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Este trabajo es un balance de un momento decisivo de la historia de la corriente internacional encabezada por Moreno: el de la ruptura con el SU, donde se organizaba como una corriente diferenciada, la Fracción Bolchevique (FB); la corta pero intensa experiencia con el lambertismo y la preparación de la fundación de la Liga Internacional de los Trabajadores (LIT-CI).

Escrito en 1986, el texto analiza las razones políticas fundamentales de nuestro acercamiento al lambertismo y de nuestra ruptura, principalmente su capitulación al gobierno frentepopulista de Mitterrand y la reacción burocrática y nacional-trotskista de la corriente lambertista a la crítica y a cualquier exigencia de discusión.

Introducción

La crisis de la Cuarta Internacional, provocada por el revisionismo pablista y aún no resuelta, nos ha obligado a usar a menudo el término “movimiento trotskista”. Creemos que es una denominación correcta. El viejo tronco, la Cuarta Internacional fundada por Trotsky, ha dado origen a diferentes corrientes y agrupamientos, internacionales y nacionales, que se reivindican trotskistas. Es un proceso similar, en ese sentido, al de la crisis de la socialdemocracia, que originó tendencias revolucionarias, oportunistas, revisionistas, centristas y capituladoras, que se declaraban todas ellas marxistas.

No se podía negar, en su momento, la existencia del movimiento socialdemócrata, aunque de él formaran parte desde Lenin y Rosa Luxemburgo hasta Bernstein. De la misma forma, no se puede negar hoy la existencia del movimiento trotskista, pese a que haya en su seno todo tipo de corrientes, desde el trotskismo ortodoxo hasta el revisionismo más de derecha. El hecho de que la Segunda Internacional realizara conferencias o congresos mundiales y nuestro movimiento trotskista en su conjunto no las realice, es una diferencia de forma pero no de contenido entre ambos.

La Segunda Internacional en crisis se había convertido en un movimiento a pesar de mantener su forma de organización internacional. Los efectos del revisionismo pablista sobre el trotskismo han sido tan destructivos que ni siquiera conservamos formalmente una estructura internacional única. Pero el trotskismo se mantiene como un movimiento porque los grupos, partidos y tendencias que lo integran mantienen una organización propia, independiente de toda otra organización nacional o internacional (socialdemócrata, stalinista o nacionalista burguesa o pequeño burguesa), incluso en los casos en que capitulan políticamente a alguna de aquellas.

La crisis de la Cuarta Internacional y su degradación a movimiento ha provocado, entre otros efectos nefastos, la existencia de corrientes y organizaciones que, reivindicándonos trotskistas, en muchos casos hemos vivido aisladas unas de otras durante años, a veces décadas. Tal el caso del WRP británico (Workers Revolutionary Party ‑ Partido Revolucionario de los Trabajadores) y sus organizaciones afines en otros países por un lado, y la LIT (CI) (Liga Internacional de los Trabajadores Cuarta Internacional) por el otro. Ello ha provocado, a su vez, la existencia de lo que podríamos llamar “estilos” diferentes, lenguajes distintos y, frecuentemente, concepciones diferentes sobre qué es o debe ser la Cuarta Internacional. Por esta razón, antes de entrar directamente al tema de este artículo, nuestra unificación con la corriente lambertista y la posterior ruptura con ella, queremos precisar a grandes rasgos nuestra concepción sobre la Internacional.

La concepción trotskista de la Internacional

Para nosotros, siguiendo lo que creemos fue la concepción y la práctica de Trotsky, el problema decisivo, fundamental y primero que debemos plantearnos es la construcción, alrededor de un programa, de la organización internacional y su dirección. Trotskismo es sinónimo de organización y dirección internacionales, en oposición a estalinismo en todas sus variantes (moscovita, maoísta, castrista), socialdemocracia y nacionalismo pequeño burgués de tipo sandinista, que no quieren ni construyen una organización y dirección obreras revolucionarias internacionales.

Creemos que la organización y la dirección internacionales son una categoría distinta y superior a cualquier organización y dirección nacionales, por grandes o capaces que ellas puedan ser. Toda dirección nacional está destinada al fracaso si no es parte activa de la construcción de una dirección internacional, de la misma forma que toda dirección de un sindicato, por clasista y revolucionaria que sea, está condenada a la ruina si no lucha por una dirección clasista y revolucionaria para todo el movimiento obrero. Por eso sostenemos que, así corno sin oxígeno no hay vida, sin dirección y organización internacionales no hay trotskismo verdadero.

El problema de que la dirección y la organización internacional son imprescindibles era, en última instancia, lo que estaba detrás de la lucha de Trotsky por fundar la Cuarta Internacional ya en 1936. Aunque en ese momento su posición fue derrotada por sus compañeros, evidentemente para Trotsky no era cuestión de cuántas o cuáles fuerzas se podían nuclear, de su debilidad o fortaleza. Para él, sin organización y dirección internacional simplemente no se podía militar y actuar políticamente en la lucha de clases.

El “nacional-trotskismo”

La crisis de la Cuarta Internacional provocada por el pablismo echó al olvido esta concepción para grandes sectores del trotskismo. Mandel, que siempre defendió ‑-y es honesto reconocérselo-‑ la necesidad de una Internacional centralizada, no la concibe en la práctica como centralizada alrededor de una dirección y un programa. “Construye”, en cambio, una “Internacional” que es una federación laxa de secciones nacionales y tendencias y fracciones internacionales, cada una con su propio programa (en ocasiones opuestos por el vértice) y casi sin disciplina. Es decir que, después de haber sido cómplice de Pablo en la dispersión del trotskismo mundial, Mandel trata de mantener formalmente unidos a sus fragmentos, sin revertir el revisionismo que había provocado esa crisis.

Otra vertiente que renegó de la concepción trotskista sobre la Internacional es la que denominamos “nacional-trotskismo”. Sus distintas variantes sostienen que la cuestión de la dirección y la organización internacional constituye una especie de “programa máximo”, para un futuro indefinido, que por ahora hay que mantener en un plano declarativo, de expresión de deseos, a la espera de que se den “las condiciones”. Así opina, por ejemplo, Lutte Ouvriére de Francia. Lambert, Healy y, en cierta medida, el SWP norteamericano colocan el problema de la dirección y organización internacional como acuerdo entre direcciones nacionales; y hasta como sinónimo de una dirección nacional. Así, el “Comité Internacional” posterior a 1963 fue básicamente el acuerdo entre dos direcciones nacionales, la de la OCI francesa y la del WRP británico (por aquel entonces SLL), que estalló cuando, por razones que no tenemos claras, ese acuerdo se rompió en 1971. Los productos de esa ruptura, el CORCI lambertista y el CI healysta profundizaron aún más ese carácter nacional-trotskista, ya que constituyeron pequeños agrupamientos internacionales con “sucursales” de la OCI y el WRP respectivamente, absolutamente dominados por esos partidos nacionales.

El SWP norteamericano, por su parte, mostró su tendencia al nacional ‑trotskismo cuando a comienzos de los años 50 se negó a levantar una organización y dirección internacional centralizadas, que no sólo desarrollara al trotskismo ortodoxo sino que también se diese como gran objetivo el combate contra el revisionismo pablista. Esto es, se negó a postular al Comité Internacional, que por ese entonces agrupaba a la mayoría del trotskismo mundial, como el embrión de la Cuarta Internacional centralizada. Posteriormente, el SWP liquidó burocráticamente al CI en 1963, al pactar por su propia cuenta la reunificación con Mandel, según una especie de reparto del mundo por el estilo de “Europa para Mandel y América para los americanos”.

Nuestra corriente

Nuestra corriente histórica, en cambio, intentó mantenerse siempre fiel a la concepción de Trotsky. El trotskismo latinoamericano, organizado en el Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (SLATO), luchó duramente para que el CI se constituyera en una dirección internacional. Luego combatimos durante un año, sin ingresar al Secretariado, Unificado (SU), la política liquidacionista del CI que desarrollaba el SWP. Ante el hecho consumado de la reunificación de 1963, peleamos para tratar de que se incorporaran a ella Healy y Lambert, con el objetivo de generar una consistente corriente antirrevisionista. Finalmente, ante la alternativa de ingresar al SU o quedar aislados, optamos por ingresar.

Este fue sólo un capítulo de nuestra lucha por una organización internacional. Siempre nos guió el principio de ser parte disciplinada de una organización internacional. En ese combate, que desarrollamos durante décadas en una situación de abrumadora minoría tuvimos que soportar todo tipo de discriminaciones y ataques fraccionales, que nos llevaron a ser una especie de “parias” del movimiento trotskista mundial.

Soportamos en el Congreso de 1951 que Pablo reconociera corno sección oficial argentina a la de Posadas, un pequeño grupo que capitulaba al peronismo hasta el punto de defender la política de Perón de apoyar a Corea del Sur y al imperialismo contra Corea del Norte. Soportamos que en el Noveno Congreso Mundial del SU en 1969, Mandel reconociera como sección oficial argentina al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una corriente castrista guerrillera que rompía con el trotskismo. Y todo por la misma razón: no queríamos caer en el aislamiento nacional-trotskista porque sabíamos que sería nuestra ruina.

La crisis del nacional-trotskismo

Hoy día no quedan dudas de que la ley trotskista que condenaba por definición al fracaso al “nacional-trotskismo” se ha cumplido inexorablemente. Tanto su variante más sutil, el SWP norteamericano, como Lambert y Healy han seguido un camino paralelo, de creciente aislamiento internacional, de capitulación política a direcciones contrarrevolucionarias del movimiento de masas y de degeneración metodológica y moral.

