Compartir

En este artículo haremos una reseña crítica de los libros de Silvia Federici:  El patriarcado del salario, Críticas feministas al marxismo y, también: Calibán y la Bruja: mujeres, cuerpo y acumulación primitiva. El objetivo, todavía, no es abordar todos los aspectos contenidos en tales obras, sino su relación con el pensamiento de Marx. A pesar de eso es importante destacar que no gastaremos tiempo en mostrar que la elaboración de Silvia Federici no condice con la presentada por Marx en El Capital.

Por Gustavo Lopes Machado, del PSTU-Brasil.

Al final, la autora está plenamente consciente de eso. Su lectura busca reformular conscientemente varios aspectos centrales de la obra principal de Marx, porque estarían incorrectos. Esos aspectos tendrían como núcleo central lo que la autora denomina trabajo reproductivo. No obstante, Federici no pretende tirar por la ventana toda la obra de Marx, al contrario, parte del presupuesto de que, al menos en algunos de sus contornos fundamentales, El Capital constituye un punto de partida válido, pero que debe ser reformulado en aquello que ella considera su principal error: el papel del trabajo doméstico en el interior de la sociedad capitalista, en tanto producto genuino de esa forma social y fomentada por ella.

Lo que buscamos demostrar, en este artículo, es que, teniendo en vista los objetivos de Marx en El Capital, todas las reformulaciones y alteraciones propuestas por Federici están desprovistas de sentido.

Es importante, con todo, hacernos una alerta antes de seguir adelante. Nuestro objetivo no es, en ningún sentido, negar la opresión de la mujer relacionada a los temas de lo que Federici denomina trabajo reproductivo y trabajo doméstico. Es un hecho incuestionable y de mayor importancia que la mujer sufre brutal opresión en el ámbito doméstico en la sociedad capitalista.  Decir esto no significa, obviamente, que toda y cualquier elaboración que tenga como centro tales temas deba ser refrendada. Tomemos el caso del propio Marx como ejemplo. El surgió luchando contra innumerables concepciones socialistas que reconocían y denunciaban la explotación de los trabajadores. A pesar de eso, al comprender de forma equivocada la forma y naturaleza de esa explotación, indicaban salidas igualmente equivocadas. Es exclusivamente en ese marco que debe ser entendida la crítica que sigue de las elaboraciones de Silvia Federici.

Cabe, por lo tanto, algunos comentarios previos sobre El Capital de Marx, para que evaluemos en que medida son válidos los elementos planteados por la autora italiana.

Lo que Marx busca realizar en El Capital

Una de las críticas comúnmente dirigidas a El Capital de Marx no fue sobre aquello que él examinó y efectivamente analizó en su obra, sino sobre lo que dejó de analizar. La idea general es la siguiente: ya que está en análisis el modo de producción capitalista, todo aquello que envuelve este modo de producción debería estar allí contenido. Si fuese ese el caso, el empeño de Marx sería, evidentemente, imposible.

En El Capital, Marx no está preocupado en analizar ninguna realidad particular, local o nacional. No le preocupa la Inglaterra o la Francia del siglo XIX, ni cualquier otro caso. Su análisis posee mayor alcance: son los aspectos necesarios del modo de producción capitalista, presentes en todo lugar y tiempo en que domina ese modo de producción. Esos aspectos son doblemente importantes para un autor que tiene por finalidad de su obra, y vida, la destrucción de ese modo de producción Principalmente por dos razones.

En primer lugar, porque tales aspectos, al figurar en toda y cualquier forma capitalista de sociedad, deben ser tenidos en cuenta en todo y cualquier análisis particular. En segundo lugar, muestran qué lazos deben ser necesariamente disueltos si queremos destruir esa forma de sociedad. Es porque el capitalismo se desarrolla sobre la base de esas relaciones universales y necesarias que se vuelve no solo posible, sino necesario, una organización socialista mundial, con el objetivo de destruir esta forma de organización también mundial, llevando en cuenta todas las particularidades cuando aplicado a un contexto particular, pero sin jamás perder de vista la base universal sobre la cual se desarrolla cada particularidad.

