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En ocasión del cincuentenario del Mayo del ’68, entre las muchas cosas que fueron dichas y escritas, es siempre interesante el debate que se da entre los partidarios del Mayo de 1968 como siendo un proceso y aquellos que afirman que fue un evento. Unos enfatizan el período medio-largo plazo, la duración en el tiempo y la preparación y causa, y las repercusiones en la sociedad que siguieron al Mayo del ’68; otros tienden a acentuar el momento de ruptura representado por el evento. Hoy, tal vez con espíritu más pacífico, podemos decir que una elección clara entre las dos tesis significa sacar algo de la comprensión histórica, porque el Mayo del ’68 fue tanto un proceso como un evento.

Por: Diego Giachetti

En Italia, este fue un proceso, porque Mayo de 1968 no acabó aquel año sino que, cruzándose con las luchas obreras de 1969, penetró en la vida social y política de los años ’70. Pero también fue un evento en el sentido de que la acumulación de varias contradicciones produjo un “infarto” simultáneo en Italia, y no solo en ella.

Antes

Antes de Mayo del ’68, en los años del boom económico (1958-1963), Italia pasó por transformaciones que cambiaron la fisonomía de las clases sociales, de la sociedad, de la cultura y de las costumbres. Aquellos años, de acuerdo con el juicio empeñado del historiador Guido Quazza, representaron un “verdadero divisor de aguas de la historia social, [debido] a la gran migración de personas que se habían desplazado o estaban haciéndolo desde el Sur hacia el Norte, desde el campo hacia la ciudad”[1]. Aquella ola de migración mezcló culturas, hábitos de vida, costumbres y dialectos diferentes, y cambió la composición de las clases sociales. La clase obrera fue alcanzada por procesos de renovación y recomposición, en particular, sufrió un cambio debido tanto a la natural renovación generacional como al masivo aflujo de trabajadores con otra formación, provenientes de la migración interna. Las nuevas levas obreras evidenciaron comportamientos y actitudes que, en 1969 las pusieron al frente del movimiento de lucha en la fábrica o fuera de ella. Ellos eran los “obreros de masa”, de acuerdo con el término acuñado por el proletariado italiano: trabajadores más o menos jóvenes, muchas veces inmigrantes del sur, que especialmente trabajaban en la cadena de producción –pocos eran sindicalizados–, sujetos a la fragmentación taylorista de las tareas en las fábricas. La dificultad encontrada para insertarse en la vida urbana pesó sobre su condición obrera. Crecía un malestar social y existencial que se manifestaba en el aumento de la tensión en los barrios donde vivían los inmigrantes, en los cuales ocurrían episodios de rebelión violenta y repentina.

La modernización del país se manifestó, también, en el surgimiento de una intolerancia juvenil, semejante a lo que ocurría en otros países europeos, que se manifestaba en la contraposición de estilos de vida diferentes de aquellos de los adultos, ligados a la música beat, a la manera de vestirse, al corte de cabello y a la forma de vivir las relaciones interpersonales. Eso se manifestaba en la familia y en la escuela, con actitudes y reivindicaciones de libertades personales.

Cuando estallaron las luchas estudiantiles en las universidades, ese malestar generacional constituyó el telón de fondo del consenso y a participación. De hecho, cuando estallaron las protestas estudiantiles, representadas en la forma del movimiento estudiantil, 61% de una muestra estadística que representaba a los jóvenes afirmó que aprobaba las manifestaciones estudiantiles y sus propósitos[2].

Paralelamente, en los años ’60, estaba formándose una nueva generación militante influenciada por los acontecimientos políticos y de costumbres nacionales e internacionales: la revolución argelina, la cubana, las manifestaciones contra la guerra de Vietnam, la muerte del Che Guevara en Bolivia en 1967, la Revolución Cultural china. La disidencia crítica de la izquierda se desarrolló dentro y fuera del propio PC italiano y, en particular, entre los jóvenes de la Federación de la Juventud Comunista. El nacimiento del Partido Socialista Italiano de Unidad Proletaria (PSIUP) en 1964, que no aceptó las decisiones de los dirigentes del Partido Socialista, ayudó a fortalecer el debate, mientras las constantes diferencias entre China y la URSS favorecieron el surgimiento de una disidencia marxista-leninista que se alió a la ya existente militancia crítica de otros grupos de izquierda –reunidos alrededor de revistas, entre ellas Fracemartello, La Sinistra, y antes aún, Bandiera Rossa, Quaderni Rossi y Classe operaria –anarquistas y bordiguistas–. El mundo católico, atravesado por fermentaciones críticas, trajo su contribución para las contestaciones estudiantiles, incentivado por el clima de renovación de la Iglesia, inaugurado por el Papa Juan XXIII, por el Concilio Vaticano II, por las luchas de liberación en los países latinoamericanos, con sus protagonistas católicos, como Camilo Torres.

