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En el año 1917, al día siguiente del triunfo de la Revolución Rusa, Lenin, su gran dirigente, comenzó su discurso en el Congreso Panruso de los Soviet con las siguientes palabras: “Pasemos ahora a la edificación del orden socialista”.

Por: Martín Hernández

Setenta años después, en 1987, ya nada quedaba de ese “orden socialista”. La burguesía había recuperado el poder y, con eso, el capitalismo comenzaba a ser restaurado.

Esta realidad provocó y continúa provocando –como no podía ser de otra manera– enormes dudas en la izquierda de todo el mundo, pues los hechos parecían demostrar el fracaso del socialismo o, como mínimo, del camino adoptado por nuestros maestros para llegar a él.

I. EL DERECHO A LA VICTORIA DEL SOCIALISMO

Los marxistas elaboramos nuestras opiniones a partir del análisis de la realidad. En este caso no podía ser diferente. La restauración del capitalismo en Rusia y en el resto de los ex Estados obreros nos obliga a sacar conclusiones pero, para hacerlo, se hace necesario estudiar cuidadosamente qué es lo que realmente ocurrió en Rusia, la cuna de la mayor revolución socialista de la historia.

La Revolución Rusa inició el camino en dirección al socialismo. Eso es un hecho. Ese camino no culminó en el socialismo. Eso también es un hecho. Pero no basta señalar los hechos. Hay que explicarlos. ¿Por qué ese camino no llevó al socialismo? ¿Fue porque el camino estaba mal trazado o fue porque, aunque bien trazado, fue interrumpido?

Estas dos preguntas son decisivas, no solo para entender el pasado sino para actuar de cara al futuro, pues si el camino estaba mal trazado, los que aspiramos a conquistar el socialismo estaremos obligados a buscar nuevos caminos. Por el contrario, si el camino estaba bien trazado y fue interrumpido, de lo que se trata es de remover los obstáculos que lo interrumpieron para poder retomarlo.

El socialismo, un viejo ideal

A menudo se considera que la idea de una sociedad socialista o comunista (que si bien son ideas diferentes, en el imaginario popular resultan sinónimos) corresponde a Marx y a Engels. Pero eso no es así.

Ese ideal es muy antiguo. Ya Platón, 380 a. C., se refería a ella en su obra La República. Más aún, posiblemente fue Platón el primero en hablar de una sociedad “comunista”.

Por otra parte, la idea del comunismo se desarrolló entre los primeros cristianos y tuvo, a través de las varias centenas de años, diferentes expresiones y formulaciones, como fueron las de Tomás Moro, que en su libro La utopía, escrito en el lejano 1516, afirmaba: “Me parece que allá donde rige la propiedad privada, donde el dinero es la medida de todas las cosas, es muy difícil que se llegue a establecer un régimen político fundado en la justicia y en la prosperidad”.

Sin embargo, como corriente de opinión claramente socialista (es importante recordar que por ejemplo Platón defendía un “comunismo” con esclavos) posiblemente la que alcanzó más desarrollo fue la que se dio a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, con los llamados “socialistas utópicos”: Charles Fourier, Robert Owen, Saint-Simon, Etienne Cabert, Pierre Leroux, y el gran divulgador de esas ideas, Víctor de Considerant.

Estos autores, la mayoría de ellos provenientes de las clases altas de la sociedad, construyeron una poderosa corriente de opinión que, habiendo nacido en Europa, se extendió a otros continentes. Así, en América Latina y más particularmente en la Argentina, ella ganó peso en la intelectualidad, siendo su máximo exponente Esteban Echeverría (1805-1851) autor del libro El Dogma Socialista.

Los socialistas utópicos creían que sus ideas sobre una sociedad igualitaria, por ser muy bellas (y realmente lo eran), terminarían siendo aceptadas por toda la sociedad. No solo por los explotados sino también por los explotadores. Allí residía justamente el carácter utópico de las mismas.