Tomemos un ejemplo. Preocupa a Marx en El Capital estudiar y comprender la explotación del trabajo en el capitalismo. En particular, la plusvalía. ¿Qué tipo de relaciones posibilitan al capitalista obtener el trabajo excedente de los trabajadores que emplea, aún partiendo del presupuesto de que capitalistas y trabajadores aparezcan en el mercado como personas jurídicamente libres, cada cual vendiendo su mercancía por su valor? ¿Como de un intercambio de equivalentes, un trueque entre valores iguales, puede surgir explotación? La solución de ese problema aclara como el capitalismo funciona y se reproduce en todo y en cualquier lugar y en cualquier momento del tiempo.

Es claro que la producción de plusvalía irá a ligarse a otras especificidades locales e históricamente desarrolladas de modo de permitir su pleno desarrollo. El análisis de esos rasgos específicos, por ejemplo: la cuestión indígena y negra en Brasil, la división de los trabajadores en distintas nacionalidades en diversos países, son igualmente importantes. Pero para entender como tales aspectos influyen en la dinámica de la producción de plusvalía, precisamos primero comprender la plusvalía. Es esta la tarea de El Capital: desvelar la estructura general y universal del modo de producción capitalista, de modo de servir de base para todos los demás análisis de ese modo de producción.

Veamos apenas algunas de esas categorías universales y necesarias que Marx desarrolla en el Libro I de El Capital:

MERCANCÍA → VALOR → TRABAJO ABSTRATO → DINERO → CAPITAL → CLASE TRABAJADORA y CLASE CAPITALISTA → PROCESO DE VALORIZACIÓN DEL VALOR → PLUSVALíA ABSOLUTA → COOPERACIÓN INDUSTRIAL → PLUSVALÍA RELATIVA → FORMA SALARIO→ ACUMULACIÓN DE CAPITAL → EjÉRCITO INDUSTRIAL DE RESERVA y así en adelante. 

¿Será que a esas categorías debería ser agregada aquella del trabajo reproductivo? Es lo que sostiene Silvia Federici. Veamos en que consiste su argumento.

El Capital en pedazos

La tesis de Silvia Federici es la siguiente: Marx abordó sólo la separación del campesinado de la tierra, su separación de los medios de producción, volviéndolos aptos para vender su fuerza de trabajo como mercancía, no obstante, no habría visto otra faceta de la cuestión: el trabajo reprodutivo1. Esto último dice respecto al trabajo de producción y reproducción de la fuerza de trabajo, desarrollado en el ámbito doméstico, por el trabajo no asalariado mayoritariamente femenino. En resumen, Marx no habría considerado el trabajo que posibilita que la clase trabajadora se reproduzca como tal, en el sentido de volver a trabajar después de ser consumidos en las fábricas u oficinas. No sería algo pre-capitalista, sino un desarrollo de la sociedad capitalista, aún no totalmente desarrollado en los tiempos de Marx, cuando el trabajo doméstico y la familia nuclear estaban incipientemente desarrolladas.

¿Sería correcta esa crítica de Federici? Para que tengamos mayor claridad a este respecto, haremos algunas consideraciones sobre el modo como ella interpreta y analiza la obra de Marx.

Es importante tener claro que Marx no sale por ahí creando conceptos de ningún tipo. Cuando analiza y expone la plusvalía o la acumulación de capital, Marx no crea tales conceptos. Lo que él hace es traducir conceptualmente ciertos tipos de relaciones reales y necesarias que se dan en el interior del modo de producción capitalista. Por eso, los conceptos no son una elección de nuestra cabeza, sino definidos en el interior de este modo de producción. Pero en todo su libro, la autora italiana desconsidera esos aspectos. Antes de buscar comprender esa conexión interna, ella toma la obra en pedazos, sin conectar cada una de sus partes, asumiéndolas o descartandolas de modo de justificar lo que irá proponer en la secuencia. Tomemos un ejemplo modelar, en ese sentido.

En su libro El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo, Federici dice:

