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Un siglo después de su asesinato, realizado por la socialdemocracia alemana bajo el vaticinio de los capitalistas de Europa, pululan artículos y ensayos que presentan a Rosa Luxemburgo como una marxista heterodoxa, pacifista, que confiaba en la democracia y denunciaba el supuesto y creciente autoritarismo de la Revolución Rusa. Nada más falso. Se trata solo de tentativas de asesinar su historia real, su legado político, y su compromiso por la revolución socialista.

Por: Jeferson Choma

Nacida el 5 de marzo de 1870 en una familia judía polaca, Rosa Luxemburgo adhirió a la lucha revolucionaria aún siendo estudiante. A los 19 años fue obligada a dejar Polonia –en la época parte del Imperio Ruso– y pasó a vivir en Zurich, Suiza, donde entabló contacto con dirigentes socialdemócratas exiliados, como Georgi Plejánov, Vera Zasulitch y Pavel Akselrod, entonces los mayores difusores del marxismo en Rusia. En 1897, Rosa emigra para Alemania y en poco tiempo se integra al círculo de los grandes dirigentes del Partido Socialdemócrata (SPD, en la sigla alemana), como August Bebel, Franz Mehring y Karl Kautsky.

En ese momento, el SPD comenzaba a transformarse en un gran partido obrero, luego de salir de la ilegalidad en 1890. La organización enseguida tiene un fuerte crecimiento electoral. Sindicatos y cooperativas se multiplicaron por todo el país, y diarios y revistas teóricas eran publicados por el partido. De un puñado de abnegados militantes, el SPD se torna una gran organización de masas, con parlamentarios, funcionarios e intelectuales. Tal camada de burócratas hacía carrera con el crecimiento de la organización, lo que tendría consecuencias profundas en el período posterior.

Lucha contra el reformismo

Es en ese momento que surge el revisionismo teórico de Eduard Bernstein, que pasa a negar la posibilidad de una revolución obrera para llegar al socialismo. La tesis de Bernstein es que el capitalismo estaba desarrollando una serie de mecanismos que evitarían una crisis del sistema. De ese modo, la socialdemocracia debería promover cada vez más políticas reformistas para fortalecer al proletariado y permitir que en el futuro el partido llegase al poder por medio de la democracia electoral, conquistando la mayoría del parlamento.

Muchos dirigentes socialdemócratas se opusieron a esa tesis, como Kautsky y Plejánov. Pero fue de la pluma de Rosa que salió la más contundente reacción, con la publicación de libro Reforma o Revolución, escrito entre 1897 y 1898. La revolucionaria niega el desarrollo pacífico del capitalismo y afirma que las reformas no modifican el carácter básico del sistema; tampoco solucionaría sus contradicciones. Para Rosa, el capitalismo continuará promoviendo guerras, crisis y espoliación de los pueblos, y todas las conquistas del proletariado podrían perderse, toda vez que la explotación no puede ser abolida con reformas como pretendían los revisionistas. Por fin, ella denunciaba que la proposición de Bernstein condenaba “al proletariado a la inacción en los momentos más decisivos de la lucha y, por consiguiente, a la traición pasiva en cuanto a su propia causa”.

Todo el siglo XX confirmaría la tesis de Rosa. Todos los gobiernos comandados por la socialdemocracia –desde Francia y Alemania, pasando por el Chile de Salvador Allende– solo salvaron al capitalismo de la amenaza de revolución proletaria. En la mayoría de los casos, tales experiencias terminaron en catástrofes, con la instauración de regímenes dictatoriales.

El espontaneísmo

En 1906, a la luz de la Revolución Rusa de 1905, Rosa Luxemburgo publica el ensayo “Huelga de masas, partidos y sindicatos”. En él apunta que la experiencia rusa mostraba la importancia de la huelga como arma política. En aquel momento, los marxistas no conocían otra forma radical de lucha a no ser las antiguas insurrecciones proletarias con el levantamiento de barricadas, tal como fue la Comuna de París (1871), la primera tentativa de la historia de creación e implantación de un gobierno socialista.

Más que eso, la propuesta de Rosa para el uso de la huelga se enfrentaba directamente con los dirigentes sindicales del SPD, que temían los riesgos de represalia contra los sindicatos y también perder su autonomía frente al partido. Es en ese contexto que ella defiende la acción espontánea de las masas que, en su opinión, “desempeña en todas las huelgas de masas en Rusia un gran papel, sea como elemento activador o freno (…). No porque el proletariado ruso no sea ‘escolarizado’, sino porque las revoluciones no se dejan ‘escolarizar’”.