El papel de Marx y Engels no fue, por lo tanto, haber elaborado una teoría sobre la necesidad de una sociedad socialista sino haber fundamentado, científicamente, el porqué de esa necesidad y haber elaborado, también científicamente, el camino de su realización.

Marx y Engels, a partir de un profundo estudio de la sociedad capitalista, llegaron a la conclusión de que el capitalismo, en un proceso irreversible, se había convertido en una traba cada vez mayor para el desarrollo de la humanidad y que solo la clase obrera, tomando el poder, destruyendo el Estado capitalista y construyendo su propio Estado, podría iniciar el camino de su liberación para, a partir de allí, liberar al conjunto de la humanidad de todas las trabas que el capitalismo le imponía. De esta forma, el camino en dirección al socialismo, como primera fase de una sociedad comunista, estaba trazado.

El proyecto de Marx y Engels, en el terreno de las ideas se mostró victorioso, como quedó demostrado cuando lo mejor de la clase obrera, así como muchos intelectuales honestos, construyeron, con base en el ideario de Marx y Engels, la Segunda Internacional, que agrupó a centenas de miles de militantes en todo el mundo.

Pero, ni Marx ni Engels pudieron ver sus ideas concretadas. Esta tarea le cupo al Partido Bolchevique.

La cuestión del poder de la clase obrera

La clase obrera rusa, dirigida por el Partido Bolchevique, enfrentó el desafío de testar, en la práctica, las ideas de Marx y Engels.

Ya la Comuna de París había demostrado, en vida de Marx y Engels, que los obreros podían tomar el poder. Pero no habían conseguido mantenerlo. Después de dos meses, los comuneros fueron masacrados por la burguesía.

¿Podrían los bolcheviques, al frente de la clase obrera, superar la experiencia de la Comuna y mantenerse en el poder? Ese era el primer desafío, y no era fácil de cumplir.

La burguesía opinaba que los bolcheviques no podrían superar este primer desafío. Por eso, la prensa burguesa, en octubre de 1917, se preguntaba una y otra vez: “¿Cuántos días se mantendrán los bolcheviques en el poder?”. Y la mayoría de la propia dirección del Partido Bolchevique se hacía la misma pregunta. John Reed, en su famoso libro sobre la Revolución Rusa, “Los 10 días que conmovieron al mundo”, presenta un testimonio sobre esta realidad.

Con excepción de Lenin y Trotsky, los obreros de Petrogrado y los soldados, nadie creía que los bolcheviques podrían mantenerse por más de tres días”.[1]

Sin embargo, pasaban los días, las semanas y los meses, y los bolcheviques, al frente de la clase obrera, seguían en el poder.

A partir de allí, la burguesía rusa, y del resto del mundo, dejó de hacerse preguntas para pasar a la acción directa, con el objetivo de repetir la experiencia (masacre) de la Comuna de París. Pero no lo consiguieron.

Catorce ejércitos invadieron Rusia para cumplir este objetivo, los cuales a posteriori se aliaron con los capitalistas rusos para llevar adelante una guerra civil.

Para defenderse, el nuevo Estado se vio obligado a construir un ejército y, para hacerlo, se enfrentó con un gran problema. En el Partido Bolchevique no había generales ni coroneles ni cualquier tipo de especialista militar. ¿Cómo hacer entonces para construir un ejército capaz de derrotar a los ejércitos enemigos? ¿A quién poner al frente de esta tarea?

El Partido Bolchevique designó para esa tarea a un dirigente político, León Trotsky, que nunca había usado un arma en su vida. Construir un ejército parecía una tarea imposible. Ganar la guerra, mucho más. Sin embargo, si bien los milagros no existen, una revolución, con la clase obrera a su frente, consigue hacer “milagros”. Trotsky organizó el Ejército Rojo con más de cinco millones de personas, se convirtió en uno de los máximos especialistas militares del mundo, y llevó ese ejército a la victoria.