SI EL TRABAJO REPRODUCTIVO SÓLO PUEDE SER MECANIZADO EN PARTE, EL PROGRAMA DE MARX POR EL CUAL LA EXPANSIÓN DE LA RIQUEZA MATERIAL DEPENDE DE LA AUTOMATIZACIÓN Y LA CONSECUENTE REDUCCIÓN DEL TRABAJO NECESARIO SON INTERRUMPIDOS, PORQUE EL TRABAJO DOMÉSTICO Y, PRINCIPALMENTE, EL CUIDADO DE HIJOS, CONSTITUYE LA MAYOR PARTE DEL TRABAJO EN ESTE PLANETA. EL MISMO CONCEPTO DE TRABAJO SOCIALMENTE NECESARIO PIERDE MUCHA DE SU FUERZA DE CONVICCIÓN. ¿COMO DEFINIR EL TRABAJO SOCIALMENTE NECESARIO CUANDO EL MAYOR Y MÁS INDISPENSABLE SECTOR LABORAL DEL MUNDO NO ES SIQUIERA RECONOCIDO COMO PARTE ESENCIAL DEL CONCEPTO? ¿Y QUÉ CRITERIOS Y PRINCÍPIOS GOBERNARÍAN LA ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO ASISTENCIAL, SEXUAL Y PROCREATIVO, CUANDO ESAS ACTIVIDADES NO SON CONSIDERADAS PARTE DEL TRABAJO SOCIALMENTE NECESARIO? (PAG. 91)

Como se ve para Federici, el concepto de trabajo socialmente necesario en cuanto medida del valor pierde mucha de su eficacia cuando no consideramos el trabajo reproductivo, ya que no tomaría en cuenta el mayor sector laboral del mundo. Tal sector sería poco afectado por la automatización, además de ser gratuito y, por lo tanto, no valorado por el tiempo de trabajo socialmente necesario. Ese concepto debería ser, por lo tanto, reformulado o, talvez, incluso dejado de lado.

Lea también  Con la política del gobierno, crecen el coronavirus y la miseria

Pero veamos. ¿De qué exactamente está hablando Silvia Federici? ¿Qué es el tiempo de trabajo socialmente necesario? Es la medida del valor de las mercancías que se encuentran y se equiparan unas con las otras en el mercado. Su medida surge del hecho de que al compararse unas a otras, las mercancías se reducen, en la realidad, a una única substancia común que hay entre ellas: el trabajo genérico abstracto, medido por unidades de tiempo. Siguiendo el propio argumento de Federici, el trabajo reproductivo sería el “productor” de la mercancía fuerza de trabajo. Ocurre que la autora ignora que el valor de las mercancías no es determinado por el valor de la fuerza de trabajo. Tanto es así que, en Brasil colonia, fue posible producir mercancías para la sociedad capitalista, cuyo valor es medido por el tiempo de trabajo socialmente necesario, con trabajo esclavo. Aunque Federici tenga razón y la fuerza de trabajo fuese producida por la actividad por ella denominado trabajo reproductivo, eso no alteraría en absolutamente nada la medida del valor de las mercancías, por el simple hecho de que tal medida no es determinada por el valor de la fuerza de trabajo. Veamos más detenidamente esta cuestión.

Cuando Marx examina la medida del valor de las mercancías en el Capítulo I de El Capital, la mercancía fuerza de trabajo aún no surgió, ella irá a aparecer recién en el capítulo 4. Y eso tiene una razón de ser. De acuerdo a la exposición de Marx, el valor de la fuerza de trabajo no interfiere en absolutamente nada en la medida del valor de las mercancías, porque esa medida, las mercancías poseen en sí mismas, objetivamente, conforme el tiempo socialmente necesario de trabajo para producirla. Estemos atentos al hecho de que la fuerza de trabajo no hace parte de la inmensidad de mercancías que el capitalista acumula como capital. La fuerza de trabajo es propiedad del trabajador, es una capacidad interna suya y materialmente inseparable de él mismo. El capitalista no compra la propiedad de la fuerza de trabajo del trabajador, sino su derecho de uso por determinado tiempo. El valor de la fuerza de trabajo no altera, por lo tanto, en absolutamente nada el elemento de medida de los valores de las mercancías, el tiempo de trabajo socialmente necesario, cuyo proceso se da independientemente del valor de la fuerza de trabajo2.

¿Pero Federici acompaña y comenta ese procedimiento expositivo de Marx? No. ¿Ella muestra las equivocaciones en la demonstración de la medida del valor de las mercancías? Absolutamente no. Ella únicamente hace alusión a que en esa medida se empleó la palabra “trabajo”: “tiempo de trabajo socialmente necesario” y como Marx dejó fuera uno de esos tipos fundamentales de “trabajo”, el trabajo reproductivo, infiere que la determinación de la medida de valor está incorrecta.  Pero, ¿Federici muestra como este trabajo reproductivo determina el valor de las mercancías? Ni una sola línea a este respecto.

