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Lea la primera parte del artículo especial sobre los 40 años de la revolución iraní.

Por: Fabio Bosco

Con estas palabras, el 11 de febrero de 1979 grupos revolucionarios que tomaron la radio de Teherán anunciaron el fin del régimen de la monarquía.

Como relata Ervand Abrahamian, en el libro Iran Between Two Revolutions (Irán entre dos revoluciones): “El drama final comenzó en Teherán en la noche del viernes 9 de febrero, cuando la guardia imperial intento aplastar un motín entre los cadetes y técnicos de la fuerza aérea en la gran base militar próxima a la Plaza Jaleh. Después que el conflicto comenzó, las organizaciones guerrilleras corrieron en auxilio de los cadetes y técnicos sitiados. Luego de seis horas de combates intensos, los rebeldes obligaron a los guardias imperiales a retirarse, distribuyeron armas para la población local, construyeron barricadas en las calles y, en palabras del diario francés Le Monde, convirtieron el distrito alrededor de la plaza en una nueva Comuna de París” [i].

“Luego de derrotar a la guardia imperial, los luchadores, los días 10 y 11 de febrero, tomaron cárceles, delegaciones de policía, fábricas de armamento, y las principales bases militares de Teherán” [ii].

Varios factores contribuyeron para la revolución.

El régimen del Sha

En 1953, un golpe de Estado abiertamente apoyado por la CIA y por el servicio secreto británico derrocó el gobierno nacionalista burgués de Mossadeq. Mossadeq había nacionalizado el petróleo, la principal riqueza del país, que estaba en manos de la petrolífera británica actualmente denominada British Petroleum (BP). La monarquía es restaurada y asume el poder el Sha Reza Pahlevi. El Sha gobierna con leyes marciales, tribunales militares, y en 1957 forma una poderosa policía política llamada Savak, con el apoyo de la CIA, del FBI y de la Mossad israelí.

En 1963, el Sha lanza su Revolución Blanca, un plan de modernización y occidentalización del país financiado por la alta renta de las exportaciones de petróleo, que trajo grandes cambios estructurales a lo largo de los años.

Al lado de la burguesía liberal, y de la tradicional burguesía y pequeña burguesía comercial denominada bazaaris, se formaron nuevas clases y estratos sociales.

Los bazaarisno eran solo aquellos que tenían comercios en el mercado (bazaar) sino también aquellos que hacían el comercio mayorista así como el de la manufactura y exportación tradicionales. Los bazaaris no son una clase social en el sentido marxista, ya que poseen diferentes relaciones con los medios de producción”[iii].

Los incentivos a la mecanización del campo y al agronegocio llevaron a la marginalidad a varias comunidades rurales, que migraron para las ciudades. La mayoría se tornó un numeroso ejército de subempleados y desposeídos, denominado mostazafin. Este sector cumpliría un importante papel en la revolución.

El apoyo a la gran industria e infraestructura generó un nuevo proletariado urbano y una nueva clase media occidentalizada, de la cual también hacía parte la numerosa burocracia estatal y la intelectualidad.

El Sha también hizo sólidas inversiones en las fuerzas armadas y en la Savak, adquiriendo armamento y equipos de última generación.

La emergencia de esta gran industria, de la nueva clase media, la universalización de la enseñanza, la occidentalización de las costumbres, son factores que redujeron el poder y la influencia de los bazaaris y del clero xiïta denominado Ulama.

A partir de 1975, una sucesión de alzas de la inflación produce descontento generalizado entre la clase media y el proletariado. El Sha culpa a los bazaaris por la inflación y comienza una campaña contra ellos, lo que lanzó a todo ese sector a la oposición.

En mayo de 1977, un grupo de 53 abogados lanza una carta pública criticando el régimen. Este es seguido de otros manifiestos de intelectuales y artistas, así como por la formación de grupos y asociaciones.

Además de la dictadura y de la inflación, otro factor que motivó esas expresiones públicas de disenso fue la elección de Jimmy Carter en los Estados Unidos, en 1976, y su política de derechos humanos.

Comienza la revolución

El 19 de noviembre de 1977, la policía intenta impedir que 10.000 estudiantes participen de la décima sesión de lectura de poesías organizada por la asociación de escritores. Los estudiantes salieron en marcha gritando consignas contra el régimen. La represión policial asesinó a un estudiante, hirió a más de 70 y arrestó a cerca de 100. La represión generó protestas estudiantiles en los diez días siguientes, y el cierre de las principales universidades en Teherán.