El segundo y grande desafío

Con la victoria en la guerra civil, la clase obrera, con su dirección revolucionaria, superó la experiencia de la Comuna de París, lo que demostró que Marx y Engels tenían razón: la clase obrera podía hacerse cargo del poder. Sin embargo, siendo este un desafío importante, no era el mayor. El desafío más importante era saber si la clase obrera podría estar al frente del Estado sin la burguesía, porque esto nunca había ocurrido. Y, más importante aún era saber si clase obrera, estando al frente del Estado, sería capaz de hacer lo que la burguesía se había mostrado incapaz de realizar: provocar un desarrollo superior en la economía y la cultura. Y la clase obrera rusa, a partir de tomar el poder, lo consiguió.

Muy poco tiempo después del triunfo de la Revolución, algunos números comenzaban a sorprender. Antes del triunfo de la revolución había en Rusia 32.000 escuelas y 10.000 bibliotecas. Un año y medio después había 60.000 escuelas y 100.000 bibliotecas.

Rusia, un país sumamente atrasado, con 80% de su población campesina y con 78% de analfabetos habría de convertirse, en algunas pocas décadas, en una potencia. De esta forma, el país de los analfabetos se transformaría en uno de los pocos países del mundo sin analfabetos, y es necesario destacar que se hablaban allí 147 lenguas diferentes, muchas de las cuales eran solamente orales.

El país, que antes del triunfo de la revolución tenía 80% de campesinos, llegó a ocupar el segundo lugar en lo que se refiere a la producción industrial, solo atrás de los Estados Unidos. A la vez, se convertiría en el primer productor de petróleo, de acero, de cemento y de tractores del mundo.

Rusia, el país de las grandes masas incultas, consiguió en el terreno de la cultura proezas que ningún país capitalista en la época (ni ahora) alcanzaron. En Moscú llegaron a existir cerca de 300 teatros líricos, mucho de los cuales funcionaban de mañana, de tarde y de noche.

En las Universidades, los alumnos recibían un salario para estudiar, mientras que los obreros que lo querían hacer tenían sus horarios de trabajo subordinados a sus horarios de estudio en las facultades, a la vez que tenían entre una semana y un mes de licencia pagos para prepararse para los exámenes.

Es importante destacar que todos esos logros fueron conseguidos en un país que sufrió como ningún otro, en el lapso de 30 años, las consecuencias de tres guerras devastadoras. La Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

Ningún otro país en el mundo sufrió tanto las consecuencias de las guerras. Para hacer una comparación, los Estados Unidos, que participaron de la Primera Guerra, de la invasión a Rusia y de la Segunda Guerra tuvieron, en total, 600.000 muertos. Rusia, en esas tres guerras tuvo, como mínimo, cuarenta millones de muertos.

Cada una de esas guerras provocó una completa devastación del país. Durante la Guerra Civil murieron cuatro millones de personas y, como consecuencia de ella, a posteriori murieron siete millones más por enfermedades, hambre y frío. Fue tal el grado de destrucción provocado por el intento de acabar con el nuevo Estado por parte del capitalismo, que en esos años se tornó bastante común el canibalismo. Centenas de miles de niños y jóvenes desamparados vagaban por las calles y muchos de ellos se organizaban para atacar a las personas, matarlas y comérselas, a la vez que era común que las madres ataran a sus bebés para que, por causa del hambre, no se mordieran entre sí.[2]

Pero la Segunda Guerra Mundial superó largamente los horrores de la Primera y de la Guerra Civil. Solo en los primeros seis meses, desde el ataque sorpresa de Hitler, murieron dos millones y medio de rusos, y solo en la batalla de Stalingrado murieron un millón. Durante la Segunda Guerra murieron, como mínimo, veintiséis millones de soviéticos.

Con rumbo al socialismo

¿Cómo un país atrasado, de mayoría campesina, con casi 80% de analfabetos podía llegar, en menos de 20 años, a tal crecimiento económico y cultural?