Pasa que quien define lo que es el trabajo en el modo de producción capitalista no es la cabeza de Marx o de cualquier otra persona, sino el propio modo de producción capitalista. No es nuestra elección. Allí, el trabajo, aquel que valoriza el valor del capitalista individual, es el consumo da fuerza de trabajo en el proceso de producción de mercancías. No es el gasto genérico de energía, no es la realización de una actividad cualquiera, ni tampoco cuán importante tal actividad es para el propio capital. Pero Federici responde a esta cuestión de un modo un tanto y cuanto extraño. Dice ella:

CABE RESALTAR QUE, AL AFIRMAR QUE EL TRABAJO QUE REALIZAMOS EN CASA ES PRODUCIÓN CAPITALISTA NO ESTAMOS EXPRESANDO EL DESEO DE QUE ESTE SEA LEGITIMADO COMO PARTE DE LAS “FUERZAS PRODUCTIVAS”. EN OTRAS PALABRAS, NO ES UN RECURSO AL MORALISMO. SOLAMENTE DEL PUNTO DE VISTA CAPITALISTA, SER PRODUCTIVO ES UNA VIRTUD MORAL, AUN UN IMPERATIVO MORAL. DEL PUNTO DE VISTA DE LA CLASE TRABAJADORA, SER PRODUCTIVO SIGNIFICA SIMPLEMENTE SER EXPLOTADO. (PAG. 32-33) (DESTACADO NUESTRO).

Confesamos que incrédulos leemos la presente frases varias veces. El subjetivismo que la domina, y en otras tantas frases, es asombroso. Ella dice no “tener el deseo” de legitimar el trabajo reproductivo como parte de las fuerzas productivas.  Pero no son los deseos de Silvia Federici que nos interesan. Queremos saber, como y de que forma el trabajo reproductivo se presenta objetivamente como trabajo para el capital y lo valoriza. Pero ella denomina este procedimiento de “moralismo”. ¿Cómo es eso?  ¿Significa que la acumulación de capital no existe? ¿Que es un mero producto moral del capitalismo? En la frase siguiente, queda un poco más claro, en la medida de lo posible, lo que pasa por la cabeza de nuestra autora. Ser parte de las fuerzas productivas es un análisis “del punto de vista capitalista”. Ella está interesada en el “punto de vista de la clase trabajadora”. Este procedimiento puede hasta parecer ser muy revolucionario, pero es bien lo contrario. Veamos.

Ciertamente es posible ver la forma social en que vivimos del “punto de vista de la clase capitalista” y también “del punto de vista de la clase trabajadora”. Pero no se trata, de forma alguna, de un análisis subjetivo del proceso visto bajo dos puntos de vista diferentes. Para Marx “el punto de vista de la clase trabajadora” es aquel que permite ver la sociedad capitalista en su conjunto, sin tapar una única parte, pues la clase trabajadora no tiene nada que esconder en función de la propia posición que ocupa objetivamente. El “punto de vista del capitalista”, no obstante, ve el proceso únicamente desde el punto de vista de la circulación de mercancías, esfera superficial de la valorización del capital, esfera en que él actúa como agente directo en la infinita búsqueda de valorización de su capital. Pero para Federici la situación es bien diferente. “El punto de vista del capitalista” es un pedazo del proceso. El “punto de vista de la clase trabajadora” es otro pedazo. La ciencia que ella propone hacer es aquella que pega el pedazo que le interesa y apetece teniendo en vistas sus intereses subjetivos.

De la perspectiva de Federici, “ser productivo significa simplemente ser explotado”, ya que ser parte de las “fuerzas productivas” es el pedazo que corresponde al punto de vista del capitalista. Con este procedimiento extrañísimo, la autora tira a la basura de un solo saque todo el análisis de Marx del funcionamiento interno de la sociedad capitalista y retiene algo absolutamente genérico: ser explotado, algo que no es suficiente siquiera para distinguir el trabajador asalariado de un esclavo o siervo. De ahí ella puede partir para su análisis específico del trabajo reproductivo, desconectado de cualquier aspecto determinado de la forma de sociedad que se propone analizar.

Finalmente, el trabajo reproductivo

De nuestra parte, y siguiendo la perspectiva de Marx, que toma el conjunto de la sociedad y no un pedazo como siendo “el punto de vista de la clase trabajadora”, la noción de trabajo reproductivo está equivocada por dos motivos principales:

  1. no es trabajo.
  2. no es reproductivo.

