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La discusión se prolongaba y el congreso del partido iba a reunirse cuando estalló la sublevación de Kronstadt Noticia temblé y al principio increíble. Kronstadt, el foco más ardiente de la Re­volución de Octubre lanzado contra la República soviética; ¿era eso posible? Los mismos dirigentes del partido habían sido toma­dos por sorpresa. Nosotros estábamos consternados. Como siem­pre en las situaciones difíciles y peligrosas, fue a Trotsky a quien el comité central envió a Petrogrado, con riesgo de cargarle responsabilidades que no eran las suya.

Por Alfred Rosmer

Había que estudiar y precisar la naturaleza del movimiento, y ante todo sus causas; había algunas evidentes El Kronstadt .de 1921 no era ya el Kronstadt de 1917, la transferencia del gobierno soviético a Moscú había drenado gran parte de los militantes; la guerra civil había tomado a otros muchos. Los barrios obreros habían proporcionado sus contingentes; el Petrogrado de la insu­rrección de Octubre, el Petrogrado donde se habían desarrollado todas las fases de la Revolución, daba entonces la impresión die una capital degradada de categoría, despojada de su rango. Zinóviev la tenía a su cargo y él era el último hombre capaz de admi­nistrar metódicamente; por otra parte, su atención la acaparaba entonces la Internacional comunista y sus secciones; la ciudad y conocía bien a Kronstadt y a sus militantes. En su  la región estaban dejadas al abandono, la condición de los traba­jadores y la organización del trabajo descuidadas a tal punto que habían llegado a estallar huelgas. Situada en la punta extrema del país, Petrogrado se encontraba tan mal colocada como era posible para el reavituallamiento cuando Rusia estaba cortada del exte­rior; ventajosa en tiempos de paz, su posición se convertía en la más expuesta en tiempos de guerra.

El que elementos contrarrevolucionarios hubieran tratado de aprovecharse de la situación, era normal; su papel era el de aumen­tar el descontento, envenenar las quejas, atraer hacia ellos el mo­vimiento. ¿De dónde surgió la consigna “soviets sin bolcheviques”? No es fácil precisarlo, pero era tan cómoda para aliar a todo el mundo, a todos los adversarios del régimen, en particular a los socialistas-revolucionarios, a los cadetes, a los mencheviques, em­peñados en tomar su revancha, que es válido suponer que fueron ellos quienes tuvieron la idea, y la propaganda que hicieron a esta reivindicación podía alcanzar a los marinos y a los soldados, la mayor parte de ellos jóvenes reclutas provenientes de las zonas rurales, confusos ya por las amargas lamentaciones que les lle­vaban las cartas de sus familias, irritadas por la brutal requisa. Tales fueron las exclusiones a las que llegó la encuesta organiza­da por los dirigentes del partido, Escribiendo sobre este tema un año más tarde “en el aniversario” Andreu Nin, que había vivido  todo, el año transcurrido en la Rusia soviética y bahía tenido la posibilidad de informarse, de verificar, daba explicaciones y aproximaciones idénticas.

Las tesis de los adversarios de los bolcheviques se expuso en numerosos folletos,  escritos, generalmente por anarquistas. Es po­sible encontrarla en la que es, me parece, la última por su fecha, publicada en 1948 por Ida Mett, en las ediciones Spartacus, bajo el título La Commune de Kronstadt, crépuscule sanglant des So­viets. La conclusión del autor está ya claramente indicada por ese título, pero él declara no haber emprendido su trabajo sino para establecer la verdad histórica sobre ese acontecimiento doloroso. ¿Y lo ha conseguido? Reconoce que todavía faltan elementos para un análisis definitivo, no pudiendo ser consultados los archivos del gobierno soviético ni del Ejército Rojo. Sin embargo reprodu­ce y comenta muchos documentos importantes. Pero cuántas con­tradicciones entre los testimonios y apreciaciones que cita, perte­necientes en su mayoría a personas deliberadamente hostiles a los bolcheviques.

Sobre el origen y la causa del levantamiento! uno de los jefes de la insurrección, Petrichenko, escribió en 1926 que fue el mantenimiento del régimen del comunismo de guerra cuando la guerra civil ya había concluido lo que irritó a los obreros y. los em­pujó a sublevarse contra el gobierno soviético. Pero éste no estaba menos deseoso que aquéllos de pasar de un régimen de guerra a un régimen de paz. ¿Es que tardó demasiado en hacerlo? ¿Podía aplicar más pronto la nueva política económica que, desde hacía algunos meses, era el objeto de sus preocupaciones? Se estudiaba, se buscaba; la gran discusión sobre los sindicatos se inscribe pre­cisamente en el cuadro de estas investigaciones. Bien temerario sería quien creyera poder dar una respuesta a estas cuestiones, cuando es difícil, si no imposible, reconstruir exactamente la si­tuación general que existía entonces.

Incluso si se admite que la sublevación  fue obra de obreros y  marineros que actuaban con plena independencia, por su iniciativa, sin conexión con los contrarrevolucionarios, hay que reconocer que, desde el estallido de la sublevación, todos los enemigos  de los bolcheviques acudieron:: socialrevolucionarios de de­recha v de izquierda, anarquistas, mencheviques; la prensa del extranjero se regocija; ni siquiera ha aguardado a la fase activa “del contacto para señalarlo; el programa de los rebeldes no le interesa, pero comprende que su rebelión puede llevar a cabo lo que los burgueses coaligados no han podido hacer: derribar un ré­gimen execrado cuya caída desde hace años acecha vanamente.