Durante

Los orígenes estructurales del movimiento estudiantil se encuentran en la extensión de la escolaridad obligatoria hasta los 14 años (1962), en el aumento significativo de los inscriptos para la enseñanza media, con relativo aunque no proporcional aumento de los inscriptos en las facultades universitarias. La propuesta de reforma universitaria presentada por el gobierno fue el estopín de la protesta estudiantil ya en el año académico de 1966-1967. A este motivo se agregaron otras insatisfacciones. La enseñanza didáctica parecía incapaz de responder a las nuevas necesidades de formación traídas por la transformación neocapitalista; los sistemas de selección, el deterioro de las condiciones materiales de varios tipos, la opresión ideológica y el despotismo de los “barones” universitarios se hicieron cada vez más intolerables para la nueva masa de estudiantes. La elección de enfrentar los movimientos estudiantiles con represión policial contribuyó a aumentar la tensión. De hecho, la policía intervino para acabar con la ocupación de la universidad de Pisa y en Turín, en febrero de 1967, y en Trento, en marzo del mismo año. El autoritarismo no era solo el de los “barones”, dedujeron los estudiantes, sino que toda la sociedad, con sus diversas instituciones, era autoritaria y represiva.

En el año académico de 1967-1968, las agitaciones universitarias asumieron dimensiones y características nunca antes vistas. De noviembre de 1967 a junio de 1968 hubo 102 ocupaciones de unidades o facultades universitarias. Las luchas estudiantiles y el nacimiento del movimiento estudiantil llevaron a abandono del pedido de reforma democrática de la escuela y de los instrumentos tradicionales de representación estudiantil, sustituidos por la democracia directa basada en la asamblea general y en los grupos de estudio o de trabajo. Durante las ocupaciones, los estudiantes tomaron conciencia de la relación existente entre el sistema escolar y el mundo de la acumulación capitalista. Llegaron a la conclusión de que el objetivo de la reforma escolar no produciría nada más allá de un fortalecimiento del sistema capitalista como un todo, de modo que la lucha alcanzó todo el sistema de dominación y poder. En el movimiento estudiantil, se abrió un debate para trazar las líneas de una estrategia revolucionaria apoyada por una serie de medidas organizativas y de iniciativas de lucha a ser conducidas juntamente con otros estratos sociales oprimidos. El encuentro con las luchas de los trabajadores el año siguiente hizo que el Mayo del ’68 italiano no muriese después de aquel verano sino que abriese una larga fase de conflictos que sacudieron todos los años setenta.

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Mirando bien, antes mismo del ’69 obrero, ya en 1968 se habían desarrollado luchas obreras con nuevas e inquietantes características para los patrones, pero también para los sindicatos, en el transcurso de algunos grandes embates, tales como los de Marzotto en Valdagno, de la Pirelli en Milán, y aquellos del área de Porto Marghera. En estos dos últimos establecimientos surgieron organizaciones de base autónomas en ruptura abierta con los sindicatos: eran los Cubs (Comités Unitarios de Base) y la asamblea obrera llamada “Poder Obrero”. En 1969, se despertó el gigante adormecido representado por la Fiat. Ya en mayo-junio del mismo año se iniciaron las disputas en varios sectores, durante las cuales diversas veces los sindicatos fueron sobrepasados en las reivindicaciones (aumento igual para todos, aumento de salarios con reducción de jornada, progresión automática para la segunda categoría) y en los métodos de lucha por parte de los obreros (paralizaciones repentinas, huelgas y marchas internas). Después de las vacaciones llegó el otoño caliente. La protesta de los obreros italianos llamó la atención por su intensidad en el “otoño caliente” de 1969 y la continuidad y extensión del fenómeno, que se repitió durante la lucha por las renovaciones contractuales de 1973 y en los años siguientes.

