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Este 15 de enero se cumplen cien años del asesinato de Rosa Luxemburgo, la más destacada marxista revolucionaria del siglo XX.

Por Alejandro Iturbe

Rosa nació en Polonia el 5 marzo 1871, en la familia de un comerciante judío de maderas. Una enfermedad mal curada la dejaría de por vida con una pierna más corta. Eso no cambiaría su carácter rebelde: comienza a luchar y militar en la escuela secundaria, y en 1887 se integra al Partido del Proletariado, una de las primeras organizaciones marxistas del Este de Europa.

Se ve obligada a huir a Suiza. Allí conoce al lituano Leo Jogiches e inicia con él una larga y tempestuosa relación afectiva [1], paralela a la profunda colaboración política. Consigue entrar a la universidad, y en 1898 se doctora en Economía Política y Derecho.

En esos años funda junto con Leo el PSDRPL (Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania), separado del PSP (Partido Socialista Polaco) por sus diferencias sobre la autodeterminación de Polonia con el Imperio Ruso (Rosa se oponía a esta consigna).

En 1897 había conseguido ya la nacionalidad alemana y comienza a militar en el PSDA (Partido Socialdemócrata Alemán). Rápidamente se destacó como una figura de su ala izquierda al enfrentar el revisionismo de derecha de Edward Bernstein y combatir su visión reformista: en 1900 escribe uno de sus trabajos más conocidos (Reforma y Revolución).

En 1905, bajo el impacto de la primera revolución rusa, defiende la posición revolucionaria de los bolcheviques, en oposición a la de los mencheviques y eseristas rusos [2]. Las conclusiones que sacó de ese proceso fueron claves para su visión del desarrollo de la movilización revolucionaria de masas y su relación con la organización partidaria, reflejada en su libro Huelga de masas, partido y sindicatos (1906). En él expresa una concepción diferente y enfrentada con la de Lenin (en el marco de que ambos pertenecían al ala revolucionaria de la Segunda Internacional).

En 1907 se suma como profesora de Economía Política e Historia Económica en la escuela del PSDA. En 1913 se publica su obra Acumulación del Capital con la que interviene en el rico debate que se daba entre los marxistas sobre el origen y la caracterización de la fase capitalista-imperialista [3].

Se opone a la Primera Guerra Mundial como parte de la posición del ala revolucionaria de la Segunda (“transformar la guerra interimperialista  en guerra revolucionaria de clase”) junto con Lenin y Trotsky [4]. Con ellos, combate la traición de la mayoría de la dirección de la Segunda y del PSDA, y también se enfrenta con Karl Kautsky [5] (con quien había colaborado en el debate contra Bernstein).

A partir de 1914, por su posición y sus acciones contra la guerra, fue detenida y liberada varias veces. En 1915 es la principal redactora del Folleto Junius que origina la escisión de la Liga Espartaquista del PSDA. En 1917, estando en la cárcel, apoyó la Revolución Rusa dirigida por los bolcheviques, pero se opuso y criticó la represión y la disolución de la Asamblea Constituyente realizada por el gobierno soviético.

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Cuando es liberada, modifica su visión equivocada y expresa: “No es cuestión de tal o cual cuestión táctica secundaria, sino de la capacidad de acción del proletariado, de su fortaleza para actuar, la voluntad de poder de los socialistas. En esto, Lenin y Trotsky y sus amigos fueron los primeros, aquellos que fueron adelante como un ejemplo para el proletariado del mundo; ellos son aún los únicos hasta ahora que pueden gritar…: ‘¡Me he atrevido!’”.

La primera revolución alemana

La dirección del PSDA expulsó a la Liga Espartaquista (LE) y a otros opositores (como Kautsky): juntos forman el PSDI (Partido Socialdemócrata Independiente). La LE permanece como fracción del PSDI.

En noviembre de 1918, el proceso se aceleró: el Imperio Alemán había sido derrotado en la Primera Guerra Mundial y su ejército se derrumbó. Una poderosa movilización de masas derriba el régimen monárquico del Káiser e instala una república democrático-burguesa parlamentaria. Había comenzado la primera revolución alemana.

El 8 de noviembre, Rosa es liberada y junto con Karl Liebknecht [6] asume la dirección de la LE. Luego de la caída del Káiser se formó un gobierno burgués encabezado por el socialdemócrata Friedrich Ebert y formado por diversos partidos burgueses [7]. La mayoría del PSDI (encabezado por Kautsky) se integró al nuevo gobierno. La LE rompe con este partido y, junto con otros sectores disidentes, en diciembre fundan el KPD (Partido Comunista Alemán).

En enero de 1919, los espartaquistas (como todavía eran conocidos) impulsan una insurrección que, en perspectiva histórica, aparece como prematura: un sector importante de la clase obrera no había agotado la experiencia con el nuevo gobierno y la insurrección es derrotada [8] por el gobierno de Ebert.

La alianza socialdemócrata burguesa se siente fortalecida y decide sacarse de encima a los principales referentes revolucionarios. El 15 de enero, un grupo de ex oficiales militares de derecha (los Freikorps) secuestra y asesina a Rosa y a Karl Liebknecht, con la clara complicidad del gobierno del gobierno Ebert. El partido que había traicionado a su clase durante la guerra completaba ahora su tarea al servicio de la burguesía imperialista alemana.

