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En esta tercera parte del artículo, abordaremos las guerras de liberación nacional que se desarrollaron en los países ocupados por las potencias del Eje, especialmente por Alemania y Japón.

Por Alejandro Iturbe

Fueron guerras de resistencia al ocupante que sojuzgaba la soberanía nacional de todo o parte del territorio nacional. Se desarrollaron en numerosos países y utilizaron diversos métodos de combate, aunque, por las condiciones en que se realizaba esa lucha, tendió a predominar la táctica de guerra de guerrillas o los atentados urbanos. Además, en muchos casos se combinaron con la guerra interimperialista que analizamos en la primera parte del artículo. Nos es imposible, en la extensión de este material, analizarlas a todas con profundidad. Por eso, nos limitaremos a referirnos a las más significativas.

La guerra chino-japonesa

Este conflicto bélico comenzó antes de la Segunda Guerra Mundial, en 1937, y continuó hasta 1945, cuando el Imperio japonés se rindió ante los Aliados, en setiembre de 1945.

El imperialismo japonés siempre aspiró a anexarse varios territorios chinos, especialmente en las costas marítimas y en las regiones más ricas del interior. China, por su parte, venía de un extenso conflicto interior entre el gobierno republicano nacionalista del general Chiang Kai-shek y el ejército comunista de campesinos liderado por Mao Tsé-tung. La superioridad del armamento japonés era muy grande.

Los japoneses ya se habían anexado la península de Corea (al sur) en 1910. Invadieron Manchuria (al nordeste de China, limítrofe con la Siberia rusa) en 1931 y la dominaron plenamente en 1937. La intención de Japón no era administrar directamente los territorios sino crear Estados fantoches con gobiernos locales subordinados. Hasta 1941, el conflicto estuvo limitado a ambas naciones, salvo una pequeña colaboración de pilotos soviéticos, en 1937, y estadounidenses, en 1940 (los Tigres Voladores).

Es importante destacar que, ya en 1940, la expansión japonesa había sido contenida gracias a los duros combates que daba el ejército republicano en la defensa de las ciudades, por un lado, y al hostigamiento permanente que realizaban las fuerzas encabezadas por Mao, en las regiones rurales, por el otro. Al mismo tiempo, muchas veces, el ejército central chino y el de Mao se enfrentaban entre sí.

Pero luego del ataque a la base estadounidense de Pearl Harbor, en Hawái (7 de diciembre de 1941), Estados Unidos y Gran Bretaña le declararon la guerra al imperio japonés y el gobierno chino se incorporó a los Aliados. Poco después, Japón ocupaba Hong Kong (hasta entonces colonia británica).

En este marco, la guerra de liberación de los territorios chinos se combinó con la guerra interimperialista del Pacífico oriental. Estados Unidos comenzó a mandar armamento y suministros, y a entrenar oficiales del Ejército de Chiang Kai-shek, lo que mejoró su capacidad militar y le permitió comenzar a lanzar algunas ofensivas. Además, tropas chinas participaron de la recuperación de Birmania, junto a los británicos y los estadounidenses (1944).

Una ayuda que, por supuesto, nunca recibieron las fuerzas de Mao. Para el imperialismo estadounidense, la tarea inmediata era derrotar a Japón. Pero también trataba de fortalecer estratégicamente a Chiang frente a la lucha que se vendría en el futuro. Otro elemento en este aspecto es que, en 1942, si bien Chiang fue designado comandante en jefe de los Aliados en China, estos nombraron un general estadounidense como jefe de operaciones militares para contrapesar su “debilidad en el combate a los comunistas”.

Lo cierto es que el imperialismo estadounidense dejó que el costo del combate contra los japoneses en China (con muchísimas bajas) fuese del pueblo chino, y se concentró en la guerra por la reconquista de las islas y otros territorios del Pacífico (como Corea).

La guerra terminaría cuando el Imperio japonés se rindió a los Aliados, luego que dos bombas atómicas arrojadas por la fuerza aérea estadounidense destruyeran las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Ahí comienza otra historia: la lucha entre las fuerzas de Chiang y de Mao, a la que nos referiremos en un próximo artículo.