Parecía un milagro. Pero no era lo era. El “milagro” estaba explicado por lo que decía Trotsky en 1936, en la presentación de su trabajo La revolución traicionada:

“El mundo burgués fingió, en un principio, que no observaba los éxitos económicos del régimen de los soviets, es decir, la prueba experimental de la viabilidad de los métodos socialistas[3].

Y agrega después en el mismo libro:

“Los inmensos resultados obtenidos por la industria, el comienzo prometedor de un florecimiento de la agricultura, el crecimiento extraordinario de las viejas ciudades industriales, la creación de otras nuevas, el rápido aumento del número de obreros, la elevación del nivel cultural y de las necesidades son los resultados indiscutibles de la Revolución de Octubre en la que los profetas del viejo mundo creyeron ver la tumba de la civilización. Ya no hay necesidad de discutir con los señores economistas burgueses: el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria, no en las páginas de El Capital, sino en una arena económica que constituye la sexta parte de la superficie del globo; no en el lenguaje de la dialéctica, sino en el del hierro, del cemento y de la electricidad. Aún en el caso de que la URSS, por culpa de sus dirigentes, sucumbiera a los golpes del exterior –cosa que esperamos firmemente no ver– quedaría, como prenda del porvenir, el hecho indiscutible que la revolución proletaria fue lo único que permitió a un país atrasado obtener resultados sin precedentes en la historia”.[4]

Los hechos: el crecimiento espectacular de la economía y la cultura parecían indicar que Rusia marchaba en dirección al socialismo como paso previo al comunismo, en el cual, al decir de Marx, cada persona produciría de acuerdo con su capacidad y recibiría de acuerdo con su necesidad. Es decir, una sociedad en donde todas las necesidades de los seres humanos podrían ser satisfechas.

Lógicamente, Rusia no podría llegar al socialismo y mucho menos al comunismo si la revolución no triunfaba en el resto del mundo, particularmente en los países más avanzados, pues pensar en una sociedad comunista en el marco de una economía mundial dominada por el imperialismo era algo que no entraba en la cabeza de ningún marxista.

Pero los bolcheviques, conscientes de eso, abrieron dos caminos con un mismo objetivo: la victoria del socialismo. Por un lado, comenzaron por tomar el poder en Rusia y, al mismo tiempo, utilizaron esa victoria para desarrollar la revolución internacional impulsando la construcción de la III Internacional, el Partido Mundial de la Revolución Socialista.

Los bolcheviques, siguiendo la tradición de Marx y Engels, en medio de la Guerra Civil se pusieron a la cabeza de la fundación de esa organización mundial.

Entre 1919 y 1922, la Tercera Internacional realizó un congreso mundial por año, los cuales duraban cerca de un mes cada uno. En ellos se discutían los problemas más candentes de la revolución mundial así como la situación y la política para cada país.

Documentales de la época muestran a Lenin y a Trotsky, ovacionados por todos los delegados, abandonando sus tareas, de Estado el primero y el comando del Ejército Rojo el segundo, para participar activamente de esos congresos. Por otra parte, esos filmes también muestran que los congresos de la Tercera eran el más importante acontecimiento del país. Se organizaban desfiles y actos de masas para celebrar la apertura de un nuevo congreso. Y es importante destacar que los principales oradores de esos actos no eran los dirigentes rusos sino los delegados de los diferentes países.

La toma del poder por la clase obrera, la expropiación de la burguesía, el monopolio del comercio exterior, la economía centralmente planificada por un lado, y la construcción de la Tercera internacional por el otro, fue el camino adoptado por los bolcheviques para marchar en dirección al socialismo.

Sin embargo, ese camino iniciado por la Revolución Rusa fue bruscamente interrumpido por el estalinismo.

II. EL ESTALINISMO INTERRUMPIÓ EL CAMINO AL SOCIALISMO

El atraso de las masas rusas, mayoritariamente campesinas, la casi desaparición de la clase obrera durante la guerra civil, el cansancio de las masas como producto de esa misma guerra, la derrota de la revolución alemana y el reflujo de la movilización fueron fortaleciendo un espíritu conservador entre las masas y, de esa forma, dio base para el fortalecimiento de los sectores mas burocráticos y conservadores del Partido Bolchevique y del Estado. Por otra parte, la enfermedad y muerte de Lenin potenciaron ese proceso.

