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En la noche del 20 para el 21 de agosto de 1968, un poderosos ejército de 250.000 hombres –la mayoría soldados de la Unión Soviética– pusieron fin a la revolución política que comenzaba a barrer del poder a la burocracia estalinista.

Por: Jeferson Choma

Mucho había pasado antes de aquella primavera de 1968 en Checoslovaquia. En 1948, el país se tornó una de las democracias populares del Este europeo. Un país satélite de la Unión Soviética estalinista.

La operación del Ejército Rojo y las presiones del imperialismo llevaron el proceso hasta la expropiación de la burguesía. No obstante, también hizo surgir regímenes totalmente deformados, controlados por la burocracia de Moscú.

Después de la muerte de Stalin, la burocracia soviética se vio obligada a librarse de su cadáver. Eso culminó en la denuncia de los crímenes de Stalin en el 20° Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). El episodio marcó el inicio de la crisis del estalinismo en todo el mundo. Sin embargo, no impidió un profundo cuestionamiento de las masas. No impidió, tampoco, las revoluciones políticas que siguieron, en Berlín, Alemania Oriental (1953), en Polonia y en Hungría (ambas en 1956). En todas ellas, los pueblos luchaban contra la opresión que ejercía la URSS y contra las burocracias estalinistas de sus respectivos países.

Intelectuales y movimiento estudiantil

Los vientos contra el estalinismo soplaron en Checoslovaquia hacia finales de 1967. Como en Hungría de 1956, el movimiento comenzó con las fundaciones y organizaciones de escritores y seminarios literarios. Como allá, el movimiento desencadenado también fue mucho más lejos de lo que se imaginaba.

Intelectuales de la Unión de Escritores, de la Academia de Ciencias y del Instituto de Ciencias Económicas iniciaron un amplio movimiento de cuestionamiento a la política económica del Partido Comunista (PC). La orientación del partido de fortalecer la industria pesada se demostró desastrosa para la economía. Los cuestionamientos se ampliaron, el gobierno del PC impedía la libre manifestación de ideas, y la lucha contra la censura y por la libertad de expresión y de creación artística y científica ganó fuerza. La libertad de expresión, de manifestación y de organización era algo que la Constitución garantizaba pero, en la práctica, el gobierno y la policía prohibían.

Las reivindicaciones de los intelectuales por libertades democráticas aceleraron la crisis en el país. No demoró para que los estudiantes entrasen en escena con sus reivindicaciones por mejoras en la enseñanza y por más libertades. Enseguida que ganaron las calles fueron duramente reprimidos por las fuerzas del Estado. Pero el efecto de la represión no aplacó a la población. La violencia policial solo consiguió llamar todavía más la atención para las luchas por las libertades.

Otras reivindicaciones surgieron en el proceso, como la propuesta de una federalización efectiva de Eslovaquia, una revisión constitucional que garantizase los derechos civiles y las libertades individuales. Entre ellas, la libertad de prensa y la libre organización partidaria. Eso implicaba el fin del monopolio político del PC.

Todos los perseguidos por el régimen serían rehabilitados y reintegrados. Intelectuales clamaban incluso hasta la abertura de una investigación contra el gobierno checoslovaco por dar asilo a Ramón Mercader, el agente de la entonces GPU, policía secreta de Stalin, que asesinó a Trotsky en 1940. Luego de salir de prisión en México, Mercader fue recibido como héroe por el gobierno checo.

Con el impulso de ese movimiento, la dirección del Partido Comunista se dividió: un ala estaba dispuesta a aceptar algunas reivindicaciones, del estilo de entregar algunos anillos para no perder la mano entera, e intentar así controlar el movimiento. Otro sector tenía como estrategia enfrentar duramente el movimiento, antes de que este ganase más impulso.

La escisión entre los llamados “liberales” y “conservadores” explota en la alta cúpula del Partido, alcanzando al Secretariado y su Comité Central (CC). El fuerte impulso de las fuerzas sociales en movimiento y las dificultades económicas crearon las condiciones para que las divergencias o incluso oposiciones se expresasen en la dirección de la organización-partido y en fisuras en su cúpula.

“De esa forma, surgen las fracciones, tan condenadas por la ley del partido, pero que la poderosa acción del movimiento de masas hace renacer en toda crisis seria”, explica Pierre Broué en su excelente libro La Primavera de los Pueblos comienza en Praga.

Fue en esta atmósfera que se inició la reunión del CC hacia finales de diciembre de 1967, en la cual surge el debate sobre la acumulación de cargos de los dirigentes. Era un artificio de lenguaje creado por el sector “liberal” para ocultar sus verdaderas intenciones políticas y retirar el cargo del secretario general de las manos del estalinista Antonín Novotny, en el poder desde 1953.

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Pero la crisis y las artimañas burocráticas típicas de una organización burocratizada y, por lo tanto, nada democrática, hicieron que la reunión fuese interrumpida y retomada solo en enero de 1968. A pesar de todas las maniobras y tentativas de reconciliación de Novotny, el 5 de enero el Comité Central del PC anunció que el viejo estalinista había sido “liberado de sus funciones”.