En el terreno político‑programático, el nacional trotskismo sufrió, como no podía dejar de ocurrir, una involución absoluta. Nacido como un intento de resistir al revisionismo pablista, al elegir el errado camino de refugiarse en el aislamiento nacional, terminó en un revisionismo igual o peor que el que se propuso combatir. El SWP terminó convertido en un apéndice del castro‑stalinismo. Lambert y la OCI francesa se fueron transformando en un satélite de la socialdemocracia francesa y de su principal organización sindical, la CGTForce Ouvriere (F0), hasta llegar a la total capitulación al gobierno de Mitterrand en 1981 y, después de la ruptura con nuestra corriente, al gobierno burgués de Nicaragua. Healy se fue deslizando a la capitulación a los gobiernos “nacionalistas” de las burguesías árabes, en particular al gobierno de Kadafi, al de Irak y al de Irán.

En el terreno metodológico, en el afán de preservar a la organización nacional trotskista “a salvo” de cualquier injerencia “extranjera”, prevalecieron los métodos burocráticos para mantener un control personal sobre toda la vida de la organización. Barnes, Lambert y Healy se rodearon de “incondicionales”, excluyendo de las direcciones a todo dirigente que presentara discrepancias importantes, y no vacilaron en echar de la organización a fracciones enteras de militantes que cuestionaban la línea oficial. Cualquier medida era buena con tal de impedir que la organización pudiera debatir democráticamente las diferencias. Finalmente, junto a los métodos burocráticos, Lambert y Healy ‑-Barnes no lo hizo‑- desarrollaron métodos de destrucción personal de los cuadros y dirigentes que los cuestionaban, cubriéndolos de calumnias y ataques de tipo moral.

En este terreno, Lambert y Healy fueron lo peor que ha dado el trotskismo. Mandel es un político revisionista que quiere una “Internacional” revisionista, e impulsa su línea con métodos políticos. En general sus herramientas de lucha no son las expulsiones burocráticas, y jamás los ataques morales. Barnes expulsa a diestra y siniestra, pero tampoco usa esos métodos canallescos. Lambert y Healy, al representar un nacional trotskismo en estado puro, no vacilan ante nada para “defender» su secta nacional y su papel individual en ella. No hemos seguido de cerca sus pasados en este terreno sombrío, pero: ¿Cuántos “casos Varga” ha habido?; ¿Cuántos “casos Napurí”?; ¿Cuántos “casos Just”?

Esta combinación de revisionismo con métodos burocráticos y ataques morales provocó la crisis orgánica e irreversible del nacional trotskismo. Sus organizaciones no crecen, sino que decrecen, por la deserción individual pero abundante de militantes desmoralizados, por la aparición de fracciones que rompen o son expulsadas (como ocurre ahora con el lambertismo y el SWP) o por el simple y llano estallido de la organización (como ha sucedido con el healysmo).

Nuestra corta relación con el lambertismo sólo puede entenderse dentro de este marco de crisis del nacional‑trotskismo. Cuando nos unimos a él, ya estaba en crisis. La posibilidad de unificarse con nuestra Fracción Bolchevique , dinámica y en desarrollo, fue vista por Lambert como una vía para superar su propia crisis. No fue de su parte una estrategia principista para revertir el nacional‑trotskismo de la OCI, sino una simple maniobra de supervivencia. Lo único que Lambert logró fue postergar el estallido de su crisis un par de años para que, cuando se produjera –como efectivamente ocurrió-‑ fuera aún más profunda y espectacular. A partir de su capitulación al gobierno de Mitterrand y la ruptura de la organización internacional que nos unía, la Cuarta Internacional(Comité Internacional) –CI(CI)-, el lambertismo prácticamente dejó de existir como corriente internacional. Algo similar ocurrió con Healy pocos años más tarde. El estallido de su proyecto nacional-trotskista, donde el WRP había impuesto un dominio total sobre el CI, se produjo con la crisis del WRP a partir de la huelga minera de 1984-85.

Lo determinante: la lucha de clases mundial

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Pero nuestro criterio es que los avatares de nuestra historia tienen sus motivos profundos en los grandes hechos de la lucha de clases y la política mundiales. Son esos grandes hechos, que golpearon sobre direcciones generalmente no proletarias y no formadas en la conducción de grandes movilizaciones revolucionarias de la clase obrera, la explicación última de nuestros avances y retrocesos, así como de nuestras divisiones y unificaciones.

Es cierto que esto no saca ni un milímetro de responsabilidad personal de Pablo y luego de Mandel por el revisionismo programático y la crisis del trotskismo. Lo mismo podemos decir de la responsabilidad de Healy y Lambert respecto del fenómeno posterior del revisionismo nacional‑trotskista. Cierto es, también, que los métodos burocráticos y destructivos utilizados por todos los revisionistas y llevados al extremo por el nacional trotskismo provocaron las rupturas y la dispersión.

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Aplicando ese criterio nuestras relaciones con el lambertismo, podemos decir, en trazos muy gruesos, que el acercamiento de nuestra corriente con el lambertismo se dio sobre las bases de nuestras coincidencias en relación con la revolución nicaragüense.

Esas coincidencias nos permitieron seguir avanzando en la elaboración de un programa común que, al margen de tener algunas lagunas y aspectos equivocados, seguimos reivindicando como principista y trotskista. Ese programa fue el sostén de acuerdos organizativos que plasmaron en una organización internacional única, de transición hacia una Internacional centralista democrática: la CI (CI).

La ruptura de la CI (C1) fue anticipada por las divergencias en torno a otro gran hecho de la lucha de clases mundial, la revolución polaca. Y se precipitó por un hecho político clave, el triunfo de Mitterrand en Francia. El programa y la política frente a su gobierno originaron un abismo, una oposición por el vértice entre nuestra corriente y la de Lambert. Finalmente, al impedir Lambert la discusión democrática de esas diferencias, se produjo la ruptura total, que se convirtió en absolutamente irreversible cuando agregó a sus métodos burocráticos un deleznable ataque moral contra un viejo dirigente que provenía de su propia corriente.

 

I – La revolución nicaragüense golpea sobre el trotskismo

La preparación, estallido y triunfo de la revolución antisomocista en Nicaragua provocó hondas diferencias entre quienes nos reclamamos trotskistas. No conocemos las posiciones de todas las corrientes; pero lo cierto es que Nicaragua provocó la división del SU y estuvo en la base de la construcción de la CI(CI). De conjunto, el SU no levantó una política por el triunfo de la revolución nicaragüense. El SWP de Estados Unidos dedicaba su prensa a atacar a los sandinistas. Mandel callaba. Sólo nuestra corriente, por entonces la Fracción Bolchevique(FB) del Secretariado Unificado levantó la consigna de ¡Victoria al FSLN! El triunfo de la revolución nicaragüense se convirtió en el centro de nuestra política y actividad a nivel internacional.

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Con tanta más razón si esa lucha es una guerra civil, no hay verdadera política trotskista si no se arranca de definir que luchamos en el bando militar de las masas contra el bando militar del imperialismo y el régimen dictatorial.

Sólo a partir de esta definición, la FB desarrolló una crítica implacable a la política del sandinismo, a su falta de un programa de revolución permanente, a su conciliación con la burguesía, en el frente opositor primero y en el Gobierno de Reconstrucción Nacional (GRN) más tarde, y le exigió la toma de todo el poder en sus manos, la constitución de un gobierno sin burgueses y la aplicación de un programa de extensión de la revolución a toda Centroamérica y de expropiación del imperialismo y la burguesía dentro de Nicaragua.

Esta política la sintetizamos como de “apoyo militar, no político al FSLN”. Para concretarla, el PST colombiano, dirigido por la FB, convocó a la formación de la Brigada Simón Bolívar [1], un destacamento internacional para participar activamente en la guerra civil en curso contra Somoza.

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La expulsión de la Brigada Simón Bolívar

La BSB logró llegar a Managua, la capital de Nicaragua, en el derrumbe del somocismo. Fue recibida con honores, no sólo por el pueblo nicaragüense sino por el propio gobierno sandinista que, entre otras cosas, le cedió el edificio donde funcionar. Sin embargo, pocos meses después, la BSB era expulsada de Nicaragua por ese mismo gobierno, y sus integrantes entregados a la policía del gobierno burgués de Panamá. Milagrosamente, ésta no asesinó a ninguno, pero los reprimió duramente.

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Concretamente, como se informó en la prensa mundial, la BSB fue expulsada por: 1) Organizar sindicatos (unos 80) a través de asambleas democráticas de los trabajadores; 2) promover la ocupación de tierras por los campesinos desposeídos; 3) promover la organización de milicias populares y, 4) denunciar como burgueses a algunos miembros de la Junta de Gobierno.

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En síntesis, la BSB fue expulsada por aplicar este programa trotskista y denunciar ante las masas que el sandinismo se oponía a él, porque había pactado con la burguesía la integración de un gobierno de coalición. Nuestra brigada fue expulsada por hacer trotskismo, no sólo por declararse trotskista. Tanto es así, que los “trotskistas” del SU y del SWP de EE.UU. abrieron y mantuvieron sus oficinas en Managua sin problemas, porque, mientras se declaraban trotskistas, no hacían trotskismo, limitándose a apoyar más o menos incondicionalmente al sandinismo y a sus pactos con la burguesía.

Sobre el aspecto moral del problema: la expulsión y entrega de revolucionarios a una policía burguesa, no nos vamos a detener porque se explica por sí mismo.

La ruptura del SU

La ruptura del SU se produce básicamente porque éste apoya la expulsión de la BSB de Nicaragua y su entrega a la policía panameña. Así lo hizo una delegación oficial del SU, integrada por altos dirigentes de sus secciones mexicana, francesa, peruana, norteamericana y suiza, cuando, el 3 de septiembre de 1979, entregó a la dirección del FSLN una declaración de respaldo incondicional a esa medida. En ella, tras acusar a la BSB de “tratar de separar a los trabajadores de su vanguardia”, “el FSLN”, sostenía que “la dirección del FSLN tenía razón en exigir a los miembros no nicaragüenses de este grupo… que abandonaran el país” (Combate Socialista, 18/10/79).

Los mismos que no habían apoyado al FSLN y a la revolución en el momento de la lucha contra Somoza, ahora, con el FSLN en el gobierno, condenaban a la BSB porque intentaba disputar la dirección del movimiento obrero y de masas al sandinismo para garantizar un curso permanente a la revolución nicaragüense; y apoyaban su expulsión y entrega a la policía panameña.