En ese momento, Rosa defiende una concepción diferente de la presentada por Lenin sobre la concepción organizativa del partido revolucionario, y concluye equivocadamente que el “ultracentralismo” leninista era una transposición mecánica de los principios blanquistas de organización de los círculos conjurados al movimiento socialista de las masas obreras”.

A lo largo de las décadas se abusó de forma innoble de la imagen de Rosa como defensora de la teoría del espontaneísmo, frecuentemente presentada como opuesta a la teoría de Lenin sobre la necesidad del partido obrero de vanguardia con un programa rigurosamente delimitado. Normalmente, esa versión se apoya en una deliberada descontextualización del debate entablado entre Rosa y Lenin. La verdad es que la defensa del espontaneísmo en la acción de masas fue tomado por Rosa como un enfrentamiento a la burocratización y acomodación del SPD y sus sindicatos, como explica León Trotsky: “La verdad, sin duda, que Rosa Luxemburgo opuso con pasión el espontaneísmo de las acciones de masas a la política conservadora de la dirección socialdemócrata, particularmente después de la revolución de 1905. Esta oposición era, del comienzo al fin, revolucionaria y progresista. Rosa Luxemburgo comprendió y comenzó a combatir mucho antes que Lenin el papel de freno del aparato osificado del partido y de los sindicatos”.

Tampoco Rosa relativizaba la importancia del papel dirigente del partido obrero en medio de procesos revolucionarios. Como ella misma explicó: “La socialdemocracia es la vanguardia más esclarecida, con mayor conciencia de clase del proletariado, ella no puede y no debe esperar con los brazos cruzados la llegada de la ‘situación revolucionaria’, esperar que aquel movimiento espontáneo del pueblo caiga del cielo, al contrario, ella debe, como siempre, anticipar el desarrollo de las cosas y buscar acelerarlo. Pero ella no consigue eso al lanzar al espacio en el momento justo o no justo la consigna de huelga de masas, sino, sobre todo, al esclarecer a las camadas proletarias más amplias de la llegada inevitable de ese período revolucionario, los momentos sociales internos que conducen a eso, y las consecuencias políticas”.

Obviamente, todo eso no oculta el hecho de que había profundas diferencias entre Rosa y Lenin respecto de la concepción organizativa del partido. En aquel momento, existía un fecundo debate en todo el movimiento socialdemócrata, especialmente en su ala más revolucionaria, a la cual pertenecían Rosa y Lenin, sobre un completo menú de temas teóricos y programáticos, entre ellos, la forma más adecuada de organización revolucionaria. Al contrario de Lenin, Rosa Luxemburgo defendía que el partido debería educar y organizar el ala revolucionaria del proletariado. Sería una especie de selección preliminar de la vanguardia con relación a las acciones de masas. La concepción de Lenin, por su parte, no despreciaba las poderosos explosiones espontáneas de masas, pero comprendía sus límites: una revolución socialista victoriosa no podría ser improvisada por medio de la pura espontaneidad. Era necesaria una dirección consciente para la victoria de la revolución.

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La noción de Rosa se mostró dramáticamente limitada en medio de la revolución alemana de 1918. Con todo, en el final de su vida, como veremos más adelante, Rosa tomaría una serie de medidas prácticas que dieron por tierra esa teoría, mientras ella se aproximaría cada vez más de las ideas leninistas respecto de la dirección consciente de la revolución.

En 1907 Rosa publica el libro La acumulación del Capital, su principal contribución teórica al marxismo. La originalidad de la obra reside en la constatación de que el proceso de reproducción del capital necesita de un “medio no capitalista” –llamado por ella de “economía natural– cuya función no es solamente el desagüe a la reproducción capitalista sino también a los medios de producción, medios de consumo, y mano de obra. En suma, para Rosa no había “un capitalismo puro”, pues ella percibe en su análisis histórico que el mundo no capitalista tiene significativa importancia en la reproducción ampliada del capital, en lo que se refiere a su función de desagüe o en la utilización de relaciones de producción no típicamente capitalista en el proceso de producción. Siendo así, la expansión del capitalismo incluye el colonialismo y las destructivas guerras coloniales de la era contemporánea, indispensables para la sobrevivencia del sistema. En ese sentido, La acumulación del Capital es, todavía hoy, lectura indispensable para comprender el proceso histórico de la formación capitalista en los países periféricos del sistema.

