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Sus voces resonaron en las calles de la Palestina ocupada y en la diáspora, al unísono, desafiando la fragmentación de su sociedad hace 72 años (desde la Nakba, la catástrofe palestina con la creación del Estado de Israel en 1948 mediante una limpieza étnica planificada) e inspirando la lucha de las mujeres en todo el mundo. Sin poder encontrarse en su propia tierra por el apartheid israelí, extrapolaron las fronteras coloniales con el llamado “Palestina libre, mujeres libres.” “No hay honor en el asesinato”.

Por: Soraya Misleh

La acción, articulada por el recién creado movimiento feminista palestino Tali’at, se dio a partir de agosto de 2019, en protesta por el asesinato de la joven Israa Ghrayeb por parte de sus familiares. A los 21 años de edad, ella es una de las decenas de víctimas de feminicidio en su tierra ocupada por Israel en el año – los números varían de 18 a 34, dependiendo de las fuentes consultadas. El movimiento, capitaneado por jóvenes mujeres, ganó apoyo en  el mundo y arrancó cambios en una arcaica ley que obstaculizaba el castigo para casos como este, bajo el manto de “crímenes de honor”. En las redes sociales, el hashtag “Somos todas Israa” estuvo entre las principales del período.

La visibilidad internacional, tan importante para denunciar y exigir el fin del feminicidio, desgraciadamente en este caso, sin embargo, también trajo distorsiones.

Vino acompañado de posts y noticias que reproducían desconocimiento, falsos estereotipos y caricaturas sobre las mujeres palestinas y árabes en general, particularmente sobre las musulmanas.

La respuesta viene de Hala Marshood y Riya Alsanah, jóvenes que integran el Tal´at, en un artículo de su autoría publicado en febrero último en la página Web de la asociación  Europe Solidaire Sans Frontières: “Desafiando los estereotipos racistas y orientalistas, las mujeres del Medio Oriente y Norte de África están a la vanguardia de la lucha por la construcción de una sociedad más justa e igualitaria. Mientras nosotras escribimos, las mujeres están ocupando plazas y marchando por las calles del Irak devastado por la guerra, determinadas a desempeñar un papel activo en la definición de su futuro. En el Líbano, las mujeres no salieron de las calles, rompiendo bancos, reclamando los derechos de los refugiados sirios y palestinos y dándonos educación en tiempo real del feminismo revolucionario en la práctica. Feministas en todo el mundo están incorporando y articulando movimientos que ven la opresión sistemática y estructuralmente arraigada en el capitalismo, cruzada con raza, sexualidad, colonialismo y ambientalismo. En suma, un feminismo que va más allá de las demandas basadas en el género individual, instándonos a luchar por un mundo más justo y equitativo para todos. Tal’at forma parte de esa tradición feminista revolucionaria.”

Y agregan: “El movimiento está moldeado por la experiencia de más de siete décadas de violencia colonial israelí. Como Pueblo somos despojados de nuestros derechos y necesidades más básicos. (…) Esta realidad nos obliga a analizar las experiencias de violencia –en sus diversas formas– como una cuestión social y política que debe ser tratada en la raíz y colectivamente (…) Además de representar una amenaza directa a la vida y a la reproducción social, para fortalecer todavía más su control, Israel trabajó estratégicamente para aplastar y fragmentar a los palestinos social, política y económicamente. (…) No se trata de un pedido de reforma institucional, sino de profundizar la comprensión de la relación entrelazada entre la colonización y las manifestaciones de la opresión social. Además, la policía, como las mujeres de todo el mundo saben, no es nuestra protectora o aliada; mucho menos cuando forma parte de una estructura colonial que entiende que los palestinos son sujetos a ser vigilados y controlados; y esto tanto la policía de Israel como la de la Autoridad Palestina entrenada por EE.UU, con un papel primordial de reprimir a los palestinos en interés del colonizador.”

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Feminismo anticolonial

Como lo expresan las jóvenes activistas, la resistencia de las mujeres palestinas muestra al mundo que ellas no están ajenas a las luchas antimperialistas, anticoloniales. No son sumisas por naturaleza, no son una masa uniforme escondida atrás de los velos que les son impuestos, como generalmente los medios hegemónicos las presentan; y parte del movimiento feminista de “Occidente” corrobora, al fundarse en estereotipos.

Bajo el manto de que tales mujeres precisan ser salvadas de su sociedad y cultura natales, acaba sirviendo a la dominación colonial. Un feminismo liberal que no divisa la relación entre explotación y opresión de género. Que ve necesariamente un símbolo de opresión en el velo islámico (que únicamente las musulmanas usan, pero no todas). El problema no es que lo usen, sino su imposición.

La ideología que impregna esas acciones contrapone un “occidente” de civilizados y pacíficos a un “oriente” de bárbaros y violentos por naturaleza, como lo denuncia el intelectual palestino Edward Said (1935-2003) en su obra “Orientalismo – El Oriente como invención de Occidente”.

