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Si la Revolución Rusa es el ejemplo paradigmático de revolución triunfante, la revolución alemana es su hermana gemela negativa.

Por Juan P.

Como en el Imperio Ruso, en Alemania la crisis social producida por la I Guerra Mundial detonó la Revolución. En noviembre de 1918, los marineros de Kiel se amotinaron contra sus mandos militares para evitar una ofensiva suicida en una guerra que todos sabían perdida. La rebelión se extendió por todo el país, y en poco tiempo millones de obreros y soldados participaban de Consejos (soviets). La lucha por las reivindicaciones obreras y democráticas galvanizaban a las masas tras años de guerra y penuria.

El gobierno alemán, a la sazón una dictadura militar, consciente de que la situación era incotrolable, decidió ceder el gobierno a una izquierda “domesticada”, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que desde su apoyo a la guerra mundial habían sido integrados como “hombres de Estado”. Se proclamó la República, y las masas obreras, a pesar de su profunda agitación, aún confiaban mayoritariamente en el SPD, su tradicional partido.

El “improvisado” partido revolucionario en Alemania

Para ese momento, los revolucionarios aún no tenían un partido propio, sino que formaban el ala izquierda del partido centrista de los “socialistas independientes” (USPD). Sólo el 30 de diciembre de 1918 se fundó el Partido Comunista de Alemania (KPD). Es como si el partido bolchevique hubiera estado integrado con los mencheviques hasta casi dos meses después de la Revolución de Febrero. Sin embargo, los bolcheviques venían trabajando desde 14 años. Cuando llegó el estallido, los bolcheviques eran un partido minoritario, pero con una política sólida y una firme estructuración en la clase obrera. Esto no pasaba en Alemania, donde el KPD era muy joven e inexperto.

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Desde febrero a octubre, los bolcheviques bajo la guía de Lenin, fueron capaces de ajustar su política a medida que avanzaban los acontecimientos. A través de una sólida cadena de militantes, fueron capaces de “explicar pacientemente” a las masas cuando eran minoritarios, fueron capaces de reconducir la situación cuando en julio las masas se lanzaban a actuar prematuramente y, finalmente, fueron capaces de organizar milimétricamente la toma del poder cuando era el momento adecuado.

Los comunistas alemanes tenían una débil ligazón con la clase trabajadora. Boicotearon las elecciones, cuando la participación fue absolutamente masiva (83%), tenían gran resistencia a actuar en los sindicatos… Cuando de manera desorganizada, en enero de 1919, las masas respondían a una provocación del gobierno, se vieron arrastrados. Pero tampoco entonces fueron capaces de dar una guía al movimiento. El KPD, junto al USPD y un grupo de sindicalistas revolucionarios conformaron un Comité Revolucionario, pero no emitieron directrices claras a los cientos de miles de obreros armados que ocupaban Berlín. Las masas, desorientadas, simplemente terminaron poco a poco volviendo a casa.

La contrarrevolución a la ofensiva

El gobierno del SPD, tutelado por la oligarquía militar imperialista, no perdía el tiempo y había reconstruido unas fuerzas armadas propias, los freikorps, basados en los soldados desmovilizados tras la guerra y voluntarios de extrema derecha.

Estos freikorps fueron el precedente inmediato de las SA y SS nazis. Aprovechando el debilitamiento de la Revolución, lanzó su contraataque sin misericordia. La represión fue brutal, ahogando en sangre las principales ciudades alemanas.

Karl Liebchknet y Rosa Luxemburgo, los principales líderes comunistas, no huyeron de Berlín y allí fueron cazados. Fueron primero golpeados con saña, y luego rematados de un disparo. El cuerpo de Rosa fue lanzado un canal y no fue sino hasta 5 meses después que apareció. Ella no sólo fue una dirigente de primer nivel, sino una pensadora marxista de gran valor. Una “águila de la Revolución” en palabras de Lenin.

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El contraste entre la Revolución Rusa y la Revolución alemana, con la presencia y ausencia de un partido revolucionario construido durante años respectivamente, demuestra que la tarea de levantar un partido revolucionario no es una tarea para cuando mañana estalle la Revolución, sino para hoy, aunque todavía no haya Revolución.