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Hace tres meses está en curso un proceso revolucionario, una verdadera insurrección, en Nicaragua. Lo que comenzó como una seguidilla de protestas contra una reforma jubilatoria, exigida por el FMI, derivó en un amplio movimiento para derrocar a la dictadura que encabeza Daniel Ortega, que respondió con una represión brutal que ha costado la vida de más de 350 personas.

Por Daniel Sugasti

Justamente el martes, más de 2.000 orteguistas armados, entre el Ejército, la Policía y diversos grupos paramilitares, asediaron la heroica ciudad de Masaya, uno de los epicentros de la resistencia popular contra el régimen. El jefe policial de Masaya, Ramón Avellán, había advertido que “la orden de nuestro presidente y de la vicepresidenta (Rosario Murillo, esposa de Ortega) es ir limpiando las calles… ¡Al costo que sea!”. Hasta ahora, al menos tres personas han muerto y las fuerzas represivas están “cazando” casa por casa a los activistas.

El pasado fin de semana le tocó el turno a la Universidad Nacional de Managua (UNAN), bastión de la resistencia estudiantil al régimen, que también fue atacada brutalmente por las hordas sandinistas.

El plan de Ortega-Murrillo parece claro: “limpiar” cualquier tipo de resistencia hasta el 19 de julio, cuando la revolución sandinista cumplirá 39 años.

La forma en que el FSLN conmemorará esta fecha, asesinando sistemáticamente a su propio pueblo, puede parecer una “ironía de la historia”, pero es coherente con el tamaño de su traición. Hace mucho tiempo que Ortega y la cúpula sandinista, aquella que derrocó a Somoza pero se negó a expropiar el capitalismo siguiendo los consejos de Fidel Castro, se pasó “de las trincheras a los palacios”.  A tal punto que hoy no existe diferencias cualitativas entre el régimen de Ortega y el de Somoza, que cayó en 1979.

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Como es inevitable, este proceso revolucionario puso nuevamente a prueba a aquellos que se dicen de izquierda. Y, como hicieron con los dictadores Gadafi, Assad, y Maduro, la mayoría de la izquierda castro-chavista ahora le da la espalda al pueblo nicaragüense y se alinea vergonzosamente con su verdugo.

La Folha de São Paulo publicó declaraciones de dirigentes del PT brasileño y del Foro de São Paulo, en las que defienden a Ortega y acusan a los manifestantes de hacer parte de una “contraofensiva neoliberal”.

El PT, que traicionó la confianza que durante años le otorgó la clase trabajadora brasileña, salió del poder en 2016 alardeando que había sido víctima de un “golpe institucional” y que la tarea principal consistía en “defender la democracia”.

La dirección del PT, sin embargo, siempre supo que no hubo “golpe” alguno y que el régimen “democrático” no estaba en juego, pero ese relato le resultaba útil para polarizar el debate y, así, tratar de aglutinar lo más posible a la “izquierda” alrededor de la defensa institucional y judicial de Dilma y Lula.

Pero esta “defensa de la democracia” tiene patas cortas. Es bien “selectiva”. Cuando quienes pisotean incluso la limitada democracia burguesa y asesinan a su propio pueblo son los gobiernos “amigos” y “progresistas”, resulta que el “democrático” PT de Lula y Dilma se solidariza con dictadores como Ortega y Maduro.

Así, en la última reunión del Foro de São Paulo, que se realizó en La Habana, Dilma Rousseff, Evo Morales, y Nicolás Maduro estuvieron al frente de la defensa del asesino Ortega: “Después de tantos sucesos, sufrimos una contraofensiva neoliberal, imperialista, multifacética, con guerra económica, mediáticas, con golpes judiciales y parlamentarios, como ocurre en Nicaragua y ocurrió en Venezuela”, declaró Mónica Valente, secretaria de Relaciones Internacionales del PT[1].  

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Lo que Valente no dice, por obvias razones, es que esa guerra neoliberal en contra de los pueblos latinoamericanos, durante muchos años fue orquestada también por los dichos gobiernos “progresistas” y de “izquierda”, al más puro estilo de los gobiernos “de derecha”.

Y que exactamente esa contraofensiva neoliberal, esos ataques pro imperialistas a los derechos y a las condiciones de vida de los pueblos, el elemento clave que determinó la ruptura de clase trabajadora de nuestros países con el PT brasileño, el kirchnerismo, con el chavismo y, ahora, con Daniel Ortega y sandinismo.

Esta ruptura, aunque el inmenso aparato de propaganda de estas corrientes intente calumniar y deslegitimar asociándolo a una supuesta “onda conservadora” o a una “ofensiva del imperialismo”, es un hecho tremendamente progresivo que debe ser alentado por cualquier revolucionario.

La verdadera “ofensiva imperialista”, que en el caso de Venezuela y Nicaragua está acompañada de un tendal de muertos  y presos políticos, son los planes de ajuste, los ataques a los derechos históricos de la clase trabajadora, la entrega de los recursos naturales y empresas públicas al imperialismo, que esos gobiernos burgueses implementaron, hasta que, con razón, perdieron el apoyo de la mayoría de los pueblos del continente.

De nuestra parte, seguiremos apoyando categóricamente la lucha de la clase trabajadora, de la juventud y del pueblo nicaragüense hasta que caiga la dictadura de Ortega-Murillo.

Y decimos más: luchamos para que esa “ola”, de lucha y resistencia popular, se extienda a toda Centroamérica y al resto de nuestros países.

Estamos incondicionalmente con el pueblo nicaragüense, como estamos al lado del pueblo venezolano, en su lucha contra las dictaduras de Ortega y de Maduro. El PT y la mayoría de la izquierda castrochavista están, vergonzosamente, en la trinchera opuesta. En la práctica, colaboran con el asesinato de manifestantes. Tal es el tamaño de su traición.  

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Notas:

[1] https://www1.folha.uol.com.br/mundo/2018/07/ortega-perde-apoio-na-esquerda-latino-americana-mas-obtem-respaldo-do-pt-e-do-foro-de-sao-paulo.shtml