (tanto en el terreno político como en el sindical) para impedir su movilización y organización independientes.

Lea también  Recuperando la verdad sobre la serie “Trotsky”, exhibida en Netflix

Esta combinación muy específica de elementos (presión del imperialismo, resistencia parcial de sectores de la burguesía nacional, necesidad de apoyarse en las masas y, al mismo tiempo controlarlas férreamente) originó un nuevo tipo de régimen burgués que Trotsky denominó “bonapartismo sui generis”. Trotsky utiliza la categorización sui generis para diferenciar estos regímenes de países atrasados de los bonapartismos de los países imperialistas. Al mismo tiempo, distingue dos variantes del bonapartismo en países atrasados: una es la que estamos analizando (y que hoy se denomina “populista” o “de izquierda”); la otra, son las dictaduras proimperialistas clásicas. Sobre los primeros, escribe: “Oscilan entre el capitalismo extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado”.

Por eso, son regímenes altamente contradictorios: tienen elementos progresivos en la medida que resisten al imperialismo y otorgan concesiones y, a la vez, son esencialmente reaccionarios porque defienden el capitalismo y el Estado burgués y porque frenan el desarrollo de la movilización de masas con su control totalitario. Por eso, incluso en sus momentos de apogeo, reprimieron las luchas obreras y a dirigentes obreros que escapaban de su control y comenzaban a ceder a las presiones imperialistas[6].

El surgimiento de nuevos sectores burgueses

Sobre la base del control del Estado burgués, con estos regímenes con fuerte intervención en la economía, surgen nuevas burguesías nacionales o se desarrollan sectores débiles preexistentes, a partir de parasitar y usufructuar “su” Estado. Algunas de esas acumulaciones capitalistas son muy grandes.

En el caso de los gobiernos de Juan Perón en Argentina (1946-1955), surge un sector llamado “burguesía cupera” porque se enriquecía con la adjudicación de los cupos de importación de insumos y materias primas (como el acero) otorgados por el gobierno, a precios subsidiados, y su posterior reventa en el mercado a precios muy superiores. Juan Duarte, cuñado de Perón, fue un exponente de esta burguesía parasitaria. Otros burgueses aprovechaban estas ganancias para fortalecer y capitalizar empresas  ya existentes. Fue el caso de la familia Di Tella que, como ya hemos referido, llegó a ser propietaria del principal conglomerado industrial de Latinoamérica en esa década (fabricaba automóviles, heladeras, maquinaria electromecánica, caños, etc.).

Otro ejemplo posterior fue el de la “boliburguesía” (“burguesía bolivariana”) surgida con el chavismo venezolano a partir de 1999. Uno de sus mayores exponentes es Diosdado Cabello, militar retirado y alto dirigente del PSUV. Sus propiedades incluyen bancos, varias plantas industriales y participación como accionista en empresas de servicios. Se considera que es el segundo conglomerado financiero nacional, solo después del tradicional grupo Polar-Mendoza[7].      

Un cambio profundo

Como consecuencia del fin del “boom económico de posguerra”[8] y la profunda crisis de la economía mundial que se derivó, en la década siguiente comenzaron a producirse importantes cambios en el contexto económico y político mundial.

Para enfrentar esa crisis, el imperialismo impulsó una profunda modificación del modelo de acumulación capitalista vigente durante el boom (basado en una política keynesiana)[9]. Fue una ofensiva recolonizadora, de privatizaciones de empresas del Estado, “aperturas” y “liberalizaciones” de las economías nacionales semicerradas, ataques a las conquistas obreras, construcción de cadenas mundiales de acumulación de valor, aumento de la financierización de la economía, etc. En otras palabras, se redujeron muchísimo los márgenes políticos y económicos para las experiencias nacionalistas burguesas.

Lea también  Salió la revista teórica Marxismo Vivo Nº 13

Eso explica la evolución de muchos de estos movimientos: algunos desaparecieron, como el APRA peruano, mientras la mayoría se adaptó como un partido “normal” de los regímenes democrático burgueses y acabó aplicando las mismas políticas a favor del imperialismo que antes criticaban. Fue el caso, por ejemplo de los gobiernos peronistas de Carlos Menem en Argentina (1989-1999) y los de Víctor Paz Estenssoro (1985-1989) y Gonzalo Sánchez de Lozada (1993-1997) del MNR boliviano. Aunque con diferencias en el régimen político dominante en el país, fue también el caso de los diferentes gobiernos del PRI mexicano a partir de la década de 1980.       

El “gran garrote”

Durante gran parte del siglo XX, la política del imperialismo estadounidense hacia Latinoamérica fue la del big stick (el “gran garrote”) formulada por el presidente Theodore Roosevelt en 1901. Es decir, el “derecho” imperialista de intervenir militarmente otros países y/o apoyar golpes de Estado para defender o imponer sus intereses. La lista es muy larga y comienza a inicios de ese siglo con numerosas invasiones a países centroamericanos y caribeños.

Esta política agresiva se aplicaba especialmente contra aquellos gobiernos y regímenes que tenían roces y resistían (así fuera parcialmente) el dominio imperialista. Por otro lado, se acentuó después de la Segunda Guerra Mundial, en el marco de la doctrina de la “lucha contra el comunismo”. Allí está el ejemplo de los golpes contra los gobiernos de Jacobo Arbenz, en Guatemala (1954); de Juan Perón, en Argentina (1955); de João Goulart, en Brasil (1964); de Salvador Allende, en Chile (1973), etc. Fueron la expresión en Latinoamérica de una política mundial, como muestran el sangriento golpe organizado por la CIA contra Sukarno, en Indonesia (1964) o la escalada de intervención en la guerra de Vietnam, a partir de 1964.    