La Resistencia

En años recientes, la serie La Casa de Papel trajo del recuerdo la hermosa canción italiana Bela Ciao y su referencia a la Resistencia.  Este nombre se utiliza como denominación general a la lucha que desarrollaron un conjunto de movimientos de diversos orígenes, en diferentes países, contra la ocupación de las tropas del régimen nazi y de otros países.

Fue una lucha heroica que se llevó adelante en condiciones muy difíciles: en la más rigurosa clandestinidad, refugiados en montañas o lugares aislados, con gran inferioridad de armamentos y con el riesgo permanente para sus integrantes de ser detenidos, torturados y asesinados. Por eso, sus métodos fueron centralmente defensivos y de hostigamiento: acciones de guerra de guerrillas, rápidos atentados urbanos contra objetivos y, también, tareas de espionaje.

Si bien en ella intervenían sectores burgueses antinazis (como las Fuerzas Francesas Libres del general De Gaulle), el peso central de la Resistencia fue de sectores obreros y populares, con influencia mayoritaria de los partidos comunistas, pero con la participación de otras fuerzas de izquierda, como los trotskistas.

Italia

En Italia, se los conocía como partigiani (o partisanos) y fueron especialmente activos en el norte del país, la región más industrializada. Su lucha se desarrolló contra el régimen fascista de Benito Mussolini. Algunos historiadores consideran que comenzó a surgir en la década de 1920, luego del ascenso del fascismo. A partir de julio de 1943, también lucharon contra las tropas alemanas que habían ingresado para sostener al Duce. Se calcula que unas 300.000 personas participaron de la lucha de los partisanos, entre ellos cerca de 35.000 mujeres.

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A partir de julio de 1943, luego del desembarco de las tropas aliadas en Sicilia, y, especialmente desde setiembre de 1943 (desembarco en Salerno), la guerra de liberación que libraban los partisanos pasó a combinarse con la guerra interimperialista en el país. Las tropas aliadas obligaron a las del Eje a retroceder hacia el norte, pero su ofensiva se vio detenida en el centro del país por la Línea Gustav que había montado el Eje. Luego de varias ofensivas aliadas, esta línea fue quebrada en mayo de 1944. Comenzó la llamada Marcha sobre Roma, mientras las tropas del Eje retrocedían para defender la capital del país. Finalmente, las tropas aliadas entraron a Roma en junio de 1944 sin encontrar resistencia, ya que los nazis la habían declarado “ciudad abierta” y, en un claro acuerdo con el mando estadounidense, se les permitió huir hacia el norte, en dirección a Austria.

No se trató solo de un acuerdo para evitar bajas. Nuevamente el imperialismo estadounidense actuaba estratégicamente: los partisanos se habían fortalecido mucho en el norte del país y, luego de la caída del régimen de Mussolini, ya controlaban numerosos pueblos y localidades. Por un lado, el mando estadounidense quería consolidar un poder en Roma. Por el otro, esperaba que las tropas nazis en su huida lo ayudasen a “limpiar” de partisanos el norte del país o, por lo menos, que debilitasen su fuerza.

Por su parte, luego de la caída de Roma, Benito Mussolini huyó junto con los alemanes hacia Milán, donde pasó a ser “jefe” de un Estado fantoche de los nazis. Bajo una presión insostenible desde diversos flancos (por parte de los aliados y de los partisanos), las tropas francesas toman Milán en abril de 1945. Mussolini intenta huir disfrazado hacia Suiza, pero es capturado por fuerzas partisanas y fusilado el 27 de abril, junto con su amante Clara Petacci. Un justo final para este siniestro dictador.

Aquí comienza otra historia: la traición del Partido Comunista Italiano (PCI) que, por orientación de Stalin, obliga a los partisanos a entregar las armas y pasar a apoyar la reconstrucción de la república y de la economía burguesas.

Francia                      

La parte principal de Francia, incluida París, estaba ocupada por las tropas alemanas desde mediados de 1940, las que, en sur del país, permitieron la instalación de un gobierno francés colaboracionista conocido como “régimen de Vichy” [1].

Los miembros de la Resistencia francesa fueron conocidos como maquisards o simplemente “maquis”, palabra francesa que designa zonas montañosas, donde estos combatientes se escondían para atacar por sorpresa.