Veamos, en primer lugar, el hecho del trabajo reproductivo no ser trabajo en la función específica que cumple en el interior de la forma de sociedad capitalista. En esa forma de sociedad, el trabajo es el consumo de la fuerza de trabajo que puede ser vendida abiertamente en el mercado en cuanto tal. Sin el consumo de la fuerza de trabajo no hay valor, no hay plusvalía, no hay acumulación de capital y todo el resto. Al colocar las cosas de ese modo, no se pretende hacer un juicio moral de si esto es bueno o malo, de cuales actividades son de mayor o menor importancia, sino de entender como la sociedad funciona. Actividades de lo más despreciables en cuanto a su finalidad, si son realizadas en la forma del consumo de la fuerza de trabajo vendida, por lo tanto, son, para el capital, trabajo. De la misma forma, actividades de las más nobles y relevantes si son realizadas fuera de esa relación, por ese motivo, no son trabajo en una perspectiva capitalista.

Como vimos, lo que Federici denomina trabajo reproductivo no es vendido en el mercado, sino ejercido de forma opresiva en el ámbito doméstico. Queda claro, por lo tanto, que, para transformar tales actividades en trabajo, Federici precisa crear un concepto de trabajo como siendo mero gasto de esfuerzo y energía en una actividad cualquiera. Al hacerlo, le quita carácter histórico al concepto de trabajo y no lo considera en su forma capitalista, sino genéricamente y a-históricamente.  Pero pasa que eso contradice frontalmente los objetivos de la autora: ella quiere mostrar que el trabajo reproductivo es el motor de la sociedad capitalista y una forma típica de ese modo de producción, pero para hacerlo precisa conceptuar el trabajo de forma a-histórica e genérica. A tal punto que tal concepto de trabajo, así desnudado de su forma histórica específica, podría ser aplicado para las actividades de cualquier individuo en toda y cualquier forma social del pasado. Si consideramos del punto de vista del capital y del capitalismo, resta constatar que no existe trabajo doméstico, excepto cuando se vende su fuerza de trabajo como trabajador(a) doméstico.

Lea también  ¿La pandemia era inevitable? Lecciones anticapitalistas sobre las zoonosis

Pero no es solamente eso. El trabajo reproductivo de Federici tampoco es reproductivo. Es impresionante que Silvia Federici escriba páginas y más páginas sobre sobre el hecho del trabajo doméstico no ser asalariado. Y habla constantemente de la dictadura del salariato. Pero ella olvida comentar que el salario es exactamente la porción de capital que garantiza la subsistencia de la clase trabajadora. Mas aún. Diferentemente del trabajo doméstico, esta es la condición necesaria que posibilita al trabajador sobrevivir en esta forma de sociedad. Cualquier familia de trabajadores deja de existir sin el salario. En el capitalismo, esta es la condición necesaria de su subsistencia y, no sin razón, “del punto de vista del trabajador”, es el elemento fundamental a ser revolucionado, sin el cual no hay transformación socialista concebible. Por otro lado, el trabajo doméstico no es condición necesaria para la reproducción de la fuerza de trabajo de los trabajadores, sino una condición contingente y, por ese motivo, no tendría porque aparecer como una categoría específica en El Capital de Marx.

¿Por qué motivo, entonces, Federici denomina tales tareas de trabajo reproductivo? Ella utiliza el termino reproductivo en el sentido de la reproducción individual del trabajador, esto es, “el complejo de actividades y relaciones por medio de las cuales nuestra vida y nuestro trabajo son reconstituidos diariamente’’ y no en el sentido de la reproducción de la forma de organización social. El termino trabajo, como ya analizamos, aparece en el sentido genérico y abstracto de gasto de energía y cerebro en una actividad cualquiera. En ambos casos, ella abstrae de la forma social capitalista en que se dan tales actividades. ¡Atención! Federici, en todo momento, busca, con toda razón, indicar que esos elementos anteriormente indicados son producto específico e impactan directamente en la sociedad capitalista. Pero al hacerlo, ella, contradictoriamente, abstrae el aspecto social e histórico de su concepto de trabajo reproductivo. Esto es así porque ella precisa dejar afuera exactamente el nexo social que une los individuos al conjunto de la sociedad: la compra y venta de la fuerza de trabajo paga en la forma de un salario. Ella hace una condena meramente moral al salario, “la dictadura del salariato”, y no lo incorpora objetivamente a sus categorías. Ahí se encuentra el centro de todas las confusiones que en sus libros se van multiplicando en cada página.

