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El 29 de mayo de 1969  una poderosa movilización obrera, estudiantil y popular sacudió Córdoba capital y varios centros urbanos del país, desbordando la represión policial y tomando el control del centro de la ciudad. La dictadura militar de Onganía debió lanzar al ejército a retomar el orden a sangre y fuego, pero aunque logró ese cometido quedó herida de muerte: a partir de ese momento comenzó a desmoronarse. Y lo más importante: esta pueblada imponente dio origen a una generación de luchadores que pudo haber cambiado la historia de nuestro país, y demostró cuál es el método que el pueblo trabajador debe usar para lograr eso: el paro con movilización y defensa ante la represión.

Por Nepo

El año 1969 había arrancado movido para Onganía, otra marioneta militar que los yanquis y la patronal argentina habían mandado a poner en la Rosada para doblegar a la clase obrera y empujar un tranco más a la Argentina de regreso al status colonial. Levantamientos como en Villa Ocampo, Santa Fe, contra el vaciamiento del ingenio azucarero, recorrieron Corrientes, Rosario, Salta… con la misma dinámica de la unión obrera y estudiantil contra la dictadura.

Así entraba la Argentina a una época de movilizaciones y luchas mundiales: el Mayo Francés, la Primavera de Praga, las luchas estudiantiles en México, la Guerra de Vietnam, la nueva era de la resistencia palestina, la revolución cubana… Y la raíz de todas estas luchas, era la resistencia al saqueo imperialista por parte de una clase obrera explotada y una juventud oprimida por un orden mundial capitalista cada vez más decadente.

Córdoba estalla.

En los años previos al Cordobazo se habían ido formando grupos de grandes luchadores obreros y dirigentes combativos. Fue precedido por conflictos en la destilería YPF La Plata, Peugeot, la gráfica Fabril Financiera, Citroen… Luchas contra despidos, el tope del 8% en las negociaciones salariales, aumentos de productividad y «racionalizaciones». No se habían logrado triunfos -salvo excepciones-de la mano de dirigentes sindicales incapaces de hacer otra cosa que no sea defender sus sillones, aunque dieran  bandazos y esbozaran inconsecuentes posiciones de lucha. Impidieron la unificación de los conflictos, desgastando con movilizaciones esporádicas y «planes de lucha» discontinuos. El nuevo activismo -disperso, atomizado- se estaba fogueando aún sin llegar a dirigir la lucha contra los patrones y sus sindicalistas aliados.

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Tras los estallidos provinciales, Onganía dispuso las «quitas zonales». Con esta medida, los salarios en las provincias eran menores que en Capital y Gran Buenos Aires. En Córdoba se había impuesto trabajar medio día los sábados sin incremento salarial. Todo esto, y el asesinato de estudiantes y obreros por la represión en distintas provincias, fue gestando nuevas luchas, que obligaron a la CGT nacional a llamar a parar el 30 de mayo. Pero en Córdoba comenzó 12 horas antes, para hacerlo activo.

La policía reprimió la marcha, pero obreros y estudiantes la hicieron retroceder a los piedrazos o con lo que tuvieran a mano: esto no ocurría desde la Semana Trágica de 1919 o la huelga de la construcción de 1935. Córdoba -también Rosario- quedaron en manos de los obreros y los estudiantes: se levantaron barricadas, se formaron comisiones barriales, interbarriales y coordinadoras para enfrentar la represión policial y del ejército, que desaparecieron luego. Es que pese al heroísmo de los luchadores, no llegó a ser una insurrección en toda la regla; la espontaneidad de la rebelión los encontró poco preparados, por no tener una dirección con un programa político revolucionario para llevar la lucha más lejos, hacia el armamento de los trabajadores, la división y derrota de las fuerzas represivas y del propio gobierno.

La lección de una generación heroica.

Estos levantamientos fortalecieron direcciones clasistas, en particular el Sitrac-Sitram (de las fábricas de Fiat Córdoba), que intentó formar un Movimiento Sindical Clasista nacional. Intervenido y derrotado a fines de 1971, meses después hubo ocupaciones fabriles y renovación de cuerpos de delegados, combinadas con otros sectores asalariados y populares en ascenso. Una nueva camada de activistas sindicales muy combativos se formó entonces fuera de las camarillas peronistas. Este ascenso, con vaivenes, se sostuvo hasta el golpe militar de 1976, cuyo objetivo fue no sólo la entrega al imperialismo sino liquidar a la nueva dirección de lucha que se estaba desarrollando.

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Pero el Cordobazo y sus lecciones ya habían dejado su huella en la historia: demostró que la salida es la movilización en la calle, aun cuando arranque con una lucha mínima, y el enfrentamiento directo de los trabajadores y el pueblo pobre con la represión. Demostró que la única manera de ganar las luchas es llevarlas cada vez más lejos; superando las trampas patronales como las elecciones y las presentaciones en el Congreso. Y usando los paros tranquilos de los traidores sindicales, convocados para descomprimir la bronca, para ir más allá de esas intenciones.

Demostró la necesidad de construir una dirección revolucionaria, un partido que aplique un programa que, partiendo de los problemas más sentidos, lleve las luchas obreras y populares a la toma del poder por la clase obrera: una dirección basada en los mejores luchadores y luchadoras obreros/as, estudiantiles y del pueblo en general; que conduzcan a la clase obrera a la victoria sobre la decadencia del imperialismo y la patronal.

Cincuenta años después, repetir a escala nacional una lucha como la del Cordobazo, es el camino para comenzar a salir de la catástrofe a la que nos conducen la patronal, todos sus partidos y dirigentes cómplices, y sus amos extranjeros