Estaba abierto el camino para el ascenso de Alexander Dubcek al cargo de primer secretario. De la misma forma, para el ascenso de parte de la burocracia del PC que procuraba una interlocución junto a las fuerzas sociales para impedir el avance de la crisis en el movimiento de los trabajadores, intelectuales y estudiantes. Restaurar la confianza perdida y reciclar la imagen del partido: estos era los desafíos de los nuevos burócratas.

Dubcek era un burócrata de carrera en el interior del PC. En 1949 fue nombrado secretario del distrito del Partido en Trencin, y en 1951 fue electo miembro del Comité Central del PC y diputado de la Asamblea Nacional. En 1960, ya era miembro del Presidium del partido. En mayo de 1963, Dubcek sustituyó a K. Bacilek como primer secretario del partido en Eslovaquia. Por lo tanto, toda la trayectoria de Dubcek demuestra su total adhesión al régimen de partido único existente en el país. Su intención, al frente del PC, era intentar contener una potencial explosión social en el país, pero la salida de Novotny estuvo lejos de ser el fin de los problemas, como pensaba el ala de Dubcek. Al contrario. Fue el comienzo de una movilización de la cual su ala en el partido no tuvo el menor control. Y, cuando pudieron, combatieron el movimiento con todas sus fuerzas.

Fuera del control de la burocracia

La primera crisis del nuevo comando del partido vino con las presiones de las organizaciones de los estudiantes y los intelectuales. Estas exigían la salida de Novotny de la presidencia de la República. El odiado dirigente fue obligado a abandonar su cargo después de que se descubriera una tentativa de golpe militar durante el intervalo del CC, entre diciembre de 1967 y enero de 1968.

Buscando aplacar las presiones sociales, en abril de 1968 fue publicado un Programa de Acción. La elección de los dirigentes por voto secreto, la creación de un sistema federal con el reconocimiento de la nación eslovaca en igualdad de derechos, una reforma electoral, más autonomía a las empresas, la supresión de la censura en los medios de comunicación y la libertad de reunión constaban en el documento.

En marzo, cansados de ser tachados de “restauradores del capitalismo” por los burócratas del PC –especialmente por la vieja camarilla de Novotny– los estudiantes publicaron la “Carta Abierta a los Obreros”, donde denunciaban que las calumnias y mentiras contra ellos serían una tentativa de separarlos de los obreros. En los días siguientes, se realizaron los primeros contactos de los estudiantes con las fábricas. La tempestad, finalmente, llegaba a los obreros, y millares de ellos se unieron a los estudiantes e intelectuales en las exigencias por más libertades.

Fue por medio de los jóvenes obreros que la agitación pasó de las universidades para el interior de las fábricas. Poco a poco, los obreros se fueron poniendo en movimiento. Exigían el retorno de la concepción sindical tradicional y obrera de los sindicatos, esto es, que fuesen “organismos de defensa de los intereses materiales y morales de la clase e instrumentos de los obreros”.

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Por todos lados estallaban huelgas y amenazas de huelga. Dirigentes sindicales fueron apartados por asambleas obreras y democráticamente sustituidos. Todo eso estaba fuera del control de Dubcek y de la dirección del PC.

Una descripción de un reportero ilustra muy bien la explosión de las demandas de los obreros de las fábricas. De acuerdo con él, mientras dirigentes sindicales llamaban a los obreros de una fábrica para votar una moción de apoyo al nuevo gobierno Dubcek, los obreros “insisten en discutir sobre sus propias resoluciones. Un tras otro saltan hacia la tribuna y critican a los dirigentes sindicales. (…) Una joven dice: ‘sería un error fatal creer que con la salida de Novotny las cosas van a ir bien. Eso debe ser solo el comienzo”.

Mientras estallan por todos lados manifestaciones por más democracia socialista, en junio de 1968 fue publicado el manifiesto “Dos Mil Palabras” en la Gazeta Literaria (Liternání Listy), redactada por Ludvik Vaculik. El texto fue firmado por centenas de personalidades de todos los sectores sociales.

El manifiesto era más que un pedido para que Dubcek acelerase el proceso de reformas democráticas que había prometido. El documento atacaba duramente el partido y el régimen, afirmando que “el comando político era ejercido en nombre de los obreros por un grupo de funcionarios del partido y del aparato del Estado”. Además de eso, trazaba, por primera vez, un programa de acción independiente de los trabajadores. Exponía con vitalidad la necesidad de la organización independiente contra la burocracia y hacía una apelación a la iniciativa del movimiento de masas.

Aun cuando terminase por apoyar al nuevo gobierno, el manifiesto no disfrazaba su desconfianza en relación con el “socialismo con rostro humano”, propuesto por Dubcek.

Los dirigentes soviéticos, que no se habían involucrado en las luchas políticas internas de enero, se inquietaban cada vez más con la dinámica del proceso checoslovaco. La burocracia temía que otros países del Este y la propia Unión Soviética (URSS) se contagiasen con esas ideas. La burocracia pedía a Dubcek explicaciones y medidas de control efectivo sobre las fuerzas sociales. Este, por su parte, reafirmaba su lealtad a Moscú y decía que los elementos “antisocialistas” estaban bajo control.