Se considera que hubo cerca de 30 movimientos de maquis que actuaban con bastante autonomía, aunque tuvieron una mayor coordinación desde 1943. Combatieron no solo la ocupación alemana sino también el régimen encabezado en el sur por el mariscal Pétain. El más conocido fue el de los “maquis de Vercors”, un macizo en los Alpes occidentales cercano a la ciudad de Grenoble.

Los maquis se centraban en una tarea de hostigamiento y desmoralización de las tropas de ocupación, de destrucción de vías férreas y de trenes de transportes alemanes desde la región dominada por el régimen de Vichy, y también realizando tareas de espionaje y recolección de informaciones sobre el enemigo. Una parte de los miembros de la Resistencia francesa actuaba clandestinamente en las ciudades más importantes del país, acosada no solo por los ocupantes sino por los muchos agentes colaboracionistas franceses.

Fueron varios miles de maquis en todo el país. Dentro de ellos coexistían grupos ligados al gobierno francés en el exilio (Londres), encabezado por el general Charles De Gaulle, con una mayoría de movimientos de composición obrera y popular, con fuerte influencia del Partido Comunista Francés (PCF). Estos grupos se vieron fortalecidos a partir de 1941 con la afluencia de numerosos guerrilleros españoles (que habían levantado los frentes de resistencia en su país) con gran experiencia en los combates [2].

A partir del desembarco y la invasión de Normandía (el día D), en junio de 1944, esta guerra de liberación y la guerra interimperialista se combinaron profundamente. Las tropas aliadas obligaban a los nazis a retroceder y los maquis realizaban su labor de hostigamiento con ataques guerrilleros de avanzada, así como tareas de espionaje y, también, con combates de “limpieza” de pequeñas unidades alemanas remanentes. El símbolo de esta combinación fue el triunfo representado por la liberación de París en agosto de 1944 y el festejo popular por ese triunfo.

La historiografía imperialista (y la francesa en particular) reivindican el papel jugado por los maquis en la lucha contra los nazis. Pero intentan crear la leyenda de que el peso principal de la Resistencia francesa lo jugaron las fuerzas del Ejército Libre Francés encabezadas por De Gaulle, apoyadas por la mayoría de los franceses, y que los otros movimientos cumplieron un papel secundario.

Un libro muy interesante del historiador inglés Robert Gildea, Combatientes en la sombra, desmonta este mito de modo muy documentado. En ese libro, el autor demuestra, en primer lugar, que hubo un gran número de burgueses y pequeñoburgueses franceses que colaboraron con los nazis (no “apenas un puñado de miserables” como decía De Gaulle); en segundo lugar, que el peso principal de la Resistencia francesa estuvo en los hombros de los movimientos que influenciaban el PCF y otras organizaciones de izquierda y, en tercer lugar, que en ella jugaron un papel muy importante no solo los combatientes españoles sino también judíos provenientes de Polonia y de Rumania.

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Finalmente, el papel central que los maquis de izquierda tuvieron en la liberación de París, no solo “limpiándola” de tropas alemanas y de funcionarios nazis sino también tomando justa venganza contra los parisinos colaboracionistas: «El papel de los comunistas fue también muy importante, especialmente durante la liberación de París” [3].

Tal como lo expresamos para Italia, aquí también comienza otra historia: la de la traición orientada por Stalin, el estalinismo y el PCF de apoyar la reconstrucción de un gobierno burgués en Francia encabezado por el general De Gaulle.

Grecia

Menos conocidos que los de Italia y Francia, en la región de los Balcanes (sudeste de Europa) se desarrollaron heroicos movimientos de resistencia, frente a las durísimas y sangrientas condiciones de ocupación que imponían las tropas y autoridades del Eje.

Grecia estuvo bajo una ocupación dividid a en tres zonas, controladas por Alemania, Italia y Bulgaria. El pueblo sufrió terribles penurias: más de 300.000 civiles murieron por causa del hambre y miles más por las represalias, mientras la economía del país estaba en ruinas. En ese contexto se forma la Resistencia griega, uno de los movimientos de resistencia más efectivos de la Europa ocupada, que lanzaba fuertes ataques contra las fuerzas ocupantes y que creó extensas redes de espionaje.