Este hecho cataliza la ruptura de la FB con el SU, por su significado político‑programático, y también moral.

El enfrentamiento en torno a la BSB fue un enfrentamiento en torno al programa: capitular o no capitular frente a las direcciones pequeño burguesas del movimiento de masas que conducen revoluciones triunfantes o, por la positiva, construir o no secciones de la Cuarta Internacional en los países donde esas direcciones han asumido el poder.

Ante el escándalo que significó la entrega de la BSB a la policía panameña, el Comité Ejecutivo Internacional del SU, en una resolución, incluyó sólo una tímida e insuficiente frase lamentando el hecho. Pero, junto a ella, se profundizaba la capitulación al FSLN y a los restantes movimientos guerrilleros centroamericanos, prohibiendo categóricamente la existencia en esos países de organizaciones trotskistas, con el argumento de que el “FSLN era la dirección adecuada para el proceso revolucionario en curso. En consecuencia, los trotskistas debían ingresar a esa organización, no haciendo entrismo, sino disolviéndose lisa y llanamente en ellas.

[…]

Rompimos con el SU porque éste no revió su posición de apoyo a la expulsión de la BSB ni su decisión de no autorizar la existencia de organizaciones trotskistas en Nicaragua.

El lambertismo y la revolución nicaragüense

En contraste con el SU, otras corrientes trotskistas, aun sin conocer o sin compartir la política de la FB y de la BSB, asumieron una actitud que las honra de repudio a la expulsión de la BSB. Una de ellas fue la de Thornett en Inglaterra. Otra fue el lambertismo que, en una declaración del Comité Central de la OCI francesa fechada el 2 de septiembre de 1979, condenaba la expulsión de la BSB como un ataque “ contra el movimiento revolucionario y antiimperialista de las masas populares» cuya intención era “liquidar los comités obreros que han tomado el control de las fábricas…. oponerse a la construcción de sindicatos independientes del Estado [y] liquidar los comités de campesinos”.

Esta defensa principista de la BSB por parte de la OCI, hacía parte de una posición de conjunto también principista frente a ese hecho decisivo de la lucha de clases mundial que era la revolución nicaragüense. Luis Favre, importante dirigente del CORCI, la expresó en un trabajo titulado “Revolución proletaria en Nicaragua” (La Verité, 24/10/79). Allí definía a la revolución nicaragüense como “el comienzo clásico de la revolución proletaria”. Caracterizaba al programa del FSLN como que “se inscribía plenamente en la seudo teoría de la revolución por etapas y del socialismo en un solo país”. Denunciaba la “voluntad política del FSLN de constituir… un gobierno de coalición con la burguesía… y de combatir toda aspiración de las masas por la constitución de un gobierno propio sin representantes de la burguesía”, añadiendo: “Se trata de la barrera del frente popular”.

[…]

Se trataba, evidentemente, de una coincidencia programática de principios entre la FB y el lambertismo ante un colosal hecho revolucionario como era el triunfo de la revolución nicaragüense. Por primera vez en muchos años, dos corrientes trotskistas, que prácticamente no habían mantenido relaciones durante décadas, coincidían ante un suceso de tal magnitud. Las dos combatían contra la esencia del revisionismo: la capitulación a las direcciones stalinistas o nacionalistas pequeño burguesas que dirigieron procesos revolucionarios triunfantes. Las dos luchaban por la construcción del trotskismo en Nicaragua, enfrentando a una de esas direcciones, el sandinismo. Tal fue el profundo significado, para nosotros, de esas coincidencias, que provocaron la aproximación y posterior unidad entre nuestras respectivas corrientes.

II – La formación de la CI (CI)

Las coincidencias sobre Nicaragua nos llevaron, pues, a explorar las posibilidades de unir nuestras fuerzas con el lambertismo en una organización internacional [2]. El primer paso fue la constitución del Comité Paritario. Y la primera tarea de éste fue la elaboración de las bases programáticas que sustentaran a la organización unificada. En esto, fuimos consecuentes con una metodología para nosotros de principios: para toda unidad, al nivel que sea, lo decisivo es el programa. Máxime cuando la historia ya había demostrado que no bastaba con definirse del Programa de Transición, los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista y la Revolución Permanente, ya que todas las direcciones revisionistas que habíamos sufrido, desde Pablo hasta Mandel, hacían profesión de fe en esos textos.

Era necesario, partiendo de esas bases, elaborar un programa que diera respuestas a fenómenos nuevos, inexistentes en vida de Trotsky: el triunfo de revoluciones que expropiaron a la burguesía y constituyeron estados obreros bajo direcciones no obreras bolcheviques, sino estalinistas burocráticas (Mao, Tito, Ho Chi Minh, Kin Il Sung y el Ejército Rojo en Europa oriental) o pequeño burguesas nacionalistas (Castro). Esto era así ya que fueron esos procesos los que generaron el revisionismo en nuestras filas, desde Pablo en adelante, precisamente como capitulación a esas direcciones.

El programa de la CI(CI)

El programa, elaborado por Moreno ‑-a pedido del lambertismo-‑, fue presentado en forma de Tesis a la Conferencia Mundial que fundó la CI (CI) en diciembre de 1980, y aprobado por ella. En la intervención que lo presentó, Moreno definió claramente sus objetivos: “primero, elaborar un programa claro, un marco general para estructurar una sólida organización; segundo, delimitarnos claramente de las demás corrientes del movimiento obrero, principalmente del revisionismo. [Las Tesis] son un arma de lucha contra el revisionismo”. (Panorama Internacional, Año V, # 16).

Las Tesis de la CI (CI) (Correspondencia Internacional – La Verdad, enero de 1981) constituyeron efectivamente un programa trotskista principista, que reafirmaba la necesidad de construcción de la Cuarta Internacional y la actualidad del Programa de Transición; hacían una denuncia implacable de todas las direcciones contrarrevolucionarias y oportunistas, desde el stalinismo hasta el castrismo y el sandinismo, pasando por la socialdemocracia y la totalidad de las direcciones burocráticas, nacionalistas burguesas y pequeño burguesas –guerrilleras y no guerrilleras-‑ del movimiento de masas, y de los gobiernos que ellas constituían. Tenía todo un capítulo dedicado a la revolución política, a la que calificaba de necesaria en todos los estados obreros existentes, así como en todas las organizaciones obreras, sindicales y políticas del mundo capitalista.

Las Tesis confirmaban su carácter de arma de lucha contra el revisionismo en su capítulo final  titulado “El revisionismo es incompatible con el trotskismo”. En él se definía que el revisionismo, “que se apoderó de la dirección de nuestra Internacional en 1951, se caracteriza por su capitulación sistemática –durante los últimos treinta años- a las direcciones burocráticas o pequeño burguesas del movimiento de masas, y por el hecho de haber abandonado nuestra lucha intransigente contra esas direcciones para construir y desarrollar nuestros partidos como única posibilidad de superar la crisis de dirección revolucionaria de la humanidad”, ya que “ el revisionismo afirma… que las direcciones del movimiento de masas –burocráticas, stalinistas o pequeño burguesas– pueden adoptar un curso centrista que las conduzca a posiciones objetivamente revolucionarias”.

El objetivo antirrevisionista de las Tesis de la CICI) era tan categórico que ellas terminaban precisándolo en su frase final como el de “permitir a la Cuarta Internacional eliminar de sus filas al revisionismo que se había instalado en ella bajo diversas variantes”. El programa de la CI (CI) fue, pues, un programa trotskista auténtico, elaborado con base en el proyecto presentado por la FB y que seguimos reivindicando como tal, al margen de que tuviera una omisión importante, el problema del frente popular (que equivocadamente consideramos innecesario desarrollar porque no había nada que agregar a la clásica posición de Trotsky) y una formulación equivocada sobre el frente único obrero.

Corrigiendo desviaciones graves

La elaboración del programa permitió, entre otros muchos avances, corregir dos graves desviaciones del lambertismo: la política del frente único antiimperialista Y el sectarismo frente a los sindicatos.

El lambertismo sostenía desde mediados de la década de los 70 que en los países atrasados dependientes del imperialismo había que construir el “frente único antiimperialista”, esto es un frente común entre la clase obrera y los sectores burgueses y/o pequeño burgueses que resistían la opresión y explotación del imperialismo. Era una estrategia claramente de colaboración de clases, frentepopulista. Nuestra corriente, sin negar la posibilidad, necesidad y hasta obligatoriedad de acciones comunes antiimperialistas con cualquier sector social u organización política dispuestas a luchar en ese terreno, se oponía a la construcción de frentes, ya que ello implicaría la pérdida de la independencia política de la clase obrera y su renuncia a acaudillar la movilización popular‑nacional contra el imperialismo.

El lambertismo abandonó su posición y adoptó la nuestra. De allí que las Tesis definieran nuestra táctica en los países capitalistas atrasados como de “unidad de acción antiimperialista” “limitada”, lo “opuesto a los frentes populares y demás frentes o coaliciones de colaboración con la burguesía”, es decir “acuerdostemporarios con las organizaciones de masas nacionalistas burguesas”, “circunstanciales y limitados en el tiempo”, “tácticos”. En síntesis, “la gran tarea es siempre lograr la total independencia política y organizativa de la clase obrera, jamás la formación de frentes estables con la burguesía”.

En la cuestión sindical, el lambertismo también retrocedió de su política de años que consistía en no tomar como lugar obligatorio de trabajo de los trotskistas las organizaciones sindicales de masas existentes, planteando en cambio algo así como “sindicatos rojos”. De esta forma se renunciaba a la lucha contra la burocracia por la dirección de las organizaciones de masas. El retroceso del lambertismo de esta política ultra sectaria y antitrotskista permitió que las Tesis definieran que “todo partido trotskista debe trabajar preferencialmente en las organizaciones sindicales que agrupen a la mayor parte de los trabajadores, cualesquiera sean el origen y la estructura actual de esas organizaciones… Militar en los sindicatos, cualesquiera sean su origen y características… es un principio cardinal de la política trotskista”.