En vida de Lenin, por las razones señaladas, existía la burocracia dentro del Estado y las desviaciones burocráticas dentro del Partido Bolchevique. Pero Lenin, con su enorme prestigio, advertía y combatía esto desde 1919. Su muerte prematura significó no solo una disminución cualitativa en ese combate sino que abrió el camino para que la burocracia se adueñara del poder.

Al frente de ese proceso apareció el más mediocre dirigente del Partido Bolchevique: Stalin. Que había jugado un papel secundario en la revolución pero acabó cumpliendo un papel central cuando llegó la hora de profundizar el retroceso y las derrotas, así como la burocratización del Estado y del partido.

Stalin, ya en el año 1923 (cuando Lenin estaba postrado por su grave enfermedad) elaboró una teoría justificadora, que se apoyaba en el cansancio y desmovilización de las masas, que él llamó “socialismo en un solo país”, y que fue complementada con una política: “coexistencia pacífica con el imperialismo”.

A las masas, cansadas, les decía: paremos de luchar. No es necesaria la revolución mundial para llegar al socialismo. Nosotros podemos hacer el socialismo solos, en nuestro país. Para eso basta que nos pongamos de acuerdo con las potencias imperialistas. Vamos a coexistir pacíficamente con ellas.

Esta orientación llevó a Stalin no solo a dejar de lado la lucha por el triunfo de la revolución internacional sino a fimar acuerdos con las más importantes potencias imperialistas, para evitar que eso ocurriera.

El primero fue con la Alemania de Hitler. Un pacto de no agresión y de división de áreas de influencia por la cual Stalin se comprometía a no hacer nada frente a la futura invasión de Hitler a Polonia para ocupar la mitad de su territorio y, en compensación, Hitler le permitía a Stalin ocupar la otra mitad del territorio polaco.

Luego, cuando Hitler rompe ese pacto e invade la URSS, Stalin se ve obligado a entrar en la Segunda Guerra en alianza con los EEUU e Inglaterra, y esta alianza va a culminar en un nuevo pacto de Stalin con sus nuevos aliados, con el mismo carácter contrarrevolucionario con el que anteriormente había firmado con Hitler: coexistencia pacífica y división de áreas de influencia.

Como parte de ese pacto, Stalin, por recomendación del primer ministro inglés Wiston Churchill, disuelve la III Internacional y entrega al imperialismo, para mantener la coexistencia pacífica, las revoluciones en Francia, Italia y Grecia.

La victoria del terror

Toda esa política de Stalin, que se comenzó a desarrollar a partir de 1923, si bien se veía favorecida por la desmovilización y el cansancio de las masas rusas, encontró una fuerte resistencia en el Partido Bolchevique. Pero Stalin ganó esa batalla. No en el terreno de las ideas sino en el del terror.

Los opositores de Stalin, la mayoría de los cuales habían tenido un papel destacado en la Revolución de Octubre y en la Guerra Civil comenzaron por ser calumniados, después desplazados de los puestos de responsabilidad para, a partir de allí, ser expulsados del partido, llevados presos y finalmente fusilados. De esa forma se impuso el estalinismo en Rusia y en la ex URSS.

Lo que ocurrió en la URSS en la década del ’30 fue el triunfo de una verdadera contrarrevolución.

De la contrarrevolución a la restauración

A menudo, cuando se habla de Rusia se dice: de la revolución socialista a la restauración capitalista cuando lo correcto sería decir: de la contrarrevolución estalinista a la restauración capitalista, porque es justamente a partir del triunfo de contrarrevolución estalinista que se interrumpe el camino en dirección al socialismo y se inicia un nuevo camino, ahora de retorno al capitalismo, aunque, en esos años, la apariencia indicase lo contrario.

