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El capítulo que presentamos de “Historia de la Revolución Rusa” analiza los sucesos de junio de 1917 (considerando el viejo calendario ruso). Este mes y el siguiente fueron un período de inflexión en el acelerado proceso revolucionario en curso.

Los trabajadores y las masas que habían protagonizado la revolución de febrero comprendían rápidamente que no había bastado derribar el régimen zarista para conseguir sus reivindicaciones (Paz, Pan y Tierra). Y los gobiernos burgueses provisorios que se sucedían desde entonces (integrados y apoyados por las corrientes de la izquierda reformista, como los mencheviques y los “eseristas”) no tenían ninguna intención de resolverla.

Por el contrario, postergaban cuestiones centrales como la reforma agraria y la opresión de las nacionalidades menores por parte de Rusia. Y en el tema más candente (la guerra), el gobierno había ordenado movilizar a todas las tropas de la guarnición de Petrogrado (capital del país y centro de la revolución) para intentar una ofensiva contra el ejército alemán.

Esto generó un estado de rebelión en la base del ejército ruso: millones de soldados, en su mayoría campesinos, que solo querían volver a sus tierras y que, por ello, rechazaban de plano la orden de ir al frente.

En ese marco, se realiza en Petrogrado el primer congreso nacional de los sóviets y este es el tema esencial en debate. Pero estos organismos expresaban, en ese momento, una profunda contradicción. Por un lado, eran la referencia para los trabajadores y las masas y expresaban el doble poder con el gobierno burgués. Por el otro, las corrientes reformistas sumadas aún tenían mayoría de los diputados y la dirección de los sóviets. Los bolcheviques representaban menos de 20% de ese organismo: habían aumentado su peso pero aún eran minoritarios. Por eso, su propuesta de rechazar la orden militar del gobierno es rechazada.

Pero esta relación de fuerzas estaba “atrasada” con respecto a la dinámica de los trabajadores y la base de soldados y campesinos pobres que giraban cada vez más a la izquierda. Y ese “atraso” era aún más agudo en Petrogrado, donde los bolcheviques ya eran la corriente más fuerte.

Ese es el marco de los hechos que analiza Trotsky en este capítulo: la manifestación levantada del 10 de junio, las delegaciones del sóviet a las fábricas y los barrios obreros de la capital, y la movilización llamada en conjunto por el sóviet para el 18 de junio (en el que la política de los bolcheviques es abrumadoramente mayoritaria).

Era claro para la burguesía que el enemigo eran los bolcheviques y así lo decían públicamente. A ella se abrazaban las corrientes reformistas que repetían los ataques y casi las mismas palabras: “los bolcheviques son los principales enemigos de la revolución” (es decir, el principal enemigo del Estado burgués y de la construcción de un régimen político a su servicio).

Tal como dice Trotsky, “esta vez no llegó a estallar la pugna violenta. Pero ya no se podía evitar que estallase. Lo que se hizo fue únicamente aplazarla hasta dos semanas después”. La revolución aceleraba su ritmo y los choques violentos se sucederían, casi sin interrupción, en los meses siguientes, culminando con la Revolución de Octubre en la que los bolcheviques derrotan no solo a la burguesía sino también a sus agentes de izquierda.

En un balance de los hechos de junio, Lenin escribe palabras que podrían repetirse hoy con solo reemplazar los nombres de las corrientes políticas:

«Los salvajes aullidos de furor y de rabia contra los bolcheviques son el gemido de los kadetes, los socialrevolucionarios y los mencheviques por su propia impotencia. Tienen la mayoría, están en el poder y forman un bloque. Pero ven que, a pesar de todo, no pueden nada. ¿Cómo no han de ponerse furiosos contra los bolcheviques?»

Historia de la Revolución Rusa – Capitulo XXII

De: León Trotsky

El primer Congreso de los sóviets, que sancionó los planes de ofensiva de Kerenski, se reunió el 3 de junio en Petrogrado, en el edificio de la Academia militar. Acudieron a él 820 delegados con voz y voto y 268 con voz, pero sin voto. Estos delegados representaban a 305 sóviets locales y a 53 sóviets cantonales y de distrito, a las organizaciones del frente, a los institutos armados del interior del país y a algunas organizaciones campesinas. Tenían voz y voto los sóviets integrados por más de 25.000 miembros. Los formados por 10 a 25.000 sólo tenían voz. Basándose en estas normas, que, dicho sea de paso, es poco probable que se observaran al pie de la letra, puede calcularse que en el Congreso estaban representadas más de 20 millones de personas. De los 777 delegados que facilitaron datos sobre su filiación política, 285 resultaban ser social-revolucionarios, 243 mencheviques y 105 bolcheviques; después venían otros grupos menos nutridos. El ala izquierda, formada por los bolcheviques y los internacionalistas, representaba menos de la quinta parte de los delegados. En su mayoría, el Congreso estaba compuesto por elementos que en marzo se habían hecho socialistas y en junio estaban ya cansados de la revolución. Petrogrado tenía que parecerles una ciudad de locos.

El Congreso empezó aprobando la expulsión de Grimm, un lamentable socialista suizo que había intentado salvar a la revolución rusa y a la socialdemocracia alemana negociando detrás de la cortina con la diplomacia de los Hohenzolern. La proposición presentada por el ala izquierda para que se discutiera inmediatamente la cuestión de la ofensiva que se estaba preparando fue rechazada por una mayoría abrumadora. Los bolcheviques no eran allí más que un puñado. Pero el mismo día y acaso a la misma hora, la conferencia de los Comités de fábrica de Petrogrado votaba, también por una aplastante mayoría, una resolución en la que se decía que sólo el poder de los sóviets podía salvar al país.