El 7 de enero de 1978, un diario del régimen publicó un artículo con calumnias contra el Ayatollah Khomeini y el clero xiita, acusándolo de aliarse con comunistas para deshacer lo ganado en la revolución blanca. Los bazaaris y el Ulama de la ciudad de Qom cerraron el Bazaar y los seminarios, y 4.000 estudiantes fueron a las calles a exigir una retractación. En el enfrentamiento con la policía, 70 manifestantes fueron asesinados y otros 500 resultaron heridos.

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El Ulama convocó a manifestaciones en el cuadragésimo día de lucha, una tradición xiita. Así, el 18 de febrero hubo manifestaciones en doce ciudades. En Tabriz, los manifestantes se rebelaron por el asesinato de un joven por la policía y tomaron la ciudad durante dos días, atacaron delegaciones, sedes del partido del Sha (Resurgencia), bancos, hoteles de lujo, y cines especializados en pornografía. Entre 100 y 300 manifestantes fueron muertos.

Cuarenta días después, el 29 de marzo, los bazares y las universidades se paralizaron, y se realizaron nuevas manifestaciones en cincuenta y cinco ciudades, durante tres días. En cinco ciudades hubo violencia policial y más muertos.

El 10 de mayo ocurrieron nuevas paralizaciones y manifestaciones en varias ciudades, y en veinticuatro de ellas hubo violencia policial.

Entonces el Sha hizo algunas concesiones y suspendió la persecución contra comerciantes acusados de abuso económico. Además, cambió al primer ministro y aplicó políticas de reducción de inversiones para aplacar la inflación.

Estas concesiones llevaron al Ulama, los bazaaris y la burguesía liberal a suspender las manifestaciones de calles y a pedir una constitución democrática. El Ayatollah Khomeini, desde el exterior, pidió la continuidad de las manifestaciones hasta el fin del “régimen pagano”, pero no fue seguido.

El proletariado entra en escena

Ervand relata: “Durante los levantes de inicios de 1978, los asalariados urbanos estuvieron ausentes. Con la notable excepción de Tabriz, donde obreros de pequeñas fábricas privadas se juntaron al levante, la mayoría de las manifestaciones era realizada alrededor de las universidades, de los bazares y de los seminarios. Sus participantes predominantemente venían de las clases medias tradicionales y modernas. Mientras tanto, la situación cambió dramáticamente luego de junio, cuando los pobres de las ciudades, principalmente obreros de las fábricas y de la construcción civil comenzaron a participar de las manifestaciones en las calles. Su participación no solo hinchó las manifestaciones de decenas para centenas de miles o hasta millones, sino que también cambió la composición de clase de la oposición y transformó la protesta de las clases medias en una protesta conjunta de las clases medias y de la clase trabajadora. De hecho, el ingreso de la clase obrera hizo posible el triunfo de la revolución islámica” [iv].

A partir de junio de 1978, una ola de huelgas por salarios y hasta incluso por vivienda y elecciones sindicales libres comenzó a paralizar la economía. Electricistas de varias ciudades, trabajadores del saneamiento de Teherán y Abadán, textiles de Behshahr, metalúrgicos de Tabriz, papeleros de Fars, obreros de montadoras en Teherán y de la construcción civil y metalúrgicos de Ahwaz.

Además de huelgas, los trabajadores hacían manifestaciones en las calles. En 22 de julio, en Mashad hubo un conflicto con la policía y más de 40 manifestantes fueron muertos. Siete días después hubo conflictos en cinco ciudades.

El 5 de agosto, durante el mes sagrado del Ramadán, hubo conflictos en siete ciudades, y en Isfahan, manifestantes armados tomaron la ciudad y liberaron a un Ayatollah que había sido preso. Dos días después, el gobierno retomó el control, luego de asesinar a más de 100 manifestantes.

El 19 de agosto se incendió un cine, matando a 400 personas en la ciudad de Abadán. El día siguiente, 10.000 personas tomaron las calles y exigieron la caída del Sha.

El Sha cambió al primer ministro por Sharif Emani, e hizo nuevas concesiones buscando atender tanto a la burguesía liberal como al Ulama. La posición de estos, en ese momento, no era derrocar al Sha y su régimen. Al contrario, querían una constitución que les garantizase sus intereses económicos y políticos. De esta forma, hicieron un acuerdo con el nuevo gobierno, de realizar manifestaciones pacíficas y dentro del orden.

No obstante, las masas no siguieron lo acordado. El 4 de setiembre, día del Eid-al-Fikr (último día del mes sagrado del Ramadán), volvieron las manifestaciones. El 7 de setiembre, medio millón de manifestantes en Teherán gritaba “Muerte al Sha”, “Fuera América”, y “República Islámica”.