En el caso de Vietnam,  realizó un fortísimo esfuerzo militar y utilizó métodos de gran crueldad: asesinar a todos los pobladores de una aldea o quemar con napalm (fósforo líquido) los campos de cultivo y a quienes se encontraban en ellos. Pero nada de esto impidió la dura derrota, que ya a finales de 1973 era irreversible. Una derrota que quedó simbolizada en las imágenes de la apurada huida de los helicópteros estadounidenses (que llevaban oficiales y funcionarios), y en la desesperación de sus agentes de Vietnam del Sur (que no fueron contemplados en la evacuación) y se colgaban de los helicópteros para intentar huir. Fue la primera derrota militar del imperialismo estadounidense y significó un impacto muy grande en la correlación de fuerzas de la lucha de clases en el mundo porque erosionó la capacidad de acción del polo imperialista.

La reacción democrática

La derrota en Vietnam limitó la capacidad de intervención militar directa del imperialismo estadounidense (y del imperialismo en general). El llamado “síndrome de Vietnam” era la dificultad del imperialismo de intervenir militarmente en el mundo (como lo hacía permanentemente en el pasado) por el temor de que esa intervención derivase en una larga y costosa guerra como en Vietnam. Aunque con cierto retardo, este temor también se extendió a la política de impulsar golpes de Estado que derivaban en dictaduras militares autóctonas[10].

A partir de 1976, el nuevo presidente James “Jimmy” Carter fue quien comenzó a aplicar la política de “reacción democrática”, elaborada por su consejero de Seguridad, Zbigniew Brzezinski. Él era muy consciente de las condiciones desfavorables en el mundo y de que, por ello, el aspecto militar debía pasar a un segundo plano y ponerse al servicio de una nueva táctica central. Según su visión: “Vencer no significa más la capacidad de derrotar militarmente a un adversario… Sino que es la capacidad de prevalecer contra ese adversario en una paciente lucha de largo plazo”.

Esto no significaba que el imperialismo se hubiese vuelto “pacifista” o “humanitario” sino que la situación lo obligaba a limitar su acción militar y utilizar otros mecanismos tácticos (pactos, negociaciones, elecciones burguesas) que permitieran frenar y desviar los procesos revolucionarios y avanzar en los objetivos más estratégicos. Usando la imagen de aquel animal de carga que puede avanzar a través de golpes o de una zanahoria colgada a su frente, se limitaba el uso del “garrote” y se lo ponía al servicio de la “zanahoria”. Para ello contaba con la colaboración del aparato estalinista y su política (la “coexistencia pacífica”) y de las direcciones traidoras.

Lea también  Desde el rechazo a la injerencia del imperialismo y la derecha latinoamericana, manifestamos nuestro repudio a la dictadura antiobrera de Nicolás Maduro.

Es importante señalar que la situación abierta para el imperialismo con la derrota en Vietnam se vio profundizada por las revoluciones que en 1979 derrocaron al Sha de Irán, y a Anastasio Somoza, en Nicaragua. Esta última abrió un proceso revolucionario en Centroamérica de conjunto –considerada por el imperialismo yanqui como su “patio trasero”–, donde la política de reacción democrática le sería de gran utilidad, como se demostró en los acuerdos de Contadora, Esquipulas y Chapultepec. También para evitar que la lucha contra las dictaduras del continente (desarrollada en las décadas de 1970 y 1980) se transformara en un proceso de revolución democrática triunfante (una política que fue exitosa en Chile, con la salida de la dictadura de Pinochet en la década de 1980). Si no podía evitar ese triunfo de la revolución democrática, como ocurrió con la caída de la dictadura argentina en 1982, servía evitar que se profundizase la revolución [11].

Notas:

[1] Ver artículo “Pasado y Presente del Nacionalismo Burgués” en revista Marxismo Vivo n.° 10, San Pablo, Brasil (2004).

[2] Para más informaciones sobre este proceso, ver: https://lahistoriamexicana.mx/siglo-xx/revolucion-mexicana

[3] GONZÁLEZ, Ernesto; ¿Qué es y qué fue el peronismo? Buenos Aires, Argentina: Ediciones Pluma (1973).

[4] Para un análisis global del chavismo y del proceso que le dio origen, ver el libro Venezuela después de Chávez: un balance necesario. San Pablo, Brasil: Ediciones Marxismo Vivo (2013).

[5] TROTSKY, León. Escritos Latinoamericanos. Buenos Aires, Argentina: CEIP (1999).

[6] Ver artículo “Pasado y Presente del Nacionalismo Burgués”, ya citado.

[7] Ver artículo “La boliburguesía: un nuevo sector burgués”, en: https://litci.org/es/menu/mundo/latinoamerica/venezuela/la-boliburguesia-un-nuevo-sector-burgues/

[8] y [9] Para un análisis más detallado del boom económico de posguerra y de la política económica keynesiana, ver el capítulo V del libro O sistema financeiro e a crise econômica mundial. Iturbe, Alejandro. San Pablo, Brasil: Editora Sundermann (2009).

[10] Ver: https://litci.org/es/menu/lit-ci-y-partidos/publicaciones/correo-internacional/la-reaccion-democratica-del-sindrome-de-vietnam-al-sindrome-de-irak/

[11] Ídem.