De acuerdo con esa representación, como pueblos atrasados, no pueden autogobernarse, deben ser temidos y, por lo tanto, controlados; vale decir, colonizados. Contra tal caricatura, en Palestina y en el mundo árabe como un todo, se insurge el llamado “feminismo anticolonial”, que traba una lucha contra la opresión machista y la colonización simultáneamente. Considera la emancipación de género inseparable de la liberación de Palestina. Critica y deconstruye las representaciones orientalistas, reduccionistas y generalistas, y llena el vacío de un movimiento que desvía la mirada hacia las relaciones de poder que son fundadoras de la opresión de género. Parte de la desconstrucción propuesta por el feminismo anticolonial –que armoniza con vertientes como los feminismos antirracistas e islámicos– es rescatar el protagonismo de las mujeres árabes y musulmanas en la Historia.

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Línea de frente

Como señala la feminista egipcia Nawal El Saadawi, en “La cara oculta de Eva – La mujer en los países árabes”, ellas fueron pioneras en la resistencia a los primeros asentamientos sionistas a fines del siglo XIX –al servicio de la colonización de tierra y conquista del trabajo, que integraban el proyecto sionista de limpieza étnica para la conformación de un estado exclusivamente judío en Palestina (Israel). Ya en 1903, período que marca el comienzo de la segunda ola de inmigración sionista, crearon una asociación de mujeres.

En los años 1920, su actuación se fortaleció y formaron varios comités populares para articular protestas y demás acciones de desobediencia civil, así como garantizar auxilio a heridos en manifestaciones. En 1921, conformaron la primera Unión de Mujeres Árabe-Palestinas, que organizó protestas contra el mandato británico, la colonización sionista y la Declaración Balfour –en la que Inglaterra garantizaba la constitución de un hogar nacional judío en tierras palestinas.

De las letras a los campos de batalla, las mujeres utilizan las armas de que disponen. Hace 73 años, Nariman Khorsheed (1927-2014) fundó en la ciudad de Yafa – junto con su hermana Moheeba – la primera brigada femenina palestina, denominada Al Zahrat al-Uqhuwan (Flores de Crisantemo), para luchar contra la expulsión de sus tierras por parte de las fuerzas paramilitares. En 1948, surgieron otras brigadas femeninas e incluso un grupo mixto, de 100 combatientes, liderado por Fatma Khaskiyyeh Abu Dayyeh. En la revolución palestina de 1936-1939 contra el mandato británico y la colonización sionista – cuyas causas y análisis de la derrota explica Ghassan Kanafani en su libro “A revolta de 1936-1939 en Palestina” “La revuelta/rebelión de 1936-1939 en Palestina) (Editora Sundermann) –, ella estuvo al comando depósito de las armas de los revolucionarios.

En ese período, las mujeres organizaron grandes marchas y comités populares. Además de promover protestas, recaudaban fondos para asistir a las familias de los muertos y presos y ayudaban en el transporte de insumos básicos y armas. En las aldeas, luchaban lado a lado con los hombres para defender sus tierras. Una de esas heroínas es Fatma Ghazal, muerta en combate el 26 de junio de 1936.

Ante la consolidación del proyecto sionista, en 1965, fue creada la Unión General de las Mujeres Palestinas, vinculada a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). A fines de los años 1960 y principios de los 70, muchas mujeres se volcaron a la acción directa ante la omisión internacional a la violación cotidiana de derechos humanos y la expansión israelí, que en 1967 resultó en la ocupación por parte de esa potencia bélica de toda la Palestina histórica. La más conocida en todo el mundo es Leila Khaled. Entonces con solo 24 años, participó del secuestro de aviones a cambio de prisioneros políticos y puso en evidencia la causa palestina. Fue detenida en una de las acciones y salió tras otra operación de ese tipo.

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En las intifadas (levantes) de 1987-1993 y 2000-2004, nuevamente las mujeres fueron a las calles. En la primera, para entender la proporción, la tercera parte de las bajas era femenina. El número de mujeres detenidas pasó de centenas a principios de la década de 1970 a millares en los años 1980. Desde 1967, se estima que 10 mil pasaron por las cárceles políticas israelíes – y enfrentaron a la tortura institucionalizada, con incluso amenazas y violencia sexual. Hoy son 41, incluyendo a jóvenes menores de 18 años, de un total de cerca de 5 mil palestinos en las cárceles sionistas.

Son heroínas desconocidas y en su mayoría invisibilizadas por la historia, como ocurre en todo el mundo, en todos los procesos de lucha. La opresión ocurre aquí y allá, al servicio de un proyecto de dominación capitalista/imperialista.

Ellas – así como todo el conjunto de la sociedad palestina– necesitan la solidaridad internacional activa rumbo a la Palestina libre, del río al mar; no de “salvamento”.

Los movimientos feministas en la región son anteriores a los de EE. UU y Europa, como nos cuenta la feminista egipcia Nawal El Saadawi en su libro “La cara oculta de Eva – Las mujeres del mundo árabe”. Traban una doble lucha, contra la opresión machista y la colonización. Para que todas seamos libres.

Traducción: Miriam Dolagaray