El Sha decretó la ley marcial en Teherán y en otras once ciudades. Al día siguiente, los peores conflictos se dieron en Teherán. En los barrios obreros del sur de la capital, trabajadores hicieron barricadas y atacaron vehículos militares con cócteles molotov. En las villas de emergencia vecinas tiraban contra los manifestantes desde helicópteros. En la Plaza Jaleh, en el oeste de la capital, 5.000 personas que participaban de un acto público fueron dispersadas a tiros. Cerca de 500 murieron, de acuerdo con los relatos de participantes. En total fueron 4.000 muertos, de acuerdo con fuentes de la oposición. Ese día, conocido como Viernes Negro, marcó el divorcio final entre el régimen y la población trabajadora.

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El 9 de setiembre, 700 petroleros de la refinería de Teherán entraron en huelga exigiendo mejores salarios y el fin de la ley marcial. El día 11, los petroleros de las refinerías de Isfahan, Shiraz, Tabriz y Abadán se sumaron a la huelga. El día 14, fue la vez de los trabajadores de la industria del cemento de Teherán.

En octubre, estaban paralizadas las refinerías, la mayoría de los campos de petróleo y gas, el complejo petroquímico de Bandar Shahpour, el Banco Nacional, minas de cobre y otras cuarenta grandes fábricas. Enseguida, huelgas paralizaron casi todos los bazares, universidades, escuelas, instalaciones petrolíferas, bancos, ministerios, correos, ferrocarriles, prensa, aduana, puertos, vuelos internos, estaciones de radio y de TV, hospitales públicos, fábricas de papel y tabaco, textiles, y otras. Esa huelga general tenía al frente a 5.000 bancarios, 30.000 petroleros, y 100.000 empleados públicos. Ellos levantaban tanto reivindicaciones económicas como políticas (abolición de la Savak, suspensión de la ley marcial, libertad de todos los presos políticos, retorno del Ayatollah Khomeini, y fin de la tiranía).

Las huelgas y marchas mostraron que los trabajadores, los pobres y las clases medias no permitirían más la permanencia del Sha, aunque tuviesen que enfrentar una atroz represión. En este impasse, la clase dominante va a construir su alternativa.

A inicios de noviembre, los dirigentes de la burguesía liberal –Sanjabi del viejo Frente Nacional, y Bazargan del Movimiento de Liberación– van a París a reunirse con el Ayatollah Khomeini. Su acuerdo se basaba en la formación de un nuevo gobierno, sin el Sha, basado en el Islam, en la democracia, y en la soberanía nacional. Bajo la clara hegemonía de Khomeini estaba así construida la alianza entre la burguesía liberal y el Ulama.

Por otro lado, los trabajadores, en medio de huelgas, marchas y represión, comenzaron a desarrollar su autoorganización. Los petroleros, por ejemplo, suspendieron la huelga el 16 de noviembre para producir solo lo necesario para consumo interno y para la importación de bienes esenciales. En varias industrias, los trabajadores fueron formando consejos denominados shoras para asumir el control de la producción. Los shoras se multiplicaron luego de la caída de la monarquía y se constituyeron en el fenómeno más progresivo de todo el proceso[v].

Los partidos de izquierda volvieron a organizarse abiertamente. El Tudeh (partido comunista ligado a Moscú) era la principal fuerza, pero su política de alianza con la burguesía liberal y con el Ulama le impidió cumplir cualquier papel progresivo. Los dos grupos guerrilleros, el marxista-leninista Fedaiyn, de orientación guevarista, y el islámico-marxista Mujahedin, volvieron a escena. Después de haber efectuado varias acciones de guerrilla contra el régimen del Sha entre 1971 y 1976, ellos cesaron sus acciones militares y participaron activamente de la revolución ganando un peso significativo al capitalizar sus históricas acciones de resistencia al régimen y una política a la izquierda. Hubo también un pequeño grupo trotskista, el HKS (Hezb-e Kargaran-e Socialist – Partido Socialista de los Trabajadores) que se formó a partir de la unión de los iraníes exiliados en Europa, ligados al Secretariado Unificado de la IV Internacional, y otros exiliados en los Estados Unidos, vinculados al SWP (Socialista Workers Party).