Primera Guerra Mundial

También en muy conocida la lucha entablada por Rosa Luxemburgo contra el nacional chovinismo de los partidos socialdemócratas en la Primera Guerra Mundial. En aquel momento, los principales partidos de la II Internacional, deciden apoyar a los gobiernos burgueses y sus ejércitos en la guerra imperialista. El abandono del internacionalismo proletario en pro del apoyo a las burguesías imperialistas significó el desmoronamiento de esa organización como herramienta de lucha de los trabajadores.

La gran mayoría de los dirigentes de los partidos socialistas acabaron votando a favor de los créditos de guerra en sus países y los revolucionarios fueron reducidos a la mínima expresión. En Alemania, el único socialdemócrata que votó contra los créditos de guerra, e incluso convocó a los trabajadores y soldados a apuntar sus armas contra su propio gobierno, fue Karl Liebknecht. Todo el resto de la socialdemocracia, en las palabras de Rosa Luxemburgo, que era integrante del bureau de la Internacional, no pasaba de un “cadáver maloliente”.

Rosa pasó a defender y a luchar por la construcción de una nueva Internacional que, en sus palabras, “se encargue de la dirección y unificación de la lucha revolucionaria contra el imperialismo”. En su concepción, la nueva Internacional debería eliminar las flaquezas de la II Internacional, especialmente la autonomía excesiva gozada por las secciones nacionales. “La Internacional decide, en tiempos de paz, sobre la táctica de las secciones nacionales en cuestión de militarismo, política colonial, política comercial, festejo del 1 de mayo, además de toda la táctica a ser seguida en tiempos de guerra”, escribió Rosa en el Folleto Junius.

Su oposición en relación con la guerra –que debería transformarse en guerra revolucionaria de clase, como defendían también Lenin y Trotsky– le ocasionó la cárcel en Alemania. El 18 de febrero de 1915 fue detenida, y permaneció en la prisión hasta febrero de 1916 y, con excepción de algunos meses entre febrero y julio de 1916, permanecería encarcelada hasta octubre de 1918.

Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa

Otra deformación muy esgrimida por reformistas es de que Rosa Luxemburgo habría previsto la degeneración burocrática de la Revolución Rusa ya en los primeros meses de la joven república soviética. Tal “versión de los hechos” se apoya en el famoso artículo “La Revolución Rusa”, escrito por Rosa en setiembre de 1918. En el momento en que elaboró el artículo, Rosa se encontraba aislada hacía más de un año en las prisiones alemanas, con poca información sobre lo que de hecho ocurría en Rusia. No es difícil imaginar la inmensa campaña de mentiras y calumnias movida en la época por la prensa burguesa contra los bolcheviques, cuyo objetivo era impedir que los obreros de Europa pudiesen conocer los reales acontecimientos revolucionarios.

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Consciente de sus limitaciones, Rosa optó por no publicar el artículo, incluso luego de salir de la cárcel. Así, el texto sería publicado solo en 1922 por Paul Levi, antiguo dirigente del Partido Comunista alemán que había sido expulsado de la organización. Es importante destacar que, en aquel momento, Levi había iniciado un giro a la derecha y estaba en abierta ruptura con la Revolución Rusa. Años más tarde se reintegraría a la socialdemocracia.

El escrito de Rosa es una exaltación de la Revolución Rusa, considerada por ella “el acontecimiento más poderoso de la Guerra Mundial”. Rosa critica de forma contundente las calumnias lanzadas por la socialdemocracia alemana contra la revolución de 1917, al mismo tiempo que denuncia la concepción oportunista de Kautsky y de los mencheviques que consideraban que la única revolución posible en Rusia sería una revolución burguesa, una vez que “suponían que Rusia, por ser un país económicamente atrasado y predominantemente agrario, no estaba maduro para la revolución social y para la dictadura del proletariado”.

El manuscrito problematiza tres puntos esenciales: la autodeterminación de los pueblos que, para la autora, sería un medio para que la burguesía mantenga su dominio sobre las nacionalidades no rusas; la división de tierras por los campesinos, que en su evaluación podría resultar en la formación de una nueva camada social enemiga de la revolución. O, en sus palabras: “luego de la toma de las tierras por los campesinos, el enemigo que se yergue contra toda socialización de la agricultura es una masa enorme (…) de campesinos, que defenderán con todas sus fuerzas sus propiedades recientemente adquiridas contra todos los ataques del poder socialista”; y, finalmente, su posición crítica sobre la disolución de la Asamblea Constituyente efectuada por los bolcheviques en 1918. Para ella:

“El sistema socialista social solo debe ser, y solo puede ser, un producto histórico, que emerge de sus propias experiencias, en el transcurso de su realización, como resultado del desarrollo de la historia viva (…). No obstante, si este es el caso, es evidente que el socialismo no puede ser decretado, por su propia naturaleza, o introducido por un único caso. Requiere un número de medidas de fuerza (contra propiedad, etc.) como un requisito. Lo negativo, la destrucción, puede ser decretado; lo constructivo, lo positivo no”.