Después de Mayo del ’68, lo que siguió, escribió un historiador de la Italia republicana, “fue un período de extraordinaria convulsión social, la mayor época de acción colectiva en la historia de la República. Durante esos años, la organización de la sociedad italiana fue cuestionada en casi todos los niveles. En Italia, las protestas fueron las más profundas y duraderas de Europa”[3].

Después

Las luchas estudiantiles del bienio 1968-1969 desencadenaron una crisis política, social y cultural en que nuevos protagonistas aparecieron en escena: la nueva subjetividad obrera, la izquierda extraparlamentaria, los movimientos por los derechos civiles y los de las mujeres. Las luchas obreras cambiaron la relación de fuerza en las fábricas a favor de los trabajadores. Cuestiones como la organización de la producción, los ritmos y los tiempos, la tercerización, el ambiente de trabajo fueron objeto de negociación a través de delegados obreros electos en asambleas por sector. A través de la introducción de los consejos de fábrica y de los delegados, aceptados por los sindicatos para sustituir las antiguas comisiones internas, los trabajadores encontraron una respuesta a su pedido de reconocimiento y representación.

A pesar de los esfuerzos que hizo una parte del PCI en 1968, bajo la dirección de su secretario Luigi Longo, para recuperar el movimiento estudiantil con una propuesta política de cuño anticapitalista, evitando así los riesgos, según el Partido, de peligrosos desvíos ultraizquierdistas, el PCI no consiguió impedir que en la ola de luchas del bienio 1968-1969 se formase una minoritaria pero dinámica zona de consenso y participación política activa de grupos extraparlamentarios, que se constituyeron durante esos dos años. En realidad, el propio PCI dio su contribución para el nacimiento de uno de esos grupos cuando en 1969 expulsó a los dirigentes que se reunían en torno de la revista Il Manifesto, de la cual adoptó el nombre la homónima organización política que contó, de acuerdo con fuentes del PCI, con 6.000 o 7.000 miembros; de la misma forma Avanguardia operaia (Ao), nacida en 1968, tenía entre 13.000 y 18.000 miembros, Lotta continua, que tomó el nombre del periódico publicado a partir de noviembre de 1969, con cerca de 13.000 a 14.000 miembros, y el Partido de Unidad Proletaria (Pdup), construido luego de la disolución del Psiup, con 14.000 a 15.000 miembros[4].

Un conjunto de grupos, por lo menos en su origen, eran formados así, y en la mayoría de los casos surgieron sin congresos de fundación y frecuentemente adoptaban el nombre de su periódico. El caso más emblemático, para destacar qué eran esos grupos políticos compuestos principalmente por jóvenes y muy jóvenes, era el representado por Lotta continua, una organización nacida en el fervor de la lucha, como se decía entonces. Una organización anómala, de acuerdo con los criterios actuales, que realizó su primer congreso solo en 1975, seis años después de su surgimiento.

Todas estas organizaciones fueron inmediatamente puestas a prueba en la elaboración política en un contexto que tomó rumbos turbios y oscuros, especialmente a partir de la masacre de la Plaza Fontana de Milán, el 12 de diciembre de 1969, donde una bomba puesta en el Banco Agrícola explotó causando 17 muertos y una centena de heridos. Era el comienzo del período de masacres neofascistas y de las asociaciones entre grupos subversivos de derecha y sectores de los servicios secretos del Estado; en total, entre 1969 y 1974, fueron contabilizadas 92 muertes por motivos políticos, de las cuales 63 se debieron a la violencia y los actos terroristas de derecha, 10 muertos en enfrentamientos con la policía, 8 en otras circunstancias, y 9 atribuidas a acciones de grupos de izquierda[5]. La reacción de la derecha y de las instituciones se manifestó con la creciente ola represiva contra la izquierda extraparlamentaria, con el aumento de votos al Movimiento Social Italiano (MSI), con la constitución, después de las elecciones de 1972, de un gobierno de centroderecha. La reacción conservadora era un peligro real; por otro lado, Italia era la única democracia en el sur de la Europa Occidental, cercada por la Grecia de los coroneles, por la España franquista y por el Portugal de Salazar.