La CI (CI) comienza a desarrollarse

Los pocos meses de vida orgánica que tuvo la CI (CI) continuaron y ampliaron el ritmo de trabajo fecundo que traía desde su formación en 1979 el Comité Paritario, tanto a nivel de las distintas secciones nacionales como en los organismos de dirección. Se avanzó en las unificaciones nacionales y en la elaboración común de programas nacionales. En la reunión del Consejo General de mayo de 1981 también se realizaron, impulsados por nuestra corriente y aprobados por Lambert, importantes avances teóricos y políticos, aunque en algunos temas aparecieron diferencias y problemas.

[…]

En la conferencia de Fundación de diciembre de 1980 se elaboró entre las direcciones del POM-R y el PST peruano una muy buena resolución, que sería la base de elaboración de un programa nacional común, cuyo eje era la independencia política de los trabajadores, la denuncia del proyecto de formación de Izquierda Unida como un frente de colaboración de clases y la unidad sindical en una central independiente del estado y de todos los partidos políticos. En consecuencia con los planteos de las Tesis, la nefasta política del “frente único antiimperialista” había quedado completamente por fuera del programa y la táctica de las organizaciones peruanas, cuyas direcciones acordaron realizar un debate interno, en un boletín, sobre el frente antiimperialista y el frente obrero, para terminar de superar las diferencias.

Sorprendentemente, en el Consejo General de mayo la cuestión del frente único antiimperialista se volvió a plantear otra vez, cuando el dirigente del ex-CORCI Favre inició su intervención al respecto diciendo que el “eje de la lucha por el frente único en los países coloniales y semicoloniales pasa por la lucha por el frente único antiimperialista y la autoorganización de la clase obrera… podría decirse frente único antiimperialista y soviets” (Panorama Internacional, Año V, # 17). La discusión, que fue bastante dura, no pasó a mayores, aunque se abrió el debate público en toda la CI (CI). Más aún, ese mismo mes, Lambert y Moreno conjuntamente se enfrentaron al POM-R peruano (que volvía a sostener a ultranza la política de frente único antiimperialista) con una posición principista común según lo establecido en las Tesis de la CICI).

[…]

El centralismo democrático

Junto con el programa, más bien como parte de él, existía un segundo punto de principios para nuestra corriente, que caracterizó toda nuestra política de lucha por la construcción de la IV Internacional: la necesidad de una Internacional centralista democrática. Sería erróneo disminuir la importancia de esta cuestión, ya que una característica central del revisionismo ha sido siempre, como ya hemos señalado, la de oponerse al verdadero centralismo democrático internacional.

Por eso nos esforzamos desde un principio para que la CI (CI) no se pareciera en nada a la federación de tendencias de Mandel, ni a la federación de secciones nacionales del SWP norteamericano, ni a los agrupamientos internacionales dominados por la sección “madre” nacional-trotskista y sometidos a ella. Tratamos de construir una Internacional según el criterio leninista y trotskista que primó en la Internacional Comunista: centralizada, con un solo programa, con campañas internacionales comunes, con una dirección internacional distinta y superior a un cuerpo federativo de direcciones nacionales, que impulsara a nivel mundial una misma política principista.

Pero, al mismo tiempo, partimos de reconocer que no había en todo el movimiento trotskista ‑-incluyendo y empezando por nuestra propia corriente-‑ una dirección probada en la lucha revolucionaria que pudiera centralizar a la Internacional en forma cabalmente leninista. Por eso nos opusimos –y nos seguimos oponiendo– a que una dirección internacional expulse o suspenda secciones nacionales, lo cual sólo puede ser decidido por un congreso internacional que cumpla estrictamente todos los requisitos estatutarios. También nos oponemos a que una dirección internacional imponga la política y la táctica a las secciones nacionales, ya que ello es contrario a la metodología leninista. Pensamos, por el contrario, que la dirección internacional, al tiempo que impulsa un programa y estrategia común de lucha por la revolución y contra las direcciones traidoras, concretada en campañas internacionales, interviene en la vida de las secciones sólo a través de la discusión política y metodológica, aconsejando y ayudando pacientemente a la maduración de las direcciones nacionales. En síntesis, si bien reivindicamos como correcto y necesario el centralismo democrático que caracterizó a la Tercera Internacional de Lenin y de Trotsky, sabemos que actualmente, y seguro que por un buen período, por el proceso de crisis de dirección que vive desde hace muchos años la Cuarta Internacional, tenemos que adecuar ese régimen, acentuando al máximo el aspecto democrático y atenuando el aspecto centralista.

Pero en el proceso de formación de la CI (CI) se sumó otro elemento: la nueva organización se construía sobre la base real de una fusión de corrientes internacionales preexistentes, con sus propias tradiciones, estilos y lenguajes, que necesariamente imponían un período de transición, de trabajo común, para soldar la fusión. Esta combinación de razones nos llevó a proponer para la CI (CI) un régimen interno que, si bien tendía hacia el centralismo democrático internacional, tenía algunas cláusulas que no eran propias del centralismo democrático.

Este régimen particular, de transición, quedó plasmado tanto en sus Estatutos (Panorama Internacional, Año V, # 16) cuanto en la composición de sus organismos de dirección. Por ejemplo, para tomar una resolución de cumplimiento obligatorio para todas las secciones y militantes, el Consejo General de la CI (CI) debía aprobarla por tres cuartas partes de los votos, a diferencia del centralismo democrático leninista donde se impone la simple mayoría. En los organismos de dirección, por su parte, la Conferencia Mundial abierta que fundó la CI (CI) votó una representación paritaria de las dos corrientes fundamentales: la nuestra y la lambertista.

Este carácter transitorio hacia el centralismo democrático estaba perfectamente claro para toda la CI (CI). Cuando se convocó a la Conferencia Mundial, se insistía en él: “El Comité Paritario no se ha considerado hasta ahora una dirección centralizada… La Cuarta Internacional (CI), si bien será un paso adelante en alcanzar esta conquista, tampoco se considerará como tal. Este deberá ser el logro de un proceso responsable, principista, que sea esencialmente el resultado de una experiencia común” (Correspondencia Internacional, octubre de 1980).

Las Tesis programáticas aprobadas en esa Conferencia señalaban que la tarea de reconstrucción o reorganización de la Cuarta Internacional no estaba concluida, y que una de las grandes tareas de la CICI) era “avanzar en el sentido de la reconstrucción de un verdadero centralismo democrático de la Cuarta Internacional, destruido después de la crisis provocada por el revisionismo pablista en 1951. El propio Estatuto, en su Preámbulo, señalaba el objetivo de “restablecer las condiciones políticas necesarias para la plena vigencia de las normas del centralismo democrático a escala internacional”.

Enfatizamos tanto este aspecto porque sería el que llevaría, pocos meses más tarde, al estallido de la CI (CI) apenas aparecieron discrepancias político‑programáticas de gran envergadura.

III – El revisionismo programático político de Lambert

Hemos dicho que la razón de la ruptura de la CI (CI) consistió en los métodos burocráticos de Lambert para impedir la discusión sobre la política de la OCI francesa frente a Mitterrand. Pero antes de entrar en ese tema nos detendremos en el contenido de esa discusión: qué era lo que Lambert no quería que discutiera su organización francesa. No se trataba de un problema baladí. Se trataba de la capitulación de la OCI (la sección más fuerte de la CI (CI) junto al PST argentino) a un gobierno burgués imperialista de frente popular.

Esa capitulación se desarrolló fulminantemente casi desde el día siguiente del triunfo electoral de Mitterrand en mayo de 1981. Lambert, que en otras épocas había atacado violentamente a la socialdemocracia francesa, pasó a apoyarla descaradamente apenas llegó al gobierno. Ello se expresó en todo terreno, tanto en la caracterización del nuevo gobierno cuanto en las consignas políticas y la intervención de la OCI en la lucha de clases. El Proyecto de Informe preparado por la dirección de la OCI para ser presentado a su Congreso, así como su órgano de prensa semanal, Informations Ouvriéres (LO), de esa época, fueron el escaparate de esa capitulación.

El Proyecto de Informe (Correspondencia Internacional, noviembre de 1981) definía al gobierno de Mitterrand como “burgués de colaboración de clases, de tipo frentepopulista”, se aclaraba que no era “un gobierno obrero y campesino” y se afirmaba “éste no es nuestro gobierno”.

Caracterizaciones opuestas

Pero a continuación se le asignaban a Mitterrand una serie de cualidades verdaderamente notables:

Existe una contradicción (antagonismo) insuperable entre el gobierno burgués de Mitterrand y la burguesía”. “El gobierno de Mitterrand entra forzosamente a cada paso en conflicto con el aparato de estado burgués, con la burguesía…” (Proyecto de Informe). “La mera existencia de la elección de François Mitterrand a la presidencia de la República y de una mayoría PSPC [en la Asamblea Nacional] es incompatible con las instituciones antidemocráticas y reaccionarias de la Quinta República”. (Informations Ouvriéres, # 1019).

De este análisis se deducía que Francia estaba dividida en dos campos: el del movimiento obrero y el gobierno de Mitterrand por un lado, el de la burguesía por el otro. Una división tan aguda que llevaba “el germen de una guerra civil, y la burguesía no puede más que prepararla” Mejor dicho, ya había comenzado a hacerlo: “el gran capital [está preparando] ataques de guerra civil”, y “Mitterrand quiere oponerse” a esos ataques (Proyecto de Informe) [3].