Por miopes que fueran los conciliadores, no podían dejar de ver lo que estaba sucediendo diariamente a su alrededor. Influido seguramente por los delegados de provincias, Líber, este encarnizado enemigo de los bolcheviques, denunciaba en la sesión del 4 de junio a los ineptos comisarios del gobierno, a quienes en el campo no querían entregar el poder. «A consecuencia de esto, una serie de funciones de la competencia de los órganos del gobierno han pasado a manos de los soviets, incluso cuando éstos no lo deseaba.» Estos hombres se quejaban de sí mismos. Uno de los delegados, maestro de escuela, contaba en el Congreso que durante los cuatro meses de revolución no se había operado el cambio más insignificante en la esfera de la instrucción pública. Los antiguos maestros, inspectores, directores, etc., muchos de ellos antiguos afiliados a las «centurias negras», los viejos planes escolares, los viejos manuales reaccionarios, hasta los viejos subsecretarios del ministerio; todo seguía tranquilamente donde estaba. Sólo los retratos del zar habían sido descolgados para llevarlos al desván, de donde no era difícil, ciertamente, sacarlos para volverlos a sus sitios.

El Congreso no se decidió a levantar la mano contra la Duma ni contra el Consejo de Estado. El orador menchevique Bogdanov justificaba su timidez ante la reacción con el pretexto de que la Duma y el Consejo «no son más que instituciones muertas, inexistentes». Mártov, con su gracejo polémico habitual, replicóle: «Bogdanov propone que se declare la Duma inexistente, pero que no se atente contra su existencia.»

El Congreso, a pesar de la gran mayoría gubernamental, transcurrió en una atmósfera de inquietud e inseguridad. Aquel patriotismo remojado no daba ya más que llamaradas tímidas. Era claro que las masas estaban descontentas y que los bolcheviques eran incomparablemente más fuertes en el país, sobre todo en la capital, que en el Congreso. El debate mantenido entre los bolcheviques y los conciliadores, reducido a su raíz, giraban entorno a este tema: ¿A quién tiene que asociarse la democracia, a los imperialistas o a los obreros? Sobre el Congreso se cernía la sombra de la Entente. La cuestión de la ofensiva estaba resuelta de antemano, los demócratas no tenían más recurso que doblegarse. «En estos momentos críticos -decía Tsereteli, en tono de mentor- no debemos prescindir de ninguna fuerza social que pueda ser útil para la causa popular.» Era el argumento en que se fundaba la coalición de la burguesía. Y como el proletariado, el ejército y los campesinos estropeaban a cada paso los planes de los demócratas, había que declarar la guerra al pueblo bajo el manto de una guerra contra los bolcheviques. Ya hemos visto cómo Tsereteli no tenía inconveniente en «prescindir» de los marineros de Kronstadt para no arrojar de su regazo al kadete Pepliayev. La coalición se aprobó por una mayoría de 443 votos contra 126 y 52 abstenciones.

Las tareas de la inmensa e inconsistente asamblea congregada en la Academia militar de Petrogrado se distinguieron pro el tono pomposo de las declaraciones y la mezquindad conservadora de los cometidos prácticos. Esto imprimió a todas las resoluciones una huella de inutilidad y de hipocresía. El Congreso proclamó el derecho de todas las naciones de Rusia a gobernarse libre y soberanamente. Pero la clave de este problemático derecho se entregaba, no a las propias naciones oprimidas, sino a la futura Asamblea constituyente, en la que los conciliadores confiaban en tener mayoría, preparándose a capitular en ella ante los imperialistas, ni más ni menos que lo habían hecho en el gobierno.

El Congreso se negó a votar un decreto sobre la jornada de ocho horas. Tsereteli explicó las vacilaciones de la coalición en este terreno por las dificultades con que se tropezaba para coordinar los intereses de los distintos sectores de la población. ¡Cómo si en la historia se hubiera hecho nunca nada grande a fuerza de «coordinar intereses» y no imponiendo el triunfo de los intereses del progreso sobre los de la reacción!

Groman, economista del Soviet, presentó al final su inevitable proposición «sobre el desastre económico que se avecina y la necesidad de atajarlo mediante la reglamentación de la economía por el Estado». El Congreso votó esta resolución ritual, en la seguridad de que las cosas seguirían como estaban.

«Grimm ha sido expulsado -escribía Trotski el 7 de junio-, y el Congreso ha pasado al orden del día. Pero para Skobelev y sus colegas los beneficios capitalistas siguen siendo sagrados e inviolables. La crisis de las subsistencias se agudiza cada día más. En el terreno diplomático, el gobierno no cesa de recibir golpes. Finalmente, la ofensiva tan histéricamente proclamada, se echará muy pronto sobre los hombros del pueblo como una monstruosa aventura.» Tenemos paciencia y estaríamos dispuestos a seguir contemplando tranquilamente la clarividente actuación del ministerio Lvov-Terechneko-Tsereteli unos cuantos meses más. Necesitamos de tiempo para nuestra preparación. Pero el topo subterráneo mina aceleradamente, y con la ayuda de los ministros «socialistas» el problema del poder puede echárseles encima a los miembros de este Congreso mucho antes de lo que todos sospechamos.

Procurando atrincherarse ante las masas detrás de una autoridad superior a ellos, los caudillos hacían intervenir al Congreso en todos los conflictos pendientes, comprometiéndolo sin piedad a los ojos de los obreros y soldados de Petrogrado. El episodio más ruidoso de este género fue el sucedido con la casa de campo de Durnovo, antiguo dignatario zarista, que, siendo ministro del Interior, se cubrió de gloria con la represión de la revolución de 1905. La villa deshabitada de este odiado burócrata, cuyas manos, además, no estaban del todo limpias, fue ocupada por las organizaciones obreras de la barriada de Viborg, principalmente a causa de su inmenso jardín, que se convirtió en el lugar de juegos favorito de los niños. La prensa burguesa pintaba la villa confiscada como una cueva de bandidos, una especie de Kronstadt de la barriada de Viborg. Nadie se tomaba el trabajo de darse una vuelta por allí a comprobar la verdadera realidad. El gobierno, que sorteaba cuidadosamente todas las cuestiones de importancia, se entregó con verdadero ardor a la obra de salvar la villa de Durnovo. Se pidió la sanción del Comité ejecutivo para tomar medidas heroicas y, naturalmente, Tsereteli no la negó. El fiscal dio orden al grupo de «anarquistas» de que desahuciasen la casa en un plazo de veinticuatro horas. Los obreros, enterados de las acciones militares que se preparaban, lanzaron la voz de alarma. Los anarquistas, por su parte, amenazaron con resistirse por la fuerza de las armas. Veintiocho fábricas declararon una huelga de protesta. El Comité ejecutivo lanzó un manifiesto acusando a los obreros de Viborg de auxiliares de la contrarrevolución. Después de esta preparación, los representantes de la justicia y de la milicia penetraron en la madriguera del león. Pronto se comprobó que en la villa, en la que se habían instalado una serie de organizaciones obreras de cultura, reinaba el más completo orden. Y no hubo más remedio que retroceder de un modo ignominioso. Pero la cosa no paró ahí.