Un hecho a destacar es la revuelta de la ciudad de Drama, iniciada el 28 de setiembre de 1941, que se extendió rápidamente a toda la región de Macedonia. La revuelta fue sofocada por las tropas búlgaras, que ejecutaron a cerca de 15.000 griegos en las semanas siguientes, mientras aldeas enteras eran saqueadas y ametralladas.

Pocos griegos colaboraron con los nazis y el Eje. La mayoría adoptó una hostilidad pasiva, pero una importante minoría se unió a la Resistencia. Numerosos griegos huyeron a las colinas y se organizó un movimiento partisano. La principal fuerza era el ELAS (sigla en griego del Frente de Liberación Nacional), brazo militar del EAM (Partido Comunista griego). También hubo organizaciones de resistencia nacionalista de derecha: la EDES (Liga Griega Nacional Republicana), dirigida por un ex oficial del ejército griego.

Se produjeron enfrentamientos entre ambas organizaciones, especialmente en 1943, ya que el EAM afirmaba que el otro bloque había colaborado con los ocupantes. Después de la rendición de Italia, a finales de 1943, los alemanes reagruparon sus fuerzas y comenzaron a atacar a ambos grupos, pero luego se concentraron claramente en intentar destruir al EAM y a ELAS. Existen pruebas de que, en ese momento, la EDES hizo un acuerdo con los alemanes [4].

Las tropas alemanas dejaron Grecia a inicios de 1944. Los Aliados enviaron a las tropas británicas para controlar el país. En febrero, las autoridades británicas firmaron con ambas organizaciones el Acuerdo de Plaka. Tuvo el aval implícito de Stalin, que así comenzaba a cumplir los criterios acordados con las potencias aliadas en la Conferencia de Teherán (noviembre de 1943), que luego serían profundizados en las conferencias de Yalta y Potsdam. La mayoría del Partido Comunista Griego, sin embargo, rechazó el acuerdo y así se sentaron las bases de la guerra civil griega, iniciada en diciembre de 1944 y que se extendería hasta 1949. Un tema que abordaremos en el segundo artículo de esta serie.

Yugoslavia

En abril de 1941, el Reino de Yugoslavia fue invadido por las tropas del Eje y desmembrado. Crearon el Estado de Croacia (incorporando a Bosnia-Herzegovina), bajo el dominio de la feroz organización fascista ustasha; un Estado títere en Serbia, y se dividen el resto del territorio entre Alemania, Italia, Hungría y Bulgaria.

Rápidamente, comenzaron las acciones de dos movimientos guerrilleros: por un lado, los “partisanos yugoslavos”, orientados por el Partido Comunista y apoyados por la URSS. Su líder fue Josip Broz, conocido como Tito; por el otro, el movimiento monárquico Ejército de la Patria Yugoslava (los chetniks) que recibía el apoyo de las potencias aliadas occidentales.

En 1943, las fuerzas del Eje lanzaron una serie de ofensivas para destruir a los partisanos y casi lo consiguieron. Pero, a pesar de los golpes recibidos, el movimiento encabezado por Tito se mantenía como una fuerza efectiva de combate y controlaba algunas regiones menores. Al igual que sucedió en otros países, en algunos casos, partisanos y chetniks combatían entre sí.

En 1944, el Ejército Rojo de la URSS, que luego de la victoria en la batalla de Stalingrado había comenzado una contraofensiva en varias direcciones, avanzó sobre Hungría y Bulgaria, derrotó a las tropas del Eje y tomó el control de esos países. Poco después, las fuerzas de los partisanos de Tito iniciaron una ofensiva sobre Belgrado, en la que derrotaron no solo a las tropas del Eje sino también a los chetniks, y tomaron el control de la ciudad en setiembre de ese año.

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Posteriormente, con cierta ayuda de tropas soviéticas, los partisanos lograron el control de la totalidad del territorio yugoslavo. En la vecina Albania, se dio un proceso similar liderado por el Frente de Liberación Nacional encabezado por el comunista Enver Hoxa. Es decir que, en esta región de los Balcanes, la guerra de liberación nacional se combinó con la de defensa del Estado obrero.