Pero en este momento el lector puede preguntarnos: ¿Al negar la categoría del trabajo reproductivo, dónde entran entonces las tareas domésticas del trabajador? ¿Significa que ellas no poseen ninguna relevancia? Absolutamente no. En la medida que es una actividad no paga realizada en el ámbito doméstico, ella reduce el valor de la fuerza de trabajo. No es responsable por su reproducción (por eso no eso no es reproductivo), pero interfiere en su valor. No en el valor de las demás mercancías, sino únicamente en el valor de la propia fuerza de trabajo. El valor de la fuerza de trabajo, a su vez, interfiere en la porción de la riqueza a ser distribuida entre trabajadores y capitalistas. Cuanto mayor el valor de la fuerza de trabajo, menor la plusvalía (o ganancia) y viceversa.

Dicho esto, el lector aún podría preguntarnos: ¿Pero, si las tareas domésticas reducen el valor de la fuerza de trabajo, al ser una actividad gratuita realizada por las mujeres en el ámbito doméstico, no se deduce que él es algo importante al intervenir en la porción de valor que el capitalista acumula en la forma de capital?

La respuesta es afirmativa. Ciertamente el trabajo doméstico interfiere en la magnitud de la plusvalía, siendo, por lo tanto, algo muy relevante. Sucede que en El Capital Marx no está estudiando todo aquello que es importante.  Si fuese ese el caso la tarea de esa obra sería imposible y cada capítulo abriría otras 1000 páginas sobre aspectos relevantes y que interfieren en la acumulación de capital.  La cuestión es: ¿el trabajo doméstico es una condición necesaria para la acumulación de capital? Evidentemente no.

El trabajador vende su fuerza de trabajo, pero es la utilización de esta fuerza que crea valor. El capitalista, en cuanto comprador de esta mercancía específica, puede, en principio, consumirla a su gusto y extender su consumo para más allá de los limites necesarios al pago de la mercancía que compró. Esto es, puede extender el uso de la fuerza de trabajo más allá de lo necesario al pago del salario y extraer de ahí un excedente, la plusvalía.   Así, sea cual fuera el valor de la fuerza de trabajo, más bajo o más elevado en función, por ejemplo, del trabajo doméstico, el capitalista puede extender la jornada de trabajo para más allá de lo necesario al pago de esa fuerza de trabajo y, así, obtener una plusvalía y dar marcha al proceso de acumulación de capital. No hay ningún motivo para insertar la categoría de trabajo doméstico en El Capital, ya que ella no es condición necesaria para su reproducción. Y, de hecho, Silvia Federici argumenta a respecto de lo relevante del trabajo doméstico en la sociedad capitalista, su extensión y alcance, su papel específicamente capitalista y su desarrollo histórico.  No obstante, en ningún lugar ella demuestra que sea un elemento necesario para la reproducción de capital, ni demuestra su vínculo directo con el proceso de reproducción de capital.

El mismo problema que analizamos arriba se propaga, en seguida, en diferentes niveles de las elaboraciones de Federici. Por ejemplo, su crítica de que Marx no trató del problema del trabajo doméstico en el capítulo de la Acumulación Originaria. Pero, lo que Marx busca en ese célebre capítulo no son todos los procesos históricamente específicos que hicieron parte de la formación del modo de producción capitalista. Marx no pretende hacer la historia del surgimiento del capitalismo en ese célebre capítulo.  Él busca sus presupuestos necesarios, conforme la investigación anterior ya indicara: la liberación de los trabajadores de todos los medios de producción, de un lado, y su acumulación en el polo opuesto. Ese proceso que presupone la expropiación violenta de la masa de trabajadores de todos los medios de producción. A esos procesos analizados por Marx ciertamente podríamos listar otros que también se dieron durante el período de formación del capitalismo. Esos procesos podrían poblar decenas y decenas de nuevos libros.  Pero Marx no está preocupado con eso en ese momento de su elaboración. Busca los presupuestos necesarios y no aquellos históricamente contingentes. Por eso mismo, la crítica de Silvia Federici de que Marx no analizó el papel del trabajo doméstico en el surgimiento del capitalismo no procede, ya que ella no demuestra que sería preciso insertarlo en tanto un momento necesario para la formación del capital.