En esta situación, la temática de la resistencia y antifascista fue retomada por los movimientos y grupos extraparlamentarios. Nació el antifascismo militante, entendido como un método de lucha y no solo como celebración de la liberación contra un Estado y una patronal que se movían todavía, en muchos aspectos, en sintonía con los aparatos de poder (económico, burocrático y policial) que habían caracterizado el régimen fascista. El nuevo antifascismo reconocía y practicaba el uso de formas de violencia, especialmente defensiva, como la protección de las marchas y los locales públicos a través de los equipos de seguridad, de enfrentamiento con los fascistas, y de la interrupción de los comicios de la MSI, sin jamás ilusionarse “con resolver integralmente los problemas políticos a través de la violencia”[6]. En ese sentido, a pesar de las apariencias, los contrastes eran muchos: existían diferencias profundas entre la práctica del antifascismo militante y aquella de la lucha armada. Las Brigadas Rojas llamaron a la Resistencia, pero, de hecho, como admitió uno de los principales dirigentes de la organización, causaron, con sus elecciones, una ruptura sustancial en lo que se refiere a la concepción tradicional del uso de la fuerza, o sea, que también reconocía la eventualidad de la lucha armada pero subordinándola a una estrategia de masa, considerándola una necesidad inconveniente, no un a priori para diferenciar a los revolucionarios de los reformistas. “Las Brigadas Rojas, a partir de un cierto momento, pusieron en práctica una ‘violencia ofensiva’, […] No más la defensa de agrupamientos políticos, con las marchas, o piquetes, u otras soluciones, sino la conquista de otros espacios. No nos limitábamos a defender con armas el terreno donde había llegado la lucha de masa”[7].

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En aquella circunstancia, la izquierda extraparlamentaria tuvo que reorientar sus tácticas y su estrategia. 1973 fue un año emblemático, dividido en períodos. La crisis del petróleo fue el preanuncio de la verdadera ola recesiva que alcanzó las economías capitalistas en 1974, poniendo fin a la fase de la “edad de oro” del desarrollo económico. Mientras tanto, la sociedad civil italiana vivía una efervescencia de movimientos sociales, de protagonismo y de participación: de las mujeres a la magistratura, a la psiquiatría, a los soldados, a los prisioneros, a los estudiantes de secundaria, que se alineaban a un movimiento obrero activo, organizado en la red ramificada de los consejos de fábrica.

El golpe chileno del 11 de setiembre de 1973 representó el evento que ofreció la oportunidad al PCI, a través de su secretario Enrico Berlinguer, para lanzar el “compromiso histórico”, una apelación a la unidad de todos los partidos antifascistas para gobernar juntos el país, combatiendo el fascismo y la crisis económica y social. Era, en el fondo, el renacimiento de una amplia unidad de los partidos antifascistas que había caracterizado la línea comunista en el Comité de Liberación Nacional durante la lucha de resistencia, y después con la participación comunista en los gobiernos de reconstrucción hasta 1947.

Alternativamente, la nueva izquierda, aunque dividida, intentó combatir la estrategia comunista, trabajando por la unidad de la izquierda contra las fuerzas conservadoras y la Democracia Cristiana (DC). La victoria electoral obtenida en el referendo sobre el divorcio, el 12 de mayo de 1974, propuesta por la DC para revocar la ley que lo permitía, fue una sorpresa y señaló la madurez de la sociedad italiana en relación con los derechos civiles. Políticamente, aquel voto fue interpretado como un gran impulso para el cambio. Mientras la nueva izquierda ponía en el centro del cambio el sujeto social representado por los movimientos y por la lucha obrera, el PCI perseguía una estrategia que ataba a los movimientos a la política partidaria en las instituciones, con vistas a formar un gobierno de coalición que abarcaría a comunistas, socialistas, católicos, liberales y republicanos.

Las elecciones políticas del 20 de junio de 1976 representaron la flexibilización de la política comunista y de la nueva izquierda. Gran éxito del PCI que llegó a 34% de los votos, pérdida de votos de los socialistas, mantención de la DC, pequeño e insatisfactorio resultado de la Democracia Proletaria (1,55). Un gobierno de solidaridad nacional fue constituido con la abstención de los comunistas, pero el año siguiente ellos entraron en el gobierno. La política comunista fue inmediatamente caracterizada por un sentido exasperante del Estado, de la legalidad y de respeto por la mantención del sistema. Ellos respondieron a la crisis económica pidiendo sacrificios a los trabajadores para permitir la recuperación del sistema productivo y de las tasas de ganancia. Solo después de esta primera fase sería posible tener la perspectiva de la segunda: la de las reformas que podrían llegar, dijo el secretario Enrico Berlinguer, hasta la introducción de algunos “elementos del socialismo”. A este estadio, inútil decir, nunca se llegó. Habiendo agotado su tarea, en las elecciones de 1979 el PCI perdió 4% de los votos y fue forzado a retornar a la oposición.