Poco después, la dirección de Tito, a pesar de ser parte del aparato estalinista dirigido desde Moscú entró en choque con Stalin, ya que se negó a cumplir la orden de detener el proceso revolucionario y pactar con el gobierno yugoslavo en el exilio para reconstruir el Estado burgués. Por el contrario, la dirección de Tito definió avanzar hacia la construcción de un Estado obrero federado y rompió con el aparato estalinista central, en 1948. Nuevamente, aquí comenzó otra historia.

De modo injusto, no podemos detenernos en otras guerras de liberación nacional importantes, como las desarrolladas en la Indochina francesa (actuales Vietnam, Laos y Camboya) contra la ocupación japonesa, con influencia comunista y también de fuerzas trotskistas. Luego de la derrota de Japón, en 1945, estas luchas se transformaron en una guerra de liberación contra la vieja metrópoli imperialista.

El Gueto de Varsovia

Queremos terminar esta parte dedicada a las luchas de resistencia al dominio nazi refiriéndonos al levantamiento del gueto de Varsovia, ocurrido entre el 19 de abril y el 16 de mayo de 1943 en la capital polaca.

Luego de la invasión a Polonia, los nazis, como parte de su ideología de “superioridad de la raza aria” y los ataques a otros pueblos, se ensañaron especialmente con los judíos que representaban más de 10% de la población del país. Este ataque escondía, en realidad, otros objetivos: la expropiación de bienes de la burguesía y la pequeña burguesía judía polaca y la represión a los muchos judíos que militaban en organizaciones de izquierda.

Los tres millones de judíos, primero fueron confinados en guetos (barrios cerrados que requerían autorización para salir) y obligados a identificarse con la “estrella de David”; luego comenzaron a ser trasladados a los campos de trabajo esclavo (como Treblinka y Majdanek) y finalmente asesinados masivamente en esos campos, en las siniestras cámaras de gas. Fue una parte central de lo que se conoce como el Holocausto.

El más grande de esos guetos era el de Varsovia, en el que llegaron a hacinarse 380.000 personas, con un alto número de muertes por hambre y enfermedades. Ante la intensificación de los traslados a los campos de exterminio, la Organización Judía de Combate comenzó a entrenar y a formar brigadas para lanzar una rebelión. El líder del proceso era Mordechai Anielewicz, joven militante del movimiento de izquierda Hashomer  Atzair.

Los nazis y la policía polaca colaboracionista fueron tomados por sorpresa y perdieron el control del gueto. Iniciaron un cerco y cortaron el agua y la electricidad. Los movimientos de resistencia polaca intentaron cortar este cerco desde afuera, sin éxito.

Para terminar con la heroica resistencia de sus pobladores, los nazis incendiaron todo el gueto. Muchos sobrevivientes se escondían en las alcantarillas, unos pocos lograban escapar ayudados por la resistencia polaca. En esos hechos, 7.000 judíos murieron en combate y otros 6.000 se asfixiaron en los búnkers y alcantarillas. Los 40.000 sobrevivientes fueron enviados a los campos de exterminio.

Quisimos rescatar esta parte de la mejor tradición de lucha del pueblo judío: su militancia en las organizaciones de izquierda y su lucha heroica contra el nazi-fascismo (algo que también se expresó como vimos en su lucha como parte de la resistencia en otros países). Una tradición totalmente opuesta a la realidad actual de la política del Estado sionista de Israel que intenta exterminar al pueblo palestino.

Notas:

[1] Ver la primera parte de este artículo en https://litci.org/es/menu/teoria/historia/la-naturaleza-de-la-segunda-guerra-mundial-parte-1/

[2] Sobre este tema, es interesante leer el libro El largo viaje del español Jorge Semprún, Barcelona, España: Ediciones Tusquets, Editorial Planeta, 1978.

[3] GILDEA, Robert. Combatientes en la sombra. La historia definitiva de la Resistencia francesa. Barcelona: Editora Taurus, 2016, y la entrevista realizada por el diario El País en  https://elpais.com/cultura/2016/10/07/actualidad/1475858612_013991.html

[4] WOODHOUSE, C. M.; CLOGG, Richard. The Struggle for Greece, 1941-1949, Ivan R. Dee, ed. (2002)