En la década del ’30, a pesar de todas las proezas contrarrevolucionarias de Stalin, la economía y la cultura no paraban de crecer, a punto tal que Stalin llegó a declarar que Rusia y la URSS ya habían llegado al socialismo y caminaban rumbo al comunismo. Sin embargo, la realidad era bien diferente.

La política de Stalin, de colaboración con las potencias imperialistas, iba dejando a la URSS cada vez más aislada en el marco de una economía mundial dominada por esas potencias imperialistas.

En ese sentido, si la URSS continuaba creciendo no era debido a la política de Stalin sino a pesar de ella. Continuaba creciendo porque aún se mantenía el impulso dado a la economía por las principales medidas económicas tomadas a partir de la Revolución de Octubre. Pero esta realidad, en función de la conducción de la burocracia estalinista del Estado, no se mantendría por mucho tiempo.

Es por eso que Trotsky, al mismo tiempo que reconocía ese crecimiento espectacular, señalaba en el año 1938:

“El pronóstico político tiene un carácter alternativo: o bien la burocracia, convirtiéndose cada vez más en el órgano de la burguesía mundial en el Estado obrero, derrocará las nuevas formas de propiedad y volverá a hundir el país en el capitalismo, o bien la clase obrera aplastará a la burocracia y abrirá el camino del socialismo”.[5]

Los acuerdos de Stalin con el imperialismo habrían de tener un alto costo para la URSS.

En el año 1941 la URSS estuvo muy próxima de ser destruida cuando Hitler, en forma unilateral, rompió el pacto con Stalin e invadió la URSS.

Luego de la Segunda Guerra Mundial existieron planes de los EEUU para hacer lo mismo que Hitler, pero la relación de fuerzas no lo permitió. Sin embargo, eso no tornó más fáciles las cosas para la URSS.

De un lado, el atraso tecnológico (en relación con los países más avanzados) y, del otro, la conducción burocrática, hicieron que ya a finales de los años ’50 el crecimiento económico comenzara a disminuir. La economía continuaba creciendo pero a un ritmo bastante inferior.

Entre los años 1963 y 1968, en todo el Este europeo se llevaron adelante profundas reformas para intentar superar la situación. Esas reformas, que por un lado pretendían modernizar la gestión y por el otro aumentar el comercio exterior para traer nuevas tecnologías, terminaron en un rotundo fracaso, no solo la URSS sino el conjunto de los países del Este europeo, que comenzaron a entrar en una crisis económica sin salida.

Por un lado, la propia burocracia, al intentar aplicar los nuevos planes de gestión, resistió a ellos porque veía sus intereses cuestionados. Todos estaban a favor de esos planes, siempre y cuando no se aplicaran en su sector. Por otro lado, el aumento del comercio exterior (esa etapa fue conocida como la “Edad de Oro del Comercio Este-Oeste”) terminó en una brutal crisis, porque fue un comercio –igual que el que realiza el imperialismo con sus colonias– completamente desigual.

La próxima fase de las direcciones burocráticas fue el intento de salir de la crisis por medio de los préstamos del imperialismo. De esta forma, las economías de Este europeo quedaron presas de la deuda externa con el imperialismo, lo que los llevó a una crisis terminal.

La burocracia gobernante, culpable de haber aislado a la URSS con su política de “coexistencia pacífica con el imperialismo”, descargaba la crisis sobre las espaldas de los trabajadores. Algunos números muestran eso con claridad. En la URSS, la educación, que en la década del ’50 consumía 10% de la renta nacional, a inicios de los ’80 consumía solo 6%. Y algo más trágico: la expectativa de vida, que en ese periodo aumentaba en todo el mundo, en la URSS decrecía de forma alarmante. En 1972 era de 70 años. A inicios de los ’80 había caído a 60 años.

De esa forma, la parodia estalinista de “socialismo en un solo país”, que en realidad era “larga vida al imperialismo”, llegaba a su fin.