El 9 de junio cayó en el Congreso esta noticia como una bomba. La Pravda de aquella mañana publicaba un llamamiento a una manifestación organizada para el día siguiente. Cheidse, hombre asustadizo, razón por la cual propendía también harto fácilmente a asustar a los demás, declaró, con voz de ultratumba: “Si el Congreso no toma medidas, el día de mañana será fatal.” Los delegados alzaron la cabeza, intranquilos. Para concebir la idea de enfrentar a los obreros y soldados de Petrogrado con el Congreso, no hacía falta ninguna cabeza genial: bastaba con fijarse en la situación. Las masas apretaban a los bolcheviques. Apretaba, sobre todo, la guarnición, temerosa de que, con motivo de la ofensiva, fueran a dispersarla y enviarla a distintos frentes. A esto se añadía el profundo descontento producido por la “Declaración de los derechos del soldado”, que representaba un gran paso atrás, en comparación con el “decreto número 1”, y el régimen que se había implantado de hecho en el ejército. La iniciativa de la manifestación partió de la organización militar de los bolcheviques. Los directores de la misma afirmaban fundadamente, como demostraron los acontecimientos, que si el partido no asumía la dirección, los soldados se echarían ellos mismos a la calle. Sin embargo, el cambio profundo operado en el estado de espíritu de las masas no era siempre fácilmente perceptible, y esto engendraba ciertas vacilaciones hasta entre los propios bolcheviques. Los directores de la misma afirmaban fundadamente, como demostraron los acontecimientos, que si el partido no asumía la dirección, los soldados se echarían ellos mismos a la calle. Sin embargo, el cambio profundo operado en el estado de espíritu de las masas no era siempre fácilmente perceptible, y esto engendraba ciertas vacilaciones hasta entre los propios bolcheviques. Volodarski no estaba seguro de que los obreros salieran a la calle. Había dudas asimismo acerca del giro que tomaría la manifestación. Los representantes de la organización militar afirmaban que los soldados, ante el miedo a que les atacasen, no saldrían a la calle desarmados. “¿En qué parará esta manifestación?”, preguntaba el prudente Tomski, exigiendo que la cuestión volviera a examinarse con cuidado. Stalin afirmaba que “la efervescencia entre los soldados era indudable, pero que no podía decirse lo mismo, de un modo concluyente, con respecto a los obreros”; a pesar de todo, creía necesario resistir al gobierno. Kalinin, siempre más inclinado a rehuir la batalla que a aceptarla, se pronunciaba decididamente contra la manifestación, fundándose en la ausencia de un motivo claro, sobre todo en lo tocante a los obreros: “La manifestación será una cosa artificial”. El 8 de junio, en la conferencia celebrada con los representantes de las barriadas, después de una serie de votaciones preliminares, 131 manos se levantaron en favor de la manifestación, seis votaron en contra y 22 se abstuvieron. La manifestación fue señalada para el domingo día 10 de junio.

Los trabajos preparatorios se llevaron en secreto hasta el último momento, con el fin de no dar a los social-revolucionarios y mencheviques la posibilidad de emprender una campaña en contra. Esta legítima medida de previsión había de interpretarse más tarde como prueba de que existía un complot militar. El Consejo central de los Comités de fábrica se adhirió a la idea de organizar la manifestación. “Bajo la presión de Trotski, y contra el parecer de Lunacharski, que era contrario a la proposición -escribe Yugov-, el Comité de los meirayontsi, decidió adherirse a la manifestación.” Los preparativos se llevaron a cabo con una energía febril.

La manifestación había de alzar bandera por el poder de los soviets. La divisa de combate era: “¡Abajo los diez ministros capitalistas!” Era el modo más sencillo de expresar la necesidad de romper el bloque con la burguesía. La manifestación se dirigía hacia la Academia militar, donde estaba reunido el Congreso. Con esto, se daba a entender que no se trataba de derribar al gobierno, sino de ejercer presión sobre los dirigentes de los soviets.

Huelga decir que en las reuniones preliminares celebradas por los bolcheviques no fueron éstas las únicas voces que sonaron. Por ejemplo, Smilga, que había sido elegido hacía poco miembro del Comité central, propuso “no renunciar a apoderarse de Correos, de Telégrafos y del Arsenal, si los acontecimientos toman el giro de un choque abierto”. Otro de los reunidos, el miembro del Comité de Petrogrado, Latzis, escribía en su diario, refiriéndose a que había sido desechada la proposición de Smilga: “No puedo estar conforme con esto… Me pondré de acuerdo con los camaradas Semaschko y Rachjia, para estar preparados en caso de necesidad y apoderarnos de las estaciones, los arsenales, los Bancos y de Correos y Telégrafos, apoyándonos en el regimiento de ametralladoras.” Semaschko era oficial de este regimiento y Rachjia un obrero bolchevique muy combativo.

“Este estado de espíritu era muy explicable. El partido navegaba derechamente rumbo a la toma del poder; lo problemático no era más que el modo de apreciar la situación. En Petrogrado se estaba operando un cambio evidente de opinión a favor de los bolcheviques; pero en provincias, este proceso se desarrollaba más lentamente; además, el frente necesitaba de la lección de la ofensiva para vencer su recelo contra los bolcheviques. Por eso Lenin se mantenía firme en su posición de abril: “Explicar pacientemente.”

En sus Memorias, Sujánov expone el plan de la manifestación del 10 de junio como si se tratase de un designio deliberado de Lenin para adueñarse del poder, “caso de que las circunstancias fuesen propicias”. En realidad, los que intentaron plantear la cuestión en estos términos fueron unos cuantos bolcheviques aislados que, según la expresión que les aplicaba, bromeando, Lenin, viraban “un poquitín más a la izquierda” de lo que era preciso. Sujánov no se molesta siquiera en contrastar sus arbitrarias conjeturas con la línea política mantenida por Lenin en numerosos discursos y artículos.