Incluso intelectuales de origen trotskista, como Michael Löwy y Olivier Besancenot, ligados al Secretariado Unificado (SU), defienden que el artículo de Rosa tendría “alcance profético” respecto de la degeneración burocrática estalinista que abrazaría a Rusia una década después. Esa posición se apoya en una indescifrable tesis de que el estalinismo habría sido el hijo bastardo del bolchevismo (ver más aqui).

Clara Zetkin con Rosa Luxemburgo.

No obstante, los autores parten de una total descontextualización sobre las condiciones en que se encontraba Rosa Luxemburgo en el momento en que formuló el texto. Tampoco hablan de la oposición contundente de los amigos y camaradas de Rosa, como Clara Zetkin, que sostenían que el manuscrito escrito no reflejaba sus opiniones en sus últimos meses de vida. Además, todos los artículo escritos por ella pocos meses después, en medio de la revolución alemana, confirman totalmente esa hipótesis.

La revolución alemana

La derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial puso la revolución a la orden del día. El 4 de noviembre, trabajadores y marineros organizados en consejos toman el poder en Kielh. Luego, la revolución se extendía por todo el país. El 9 de noviembre, movilizaciones en las calles derrumban al emperador, los consejos de obreros y soldados se multiplican, mientras las prisiones son tomadas por el pueblo y los presos políticos liberados. Con la abdicación del emperador, Friedrich Ebert, dirigente de la socialdemocracia, asume el comando del gobierno. Todavía en noviembre, el USPD (Partido Socialdemócrata Independiente) hace un acuerdo para formar parte del nuevo gobierno, con la participación del dirigente Hugo Haase. Ese partido centrista rompería con el gobierno el 28 de diciembre, pero en la práctica actuaba conjuntamente con el SPD en los consejos obreros para frenar el desarrollo de la revolución.

La marcha de la revolución alemana y el fuerte sentido de realidad harían que Rosa Luxemburgo cambiase totalmente de posición con relación al escrito “La Revolución Rusa”. En el artículo “La Asamblea Nacional”, publicado en Die Rote Fahne (La Bandera Roja), periódico de la Liga Espartaquista, Rosa se oponía vivamente a una asamblea elegida por sufragio universal, como proponía el gobierno socialdemócrata. Defendía, en su lugar, que los consejos de obreros y soldados tomasen el poder para avanzar con la revolución socialista en Alemania: “¿Qué se gana mediante ese rodeo cobarde de la Asamblea Nacional? Se fortalece la posición burguesa, se debilita y se confunde a través de ilusiones vacías al proletariado”, escribió.

Más adelante denunciaba: “Ahora estamos en medio de la revolución y la Asamblea Nacional es un bastión contrarrevolucionario erigido contra el proletariado revolucionario”. Y apunta cuál debería ser la política de los revolucionarios: “Un asalto de las masas en las puertas de la Asamblea Nacional y el puño cerrado del proletariado revolucionario erguido en medio de la Asamblea agitando la bandera cuyas letras de fuego dicen: ¡Todo el poder para los consejos, esta es nuestra participación en la Asamblea Nacional!”.

Esa posición fue defendida por ella y por Karl Liebknecht en el primer Congreso de los Consejos de Obreros y Soldados en Berlín, realizado entre el 16 y el 20 de diciembre de 1918. En la ocasión, aunque ultraminoritarios, la posición defendida por la Liga Espartaquista se resumía en: 1) derribar el gobierno dirigido por el socialdemócrata Ebert; 2) desarme de todas las tropas que no reconocían el poder supremo de los consejos obreros; 3) desarme de toda la guardia blanca y promover la inmediata constitución de la guardia roja; 4) rechazar la Asamblea Nacional como un atentado a la revolución.

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En esos mismos días, la Liga Esparataquista, que actuaba como una fracción revolucionaria de izquierda en el interior del USPD, y el Grupo de los Comunistas Internacionalistas de Alemania (IKD), fundan el Partido Comunista de Alemania (KPD, en la sigla alemana).