Final

La decepción con los resultados electorales del 20 de junio de 1976 se transformó en una crisis de los grupos de la nueva izquierda. En octubre de 1976, Lotta continua dejó de existir como organización. La hipótesis de una unificación entre Avanguardia operaia y Pdup-Manifesto también falló. Muchos militantes y simpatizantes de esos grupos abandonaron la militancia política cotidiana, otros creyeron que encontrarían el camino de la salvación sumergiéndose en el nuevo movimiento juvenil y estudiantil que estaba surgiendo en 1977, en el cual desempeñó un papel importante en el campo de la Autonomia operaia, en expansión y crecimiento luego de la crisis de los principales grupos extraparlamentarios. Frente al nuevo movimiento de protesta política, el PCI fue severo y durísimo. La mayoría de los participantes fue juzgado como si fuesen provocadores fascistas, revoltosos, “drogados”, marginales, que debían ser combatidos de todas las formas. Al contrario de lo que ocurrió en 1968, esta vez ningún diálogo fue posible con un Partido que se sentía una fuerza de gobierno y no más de oposición. La Cgil (Confederación General Italiana del Trabajo) entra en campo decididamente al lado de la política comunista y se vio envuelta en la contraposición al movimiento, que culminó con la expulsión, por los estudiantes de la universidad de Roma, del secretario Luciano Lama, que había ido allá para realizar un comicio, el 16 de febrero de 1977.

En la segunda mitad de los años ’70, el fenómeno del “terrorismo rojo” creció en tamaño y relevancia. Subestimados o rápidamente liquidados como provocadores fascistas, agentes de la CIA o agentes de una conspiración organizada por la clase dominante, por parte de las fuerzas de la izquierda tradicional y hasta de la nueva, la estrategia de las organizaciones de lucha armada cambió, pasando de los proyectos político-administrativos a la práctica de secuestros, matando o hiriendo a aquellos que ellos creían fuesen los adversarios a ser alcanzados. Al lado de las Brigadas Rojas, a partir de los años 1976-1977 hubo una infinidad de otras siglas que practicaban una especie de “espontaneísmo armado”. Entre esos grupos, el más consistente fue el Prima línea, cuyos miembros, mientras pudieron, practicaban una doble militancia: en los movimientos y en los grupos de fuego. De 1974 a 1980, hubo 293 muertes y 171 heridos por motivos atribuibles a razones políticas. De estos, 104 muertes y 106 heridos fueron atribuidos al terrorismo de izquierda[8]. Todo se volvió más difícil y complicado para los movimientos que, como aquel de 1977, presionados por el terrorismo de izquierda, por la represión policial y por la contraposición frontal del PCI, fueron puestos a la defensiva y después derrotados.

Contra las historias trituradas, de moda hoy cuando se habla de los años setenta, debe destacarse que había una diferencia profunda entre el movimiento, la mayoría de los grupos o partidos de la nueva izquierda, y aquellos que eligieron el camino de la clandestinidad y de la lucha armada. Los movimientos y la nueva izquierda continuaron a considerar: “que para cambiar la sociedad italiana era preciso actuar profundamente dentro de la propia sociedad civil, intentando constituir un movimiento de masas y cambiar la conciencia […]. Los terroristas, al contrario de eso, eligieron la clandestinidad y la acción violenta, colocándose fuera de la realidad y aislándose […] Hasta cuando no fue tarde demás, ellos fueron incapaces de medir los efectos probables de sus acciones, de evaluar su trágico balance: no solo mataron a sangre fría, sino que contribuyeron a la destrucción de todo el movimiento que quería cambiar la sociedad italiana”[9].

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En este sentido, el secuestro del presidente de la Democracia Cristiana, Aldo Moro, por las Brigadas Rojas, y su asesinato el 9 de mayo de 1978, fue el comienzo del fin de un período de lucha y participación colectiva que duró por lo menos una década. Marcó el fortalecimiento de la unidad indistinta de los partidos políticos en los gobiernos de unidad nacional, la adopción de medidas represivas contra los movimientos de protesta, la condena de cada posición que contrastase con la posición oficial del gobierno y del Estado. Representó también el canto de cisne del terrorismo de izquierda, que en pocos años fue derrotado militar y políticamente. El otro evento que encerró los años setenta fue la lucha de la Fiat en 1980, contra la exigencia de no reducción de salarios de 23.000 empleados. Para vencer la resistencia obrera y de los consejos de fábrica, no bastando la presión patronal y gubernamental, tuvo que intervenir la dirección de los sindicatos asociados y buena parte de los dirigentes comunistas: hicieron eso a su manera, diciendo que el acuerdo alcanzado, después de treinta y cinco días de lucha, era una “victoria”. Finalmente, en 1985, el movimiento obrero sufrió otra derrota en el referendo, que confirmó pesados cortes en la actualización de los salarios.