Frente a esta caracterización sobre la “incompatibilidad” de Mitterrand con la Quinta República y la evolución, en consecuencia, de la situación francesa hacia una situación revolucionaria, de guerra civil de la gran burguesía contra Mitterrand, nuestra corriente opuso análisis completamente distintos:

El contenido de colaboración de clases del gobierno de Mitterrand se expresa, ante todo, en su voluntad de preservar lo esencial de [las] instituciones de la Quinta República” (Correspondencia Internacional, octubre de 1981). En consecuencia, a menos que se produjera una oleada revolucionaria poderosísima ‑‑cosa que no ocurría ni ocurrió-‑, la subida de Mitterrand al gobierno reforzaría a la deteriorada Quinta República, creando un juego bipartidista, “defendiendo la Quinta República en crisis y aceptando sus reglas juego, respetando la alternancia electoral, como en Inglaterra”. E insistíamos: “Es categórico que sin “primera oleada”, grande y duradera, que desate el inicio de la revolución francesa… sobrevivirá, entonces, la Quinta República. Seguramente caerá el actual gobierno con participación stalinista y surgirán otras combinaciones frentepopulistas, presididas por Mitterrand… Lo inevitable será una crisis política que arrojará al PC del gobierno, pasando, posiblemente, a colaborar desde afuera con el gobierno burgués de turno”.

El ascenso revolucionario no se produjo y los hechos confirmaron notablemente nuestra hipótesis para tal situación, opuesta totalmente al pronóstico lambertista de que había una guerra civil en ciernes entre Mitterrand y la burguesía francesa.

La teoría de los “campos”

La falsa caracterización sobre el gobierno de Mitterrand y sus relaciones con la burguesía francesa le sirvió a Lambert para hacer una igualmente falsa analogía con algunas situaciones “clásicas” de guerra civil o nacional y tratar de trasladarlas a Francia. Así, la OCI comparaba la situación francesa con la rusa cuando la sublevación de Kornilov contra Kerensky, la española durante la guerra civil y la china bajo la invasión japonesa. Luego aclaraba que la política trotskista consistió en estar “en la primera fila del “campo» de Kerensky” y “en el “campo” del “gobierno frentepopulista español “contra Franco»” (Proyecto de Informe). El objetivo de esta analogía era el de señalar que el peligro mayor para la clase obrera era la gran burguesía y su guerra civil en ciernes contra Mitterrand y no, por supuesto, el gobierno de Mitterrand.

Se trataba así de usar como modelo una correcta política trotskista de ubicarse en el campo militar de la nación oprimida en lucha contra el imperialismo o de la república democrática frente al fascismo, para explicar el apoyo a Mitterrand. Una analogía completamente falsa, por una doble razón: en primer lugar, porque no había guerra civil en Francia; en segundo término, porque definirse por un campo militar no implica apoyar políticamente a la dirección política burguesa o frentepopulista de ese campo militar. Para tornar uno solo de esos ejemplos, Lenin y Trotsky jamás se definieron en el “campo” de Kerensky hasta que no estalló la rebelión de carne y hueso de Kornilov; antes y después de ella, se ubicaron en el “campo” de la clase obrera contra el gobierno de Kerensky. Y, cuando durante la rebelión, estuvieron en el campo militar de Kerensky, jamás lo apoyaron políticamente, sino que lo atacaron y denunciaron con más fuerza que nunca por ser incapaz de luchar hasta el fin contra el golpe y por haberlo hecho posible con su política. Lo mismo podría decirse de Trotsky en relación al Kuomintang y a Chiang Kai-shek y a la República Española bajo los gobiernos de Azaña, Largo Caballero y Negrín.

El método de los “campos” de Lambert era igual, como una gota de agua a otra, al que utilizó Pablo en su momento ‑-y que Lambert combatió, de vaticinar la tercera guerra mundial entre el imperialismo y la burocracia como inevitable y, en consecuencia, optar por el “campo» de la burocracia, capitulando políticamente a ella. Treinta años después, en la Francia de Mitterrand, Lambert se plegó al método de Pablo, lo que provocó una notable coincidencia en los pronósticos y en la política de la OCI y del pequeño grupo de los seguidores actuales de Pablo en Francia.

Pronósticos opuestos, políticas opuestas

Tanto la OCI francesa como los seguidores de Pablo vaticinaron que Mitterrand tomaría medidas muy favorables a los trabajadores. Ambos sostuvieron que sería objeto, por esas medidas, de un ataque despiadado de la gran burguesía. Y ambos propusieron defender al gobierno y a sus medidas “positivas” de dichos ataques.

El Proyecto de Informe lambertista decía: “La OCI apoyará todo paso que el gobierno de Mitterrand pueda dar” en cuanto a quebrar el aparato de estado de la Quinta República, a nacionalizar empresas, a separar a la Iglesia de la enseñanza, a los problemas del empleo, del aumento de los precios, de la formación profesional, etcétera. En consecuencia, como afirmaba Stéphane Just en un documento aprobado por el Buró Político de la OCI: “Estamos dispuestos a apoyar toda resistencia del gobierno a la presión y sabotaje de los capitalistas”.

Exactamente lo mismo decía el grupito de Pablo: “Apoyaremos todas las medidas sociales y políticas que tome [Mitterrand] que satisfagan las reivindicaciones de los trabajadores”. “Nosotros defenderemos incondicionalmente [al gobierno de Mitterrand] contra los ataques de la derecha” (Por llautogestion, # l).

Esta política compartida por Lambert y Pablo los llevaba a ambos a sostener que los trotskistas debíamos hacer una especie de “frente único” con el gobierno burgués imperialista del frente popular. Pablo defendía la “unidad de acción” con Mitterrand (Sous le drapeau du socialisme, 10/5/81). Lambert disfrazaba una línea similar bajo la fórmula de “frente único” con los partidos obreros traidores que integraban el gobierno. Así, por ejemplo, en I.O. # 1007, se llamaba a “organizar el frente único de las organizaciones obreras… contra el aumento de precios [y] el derrumbe de los salarios organizados deliberadamente por los patronos”. En lugar de denunciar que la miseria obrera era fruto de la política del gobierno frentepopulista y de las “organizaciones obreras” que lo integraban, Lambert llamaba a la unidad con estas últimas y denunciaba sólo a “los patronos”.

Nuestra corriente hacía un pronóstico opuesto. Sosteníamos que el gobierno tendería a “imponer los duros planes de hambre y desocupación de la burguesía, continuando la orientación de Giscard-Barre. Tratará de convencer a los trabajadores de que lo acepten y, si no lo logra, apelará a todos los medios” (Correspondencia Internacional, octubre de 1981).

Nuestra política también era opuesta a la de Lambert‑Pablo. La OCI jamás denunciaba a Mitterrand como el principal enemigo del movimiento obrero y sostenía que el enemigo principal era la burguesía francesa que estaba fuera del gobierno. Nosotros sosteníamos que, desde el mismo día en que el frente popular asumía el gobierno, se transformaba en un gobierno de la burguesía. En consecuencia, el combate político contra la burguesía pasaba por combatir su gobierno de turno, el de Mitterrand. Sólo una real guerra civil, o la preparación seria de un golpe, podría llevarnos a definir, circunstancialmente, que el peor peligro para la clase obrera era la contrarrevolución fascista y no Mitterrand y, si Mitterrand la enfrentaba, combatirla desde el mismo campo militar.

[…]

La otra cara de su apoyo a las supuestas medidas positivas de Mitterrand fue la negativa de Lambert a levantar exigencias al gobierno y a los partidos obreros que lo integraban para desenmascarar a ambos ante la clase obrera. Lambert jamás levantó la consigna trotskista tradicional frente a los gobiernos frentepopulistas: ¡Fuera los ministros burgueses! En realidad, no levantó ni esa ni ninguna otra consigna de poder opuesta al frentepopulismo. Jamás levantó ni agitó ante las masas un programa de transición para desarrollar su movilización que las enfrentaría al gobierno de frente popular. Al no levantar esas consignas ni formular esas exigencias, se negaba a desenmascarar al gobierno, al PS y al PC por no cumplirlas.

Como resultado inevitable, Lambert nunca se delimitó ni denunció a los partidos obreros en el gobierno por no romper con la burguesía para convertirse en un verdadero gobierno obrero y campesino que aplicara esas medidas transicionales.

La política sindical de Lambert

Todo esto tuvo expresiones políticas y sindicales realmente nauseabundas. En el terreno sindical, no hubo solidaridad de clase con las luchas y huelgas obreras que tuvieron un pico de ascenso desde fines de agosto de 1981 y frente a las cuales la OCI no tomó posición ni llamó a apoyarlas. No hizo centro de su política en la denuncia a las direcciones traidoras del movimiento obrero francés, una obligación permanente que se multiplica por mil cuando ellas hacen parte, directamente o a través de los partidos a los cuales responden, de un gobierno burgués. Si bien la OCI efectuó algunas denuncias, muy espaciadas, a la CGT y a la CFDT, jamás realizaron la menor denuncia de la CGT‑Force Ouvriere (CGT‑FO), cuyo máximo dirigente, Bergeron, es un perfecto traidor socialpatriota y en cuya dirección Lambert ocupa un alto puesto dirigente.

Más aún, Jean Cristophe Cambadelis, presidente del sindicato estudiantil (UNEF) y por ese entonces miembro del CC de la OCI, y toda la dirección lambertista,  sostenían que a partir de la asunción de Mitterrand había “llegado el momento del sindicalismo… de concertación”. En consecuencia, “el papel de la UNEF consiste en informar a las autoridades de todas las reivindicaciones y aspiraciones de los estudiantes” (I.O., # 1000). Es decir que, ante el gobierno frentepopulista, el papel del sindicato dejaba de ser el de movilizar a los estudiantes y pasaba a ser el de informante del gobierno burgués para concertar con él.

[…]

Para terminar de bloquear toda posibilidad de movilización unida de las masas contra el gobierno frentepopulista imperialista de Mitterrand, la OCI jamás levantó la consigna de unidad, en una sola central o confederación, de las tres centrales en que se encuentra dividido el proletariado francés (CGT, CFDT y CGT‑FO) y de los sindicatos independientes. Una omisión traidora, ya que esa división es una de las razones fundamentales que permiten la supervivencia del régimen podrido de la Quinta República.