El buró del Comité ejecutivo exigió inmediatamente de los bolcheviques que suspendieran la manifestación. ¿Por qué razón? Era evidente que sólo el gobierno tenía atribuciones para prohibir formalmente la manifestación. Pero éste no se atrevía siquiera a pensar en tal cosa. ¿Cómo se explica que el Soviet, que era oficialmente una “organización privada” dirigida por el bloque de dos partidos políticos, pudiera prohibir una manifestación a un partido que nada tenía que ver con ellos? El Comité central del partido bolchevique se negó a acceder a la demanda, pero creyó oportuno subrayar aun más el carácter pacífico de la manifestación. El 9 de junio se fijó en los barrios obreros esta proclama de los bolcheviques: “Como ciudadanos libres, tenemos el derecho de protestar, y debemos aprovecharnos de este derecho antes de que sea demasiado tarde. El derecho a manifestarnos pacíficamente no puede discutírnoslo nadie.”

Los conciliadores sometieron la cuestión al Congreso. Fue entonces cuando Cheidse pronunció aquellas palabras acerca de las consecuencias fatales que podría tener la manifestación, añadiendo que sería preciso constituirse toda la noche en sesión permanente. Guegtschkori, miembro de la presidencia, otro de los hombres de la Gironda, puso fin a su discurso con un denuesto grosero dirigido a los bolcheviques. “¡Apartad vuestras sucias manos de nuestra gran obra!” A pesar de sus requerimientos, a los bolcheviques no se les concedió el tiempo necesario para reunirse en fracción a deliberar sobre el asunto. El Congreso tomó el acuerdo de prohibir todo género de manifestaciones durante tres días. Ese acto de violencia contra los bolcheviques era, al propio tiempo, un acto de usurpación de funciones con respecto al gobierno; los Soviets seguían robándose neciamente el poder de debajo de la almohada.

A la misma hora, Miliukov hablaba en el Congreso cosaco y acusaba a los bolcheviques de ser los “principales enemigos de la revolución rusa”. Según la lógica natural de las cosas, su mejor amigo era, indiscutiblemente, el propio Miliukov, que en vísperas de febrero se inclinaba más a aceptar la derrota infligida a Rusia por los alemanes que la revolución realizada por el pueblo ruso. Y como los cosacos preguntasen qué actitud había que adoptar con los adeptos de Lenin, Miliukov contestó: “Ya va siendo hora de acabar con esos señores.” El jefe de la burguesía tenía demasiada prisa. Y, sin embargo, hay que reconocer que el tiempo apremiaba.

Entre tanto, en las fábricas y en los regimientos se celebraban mítines, en los cuales se acordaba echarse al día siguiente a la calle tremolando la divisa de «¡Todo el poder, a los soviets!» El ruido que arrancaban los Congresos soviético y cosaco hizo que pasara inadvertido el hecho de que en las elecciones a la Duma del barrio de Viborg obtuvieran 37 puestos los bolcheviques, 22 el bloque socialrevolucionario y menchevique y cuatro los kadetes.

Ante la categórica decisión del Congreso y la misteriosa alusión a la amenaza de un golpe de derecha, los bolcheviques decidieron revisar la cuestión. Lo que ellos querían era una manifestación pacífica y no una insurrección, y no tenían motivos para convertir en seminsurrección la manifestación prohibida. La presidencia del Congreso, por su parte, decidió tomar medidas. Unos cuantos centenares de delegados fueron organizados en grupos de diez y enviados a los barrios obreros y a los cuarteles con el fin de evitar la manifestación y volver después al palacio de Táurida para dar cuenta del cumplimiento de su cometido. El Comité ejecutivo de los diputados campesinos se asoció a esta expedición destinando a ella setenta hombres.

Aunque de un modo inesperado, los bolcheviques consiguieron lo que se proponían: los delegados del Congreso veíanse obligados a ponerse en contacto con los obreros y soldados de la capital. No se dejó que la montaña se acercara a los profetas, pero los profetas no tuvieron más remedio que acercarse a la montaña. Aquel encuentro resultó fecundo en alto grado. En las Izvestia del Soviet de Moscú, el corresponsal -un menchevique- traza el siguiente cuadro: «La mayoría del Congreso, más de quinientos miembros del mismo, se pasaron la noche en blanco, dividiéronse en grupos de a diez, que recorrieron las fábricas y los cuarteles de Petrogrado invitando a los obreros y a los soldados a no acudir a la manifestación… El Congreso no goza de prestigio en una parte considerable de las fábricas, como tampoco en algunos regimientos de la guarnición… Muy a menudo, los miembros del Congreso no eran acogidos con simpatía, ni mucho menos; a veces, se les recibía con hostilidad y hasta con rencor.» El órgano soviético oficial no exagera, ni mucho menos; al contrario, da una idea bastante atenuada de aquel encuentro nocturno entre los dos mundos.

Desde luego, después de ponerse al habla con las masas de Petrogrado, los delegados no podían abrigar ya ninguna duda respecto a quién podía, en lo sucesivo, acordar una manifestación o prohibirla. Los obreros de la fábrica de Putílov no accedieron a fijar el manifiesto del Congreso contra la manifestación hasta persuadirse, por la lectura de la Pravda, de que no contradecía al acuerdo de los bolcheviques. El primer regimiento de ametralladoras, que desempeñaba el papel de vanguardia en la guarnición, como lo desempeñaba la fábrica Putílov en los medios obreros, después de conocidos los informes de Cheidse y Avksentiev, presidentes de los dos Comités ejecutivos, votó la siguiente resolución: «De acuerdo con el Comité central de los bolcheviques y de la organización militar, el regimiento decide aplazar su acción…»

Las brigadas de pacificadores llegaban al palacio de Táurida, después de una noche entera sin dormir, en un estado de completa desmoralización. Ellos, que creían que la autoridad del Congreso era indiscutible, habían chocado contra un recio muro de desconfianza y hostilidad. «Las masas están al lado de los bolcheviques.» «Reina una actitud muy hostil contra los mencheviques y socialrevolucionarios.» «No creen más que a la Pravda.» En algunos sitios, nos gritaron: «No os consideramos como compañeros.» Uno tras otro, los delegados daban cuenta de cómo a pesar de haberse conseguido aplazar la batalla, habían sufrido una dura derrota.