La importancia del debate

¿Por qué tal debate es importante? ¿Sería una mera disputa conceptual sin ninguna importancia? No es, definitivamente, el caso. No es por mero preciosismo teórico que Marx procura en El Capital aquellas relaciones necesarias en el proceso de reproducción del modo de producción capitalista. Tales relaciones necesarias son aquellas que deben ser reconfiguradas si queremos caminar para más allá del modo de producción capitalista, con las llagas y opresiones que le son propias. Al dejar fuera de El Capital la categoría de trabajo reproductivo, la conclusión a que llegamos no es que el problema sea menor. La cuestión es que, si tenemos por objetivo superar esa forma de sociedad, la cuestión del trabajo doméstico jamás podrá ser tomada de forma aislada y despegada de las demás relaciones necesarias y estructurales del capital y del capitalismo. No sin razón, una de las principales consignas de la AIT es la “supresión del trabajo asalariado”.

Observemos que eso no hace que la consigna de “supresión del trabajo doméstico” sea de menor importancia. Pero desautoriza, del punto de vista da clase trabajadora y de la destrucción de la sociedad capitalista, su uso aislado como eje y centro de la intervención, porque aisladamente ella no conduce invariablemente a la necesidad de destrucción de esa forma de sociedad. Y esta vinculación de las tareas domésticas a las determinaciones de la compra y venta de la fuerza de trabajo no es una opción para los marxistas. Es el propio capitalismo que las vincula objetivamente, en función de la forma como funciona y se organiza. Pero este aspecto es pasado de largo en el análisis de la autora italiana, pues, según ella, no es su deseo hacer esa vinculación.

Lea también  Debate con el PO (Tendencia) | Trotskismo revolucionario, los calumniadores y el oportunismo

Pensamos, al contrario, que independiente de nuestros deseos, nosotros tenemos que tomar en cuenta la realidad tal como ella es, para trazarnos entonces nuestra intervención. No es el caso de hacer una elección subjetiva de cual opresión es más importante: la doméstica o la asalariada. Es el caso de entender como todo eso se articula dentro de la forma de sociedad en cuestión. En este análisis vemos que el trabajo asalariado es condición necesaria de ese modo de producción. El trabajo doméstico, a su vez, destinado de forma opresiva a las mujeres, fragmenta la clase trabajadora: un polo que realiza el trabajo doméstico y otro que se beneficia de el. De ahí que su combate es fundamental para la unidad de la clase. No se trata de una conclusión moral y utilitaria, sino objetiva.

El moralismo está en buscar combatir algo porque este algo sería un “mal en sí” sin que entendamos la base que lo posibilita, así como las posibilidades reales de destruirlo. Si aislamos el trabajo doméstico estaremos moviéndonos aún en el interior de las determinaciones contingentes del capital – lo que puede abstractamente ser y lo que puede abstractamente no ser en el interior de ese modo de producción – y jamás en el campo revolucionario. En ese sentido, lejos de mejorarlo, lo que Federici realiza es una ruptura con el marxismo, su programa, finalidad y medios.

E importante aquí abrir un paréntesis para profundizar la cuestión. Innumerables otros aspectos interfieren en la magnitud del valor de la fuerza de trabajo. Todos esos aspectos son relevantes, deben ser tenidos en cuenta en la intervención política específica de las organizaciones marxistas, pero no por eso hacen parte de las determinaciones necesarias del capital, de sus condicionantes estructurales. Por ejemplo, el desarrollo histórico y cultural de un dado pueblo determina o no la inserción de ciertos productos como necesidades de consumo, causando una enorme diversidad nacional de los salarios, que varían de país para país en conformidad con tales necesidades. De ahí no se infiere que la reivindicación por un cierto padrón de consumo y vida de la clase trabajadora (por ejemplo, un padrón brasileño de consumo similar al europeo) sea, en sí, una lucha por la destrucción de la sociedad capitalista. De la misma forma, los preconceptos de todos los tipos entre sectores de la clase de distintas nacionalidades y razas comúnmente rebajan el valor de la fuerza de trabajo de la clase trabajadora en general y de los sectores oprimidos con mayor intensidad. Es la misma situación. Esto hace de esas reivindicaciones específicas una cuestión de vida o muerte para una organización marxista, pero de forma alguna una reivindicación que debe ser tomada de forma aislada, como si fuese en sí misma anti-capitalista, socialista y revolucionaria.