Asesinada por la burguesía y por socialdemocracia

Atemorizado, el gobierno socialdemócrata ofrece libertad de acción a la guardia blanca –formada por antiguos oficiales monárquicos– y para los bandos paramilitares de ultraderecha para que combatan el recién creado KPD. El 29 de diciembre de 1918, Gustav Noske, dirigente socialdemócrata, es nombrado para comandar la represión en Berlín, observando: “alguien tiene que ser el perro sanguinario”. Así, la liquidación de los dirigentes del KPD era ya vista como condición necesaria para controlar el proceso revolucionario desatado en noviembre.

El 4 de enero, una tentativa precipitada de derribar el gobierno de Ebert, efectuada por Karl Liebknecht, con la oposición de Rosa y en franca desobediencia a la orientación de la dirección comunista, toma preso al terror blanco que intentaba eliminar a la cúpula comunista. Las tropas oficiales y las organizaciones paramilitares actúan con extrema brutalidad y ponen como premio las cabezas de Rosa, Liebknecht y otros dirigentes de la Liga Espartaquista. La fragilidad de la joven organización comunista siquiera permite a Rosa y a Liebknecht que puedan huir de Berlín y vivir en la clandestinidad, tal como Lenin en los meses de reacción de 1917. El 15 de enero, ambos son presos en su último refugio. Liebknecht es muerto a tiros, y Rosa es linchada por un grupo paramilitar, y su cuerpo tirado en un canal.

“Fue la burguesía de Berlín, de Alemania y del mundo –los banqueros, hombres de negocios, oficiales ‘hombres respetables’– que de hecho cometieron los asesinatos. Pero fue el gobierno Ebert-Sheidemann, los Socialistas en Ascenso, detestados por tanto tiempo por la prensa capitalista Aliada, que –para suprimir la revuelta de la clase trabajadora alemana con el auxilio de las tropas del Emperador (Káiser)– permitieron que la turba tirase en las espaldas de Karl Liebknecht y atropellase a Rosa Luxemburgo. Y la prensa capitalista aplaude”, escribiría poco después John Reed, periodista norteamericano que adhirió a la Revolución Rusa.

Rosa Luxemburgo no fue una militante infalible, cometió muchos equívocos, pero tuvo coraje de intentar corregirlos al mismo tiempo que valientemente osó enfrentar a los “papas” de la II Internacional, reformistas y centristas de toda suerte, con su fe inquebrantable en la revolución socialista.

Ciertamente, el atraso en la creación de una organización revolucionaria con un programa delimitado y basado en el centralismo democrático –un partido revolucionario a la altura de los grandes acontecimientos de la lucha de clases– pesó decisivamente en su trágico fin. Su asesinato representó una ruptura del eje entre su generación y la nueva vanguardia que posteriormente sería atraída por el prestigio de la Revolución Rusa al KPD.

Sobre eso, John Reed afirma que Rosa era “un intelecto que, como Lenin en Rusia, podría haber tenido un valor incalculable en el establecimiento de un nuevo orden en Alemania, de la cual Karl Liebknecht fue el profeta flamígero”.

Pero sus carencias y los aspectos frágiles de su elaboración política de modo alguno eran preponderantes, como defiende Trotsky en un artículo escrito en 1935. Reivindicando la militancia y la contribución de Rosa para el arsenal político y teórico de la IV Internacional, Trotsky afirma: “Si dejamos de lado todo aquello que es accesorio y ya fue sobrepasado por la evolución, tenemos el derecho de plantear nuestro trabajo por la IV Internacional bajo el signo de las ‘tres L’, o sea, no solo bajo el de Lenin, sino igualmente bajo el de Luxemburgo y el de Liebknecht”.

Referencias

LUXEMBURGO, Rosa. A Acumulação do Capital. Ed. Nova Cultural, 1985.

LUXEMBURGO, Rosa. “El Folleto Junius”. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/luxem/09El%20folletoJuniusLacrisisdelasocialdemocraciaalemana_0.pdf

LUXEMBURGO, Rosa. La Revolución Rusa. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/luxem/11Larevolucionrusa_0.pdf

LUXEMBURGO, Rosa. “La Asamblea Nacional”. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/luxem/1918/11/20.htm

LUXEMBURGO, Rosa. “Las elecciones para la Asamblea Nacional”. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/luxem/1918/12/23.htm

REED, John. Sobre Karl Liebknecht. In: Liebknecht, K.  Contra a Guerra. Ed. Pan y Rosas, 2002.

TROTSKY, León. Rosa Luxemburgo y la IV Internacional. In: LUXEMBURGO, Rosa. Huelga de masas, partidos y sindicatos. Ed. Kairos, 1979.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 14/1/2019.

Traducción: Natalia Estrada.