Si bien el apoliticismo sindical y la no exigencia de unidad sindical por parte de la OCI venían de lejos, las subrayamos porque, a partir de Mitterrand, las direcciones sindicales entraban a participar directa o indirectamente del gobierno burgués. Bajo ese tipo de gobiernos frentepopulistas, la necesidad de que las organizaciones sindicales se unifiquen e intervengan en política se hace más imperiosa que nunca. Es el terreno donde el trotskismo puede luchar más contundentemente por la independencia de la clase obrera frente al aparato del estado burgués y su gobierno de frente popular.

Capitulación al imperialismo

La OCI no denunció al imperialismo francés ni a su expresión gubernamental, Mitterrand. No hizo campaña por la independencia de las colonias que aún tiene, como Guadalupe, Martinica y Guyana. Por el contrario, calificó los triunfos electorales de la socialdemocracia en esas colonias como “una feliz marejada política” (I.O.). Tampoco dijo una sola palabra contra la represión a los luchadores anticolonialistas de Guadalupe.

La OCI no llamó a liquidar los pactos semicoloniales del imperialismo francés con varios países africanos, ni condenó la política de Mitterrand de mantenerlos, incluso por las armas. Ni luchó contra Mitterrand por la libertad de los nacionalistas bretones, corsos y vascos franceses prisioneros.

La OCI no denunció que Mitterrand era ‑-y es-‑ el gobierno más servil a Reagan y a sus planes de contrarrevolución mundial que haya habido en Francia por mucho tiempo. No denunció su política armamentista ni, específicamente, la de seguir desarrollando una “fuerza de disuasión nuclear propia” dirigida contra la Unión Soviética. No llamó a la clase obrera a movilizarse por la ruptura del Pacto Atlántico, de la OTAN y contra la instalación de los mísiles yanquis en cinco países europeos.

Capitulación en todo terreno

Para no ampliar hasta el cansancio esta lista de capitulaciones al frentepopulismo, finalizaremos señalando que el lambertismo cedió a Mitterrand en el terreno político, desde lo que tiene que ver con la democracia burguesa más elemental hasta lo referente al carácter del estado.

La OCI no luchó por la destrucción del estado burgués, al no exigir que los funcionarios gubernamentales fueran designados por el movimiento obrero, fueran revocables por éste y tuvieran un sueldo equivalente al de un obrero medio. Apoyó así de hecho la política de Mitterrand de dejar intacto el aparato de estado y limitarse a sustituir algunos de sus funcionarios por elementos del PS.

La OCI no exigió la libertad de los presos de la ETA vasca y del IRA irlandés que estaban en las cárceles de Mitterrand.

La OCI no combatió la política de Mitterrand de permitir que subsistiera la educación privada, en particular la religiosa. En lugar de exigir el monopolio estatal de la enseñanza y su carácter laico, levantó la misma consigna que el PS y la masonería: “Fondos públicos a la escuela pública, fondos privados a la escuela privada”.

Fue esta capitulación total del lambertismo, en el terreno programático y de las consignas, político, económico y sindical, nacional e internacional, frente al gobierno burgués de frente popular encabezado por Mitterrand, lo que desató la crisis y la posterior ruptura de la CI (CI). Se trataba del revisionismo más desaforado, de una capitulación a la dirección política frentepopulista de la clase obrera francesa peor aún que las de Pablo y Mandel. Ellos, al menos, capitularon frente a direcciones traidoras de movimientos revolucionarios de masas. Lambert capituló al miserable éxito electoral de Mitterrand, sin nada de lucha revolucionaria de la clase obrera.

[…]

IV – La ruptura de la CI(CI): métodos burocráticos y ataques morales

Las diferencias entre nuestra corriente y el lambertismo en torno a la política en Francia no eran, corno hemos visto, de menor cuantía. Hacían a una cuestión programática: la estrategia trotskista ante los gobiernos de frente popular. No era algo nuevo para nuestro movimiento. Por el contrario, esa estrategia había quedado perfectamente establecida desde que nuestro programa fundacional, el Programa de Transición, señaló a los frentes populares como el principal enemigo de la clase obrera y la revolución socialista.

Sin embargo, incluso esa diferencia abismal no tenía por qué conducir obligatoriamente a una lucha fraccional enconada que culminara con la ruptura. Una profunda ‑-y seguramente dura ‑- discusión sobre el tema, llevada hasta el fin con plena democracia a todas las secciones y militantes de la CI(CI) podría haber servido para rectificar la orientación lambertista, o para convencernos de que nuestras críticas eran exageradas. También podía ocurrir que, agotada esa discusión, llegáramos a la conclusión de que teníamos programas divergentes que no podían coexistir en el marco de una organización común y que lo mejor era separamos en términos fraternales y dejar a la lucha de clases y a la aplicación en ella de nuestros respectivos programas la palabra definitiva y la posibilidad de una nueva convergencia.

Desgraciadamente, como ha ocurrido siempre en nuestro movimiento internacional desde el pablismo, esa discusión no se hizo. No se pudo hacer porque el lambertismo recurrió, corregidos y aumentados, a los métodos burocráticos del pablismo para impedirla. Comenzó tratando de impedir la discusión; siguió expulsando a los disidentes en la OCI francesa y en otras secciones que dirigía; culminó con un canallesco ataque moral a uno de los máximos diligentes de la CI (CI) y fundador del CORCI, Ricardo Napurí. Estos métodos no obreros y no revolucionarios, propios de todos los revisionismos, fueron llevados al extremo por sus vertientes nacional-trotskistas. Los métodos de Lambert fueron absolutamente idénticos a los de Healy.

La razón profunda de la ruptura de la CI (CI) fueron esos métodos, que impidieron la discusión democrática de las diferencias existentes. La historia de la ruptura de la CI (CI) es, pues, la historia de cuatro meses de lucha de nuestra corriente para que esa discusión se hiciera; y la historia de las maniobras sin principios metodológicos ni morales de Lambert para impedirlo.

Maniobras para impedir la discusión

A medida que se fueron conociendo las posiciones de la OCI francesa frente a Mitterrand, se fueron produciendo reacciones en diferentes secciones de la CI (CI). En el mes de agosto, el debate ya estaba abierto. El tema fue discutido en el congreso de la LSR italiana y en las direcciones de varios partidos latinoamericanos, entre ellos el PST argentino y el colombiano, ambos provenientes de la ex‑FB. En todos los casos estuvieron presentes representantes del lambertismo, que pudieron informar y contrainformar sin ninguna limitación.

Pero el debate comenzó a ser bloqueado desde su inicio en algunas secciones con direcciones lambertistas, mientras era absolutamente silenciado en la OCI francesa.

[…]

Más grave aún era el intento del lambertismo de impedir que la base de la OCI francesa discutiera el problema, estando citado el congreso de la OCI para diciembre de ese año. Lambert quería que ese congreso ratificaran, sin oposición y sin discusión seria, su política de apoyo a Mitterrand. Menos todavía aceptaba, pese a su declarado acuerdo en que la discusión se hiciera pública, que esa discusión pública llegara a Francia. Así lo demostró cuando demoró con diferentes excusas la edición del # 13 de Correspondencia Internacional, el órgano oficial público de la CI (CI), que incluía un artículo de Moreno -‑ escrito a pedido de Lambert ‑- con sus críticas a la orientación de la OCI francesa. Finalmente, cuando la revista estuvo impresa, la OCI tomó una resolución insólita: prohibir la venta pública, fuera de los marcos de la OCI, del órgano oficial público de la Internacional.

También se pusieron todo tipo de trabas a la discusión internacional. Violando groseramente el artículo nueve del Estatuto de la CI (CI), que establecía que el Comité Ejecutivo era el encargado de garantizar “el impulso de la discusión política internacional y toma toda medida necesaria a este fin”, el lambertismo se negó sistemáticamente a que el Comité Ejecutivo cumpliera esa función. Con el objetivo de dilatar la discusión lo más posible, insistió en que sólo el Consejo General podía instrumentar la discusión internacional y retrasó hasta el cansancio la fecha de su convocatoria.

A todas estas maniobras, nuestra corriente respondió con un serio y constante esfuerzo para que toda la CI (CI) pudiera discutir democráticamente el problema. En diferentes reuniones del Comité Ejecutivo presentamos propuestas cuya línea general era la siguiente:

  1. Que el Comité Ejecutivo abriera inmediatamente la discusión internacional pública y convocara al Consejo General para fijar fecha de una Conferencia Mundial, con seis o siete meses de discusión previa.
  2. Que esa discusión fuera obligatoria en todas las secciones, las cuales deberían realizar congresos extraordinarios o conferencias durante el último mes previo a la Conferencia Mundial. Se aconsejaba a la OCI francesa que la votación resolutiva sobre el tema en debate la realizara en un congreso o conferencia del mismo tipo, es decir que hiciera lo mismo que las demás secciones.
  3. Que la defensa de las posiciones se hiciera de viva voz por delegaciones de las dos posiciones en pugna, en todos los organismos ‑-de dirección y de base-‑ de todas las secciones, durante los seis o siete meses de discusión pre‑Conferencia Mundial.
  4. Que, dado el clima fraccional existente, se designara por acuerdo una comisión moral y de control y organización del debate y la Conferencia Mundial, aceptada y reconocida por todos.
  5. Que durante el período de discusión no se aplicaran sanciones disciplinarias a ningún militante que expresara diferencias ideológicas, políticas o metodológicas con su dirección. (Luego, cuando comenzaron las expulsiones por parte del lambertismo, se incluyó la exigencia de reincorporar a los sancionados.)

De todos estos puntos, el lambertismo sólo aceptó la discusión pública y citar la Conferencia Mundial. A todos los demás puntos opuso un categórico ¡No! Esta negativa a instrumentar una discusión democrática en toda la CI (CI) y particularmente en la OCI francesa fue la que condujo a la ruptura.

La excusa que utilizó Lambert para formalizar la división fue una nota del PST argentino que informaba que había resuelto abrir una oficina en Francia y pedía 1.000 ejemplares de Correspondencia Internacional # 13 para venderlos públicamente. Eso hizo estallar todo. La maniobra lambertista de impedir la difusión de nuestras posiciones en Francia prohibiendo la distribución del órgano público oficial de la CI (CI), quedaba al descubierto. Lambert decretó, entonces, que ese pedido del PST argentino equivalía a una “autoescisión” y nos declaró “fuera” del Comité Ejecutivo.