Las masas se sometieron a la resolución de los bolcheviques, pero no sin protestas y manifestaciones de indignación. En algunas fábricas se votaron resoluciones censurando al Comité central. En los barrios obreros los miembros más fogosos del partido rompieron sus carnets. Era un aviso serio.

Los conciliadores razonaron la prohibición alegando que los monárquicos preparaban un complot, para el cual se hubieran aprovechado de la manifestación bolchevique; aludían a la participación de una parte del Congreso cosaco en este complot y a la marcha de tropas contrarrevolucionarias sobre Petrogrado. Era natural que, después de prohibida la manifestación, los bolcheviques exigieran explicaciones respecto al pretendido complot. Los jefes del Congreso, en vez de dar la contestación que se les pedía, acusaron de conspiradores a los propios bolcheviques. De este modo, salían bastante airosamente del apuro.

Hay que reconocer, sin embargo, que en la noche del 10 de junio los conciliadores descubrieron, en efecto, un complot que los conmovió profundamente. Era el complot tramado pro las masas con los bolcheviques contra los conciliadores. No obstante, el hecho de que los bolcheviques se hubiesen sometido a las órdenes del Congreso alentó a los conciliadores y permitió que su pánico se convirtiera en furor. Los mencheviques y socialrevolucionarios decidieron dar pruebas de una férrea energía. El 10 de junio, el periódico de los mencheviques decía: «Es hora ya de denunciar a los leninistas como traidores a la revolución.» El representante que habló en el Congreso de los cosacos en nombre del Comité ejecutivo, pidió que los cosacos apoyaran al Soviet contra los bolcheviques. El presidente, que era el atamán del Ural Dutov, le contestó: «Los cosacos estaremos siempre al lado del Soviet.» Los reaccionarios, para dar la batalla a los bolcheviques, estaban dispuestos a aliarse incluso con el Soviet, para luego poderlo estrangular de un modo más seguro.

El 11 de junio se reúne un tribunal imponente: el Comité ejecutivo, los miembros de la presidencia del Congreso, los dirigentes de las fracciones, unas cien personas en total. Como siempre, el papel del fiscal corre a cargo de Tsereteli, quien exige furiosamente que se tomen medidas severas, y trata con desdén a Dan, dispuesto siempre a atacar a los bolcheviques, pero que no acaba de decidirse a exterminarlos. «Lo que ahora hacen los bolcheviques se sale ya de los límites de la propaganda ideológica, para convertirse en un complot… Que nos dispensen, pero ha llegado la hora de adoptar otros métodos de lucha. Hay que desarmar a los bolcheviques. No se pueden dejar en sus manos los abundantes recursos técnicos de que hasta ahora han dispuesto. No podemos dejar en sus manos las ametralladoras y las armas. No toleraremos ningún complot.» Resonaba aquí una nueva nota: desarmar a los bolcheviques. Pero ¿qué significaba, en realidad, desarmar a los bolcheviques? Sujánov escribe, hablando de esto: «No hay que olvidar que los bolcheviques no tienen ningún depósito propio de armas. Estas se hallan en poder de los soldados y los obreros, que en su imponente mayoría siguen a los bolcheviques. Desarmar a los bolcheviques no puede significar más que desarmar al proletariado. Y no bastaría siquiera esto, pues habría que desarmar también a las tropas.»

Como se ve, se acerca el momento clásico de la revolución, ese momento en que la democracia burguesa, acosada por la reacción, pretende desarmar a los obreros que han asegurado el triunfo de una causa revolucionaria. Los señores demócratas, entre los cuales había gentes leídas, ponían invariablemente sus simpatías en los desarmados, nunca en los que desarmaban, cuando en los libros leían estas cosas, pero cuando el problema se planteaba ante ellos en la realidad tangible, las cosas cambiaban. El hecho de que fuera Tsereteli, un revolucionario que se había pasado varios años en presidio, que todavía ayer era un zimmerwaldiano, quien emprendiera el desarme de los obreros, no era cosa fácil de comprender. La sala, al oírlo, se quedó estupefacta. A pesar de todo, los delegados de provincias parecían darse cuenta de que les estaban empujando al abismo. Uno de los oficiales tuvo un ataque histérico.

No menos pálido que Tsereteli, Kámenev se puso en pie y exclamó, con un tono de dignidad cuya fuerza impresionó al auditorio: «Señor ministro, si no lanza usted sus palabras al viento, no tiene derecho a limitarse a amenazar. ¡Deténgame usted y sométame a proceso por conspirar contra la revolución!» Los bolcheviques abandonaron la sala en señal de protesta, negándose a tomar parte en el escarnio de que se hacía objeto a su partido. La tensión en la sala se hace insoportable.

Líber acude en auxilio de Tsereteli. Al furor contenido sucede en la tribuna el furor histérico. Líber exige que se adopten medidas implacables. «Si queréis que os siga la masa que está con los bolcheviques, romped con el bolchevismo.» Pero se le escucha sin ninguna simpatía, y basta con un cierto sentimiento de hostilidad.

Lunacharski, siempre impresionable, intenta encontrar inmediatamente palabras que no desentonen de los sentimientos de la mayoría: si bien los bolcheviques aseguraban que su intención no era otra que celebrar una manifestación pacífica, a él la propia experiencia le había enseñado que «era un error organizar la manifestación». Pero no había por qué agudizar el conflicto. Lunacharski irrita a los amigos sin conseguir calmar a los adversarios.

«No vamos contra las tendencias izquierdistas -dice jesuíticamente Dan, el jefe más experimentado, pero, al mismo tiempo, el más estéril de todo el pantano-; nuestro enemigo es la contrarrevolución. No tenemos la culpa de que detrás de vosotros acechen los agentes de Alemania.» Aquella alusión a los alemanes no tenía más objeto que suplir la carencia de argumentos. Huelga decir que entre todos ellos no podían aportar el nombre de un solo agente a sueldo de Alemania.