‘¡Lenin, levántese. Brezhnev está loco!’

Experimentados con los levantes de Berlín y de Hungría, los dirigentes del Kremlin no vacilaron. En la noche del 20 para el 21 de agosto de 1968, un poderoso ejército de 250.000 hombres del Pacto de Varsovia –la mayoría soldados de la Unión Soviética– pusieron fin a la “Primavera”. No obstante, lo que las tropas soviéticas no esperaban fue la enorme resistencia que encontraron.

En Praga, las calles fueron colmadas. Las radios pronunciaban comunicados de resistencia a cada instante. En las rutas del país y en la capital, placas con los nombres de las calles y ciudades eran destruidas o cambiadas para desorientar a los invasores. En los muros, surgían pintadas como “El Circo Soviético está de nuevo en Praga”, o “¡Lenin, levántese. Brezhnev está loco!”, en referencia al secretario general de la nomenclatura soviética, Leonid Brezhnev.

Una de las grandes acciones de resistencia, ya con Praga totalmente ocupada por las tropas soviéticas, fue la iniciativa de anticipar el 14° Congreso del Partido Comunista. El proceso de construcción del Congreso fue marcado por un rico debate sobre qué caminos debería recorrer el socialismo en el país. En él, no fueron ahorradas las críticas contra la dirección burocrática. El sentido de la democracia obrera fue recuperado, rescatando los “consejos obreros y populares” como forma de organización del Estado.

Con la mayoría de los delegados ya electos de forma democrática, un pequeño grupo de dirigentes del partido en Praga lanzan un valiente llamado por radio para la anticipación del Congreso. Millares respondieron al llamado. Cerca de 1.100 delegados se reunieron clandestinamente en una gran fábrica en los alrededores de la capital, que fue custodiada por obreros y milicias populares.

Al mismo tiempo, en Moscú, los dirigentes checoslovacos (incluso Dubcek, que ya estaba preso), sujetos a fortísima presión, capitulaban uno tras otro. Todos suscribieron un protocolo, redactado por los soviéticos, en que se justificaba la intervención armada. La “Primavera de Praga” era definitivamente sofocada.

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¿Reforma o Revolución?

¿Era posible una autorreforma del PC luego del ascenso de Dubcek? Un examen detallado de los acontecimientos no muestra solo que eso era improbable como que era absolutamente imposible.

La reunión del CC de enero fue un esfuerzo para la conservación del control del partido sobre el movimiento de masas que se les estaba escapando. Dubcek era un hombre del aparato y en el inicio de la crisis era caracterizado como un representante del “centro”, es decir, alguien que pudiese conciliar a “liberales” y “conservadores” en el seno del partido.

En la medida en que las fuerzas sociales fueron pesando contra su política, Dubcek asumió una actitud de no oponerse frontalmente al movimiento de masas. Así, se alineó con los “liberales”, cuya política asumía, aparentemente, los objetivos de los trabajadores como “sus” objetivos, buscando hacer que el partido pudiese controlar y canalizar las fuerzas sociales en acción. De otro lado, Novotny y su grupo continuaron insistiendo en la represión.

En la medida en que el pueblo checoslovaco fue exigiendo más libertades, poniendo contra la pared al conjunto del aparato, este sector buscó atacar el movimiento, tasándolo de “fuerzas reaccionarias que buscaban la liquidación del socialismo”. Solo para hacer un paréntesis, esa versión de que la Primavera sería un movimiento de restauración del capitalismo aún es esgrimida por las “viudas del estalinismo” y sus sombras políticas.

Pero, volviendo a 1968, la burocracia del PC no podía autorreformarse. Los acontecimientos que siguieron, incluso en la fase preparatoria del 14° Congreso, es decir, antes de la invasión soviética, indicaban la posibilidad del surgimiento de nuevos partidos obreros, que podrían y deberían florecer en el curso de la revolución política, más que una tendencia de la burocracia a dejar de lado sus privilegios.

La revolución de la “Primavera” y las décadas siguientes a su derrota hicieron justicia al viejo pronóstico de León Trotsky en su libro La revolución traicionada. En la obra, el revolucionario ruso hace una caracterización sobre qué era la Unión Soviética, explica su proceso de burocratización, y lanza un poderoso pronóstico que puede ser extendido a otras dictaduras estalinistas del Este europeo. Para Trotsky, “o la burocracia, convirtiéndose cada vez más en el órgano de la burguesía mundial en el Estado obrero, derribará las nuevas formas de propiedad y volverá a hundir el país en el capitalismo, o la clase obrera destruirá a la burocracia y abrirá el camino al socialismo”.

Por lo tanto, había solo dos caminos. En Praga, la vía de la revolución política fue destruida por los tanques soviéticos, sepultando la posibilidad de la instauración de las libertades democráticas, de prensa y sindical, y el fin del régimen de partido único. Décadas después, la propia burocracia del PC impondría su vía y restauraría el capitalismo en el país, así como lo hizo en la ex Unión Soviética.

Traducción: Natalia Estrada.