Según el relato de uno de sus dirigentes, Maziar Razi, el grupo actuó entre los petroleros en Kuzistán (provincia donde se concentran las reservas de petróleo y de gas) y entre las nacionalidades oprimidas, que son mayoría entre los iraníes. Su actuación en los shoras de los trabajadores petroleros lo convirtió en uno de los primeros presos políticos de la República Islámica. Luego de 1983, el grupo pasó a operar en el exilio.

La evolución de los acontecimientos fue rápida. En medio de las movilizaciones multitudinarias, en diciembre la marcha por la Ashura [festividad nacional en los países de mayoría xxita], una fecha muy importante del calendario xxita, tuvo la participación de dos millones de personas en Teherán. Bajo el comando de la burguesía liberal y del Ulama, se leyó un manifiesto defendiendo el liderazgo del Ayatollah Khomeini, el fin de la monarquía, el retorno de los exiliados, la protección de las minorías religiosas, el reavivamiento de la agricultura, y la justicia social para las masas desposeídas. El acuerdo con el gobierno para evitar la radicalización no impidió a las organizaciones de izquierda llevar sus banderas defendiendo “Muerte al Sha” y “Armas para el Pueblo”.

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La radicalización aumentó. En los barrios pobres, la juventud levantaba barricadas y se enfrentaba con la policía y el ejército. A partir del 25 de diciembre, las huelgas paralizaron del todo la economía, incluso la petrolífera. Los grupos guerrilleros hacían acciones militares contra empresas extranjeras, contra la embajada americana, y asesinaron a un ejecutivo norteamericano de la industria del petróleo. Los soldados cada vez más se negaban a tirar contra los manifestantes. Hubo casos en los cuales tiraron contra sus oficiales, en otros se unieron a las manifestaciones incluso con tanques, y en las ciudades provinciales distribuyeron armas a la población.

En ese contexto, la administración Carter inició contactos con representantes de la burguesía liberal y del Ulama. A inicios de enero, envió al general R. Huyser a Teherán con el objetivo de mantener las fuerzas armadas iraníes intactas y aliadas a los Estados Unidos. Parte de ese plan era fortalecer al nuevo primer ministro Bakhtiar, nombrado el 30 de diciembre, y forzar al Sha a un exilio voluntario. Bakhtiar anunció el fin de la Savak, ordenó la liberación de todos los presos políticos, suspendió la exportación de petróleo para Israel y África del Sur, y cortó el presupuesto militar y nuclear. El Sha partió el 16 de enero y el Ayatollah Khomeini retornó el 1 de febrero. Ambos hechos fueron conmemorados en todo el país.

Mientras el Estado se desintegraba, el poder pasaba para los Komitehs, organizaciones locales comandadas por aliados de Khomeini. Esos Komitehs organizaban la provisión de alimentos y combustibles, formaban milicias que posteriormente fueron denominadas Pasdaran, a partir de las camadas más pobres de Mostazafin, organizaban juicios basados en la sharia (ley coránica) y se coordinaba con los bazaaris y los shoras en las grandes industrias.

En las provincias donde las nacionalidades oprimidas como los kurdos, los azerbaijanes o los turcomenos –los balochis y los árabes eran mayoría–, el control pasó a los líderes locales, sean civiles como el Partido Democrático del Kurdistán, sean religiosos como el Ayatollah Shariatmadari.

Al llegar a Teherán, Khomeini exigió la renuncia de Bakhtiar y nombró a Bazargan para formar un gobierno provisorio. Además, formó un Komiteh en la Plaza Jaleh para coordinar todos los Komitehs locales y disolver los Komitehs no aliados. Por fin, formó un Consejo Revolucionario secreto, de ocho integrantes, junto con la burguesía liberal, para dirigir todo el proceso de negociación con la embajada americana, con los oficiales del ejército, con la administración pública, y con la izquierda. Mientras negociaban, las organizaciones guerrilleras junto con los cadetes de la Fuerza Aérea derrotaron a la Guardia Imperial y tomaron las unidades militares en la capital, liquidando en la práctica el viejo régimen.

[i] ABRAHAMIAN, Ervand, “Iran Between Two Revolutions”, Princeton University Press, 1982.

[ii] KEDDIE, Nikki, “Modern Iran – Roots and Results of Revolution”, Yale University, 2003.

[iii] Ídem.

[iv] ABRAHAMIAN, Ervand, “Iran Between Two Revolutions”, Princeton University Press, 1982.

[v] BAYAT, Asef, “Workers and Revolution in Iran: A Third World Experience of Workers’ Control”, Zed Books, 1987.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 14/2/2019.

Segunda parte: “La lucha por el poder después de la revolución”

Traducción: Natalia Estrada.