Tsereteli proponíase asestar el golpe. Dan no quería más que levantar la mano. Consciente de su impotencia, el Comité ejecutivo se asoció a la propuesta del segundo. La resolución que se sometió al Congreso al día siguiente tenía el carácter de una ley de excepción contra los bolcheviques, pero sin consecuencias prácticas inmediatas.

«Después de la visita girada a las fábricas y a los regimientos por vuestros delegados -rezaba la declaración escrita elevada al Congreso por los bolcheviques- no puede caber la menor duda de que si la manifestación no se ha celebrado no ha sido precisamente porque vosotros la hubieseis prohibido, sino porque nuestro partido la suspendió… La ficción del complot militar ha sido denunciada por un miembro del gobierno provisional para desarmar al proletariado de Petrogrado y disolver la guarnición de la capital… Aun dado el caso de que el poder del Estado pasara íntegramente a manos del Soviet -punto de vista que nosotros defendemos- y éste intentara poner trabas a nuestras campañas, esto nos obligaría, tal vez, no a someternos pasivamente, sino a aceptar la cárcel y cualesquiera otras sanciones en aras de la idea del socialismo internacional que nos separa de vosotros.»

La mayoría y la minoría del Soviet se enfrentaron durante aquellos días, como preparándose a librar la batalla decisiva. Pero, en el último momento, los dos bandos dieron un paso atrás. Los bolcheviques renunciaron a celebrar la manifestación: los conciliadores, a desarmar a los obreros.

A Tsereteli le dejaron en minoría sus huestes. Sin embargo, no puede negarse que, a su manera, tenía razón. La política de alianza con la burguesía había llegado a un punto en que era necesario reducir a la impotencia a las masas rebeldes. Únicamente desarmando a los obreros y a los soldados podía llevarse la política del bloque hasta el anhelado fin, o sea hasta la instauración del régimen parlamentario de la burguesía. Pero Tsereteli, aun teniendo razón, era impotente para imponerla. Ni los soldados ni los obreros hubieran entregado voluntariamente las armas. No hubiera habido más remedio que emplear contra ellos la fuerza. Tsereteli no tenía ya fuerza para tanto. Para obtenerla, si es que la había en algún lado, hubiera tenido que pactar con la reacción, quien, una vez aniquilado el partido bolchevique, se habría cuidado, sin pérdida de tiempo, de hacer lo mismo con los soviets conciliadores, y pronto le hubiera hecho saber a Tsereteli que él no era más que un simple ex presidiario. Pero el rumbo tomado más tarde por los acontecimientos demuestra que tampoco la reacción disponía de la fuerza necesaria.

Tsereteli basaba políticamente la necesidad de dar la batalla a los bolcheviques en el hecho de que, según él, éstos divorciaban al proletariado de los campesinos. Mártov le objetó: «No es del seno de la masa campesina precisamente de donde Tsereteli toma sus ideas». El grupo de los kadetes de derecha, el grupo de los capitalistas, el grupo de los terratenientes, el grupo de los imperialistas, la burguesía de los países occidentales: ésos son los que exigen el desarme de los obreros y los soldados. Mártov tenía razón: en la historia, en las clases poseedoras se atrincheran no pocas veces, para hacer prosperar sus intereses, detrás de los campesinos.

Desde el día en que vieran la luz las tesis de abril mantenidas por Lenin, el peligro de que el proletariado se aislara de los campesinos fue el principal argumento de todos los que pugnaban por tirar para atrás la revolución. Se explica perfectamente que Lenin comparase a Tsereteli con los «viejos bolcheviques».

En uno de sus trabajos publicados en 1917, Trotski escribía, a este propósito: «El aislamiento en que se encuentra nuestro partido con respecto a los socialrevolucionarios y mencheviques, por radical que sea, llevado incluso hasta detrás de los muros carcelarios, no significa, ni mucho menos, el aislamiento del proletariado con respecto a las masas oprimidas de la ciudad y el campo. Al contrario, la recia oposición de la política del proletariado revolucionario contra la pérfida política de concesiones de los actuales dirigentes soviéticos es lo único que puede trazar una diferenciación política salvadora en los millones de campesinos, arrancar a los campesinos pobres a la dirección traicionera de los labriegos socialrevolucionarios acomodados y convertir al proletariado socialista en el verdadero caudillo de la revolución popular triunfante.»

Y, sin embargo, aquel argumento, falso hasta la médula, de Tsereteli resultó tener una gran fuerza vital. En vísperas de la revolución de Octubre, volvió a levantar cabeza con fuerza redoblada, como el argumento que esgrimían muchos «viejos bolcheviques» contra la toma del poder. Años después, al iniciarse la reacción ideológica contra las tradiciones de octubre, la fórmula de Tsereteli convirtióse en la principal arma teórica de la escuela de los epígonos.

En la misma sesión del Congreso de los sóviets, que conoció, en rebeldía, del proceso contra los bolcheviques, el representante del menchevismo propuso, cuando menos se esperaba, que para el próximo domingo, 18 de junio, se organizase en Petrogrado y en las ciudades más importantes una manifestación de obreros y soldados, para patentizar a los enemigos la unidad y la fuerza de la democracia. La proposición, aunque dejó un poco perplejo al Congreso, fue aceptada. Un mes después, Miliukov explicaba de un modo bastante plausible este inesperado cambio de frente de los conciliadores: «Después de pronunciar en el Congreso de los sóviets discursos de tono liberal, después de hacer fracasar la manifestación armada del 10 de junio…, los ministros socialistas tuvieron la sensación de que habían ido demasiado lejos en su acercamiento a nuestro campo, de que empezaba a faltarles el terreno en que pisaban. Entonces se asustaron y dieron un viraje hacia los bolcheviques.» Claro está que aquel acuerdo de organizar una manifestación para el 18 de junio no era precisamente un viraje hacia los bolcheviques, sino algo muy distinto: una tentativa de viraje hacia las masas contra el bolchevismo. El encuentro nocturno con los obreros y los soldados les había producido una impresión bastante fuerte a los elementos dirigentes de los sóviets. Así se explica que, abandonando los propósitos imperantes al abrirse el Congreso, se publicase atropelladamente, en nombre del gobierno, un decreto disolviendo la Duma y convocando la Asamblea constituyente para el 30 de septiembre próximo. Las divisas de la manifestación habían sido concebidas de modo que no suscitaran la irritación de las masas:«Paz general», «Convocación inmediata de la Asamblea constituyente», «República democrática». Ni una palabra acerca de la ofensiva ni de la coalición. Lenin preguntaba en la Pravda: «¿Qué se ha hecho, señores, de aquella confianza absoluta en el gobierno provisional? ¿Por qué la lengua se os pega al paladar?» Estas ironías daban en el blanco: en efecto, los conciliadores no se atrevían a exigir de las masas que depositasen su confianza en el gobierno de que formaban parte.