Entre las octavillas distribuidas en .Kronstadt, la que está firmada:  un grupo de mencheviques termina con estas palabras: “¿Dónde están los verdaderos contrarrevolucionarios?  Son los bolcheviques, los comisarios. ¡Viva la revolución! ¡Viva la Asamblea Constituyente!”, Según el Messager Socialiste, órgano oficial de los socialdemócratas rusos publicado en el extranjero, “las consignas kronstadianas son mencheviques”, mientras que Mártoy niega la participación en el movimiento de los mencheviques y de  los socialrevolucionarios. Para él, la iniciativa pertenece a los marinos, que rompen con el partido comunista por cuestiones de organización, no de principios.

Los hechos relatados en el folleto muestran que es el comité revolucionario provisional el que toma la iniciativa de las medidas militares. Por una noticia falsa, se apresura a hacer ocupar los puntos estratégicos, se apodera de los establecimientos del Es­tado, etcétera. Estas operaciones tienen lugar el 2 de marzo, y es solamente el 7 que el gobierno, habiendo agotado los intentos de conciliación, debe resolverse a ordenar el ataque. Los socialrevolucionarios se habían dedicado a impedir una solución pacífica del conflicto, Uno de sus jefes, Chernov ese antiguo ministro de los gabinetes de coalición que condujeron la Revolución de Febrero a Kornílov y a Kerensky, exclamaba: “No os dejéis engañar enta­blando con el poder bolchevique conversaciones, que éste empren­derá con el fin de ganar tiempo”. El gobierno emprendió la ac­ción que va resultaba inevitable, a pesar suyo  como lo confirma el testimonio de Lutovinov, uno de los líderes de la “Oposición Obrera”: al llegar a Berlín el 21 de marzo, declaró- “Las noticias publicadas por la prensa extranjera acerca de los sucesos de Kronstadt son muy exageradas. El gobierno de los soviets es lo bastan­te fuerte para acabar con los rebeldes; la lentitud de la operación se explica por el hecho de que se quiere proteger a la población de la ciudad”. Lutovinov había sido enviado a Berlín en desgracia, y el  hecho de que perteneciese a la “Oposición Obrera” da un valor especial a la declaración.

Si es posible que el gobierno de los soviets cometiera faltas, qué decir del papel de un hombre como Chernov que no ve en el asunto más que la ocasión de una revancha contra los bolchevi­ques que lo han destronado de su sillón presidencial disolviendo la Asamblea Constituyente. Sabiendo que la insurrección está con­denada al fracaso, hace todo lo que puede para excitar a los ma­rinos, contribuyendo así a acrecentar un vano sacrificio de vidas humanas. En esta situación, los combates, desde el momento que estallan, no podían ser sino encarnizados; las pérdidas fueron graves de ambos lados, éntrelos rebeldes y entre los aspirantes del Ejército Rojo.

En diversas ocasiones, los marinos de Kronstadt habían demos­trado su tendencia a ceder a la impaciencia. Bajo el gobierno pro­visional, el 13 de mayo, proclamaron que “el único poder en Kronstadt es el Soviet”. Fue Trotsky quien tomó entonces su de­fensa contra el ministro menchevique Tseretelli, como vimos en una nota anterior. Dos meses más tarde, en el curso del periodo de grandes conflictos conocidos como las “Jornadas de Julio” y posterior a la desdichada ofensiva decidida por Kerensky bajo la presión de los Aliados, los marinos de Kronstadt se dirigieron en masa a Retrogrado. Después de manifestar a través de la ciudad, se encaminaron al Palacio de Táuride, donde sesionaba el Soviet y, en tono imperativo, exigieron que los ministros socialistas fueran a explicarse con ellos. Fue Chernov quien se dejó ver el pri­mero. “¡Regístrenlo! ¡Asegúrense de que no tiene armas!”, gritaron entonces de varios lados. El recibimiento carecía de cordialidad. “En ese caso no tengo nada que decir”, declaró él, volviendo la espalda a la multitud, y se dispuso a regresar al palacio. Sin embargo el tumulto se calmó. Pudo pronunciar un breve discurso para tratar de apaciguar a los quejosos. Cuando terminó, muchos marinos, robustos, se apoderaron de él, lo empujan hasta un auto­móvil, lo toman como rehén. Este acto imprevisto provoca una extrema confusión; unos aprueban y otros protestan. Mientras discuten, los obreros se precipitan al interior del palacio, gritando: “¡Chernov ha sido arrestado por unos energúmenos! ¡Hay que salvarlo!” Mártov, Kámenev, Trotsky levantan apresuradamente la sesión. No sin dificultad, Trotsky consigue que Chernov sea liberado y, tomándolo por el brazo, lo acompaña al Soviet. En 1921, Chernov había olvidado por completo esta escena ocurrida hacía sólo cuatro años. No pensaba sino en provocar criminalmen­te a los hermanos de aquellos marinos que lo habían tratado aún más rudamente que los bolcheviques.

Extraído de su obra Moscú en los tiempos de Lenin, publicada en castellano en editorial Era, México, 1982 (páginas, 142-145).