El principal error de Rosa

Rosa Luxemburgo fue, sin dudas, una de las grandes figuras del ala revolucionaria de los marxistas de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Unía su profunda inteligencia a su capacidad de impulsar la acción de masas. En ese marco, como todos los revolucionarios, cometió errores teóricos y políticos.

Hay uno que resultaría clave por su costo y su incidencia negativa sobre el proceso revolucionario alemán que se inició en noviembre de 1918 (al punto de costar su propia vida y la de Karl Liebknecht): su visión espontaneísta y movimientista de la relación entre la movilización de masas y la construcción del partido revolucionario. Lenin enfrentó esa visión, diciendo que Rosa tenía una errada concepción de la organización como proceso.

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A Rosa Luxemburgo y a Karl Libeknecht no les faltaba convicción revolucionaria ni determinación estratégica. Pero en vez de haber construido a lo largo de años un sólido núcleo de algunos miles de cuadros y militantes con el que disputar la dirección del proceso revolucionario contra los aparatos traidores, lo enfrentaron con una corriente laxa y poco disciplinada. Su correcta crítica al aparato burocrático de la socialdemocracia alemana llevó a Rosa a una conclusión equivocada: no había que construir una organización partidaria sólida, centralizada y disciplinada con objetivos revolucionarios porque la propia movilización de masas resolvería ese problema.

La ausencia de esa organización privó a los espartaquistas de un “medidor militante” del estado de ánimo de las masas y se expresó en el error en la percepción del momento en que lanzaron la insurrección de enero de 1919. Una profunda diferencia con Lenin, cuyo partido bolchevique fue capaz de frenar el proceso insurreccional de julio de 1917 en Petrogrado, porque era prematuro, para después lanzar la victoriosa insurrección de octubre (cuando las condiciones objetivas ya habían madurado y los bolcheviques dirigían a la mayoría de la clase obrera rusa). Es una experiencia y un balance históricos que debemos rescatar en momentos en que el debate sobre la relación entre movilización de masas y organización  partidaria está a la orden del día.

Nada de esto opaca la límpida trayectoria de Rosa como revolucionaria. Le rendimos homenaje con las palabras con las que la despidió Lenin al enterarse de su muerte:

“Las águilas pueden a veces volar más bajo que las gallinas. Pero las gallinas nunca pueden elevarse a la altura de las águilas. Rosa Luxemburgo estuvo equivocada sobre la cuestión de la independencia de Polonia; estuvo equivocada en 1903 en su aproximación con el menchevismo y sobre la teoría de la acumulación del capital; estuvo equivocada en julio de 1914 cuando, junto con Plekhanov, Vandervelde, Kautsky y otros, defendió la unidad entre bolcheviques y mencheviques; estuvo equivocada en lo que escribió en la prisión en 1918 [NdE sobre la disolución de la Asamblea Constituyente en Rusia] (corrigió su error al final de ese año e inicios del siguiente después de ser liberada). Pero, a pesar de sus errores, ella fue (y lo seguirá siendo para nosotros) un águila. Y los comunistas de todo el mundo no solo valoramos su memoria sino que su biografía y sus obras completas (…) servirán como un útil manual de entrenamiento de muchas generaciones de comunistas de todo el mundo.”

Rosa Luxemburgo será siempre “el águila de la revolución”.

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Notas:

[1] Las cartas de Rosa a Leo están reunidas en el libro Camarada y Amante.

[2] Mencheviques: fracción de derecha de la socialdemocracia rusa; eseristas: denominación de los miembros de la organización populista Partido Socialista Revolucionario  con peso en el campesinado y en la intelectualidad urbana.

[3] Otras obras destacadas en ese debate son Capitalismo Financiero y Crisis de Karl Kautsky (1911), El imperialismo y la acumulación del capital de Nikolai Bukharin y el famoso libro de V.I. Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo (1916).

[4] Sobre este tema ver: https://litci.org/es/menu/teoria/historia/centenario-del-fin-la-primera-guerra-mundial/   

[5] Karl Kautsky (1854-1938) era considerado el principal teórico de la Segunda Internacional. Combatió junto con Rosa Luxemburgo el revisionismo de Bernstein. A partir de 1914, comienza a girar a la derecha. Escindido del PSDA en 1918, su partido, el PSDI, integró el gobierno de Ebert. En 1922 volvió al PSDA. Se opuso a la Revolución Rusa. Lenin, que lo había considerado uno de sus maestros, lo combate en un durísimo libro: El renegado Kautsky (1918).     

[6] Karl Liebknecht (1871-1919), dirigente de ala izquierda del PSDA, fue el único diputado socialdemócrata que se opuso al apoyo del partido a la guerra impulsada por el gobierno imperial. Fue expulsado del PSDA en 1916. Luego de ser reclutado, es detenido, y finalmente liberado en 1918.

[7] Meses después, ese proceso se consolidaría en el régimen político conocido como República de Weimar.

[8] Algunos historiadores sostienen que fue Liebknecht el principal impulsor de la acción y que Rosa no estaba de acuerdo con que ya era el momento para hacerla. Una vez lanzada la insurrección, cerró filas y públicamente la impulsó junto con él.