Los delegados soviéticos, después de recorrer por segunda vez las barriadas obreras y los cuarteles, en vísperas de la manifestación, dieron informes muy alentadores al Comité ejecutivo. Tsereteli, a quien estos informes devolvieron la serenidad y la afición a desempeñar el papel de mentor, se dirigió en estos términos a los bolcheviques: «Ahora tenemos ocasión de pasar revista a nuestras fuerzas de un modo franco y honrado… Ha llegado la hora de que sepamos todos a quién sigue la mayoría: si a vosotros o a nosotros.» Los bolcheviques aceptaron el reto aun antes de que fuera formulado de un modo tan imprudente. «Acudiremos a la manifestación del 19 -decía la Pravda– para luchar por las mismas consignas por las que queríamos manifestarnos el día 10.»

Pensando seguramente en el entierro de marzo, que había sido, a lo menos exteriormente, una grandiosa manifestación de unidad de la democracia, la ruta trazada para ésta conducía también al Campo de Marte, a las tumbas de las víctimas de febrero. Pero la ruta era lo único que recordaba los ya lejanos días de marzo. Tomaron parte en la manifestación cerca de cuatrocientas mil personas: muchas menos, por tanto, que en el entierro: de esta manifestación soviética no sólo estaba ausente la burguesía, aliada de los sóviets, sino que lo estaban también los intelectuales radicales, que en las otras paradas de la democracia habían ocupado un puesto tan preeminente. En sus filas formaban casi exclusivamente los cuarteles y las fábricas.

Los delegados del Congreso, congregados en el Campo de Marte, iban leyendo los cartelones que desfilaban ante ellos. Las primeras divisas bolcheviques fueron acogidas medio en broma. Era natural que así fuese; no en vano la víspera, Tsereteli había lanzado su reto con tanta firmeza. Lo malo era que estas consignas se repetían profusamente: «¡Abajo los diez ministros capitalistas!», «¡Abajo la ofensiva!», «¡Todo el poder a los Sóviets!» La sonrisa irónica fue borrándose de los rostros. Las banderas bolchevistas iban desfilando, unas tras otras, en procesión inacabable. Los delegados no las tenían todas consigo. El triunfo de los bolcheviques era demasiado evidente para negarlo. «De vez en cuando -dice Sujánov- aparecían entre las banderas y las columnas bolcheviques las divisas específicamente social-revolucionarias y soviéticas. Pero se perdían entre la masa.» Al día siguiente, el órgano oficioso del Sóviet daba cuenta del furor con que en algunos sitios habían sido destrozadas las banderas con las consignas pidiendo un voto de confianza para el gobierno provisional. En estas palabras hay una evidente exageración. Por la sencilla razón de que sólo tres pequeños grupos portaban cartelones de homenaje al gobierno provisional: eran los amigos de Plejánov, el regimiento de cosacos y un grupo de intelectuales judíos afiliados al «Bund». Este trío combinado que, por los elementos que lo integraban, producía la impresión de un hecho político raro, parecía no tener más finalidad que poner al descubierto, para que todo el mundo lo viese, la impotencia del régimen. Ante los gritos de protesta de la multitud, los amigos de Plejánov y los del «Bund» se vieron obligados a retirar los cartelones. La bandera de los cosacos que mostraron más tozudez fue, en efecto, arrebatada y destrozada por el público.

«Lo que hasta ahora no era más que un arroyuelo -comentan las Izvestia– se ha convertido en un caudaloso río, cada vez más hinchado y que amenaza con desbordarse.» Se trataba de la barriada de Viborg, cubierta toda ella de banderas bolcheviques con la inscripción: «¡Abajo los diez ministros capitalistas!» Una de las fábricas tremolaba un cartelón que decía así: «El derecho a la vida está por encima del derecho de propiedad.» Esta divisa no obedecía a órdenes del partido.

Los delegados de provincias, aturdidos, buscaban a los jefes con los ojos. Éstos rehuían la mirada o se escabullían buenamente. Los bolcheviques asediaban a preguntas a los provincianos. ¿Se parece esto, acaso, a un puñado de conspiradores? Los delegados de provincias convenían en que no, en que no lo parecían. «No pude negarse que en Petrogrado sois una fuerza -reconocían en un tono bastante distinto del adoptado en la sesión oficial del Congreso-; pero no ocurre lo mismo en las provincias ni en el frente.» Esperad, les contestaban los bolcheviques, que pronto os llegará también a vosotros el turno y se alzarán en provincias los mismos cartelones.

«Durante el desfile -escribía el viejo Plejánov-, yo estaba en el Campo de Marte, al lado de Cheidse. Por su semblante, veía que no se engañaba en lo más mínimo respecto a la significación de aquella profusión asombrosa de carteles pidiendo el derrocamiento de los ministros capitalistas. Y aun parecían subrayar deliberadamente esa significación de las órdenes verdaderamente autoritarias con que se dirigían a él algunos de los representantes leninistas que desfilaban ante nosotros con aire triunfal.»

Desde luego, los bolcheviques tenían motivos para estar satisfechos. «Juzgando por los cartelones y las divisas de los manifestantes -decía el periódico de Gorki-, la manifestación del domingo ha puesto de relieve el triunfo completo alcanzado por el bolchevismo entre el proletariado petersburgués.» Era, en efecto, un gran triunfo, obtenido, además, en la palestra escogida por el propio adversario., El Congreso de los sóviets, después de aprobar la ofensiva, aceptar la coalición y anatemizar a los bolcheviques, se aventuraba a llamar a la calle a las masas. Éstas acudían y le decían a la cara: votamos contra la ofensiva y contra la coalición; estamos al lado de los bolcheviques. Tal era el balance político de la manifestación de junio. Y se explica que el periódico de los mencheviques, iniciadores de la manifestación, preguntara melancólicamente al día siguiente: «¿A quién se le ocurrió esta desdichada idea?»

