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08El 6 de junio de 1944, se inició el desembarco de las tropas aliadas (con fuerte peso estadounidense) en la costa de Normandía (norte de Francia). Todavía, gran parte de Europa Occidental era controlada por las fuerzas armadas alemanas. Fue una operación militar de gran envergadura: involucró 5.000 barcos y el desembarco inicial de 60.000 soldados que en agosto, ya establecida una sólida “cabecera de puente” con Inglaterra, llegarían a 3.000.000. Este desembarco  es conocido en la historia como el “Día D” e inició la ofensiva aliada en el llamado “frente occidental europeo”. Se trató de un hecho de innegable significación para aquellos que estudian la historia militar del siglo XX y sus técnicas y tácticas.

Por Alejandro Iturbe

Sin embargo, a partir de esta importancia, se ha ido construyendo un mito a través de la historiografía de los países imperialistas, la prensa internacional y también de numerosos filmes, series televisivas y documentales.  El mito es que el Día D significó el punto central de inflexión de la dinámica de la Segunda Guerra Mundial y que, como consecuencia de ello, la victoria sobre el nazi-fascismo la había logrado, como factor central, la intervención militar de Estados Unidos.

No negamos la importancia militar del Día D en el frente occidental europeo. Pero si se estudia con objetividad el curso de la Segunda Guerra, la conclusión es que ese punto inflexión fue en realidad la batalla de Stalingrado (hoy Volvogrado) librada en esta ciudad del sur de la ex URSS entre el 23 de agosto de 1942 y el 2 de febrero de 1943. En el llamado «frente oriental”, primero los ejércitos alemanes fueron frenados sin poder tomar el control de la ciudad y, después de una muy cruenta batalla, fueron derrotados.

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El elemento clave de este resultado fue el heroísmo de los soldados y las masas soviéticas que pagaron el costo de casi dos millones de muertos. Fue tan grande ese heroísmo que compensó los desastres previos de la política del estalinismo y que, de no haber existido esa actitud de las masas, hubieran conducido a una catastrófica derrota.

Nos referimos, en primer lugar, al pacto Ribbentrop-Molotov como se conoció al acuerdo de no agresión entre la Alemania nazi y la URSS, firmado por los cancilleres de ambos países el 24 de agosto de 1939 (al inicio de la Segunda Mundial, luego de la invasión nazi a Polonia). La ceguera estratégica de Stalin y su confianza en la palabra de Hitler eran tan grandes que, incluso cuando los guardias fronterizos le informan que las tropas nazis ya habían iniciado la invasión al territorio soviético, llamó a Hitler para confirmar si esto era cierto.

En segundo lugar, aunque previo en el tiempo, nos referimos a la “purga” realizada por el estalinismo en la cúpula del ejército soviético (con acusaciones basadas en documentos falsificados) que barrió y fusiló a gran parte de sus altos mandos. Entre el ellos, el mariscal Tujachevsky, principal jefe militar cuya trayectoria se remontaba a la formación del Ejército Rojo, en 1918, por parte de León Trotsky. Stalin descabezó así a las fuerzas armadas soviéticas, eliminó a sus jefes más experimentados y probados, y los reemplazó por hombres totalmente serviles y mucho menos calificados. Fue uno de los factores que llevaron a Hitler y sus mandos a considerar que sería fácil derrotar a la URSS.

Pero, tal como hemos dicho, ahí intervino el “factor político” del heroísmo de los soldados y las masas soviéticas y la historia fue diferente: los ejércitos alemanes se “rompieron los dientes” en Stalingrado y ahí cambió el curso de la Segunda Mundial. Creemos que fue una victoria de magnitud histórica que no sólo marcó el inicio del fin del proyecto nazista (después de esa derrota, los ejércitos alemanes comenzaron a quebrarse moralmente e iniciaron un retroceso irreversible) sino que además abrió una situación revolucionaria a nivel mundial.

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Los ejércitos alemanes se desangraban y retrocedían en el frente oriental, con costos cada vez más altos ya que Hitler se negaba a aplicar la táctica de “defensa móvil” (retroceder organizadamente en condiciones desfavorables antes de sufrir derrotas más duras) que le sugerían muchos altos oficiales y trataba de frenar a cualquier costo la ofensiva soviética.

A partir de esa realidad, en el frente occidental (abierto a partir de la invasión de Normandía) las condiciones eran muchos más fáciles. La superioridad de armamentos y abastecimientos de los aliados era muy grande y su control del espacio aéreo era casi total. Además, en los hechos, los ejércitos alemanes sí aplicaban la táctica “defensa móvil” en el frente occidental, retrocedían  hacia Berlín e iban dejando territorios que pasaban a ser dominados por las tropas aliadas a un costo mucho menor que el que debían pagar las tropas soviéticas en el frente oriental. A pesar de ello, fueron estas tropas las primeras en llegar a Berlín y tomar la ciudad. Quedó para la historia la famosa foto de la bandera roja colocado por un soldado soviético en la cúpula del Reichstag (parlamento).

Repetimos que no subestimamos la importancia del Día D pero queremos que, contra la propaganda imperialista, el heroísmo de las masas soviéticas (sobrepasando las desastrosas políticas del estalinismo) ocupe el lugar que merece en el curso de la Segunda Guerra Mundial y en la historia del siglo XX.