Conclusión

Aun cuando varias décadas hayan pasado desde aquellos años, muchas veces el Mayo del ’68 aún es presentado como un breve meteoro que duró pocos meses y la década del ’70 se torna una época de los “años de plomo”, de terrorismo. Así, aquella década parece no pertenecer a la historia de Italia, aparece como el bien conocido “paréntesis del espíritu”, de Benedetto Croce. En lugar de eso, en la historia italiana, atravesada por cambios, más sufridos por el pueblo que participados, como en el caso del proceso de Resurgimiento, el Mayo del ’68 y los años setenta se diferenciaron por una gran actuación de la población, el deseo de ser protagonista, de participar y no delegar, que guarda relación aunque en dimensión menor pero significativa con la experiencia de la lucha de resistencia de 1943-1945.

La democracia formal, que es reducida a la participación de pequeñas elites partidarias, se juntó a una alegre y joven democracia sustancial. Es a partir de ese sustrato de relacionamientos y relaciones sociales, de efervescencia que animó la sociedad civil, de los movimientos y de los conflictos desencadenados, del protagonismo de los estratos sociales anteriormente excluidos o mal representados, que se debe retornar para narrar hechos y eventos de “superficie” de aquella década y su interrelación con las instituciones, con los partidos y con los sindicatos. En aquel contexto y en aquel marco, los hechos adquieren un significado, una localización, una perspectiva, pueden ser comprendidos, explicados, y juzgados aberrantes cuando es el caso. Todo eso no puede ser hecho apenas por el historiador, porque el interés por el pasado, si no surge de cuestiones del presente, permanece o se torna pura erudición, ejercicio de acumulación de un conocimiento sin alma, incapaz de estar vivo.

Notas:

[1] QUAZZA. G. “La Resistencia al Fascismo en Italia”, en Italia contemporánea, n.° 162, marzo de 1986, p. 11

[2] Investigación de la Shell n.° 9, Questi giovani, Génova: Shell Italiana, 1970, pp. 15-16.

[3] GINSBORG, P. Historia de la Italia de la posguerra hasta hoy. Einaudi, 1989, p. 404.

[4] Cfr., Ermanno Taviani, “PCI, extremismo de izquierda y terrorismo”, en: Italia republicana en la crisis de los años setenta. Sistema político e instituciones, editado por Gabriele De Rosa y Giancarlo Monina, vol. IV, Soveria Mannelli, Rubbettino de 2003. A estos datos deben ser adicionados los miembros de otras organizaciones y grupos políticos, como el Partido Comunista de Italia (m-I) y la Unión de los comunistas italianos, que tenían ambos entre 5.000 a 10.000 miembros, Poder Operario, cerca de 2.000; además de algunos millares de adeptos de otros grupos, como los anarquistas, hasta grupos políticos menores que variaban de algunas decenas a algunas centenas de militantes, como es el caso de los trotskistas de los Grupos comunistas revolucionarios, del Grupo Gramsci, de la Liga de los Comunistas, etc.

[5] Datos extraídos de M. Galleni (editado por) Rapporto sul terrorismo. Le stragi, gli agguati, i sequestri, Le sigre, 1969-1980. Rizzoli, 1981, pp. 51, 84, 89.

[6] RAPINI, A. Antifascismo y ciudadanía. Juventud, identidad y memorias en la Italia republicana. Bonomia university press, 2005, p. 170.

[7] MORETTI, M. Brigadas Rojas, Una historia italiana, Anabasi, 1994, p. 47.

[8] Datos tomados de M. Galleni, op. cit, pp. 51, 84, 89. En ese contexto, el mayor número de atentados fue reivindicado por las Brigadas Rojas. La primera línea fue seguida (Ibid, pp. 182 y 186).

[9] GINSBORG, P. op. cit., p. 488.

Artículo original en italiano, traducido por Alberto Alberio.
Traducción del portugués: Natalia Estrada.