Naturalmente que no todos los obreros y soldados de la capital tomaron parte en la manifestación, como tampoco todos los manifestantes eran bolcheviques. Pero lo evidente era que nadie quería la coalición. Los obreros adversos aun al bolchevismo no sabían qué oponerle, razón por la cual su enemiga se tornaba en expectante neutralidad. No pocos mencheviques y social-revolucionarios, que aún no habían roto con sus partidos pero que habían perdido ya la confianza en sus consignas, abrazaban las de los bolcheviques.

La manifestación del 18 de junio produjo una inmensa impresión a los propios manifestantes. Las masas vieron que el bolchevismo se convertía en una fuerza, y los vacilantes se sintieron atraídos hacia él. En Moscú, Kiev, Charkov, Yekaterinoslav y muchas ciudades provinciales, las manifestaciones pusieron de relieve los inmensos avances conseguidos por los bolcheviques sobre las masas. Por todas partes surgían los mismos lemas, clavados en el mismo corazón del régimen de Febrero. Había que sacar las consecuencias de todo esto. Parecía que ya los conciliadores no tenían salida del atolladero, cuando, a última hora, vino en su auxilio la ofensiva.

El 19 de junio, la avenida Nevski presenció varias manifestaciones patrióticas organizadas por los kadetes y con retratos de Kerenski por bandera. El propio Miliukov confiesa que estas manifestaciones se parecían tan poco a la que desfilara por aquellas mismas calles el día anterior, que al sentimiento de entusiasmo se unía involuntariamente la desconfianza. ¡Sentimiento muy legítimo! Pero los conciliadores respiraron tranquilos. Su pensamiento se remontó inmediatamente por encima de las dos manifestaciones, como la esencia de la síntesis democrática. Esta gente estaba condenada a apurar hasta las heces la copa de las decepciones y de la humillación.

En abril habían chocado en la calle dos manifestaciones: la revolucionaria y la patriótica, y el choque produjo víctimas. Las manifestaciones adversas del 18 y del 19 de junio se sucedieron la una a la otra. Esta vez no llegó a estallar la pugna violenta. Pero ya no se podía evitar que estallase. Lo que se hizo fue únicamente aplazarla hasta dos semanas después.

Los anarquistas, que no sabían cómo manifestar su fiera independencia, se aprovecharon de la manifestación del 19 de junio para asaltar la cárcel de Viborg. Los detenidos, presos comunes en su mayoría, fueron puestos en libertad, sin combate ni víctimas. El ataque no cogía desprevenida, manifiestamente, a la administración, que no ofreció la menor resistencia a la agresión de los anarquistas reales y supuestos. Este enigmático episodio no tenía nada que ver con la manifestación. Pero la prensa patriótica lo mezcló todo como le convino. Los bolcheviques propusieron en el Congreso de los sóviets que se abriera una información rigurosa para averiguara como habían podido ponerse en libertad 460 presos de delitos comunes. Pero los conciliadores no podían permitirse este lujo, pues temían chocar con los representantes de la superioridad administrativa y con sus aliados del bloque. Además, no tenían el menor deseo de defender contra las calumnias malignas a la manifestación organizada por ellos.

El ministro de Justicia, Perevedzey, que unos días antes se había cubierto de oprobio en el asunto de la villa de Durnovo, decidió tomarse la revancha y, so pretexto de buscar a los reclusos evadidos, volvió a asaltar la dicha villa. Los anarquistas ofrecieron resistencia, y, durante el tiroteo que se abrió, resultó muerto uno de ellos, quedó la villa destrozada. Los obreros de la barriada de Viborg, que consideraban como suya esta casa, dieron la voz de alarma. En algunas fábricas abandonaron el trabajo. La alarma se extendió por otros barrios y hasta por los cuarteles.

Los últimos días de junio se caracterizan por un estado constante de efervescencia. El regimiento de Ametralladoras está dispuesto a lanzarse inmediatamente al ataque contra el gobierno provisional. Los huelguistas recorren los cuarteles invitando a los soldados a echarse a la calle. Una manifestación de protesta, formada por campesinos con uniforme de soldados, muchos ya canosos, recorre las calles: son hombres de cuarenta años, que exigen que les dejen marcharse a los trabajos del campo. Los bolcheviques se pronuncia contra la acción inmediata: la manifestación del 18 de junio ha dicho todo lo que tenía que decir: para obtener un cambio, no bastaba con manifestaciones, y la hora del golpe decisivo no había sonado aún. El 22 de junio, los bolcheviques dirigen un llamamiento a la guarnición: «No atendáis a las invitaciones que os hagan para que os echéis a la calle, en nombre de la organización militar.» Del frente llegan delegados que se lamentan de los actos violentos y de las sanciones de que son víctimas los soldados. La amenaza de disolver los regimientos insumisos no consigue más que echar leña al fuego. «En muchos regimientos, los soldados duermen con las armas al brazo», dice una declaración elevada por los bolcheviques al comité ejecutivo. Las manifestaciones patrióticas, no pocas veces armadas, provocan colisiones en las calles. Son pequeñas descargas de la electricidad acumulada. Ninguno de los bandos se decide a emprender la ofensiva: la reacción es demasiado débil y la revolución no tiene aún una confianza absoluta en sus fuerzas. Pero tal parece que las calles de la ciudad están regadas con materias explosivas. Flota en el ambiente la inminencia del choque. La prensa bolchevique explica y frena. La prensa patriótica exterioriza su inquietud lanzándose a una campaña desenfrenada contra los bolcheviques. El 25 de junio, Lenin escribe: «Los salvajes aullidos de furor y de rabia contra los bolcheviques son el gemido de los kadetes, los social-revolucionarios y los mencheviques por su propia impotencia. Tienen la mayoría. Están en el poder. Forman un bloque. Y ven que, a pesar de todo, no pueden nada. ¿Cómo no han de ponerse furiosos contra los bolcheviques?»

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.