Una síntesis de las debilidades en el análisis de Federici

Para concluir, nos gustaría ser bastante sinceros al respecto de las elaboraciones de Federici a las que tuvimos acceso. Ellas padecen de los siguientes problemas:

  1. No acompaña internamente los argumentos de Marx que son centro de su crítica, sino que los deja afuera ya en la largada como correspondiendo a la porción de la realidad ligada “al punto de vista del capitalista” o porque simplemente no es su deseo investigar este o aquel aspecto. Por ejemplo: ¿cómo el trabajo doméstico podría interferir en el “tiempo de trabajo socialmente necesario” de las mercancías? No hay ningún desarrollo en ese sentido.
  2. Ignora puntos centrales que herirían de muerte su tesis: como el papel del salario como condición necesaria de reproducción de la fuerza de trabajo. Si ella tomase en cuenta este aspecto, ¿cómo quedaría su demonstración de que la fuerza de trabajo es producida y reproducida por el trabajo doméstico? Ella simplemente no considera el papel del salario en el modo de producción capitalista y se enfoca unilateralmente en el hecho de él servir de base para la opresión doméstica.
  3. Hace críticas a Marx por no haber tratado varios temas particulares en El Capital, sin problematizar porque ellos deberían ser tratados teniendo en vista sus objetivos en esa obra. Marx no buscó escribir una megalomaníaca obra que trata de todo lo que envuelve el capitalismo, sino estudiar el capitalismo en cuanto un todo.
  4. Apela recurrentemente para la extensión cuantitativa de un determinado aspecto de la realidad (como la extensión del trabajo doméstico) sin problematizar a fondo el papel cualitativo que este aspecto cumple en la realidad capitalista. Es como si la extensión hablase por si sola y eliminase la necesidad de examinar su dimensión cualitativa.
  5. Recurrentemente, utiliza el artificio de apropiarse de ciertas nociones de Marx para fundamentar sus teses. Pero lo hace en forma a- histórica. Por ejemplo, reduciendo el papel del trabajo en el capitalismo a la explotación de un individuo sobre el otro, permitiendo así encuadrar el trabajo doméstico en ese concepto tornándolo abstracto y a-histórico.
  6. Confunde la importancia empírica del tema con su papel en cuanto determinación necesaria del modo de producción capitalista, este último el objetivo de Marx en su obra.

Concluyendo, creemos que Federici detecta muy honestamente el problema del trabajo doméstico y tiene una voluntad sincera de atacarlo. Pero su subjetividad impide, en la mayoría de las veces, un tratamiento científico y objetivo de la cuestión. Su trabajo trae informaciones empíricas e históricas interesantes, pero estas son contaminadas por la ausencia de criterios objetivos claros en el desarrollo del tema y por la propensión a llegar, cueste lo que cueste, a las determinadas conclusiones.  No vemos tal trabajo como científicamente serio y creemos que no agrega mucha cosa al tema y problemas que propone del punto de vista de los conceptos que reformula y critica.

La gran dificultad de tratar de su obra es que la explicitación de su debilidad conceptual puede hacer parecer que el problema por ella planteado es poco relevante. Debemos alertar que este no es el caso. El problema que aborda es de gran importancia, pero la forma como ella lo hace es frágil teóricamente, sin criterios objetivos claros, con una coherencia artificialmente forjada al insertar en el análisis solo los elementos que le interesan teniendo en vista sus objetivos. Del punto de vista de su crítica a los conceptos descubiertos y desarrollados por Marx en su obra principal debemos decir con todas las letras que su trabajo no tiene absolutamente nada a agregar.

Referencias

Federici, Silvia. El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo. Madrid: Traficantes de sueños. 2018.

Federici, Silvia. Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de sueños. 2004.

Notas

1 La primera elaboración de ese concepto, en verdad, pertenece al trabajo conjunto de Mariarosa della Costa y Selma James: “Women and the Subversion of the Community” (Las Mujeres y la Subversión de la Comunidad): https://libcom.org/files/Dalla%20Costa%20and%20James%20-%20Women%20and%20the%20Subversion%20of%20the%20Community.pdf

2 Cabe resaltar que un manuscrito de Marx publicado posteriormente con el título de “Salario, precio y ganancia” es un discurso pronunciado en la AIT justamente para refutar la idea de que la magnitud de los salarios interfiere en el valor de las mercancías.