Lambert, como todo nacional‑trotskista, inventaba un centralismo democrático internacional a la medida de sus necesidades de “defender” ‑o, como diría Healy, cuidar la “seguridad”‑ a su “partido madre”, la OCI francesa, su dirección nacional y él mismo como “primus inter pares”. Para ello pasaba olímpicamente por alto los Estatutos que él mismo había votado para la CI (CI). Ellos establecían que el único organismo que podía imponer al PST argentino o a cualquier otra sección una resolución de carácter obligatorio para que hiciera o dejara de hacer algo, era el Consejo General por tres cuartas partes de los votos.

Pese a todo, nuestra corriente siguió buscando los caminos para que la CI (CI) no se dividiera y se pudiera hacer la discusión. Con esa intención, Moreno, en una carta a la reunión conjunta de los comités Ejecutivos de la OSI y la CS de Brasil y a todas las secciones de la CI (CI) (Correspondencia Internacional, noviembre de 1981), se comprometía a “ abandonar ese proyecto [de abrir una oficina del PST argentino en París] si se reconstruye el CE…, se acepta la apertura inmediata de la discusión internacional…. con el derecho a intervenir en la discusión de la OCI o de cualquier otra sección …”, se prohibían todo tipo de sanciones y se reincorporaba inmediatamente a los expulsados de la OCI francesa. La carta concluía diciendo:

“Quiero discutir la política de la OCI frente al gobierno Mitterrand en sus células, para convencer a la organización y a su dirección de que están profundamente equivocados. Eso es todo. Eso es lo único que pido. En eso sí soy intransigente. No admito que se me coarte o se le coarte a ningún militante o dirigente de la CI(CI) ese derecho sagrado. Si se nos conceden los derechos que reclamo en esta carta, todo se puede arreglar”.

Pero nada se arregló. Lambert no estaba dispuesto a abrir su organización a una discusión que cuestionara su estrategia política frentepopulista y, con ella, el método burocrático que imponía para defenderla.

[…]

Las expulsiones

En medio de este proceso, Lambert comenzó la caza de brujas dentro de la OCI francesa, que luego se extendió a otras secciones dirigidas por lambertistas. El 24 de octubre se realizó fulminantemente una conferencia nacional de los cuadros de la OCI, convocada para “comenzarla discusión internacional”. En su desarrollo, que no pudo ser grabado por expresa oposición de Lambert, éste anunció que se había descubierto una grave provocación fascista-stalinista contra la OCI, de la cual participaban los miembros de la OCI que provenían de nuestra corriente. Anunció que habían comenzado las expulsiones. Y reafirmó que serían expulsados todos los que opinaran que la política de la OCI frente a Mitterrand era revisionista.

Este anuncio fue llevado a la práctica por medio de un documento interno titulado “Nota de la dirección de la OCI a todos los responsables de sector”. Ese documento parece calcado de los delirios de Healy sobre “seguridad y la Cuarta Internacional”. Comienza diciendo que el PC francés quiere destruir a la OCI. Luego, para explicar que no hay centralismo democrático para los enemigos del partido, inventa a un hipotético trotskista que participa en reuniones con el grupo fascista Acción Directa. Para semejante individuo, no hay centralismo democrático: “no hay más que una actitud: ¡Fuera!”.

A continuación, el documento concreta el objetivo de semejante prólogo: si un militante de la OCI dice en una reunión interna que la OCI es revisionista, “no tiene lugar en la OCI. ¡Afuera!” Aquí Lambert iba más lejos que el propio Healy. Este, al menos, buscaba o fraguaba hechos de la realidad para condenar a Hansen como agente del FBI o de la GPU; Lambert establece directamente el delito de opinión. Si un militante sostiene que la política de su organización es revisionista debe ser tratado igual que un estalinista o un amigo de los fascistas: “¡Afuera!”. Era el método de las amalgamas estalinistas. Para Stalin, todo opositor era agente nazi o del imperialismo. Quien se opusiera a Lambert era, por definición, lo mismo que un estalinista o un fascista. Y así comenzaron las expulsiones.

Para no abundar, mencionaremos solamente, por su carácter “clásico”, la expulsión de Streik. El Comité Central de la OCI lo echó de su partido acusándolo de hacer “un trabajo dislocador de la organización” y de que, por sus “discusiones”, había alejado de la OCI a jóvenes trabajadores. Como se ve, Streik no había roto la disciplina de la OCI ni defendido en público posiciones opuestas a las oficiales. Se lo expulsaba por discutir.

La célula de Streik, al ser informada de la expulsión, votó en contra. El Comité Central de la OCI resolvió el problema expulsando a los cinco camaradas de esa célula que habían votado en contra de la expulsión de Streik. A ellos se los expulsaba por votar en forma diferente a la que quería la dirección.

Además de su objetivo práctico, inmediato, de impedir la discusión, estas expulsiones buscaban también destruir a las víctimas. Por eso iban mezcladas con analogías o insinuaciones –“stalinistas”, “fascistas”– contra la moral revolucionaria de los opositores. (…)

Los ataques morales: Napurí y Just

Ya hemos visto que, junto a las expulsiones, Lambert atacaba la moral revolucionaria de los opositores. Esta faceta del método lambertista, los ataques morales, florecería en forma repugnante contra Ricardo Napurí.

Ricardo Napurí es un viejo dirigente revolucionario, fundador del CORCI, secretario general durante diez años de su sección peruana, el POM-R, y senador por el FOCEP. Napurí era el orgullo del CORCI, su máxima figura pública.

Napurí ya había tenido diferencias con Lambert, antes de que surgiera la CI (CI), en torno al significado de las asambleas populares en Perú y, sobre todo, contra la demencial exigencia de la OCI de que el POM-R saltara de 100 a 2.500 militantes en un año. Una nueva diferencia surgió cuando, ya dentro de la CI (CI), se discutió la unificación entre el POM-R y el PST (sección peruana de la ex‑FB). En esa ocasión, Lambert y Moreno presentaron una posición común, urgiendo la unificación, a la cual Napurí se opuso porque consideraba que no se había realizado la discusión previa que se había establecido en un protocolo especial. Pero esa diferencia fue tratada de manera totalmente diferente por Moreno y por Lambert. Para el primero, el hecho de que existiera tal diferencia con Napurí no significaba que éste hubiera dejado de ser un revolucionario. Lambert lo acusó verbalmente de “provocador policial” y “agente de la burguesía”.

Al trasladarse la crisis de la CICI) al interior del POM-R, Napurí renunció a su partido y, junto con los mejores dirigentes sindicales del POM-R, manifestó su decisión de unificarse con el PST peruano, dirigido por nuestra corriente. El Buró Político del POM-R, en una declaración fechada el 4 de diciembre de 1981 y hecha pública en el diario Marcha (Perú, 8/12/81), acusó a Napurí de “una traición”, de “una traidora deserción”, de haberse convertido en un “elemento que amenazaba con “corromper” al POM-R “bajo la presión material del estado burgués, en particular del parlamento”. Concretamente, la dirección del POM-R acusó a Napurí de no haber entregado al POM-R el dinero que correspondía de su dieta de senador. Napurí era un ladrón.

Nuestra corriente respondió a semejante ataque moral a un viejo dirigente revolucionario exigiendo que se constituyera un tribunal moral que juzgara a Napurí. El tribunal se constituyó, integrado por personalidades antiimperialistas y de izquierda, sindicales, políticas y culturales, insospechables de simpatizar con nuestra corriente. Hasta tal punto era un auténtico e imparcial tribunal moral que varios dirigentes del POM-R fueron a declarar ante él, reconociéndolo de hecho.

El fallo del tribunal fue que Napurí no había cometido ninguna acción que pusiera en duda su moral obrera y revolucionaria. El método calumnioso de Lambert había quedado al descubierto.

[…]

Ya está claro que Lambert no tiene ninguna clase de escrúpulos en llenar de basura el nombre y el honor revolucionario de camaradas que, equivocados o no, han dedicado toda su vida a la revolución y a la Internacional. Basta con que manifiesten diferencias con él para que, igual que Healy, sienta que “su” secta trotskista nacional está amenazada; que hay que “defenderla”, brindarle “seguridad”. Y la mejor forma de hacerlo es calumniar groseramente, tratar de destruir a sus “enemigos” golpeándoles en lo único que un verdadero revolucionario tiene en este mundo: su propia trayectoria, su moral de revolucionario, que es algo mucho más valioso que sus aciertos o equivocaciones políticas.

Al nacional-trotskismo de Healy y Lambert, ese capital moral, que no es sólo individual sino un legado para el movimiento obrero y revolucionario mundial, no les importa nada. No vacilan en tratar de destruirlo en aras de sus miserables y pequeñas ambiciones personales, a través de las peores infamias. Healy acusó a Hansen de agente del FBI y la CIA. No sabemos cuántas canalladas semejantes habrá hecho, pero deben ser muchas. Lambert acusó a Varga, el luchador húngaro contra la burocracia y sus tanques, de doble agente de la CIA y la GPU. Acusó a Altamira y a sus compañeros, que (equivocados o no) militaban y morían bajo las terribles dictaduras sudamericanas, de agentes de Pinochet. Acusó a Napurí de ladrón. Acusó a Just de provocador estalinista.

Nuestra trayectoria moral

Nuestra trayectoria es opuesta a la del lambertismo en lo que al respeto por la moral revolucionaria de los militantes y diligentes revolucionarios se refiere. Jamás hemos utilizado las cuestiones morales para hacer ataques a adversarios políticos.

