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En noviembre de 1918 finalizó la Primera Guerra Mundial. Junto con una de sus consecuencias, la Revolución Rusa, significó el inicio de una nueva época en la historia de la humanidad.

Por: Alejandro Iturbe

En la guerra se enfrentaron la Entente (Inglaterra, Francia y Rusia) contra los “imperios centrales” (Alemania y Austria-Hungría), aliados al imperio turco. Los combates se desarrollaron centralmente en Europa, pero hubo escenarios bélicos en Asia y África. Se incorporaron nuevos y modernos armamentos. Participaron cerca de 70 millones de soldados y el costo humano fue asustador: casi 10 millones de muertos y otros tantos heridos y mutilados. Fue una verdadera tragedia para la humanidad.

Una guerra interimperialista

Para entender este concepto marxista, es necesario retomar los análisis de Lenin en El imperialismo fase superior del capitalismo (1916). En ese libro, él define el surgimiento de una fase distinta del capitalismo (el imperialismo), a la vez superior y de decadencia, caracterizada por el surgimiento y la exportación del capital financiero, y la creación de grandes conglomerados bancarios-industriales. Sobre esta base, las potencias imperialistas, para asegurar mercados y recursos naturales a sus empresas, dominaban el resto de las naciones como colonias o semicolonias. Algunas naciones imperialistas no estaban satisfechas con este “reparto” y querían “rediscutirlo” bélicamente, como Alemania, gran potencia industrial pero débil en posesiones coloniales.

La guerra fue una lamentable tragedia para la clase obrera y los sectores explotados: los trabajadores y campesinos pobres de ambos bandos se asesinaban entre sí, por millones, para defender a sus burguesías imperialistas. Esta tragedia fue resultado de la traición de la Segunda Internacional (Socialista) cuyos principales partidos (el alemán y el francés) apoyaron a sus respectivos países imperialistas y llamaron a los trabajadores a combatir por ellos. Una política que Lenin denominó como “socialpatriotismo” y calificó como “traición”. Para los trabajadores, esta traición fue una derrota tan importante como la propia guerra.

La batalla dentro de la Segunda Internacional

Esta traición fue enfrentada por un sector minoritario de organizaciones y dirigentes, con dos alas. Una era “pacifista”: sus objetivos se limitaban a detener la guerra y así acabar la matanza entre trabajadores. También creían posible una recomposición futura de la Segunda Internacional. La otra, proponía la línea del “derrotismo revolucionario” (“la derrota del propio imperialismo es el mal menor”) como medio de transformar la guerra interimperialista en una guerra revolucionaria de los trabajadores y las masas contra su propia burguesía. La encabezaban Lenin y los bolcheviques rusos, y también la integraban Trotsky (en ese momento, “menchevique de izquierda”), Rosa Luxemburgo y Karl Liebcknecht (líderes del ala izquierda del partido socialdemócrata alemán). En ese marco, Lenin postulaba la necesidad de construir una nueva organización internacional.

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Ambos sectores confluyeron en la Conferencia de Zimmerwald (Suiza), en setiembre de 1915. Según palabras de Trostky: “Parecía que todos los internacionalistas del mundo cabían en apenas cuatro automóviles”. De la conferencia, salieron algunas declaraciones y resoluciones comunes contra la guerra, pero se trataba de una unidad táctica, sin acuerdo estratégico entre ambas alas.

Es interesante ver los análisis y perspectivas de cada sector. Si se consideraba la realidad mecánicamente, la combinación entre la derrota objetiva (la guerra) y la gran derrota subjetiva (la quiebra de la Segunda), había que prepararse para un largo período de retroceso y de alejamiento de la perspectiva estratégica de la revolución socialista. Para Lenin, por el contrario, la gran crisis burguesa que representaba la guerra, y las penurias y sufrimientos que imponía a los trabajadores y las masas, abrían las condiciones objetivas de una situación revolucionaria en Europa.

Consecuente con eso, comenzó a preparar a los bolcheviques para intervenir en la revolución que podría producirse en Rusia. La vida le dio la razón: el proceso revolucionario ruso comenzó en febrero de 1917 y, con un sólido núcleo de algunos miles de cuadros y militantes, claridad y firmeza estratégica, y habilidad táctica frente a las situaciones concretas, los bolcheviques ganaron la dirección de los trabajadores y los campesinos pobres rusos, tomaron el poder en octubre de 1917 y comenzaron la construcción del primer Estado obrero de la historia. Poco después, fundaron la Tercera Internacional (Internacional Comunista), hasta hoy el mayor intento de construir una dirección revolucionaria internacional con peso de masas. Trostky se unió a los bolcheviques y también jugó un papel central en la Revolución Rusa y en la construcción de la Tercera.

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La guerra parió otras revoluciones. La más importante fue la iniciada con la caída del Imperio Alemán (finales de 1918). Rosa Luxemburgo y Karl Liebcknecht tenían decisión revolucionaria pero, a diferencia de Lenin, no habían construido una sólida organización de cuadros y militantes sino una corriente laxa y débil. Por esta debilidad, la Liga Espartaquista (escindida del partido socialdemócrata alemán) no tuvo las condiciones necesarias para dirigir esa primera oleada de la revolución alemana hacia su triunfo. Lo pagó muy caro: Rosa y Karl fueron asesinados en enero de 1919 por el gobierno con mayoría socialdemócrata.

Una nueva época

La guerra terminó con el triunfo de la Entente y cambió el mapa político de Europa y otras regiones del mundo. Se hundieron los imperios alemán, austro-húngaro, turco-otomano y ruso. Alemania fue sometida a durísimas condiciones por los vencedores, pero ante el fracaso de diversas oleadas revolucionarias en el país surgió el nazismo, que volvería a intentar “rediscutir” la hegemonía imperialista en la Segunda Guerra Mundial. Inglaterra y Francia salieron victoriosos y ampliaron sus dominios coloniales, pero iniciaron un retroceso estratégico frente a la nueva potencia imperialista emergente: Estados Unidos. El cambio esencial en el mapa político mundial fue el nacimiento de la URSS, el primer Estado obrero de la historia, un factor que marcó gran parte de los procesos del siglo XX.

La combinación entre la Primera Guerra y la Revolución de Octubre inició lo que Lenin había definido como “época de guerras, crisis y revoluciones”. En el siglo transcurrido, esta época se expresó en diferentes relaciones de fuerza de la lucha de clases, pero consideramos que seguimos dentro de ella: las guerras, crisis y revoluciones están a la orden del día. Pero uno de los elementos (la crisis de dirección revolucionaria señalada por Trotsky en el Programa de Transición) se ha transformado en un factor determinante en el curso de esas revoluciones. En tanto ella no se resuelva, los procesos revolucionarios se verán frustrados o “darán vueltas en círculo”, en la medida en que el capitalismo-imperialista sumerge a la humanidad en una decadencia y degradación cada vez mayores.

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Creemos en la plena vigencia de la estrategia de la toma del poder a nivel nacional y en la necesidad de la revolución socialista internacional. Creemos también que la resolución de la crisis de dirección que ayude a avanzar en ese camino pasa por la construcción de partidos revolucionarios nacionales y una Internacional revolucionaria según el modelo de la III Internacional (defendido por Trotsky frente al estalinismo, al fundar la IV Internacional). La LIT-CI, con sus modestas fuerzas, intenta intervenir en los procesos revolucionarios al servicio de esta urgente tarea.