La URSS y el resto de los estados obreros solo tenían una alternativa para salir de la crisis económica terminal que el imperialismo les había impuesto: apelar a la revolución mundial. Pero, no estaban dispuestos a recorrer ese camino. Prefirieron ofrecerse como socios menores del imperialismo y eso fue lo que hicieron. De la mano de sus amos, restauraron el capitalismo en todos esos Estados.

De esta forma, los burócratas gobernantes llevaron hasta el fin la política de Stalin y se convirtieron así en los sepultureros de las pocas conquistas que quedaban de la gloriosa Revolución de Octubre.

III. ¿NUEVOS CAMINOS PARA EL SOCIALISMO?

En nombre de un supuesto “realismo” están los que dicen que el socialismo fracasó porque era una utopía de Marx y Engels. Están también los que afirman que no era una utopía, pero de lo que se trata es de buscar “nuevos caminos para el socialismo” pues lo que fracasó es el camino adoptado por los bolcheviques. Ambas ideas están equivocadas.

¿De qué utopía se puede hablar cuando, con los métodos socialistas, un país atrasado como Rusia consiguió, en menos de 20 años, transformar ese país en una potencia mundial, en el terreno de la economía y de la cultura?

¿Por qué pensar en nuevos caminos para el socialismo si fue el camino trazado por los bolcheviques (el camino de Marx y Engels) el que posibilitó esos primeros y triunfantes pasos en dirección al socialismo?

El socialismo y el comunismo no son una utopía. Los hechos demostraron eso. Lo que es una utopía es pensar que el capitalismo podrá liberar a la humanidad del hambre, la explotación, la opresión, y la destrucción de la naturaleza.

No se trata de buscar nuevos caminos. Ya el estalinismo buscó un nuevo camino. Llegar al socialismo sobre la base de los acuerdos con el imperialismo en nivel internacional, y llegar al socialismo, en cada país, sobre la base de gobiernos de conciliación de clases, los llamados gobiernos de frente popular.

De lo que se trata es de retomar el camino que Marx y Engels formularon, que los bolcheviques concretaron, y que los estalinistas interrumpieron.

De lo que se trata es de remover los obstáculos que se interpusieron en ese camino, lo que posibilitó que en lugar de llegar al socialismo se retornase al capitalismo.

Las masas del Este europeo, al derrumbar el aparato estalinista en nivel internacional (o como mínimo herirlo de muerte), removieron, en gran medida, ese obstáculo. De lo que se trata ahora es de culminar esa tarea removiendo de la conciencia de la vanguardia obrera las ideas que el putrefacto aparato estalinista dejó en sus cabezas y que están vivas en el programa de todos los que hoy, en nombre del “realismo”, hablan de nuevos caminos.

De lo que se trata es de acabar con la idea de que se puede llegar al socialismo conciliando con la burguesía; que se puede llegar al socialismo sin democracia obrera, o que se puede llegar al socialismo sin construir el partido mundial de la revolución.

El camino de Marx y Engels, el camino de los bolcheviques, el camino de los primeros años de la III Internacional, es el camino que abre las posibilidades de victoria. El camino del estalinismo, que hasta hoy es adoptado por los nuevos y viejos reformistas, es el camino de la derrota. De nuevas y nuevas tragedias. Es necesario estudiar la Revolución Rusa. Es necesario aprender de la Revolución Rusa.

Notas:

[1] Lenin recomendó este libro por considerar que trazaba “… un cuadro exacto y extraordinariamente vivo de los acontecimientos…”.

[2] Ver al respecto el estudio de Wendy Z. Goldman: “la mujer, el estado y la revolución”.

[3] TROTSKY, León. La Revolución Traicionada. Editorial Fontamara, p. 27

[4] Ídem, pp. 33-34.

[5] TROTSKY, León. Programa de Transición.

Artículo publicado en la revista Marxismo Vivo – Nueva Época n. 10, setiembre de 2017.