Un buen ejemplo fue el caso del camarada Camilo González, de la dirección del PST colombiano, de la ex‑FB; y de la CI (CI). Este camarada, que se pronunció a favor de las posiciones lambertistas, quedó al margen de su partido al negarse explícitamente a acatar su estatuto y su disciplina. Junto con esto, algunos amigos suyos nos hicieron llegar quejas en el sentido de que habría una campaña en su contra por parte nuestra. Nuestra respuesta a esta situación fue exactamente la inversa a la de Lambert. Se elaboró un documento que se hizo público, en el cual lamentábamos que Camilo se hubiera marginado del PST y declarábamos que seguíamos considerándolo un gran dirigente, con una moral revolucionaria intachable. [4]

El caso de Camilo no es más que un jalón de toda una trayectoria de nuestra corriente en la cual nunca recurrimos al método liquidacionista y destructivo de los ataques morales al estilo lambertista. Otro jalón, del cual nos sentimientos doblemente orgullosos, es haber defendido consecuentemente a Hansen de las inmundicias de Healy, y con más fuerzas que nunca a partir del momento en que rompimos políticamente con Hansen.

Esta trayectoria nos da la autoridad moral suficiente como para plantar la cruz sobre la tumba de un lambertismo absolutamente degenerado.

V – Conclusiones

La evolución del lambertismo desde la ruptura de la CI (CI) es, desgraciadamente, la que hemos descrito. Su giro hacia el revisionismo, hacia el frente popular en Francia, hacia el gobierno sandinista en Nicaragua, hacia el clericalismo lulista en Brasil, es completo. Parece que nada queda de esa organización que, con todos sus vicios nacional-trotskistas y sectarios, tuvo el mérito de ser campeona de la lucha antirrevisionista dentro del movimiento trotskista mundial.

Parece también que nada queda de esa organización que sufrió el peor de los aislamientos por haberse resistido a someterse a los métodos stalinistas del jefe histórico del revisionismo, Pablo. Ahora utiliza esos mismos métodos en un grado cualitativamente superior que el propio pablismo.

Casi nada queda, finalmente, de una organización que figuró entre los partidos nacionales más poderosos de nuestro movimiento. Va de crisis en crisis. Con Just rompió un sector minoritario de militantes y cuadros. Pero no es una ruptura que se pueda subestimar: Just fue uno de los puntales de la construcción y dirección de la OCI y de su corriente internacional. Con Cambadelis rompe otro sector de militantes y dirigentes, debilitando cualitativamente al lambertismo francés donde era más fuerte: el sindicato estudiantil.

Pero la crisis más importante, mucho peor que la crisis del partido lambertista francés, es la de su corriente internacional. Podemos decir que ha quedado reducida a escombros. Si bien esta crisis como corriente internacional está determinada por la crisis de la organización francesa, como inevitablemente ocurre cuando de nacional-trotskismo se trata, su catalizador estuvo en este proceso que hemos descrito de las relaciones del lambertismo con nuestra corriente.

La importancia decisiva del programa y los métodos organizativos

El revisionismo ha creado en las filas de quienes nos reclamamos del trotskismo una actitud cínica, pequeño burguesa ante el problema del programa. Durante décadas se convirtió en práctica habitual jurar por el Programa de Transición, cuya esencia es que hay que realizar una revolución política contra la burocracia, para pasar sin el menor escrúpulo a aplicar una política opuesta: desde el entrismo por largos años a los partidos stalinistas de Pablo, hasta renegar de la revolución política en Cuba o decir que el sandinismo es una dirección revolucionaria. El programa quedaba así reducido a papel inservible. Se podía firmar cualquier cosa y hacer lo opuesto.

Otro tanto podríamos decir de los acuerdos en el terreno de la organización y de los métodos. Se podía hacer profesión de fe en el centralismo democrático, para luego caer en los más aberrantes métodos burocráticos. De conjunto, la cuestión programática y organizativa se tomó en forma no principista, sino oportunista: como un terreno de maniobra para afianzar posiciones de dirigentes, de secciones nacionales o de fracciones internacionales.

Nuestra corriente batalló y batalla sin tregua en contra de esta conducta. Asignamos la máxima seriedad e importancia a todo lo que firmamos: desde el menor acuerdo con otra organización para aplicar una táctica sindical, hasta el programa y los estatutos de la organización internacional que estamos construyendo. Creemos firmemente que la base de cualquier Internacional son su programa y estatutos, y el respeto más incondicional a ellos. Creemos, asimismo, que el que firma un acuerdo programático y/u organizativo para no cumplirlo, a la larga pierde; y el que lo cumple, a la larga gana.

Eso fue, precisamente, lo que le ocurrió al lambertismo. Firmó como maniobra, no cumplió y se vio sumido en la peor de las crisis. Lo opuesto ocurrió con nuestra corriente: firmamos convencidos de lo que firmábamos, nos mantuvimos estrictamente en el marco programático y estatutario de la CI (CI) y, precisamente por eso, salimos de esa experiencia enormemente fortalecidos. Mejor dicho, de allí surgió la LIT-CI, un agrupamiento internacional distinto, superior a lo que fue la FB.

Nuestros avances

En el terreno político‑programático, a partir de mayo‑junio de 1981, es decir, tan pronto asumió Mitterrand y comenzó la capitulación de la OCI francesa, surgió una sana reacción, homogénea, simultánea e inmediata de los dirigentes nacionales de los distintos partidos que provenían de la FB. Ellos salieron a luchar contra la capitulación. Como fruto de esa lucha tuvimos un enriquecimiento no previsto en la discusión teórica y política de un tema clave para la revolución socialista mundial, cual es el de los frentes populares.

En el terreno de los métodos se dio también una reacción homogénea y principista en defensa de nuestras concepciones sobre la cuestión organizativa y la democracia interna. Desde los distintos partidos y grupos nacionales fueron surgiendo críticas y cuestionamientos a la metodología burocrática del lambertismo. Esa batalla se dio en el marco del máximo respeto por parte de todos los dirigentes a los organismos y estatutos de la CI (CI). Lo mismo en cuanto a nuestros dirigentes que integraban el CE. A lo largo de todo el período de discusión, en las secciones dirigidas por nuestra corriente no se expulsó a nadie. Por el contrario, se reprodujeron y distribuyeron ampliamente tanto nuestras críticas como los documentos oficiales de la OCI, y quienes sostenían la posición lambertista pudieron defenderla con todas las garantías democráticas en todos los niveles, de dirección y de base, de esos partidos.

El resultado de esta conducta principista en el terreno programático y metodológico significó que la LIT-CI, fundada en enero de 1982, sea, tanto a nivel de programa como de dirección, algo cualitativamente superior a sus componentes previos, en particular a la ex‑FB. El lambertismo perdió a sus dos dirigentes latinoamericanos más importantes, Napurí y Alberto Franceschi (dirigente y miembro del parlamento venezolano), que fundaron la LIT‑CI junto a nuestra corriente histórica, para constituir una nueva dirección internacional, de la cual son parte.

Esa nueva dirección y organización capitalizó los avances de la lucha contra el revisionismo lambertista y siguió avanzando en temas tales como el frente obrero, antiimperialista y revolucionario, la revolución política y los métodos de organización, así como en la orientación a las secciones nacionales. La LIT‑CI quedó así como la única corriente del movimiento trotskista mundial que no sólo no está en crisis sino que tiene una saludable dinámica política y de inserción creciente en la clase obrera y sus luchas en más de veinte países, mientras el SU se debate en una crisis crónica, el healysmo ha muerto y el lambertismo entró en agonía.

Subsidiariamente, la herencia de la CI (CI) sirvió para develar la incógnita lambertista y sacar del camino un obstáculo para la construcción de la Cuarta Internacional. La mayoría de las fuerzas componentes de la CI (CI) continúan hoy en la LIT‑CI. Esta no es la Cuarta Internacional que los trabajadores del mundo necesitan. No tiene influencia de masa en ningún país, aunque se ubica en condiciones de luchar por ella en unos pocos. Pero sí es un paso adelante en la lucha contra el revisionismo, sea del signo que sea, por la construcción de partidos revolucionarios trotskistas en todos los países del mundo y por la construcción de una Cuarta Internacional auténticamente trotskista.

[1] Los sectarios de izquierda criticaron el nombre de nuestra Brigada, aduciendo que Simón Bolívar era un personaje burgués que sigue siendo reivindicado por la burguesía latinoamericana. Nosotros seguimos defendiendo ese nombre. Simón Bolívar fue el máximo héroe de la revolución latinoamericana de principios del siglo XIX contra el imperio español, que intentó en vano construir una sola república en Sudamérica. Su nombre empalmaba con el carácter democrático‑antiimperialista que asumía el inicio de la revolución socialista en Nicaragua.

[2] Con la organización de Thornett nos fue imposible llegar al menor acuerdo para hacer algo en común. Este grupo ponía como condición previa realizar una discusión sobre toda la historia del trotskismo y de nuestra corriente. Estaban especialmente obsesionados por discutir un volante que la regional de la provincia de Córdoba de nuestro partido argentino había publicado muchos años atrás. Nosotros nos negamos rotundamente a entrar en esa discusión sobre el pasado y exigimos, en cambio, discutir un acuerdo político y un programa para actuar juntos en el presente.

[3] Estos análisis de Lambert muestran toda su ridiculez si los aplicáramos, por ejemplo, a Gran Bretaña bajo un gobierno laborista, digamos el de Attlee, sonarían más o menos así: “Hay una contradicción (antagonismo) insuperable entre el gobierno burgués de Attlee y la burguesía. El gobierno de Attlee entra inevitablemente en conflicto con el aparato del estado burgués, con la burguesía. La sola existencia de la elección de Attlee al cargo de primer ministro y de una mayoría parlamentaria laborista es incompatible con las instituciones antidemocráticas y reaccionarias de la monarquía constitucional. Esto trae consigo el germen de una guerra civil, que el gran capital se está preparando para lanzar, y Attlee quiere oponerse a esos ataques”.

[4] Después de la ruptura con Moreno y su corriente, el curso político de Camilo González fue hacia la derecha, hasta terminar renegando de la revolución socialista. Hoy es ministro del gobierno burgués ultra reaccionario de Virgilio Barco en Colombia. (N. del E.)