Compartir
Después de un día exhaustivo de trabajo, la operadora de Telemarketing, L., se encontró con su enamorada D., de 21 años, y tomaron un ómnibus. Cansadas, pero felices por encontrarse, las dos hacían planes para el fin de semana, los cuidados de la hija y el cumpleaños de la madre.
 
La conversación hizo eco por todos lados, por eso, las mujeres ni se incomodaron cuando un hombre pidió silencio. Pensaron que no era con ellas, hasta que, minutos después, de forma más dura, el sujeto se volteó a exigirles silencio.
 
La brutalidad del preconcepto
 
El sujeto les mandó a callarse la boca, comenzó a insultarlas de “cabritas”. Indignadas, las dos respondieron a los improperios. Algunas personas intervinieron, tratando de alejar al agresor. Así y todo, descontrolado, el hombre saltó encima de L. con un puñetazo.
 
Al defender su rostro, el puñetazo alcanzó el brazo de L. El hombre fue contenido y el viaje interrumpido en el medio de una avenida que lleva a la periferia de Sao Paulo. Después de alguna discusión, cuando ya era casi medianoche, un pasajero decidió servir como testigo y el ómnibus siguió con el agresor y las mozas hacia el puesto policial más próximo. Pero, los problemas de L. y D. estaban lejos de terminar.
 
En el puesto, después de mucha espera, las jóvenes fueron informadas de que nada podría hacerse allí. Contando apenas con la solidaridad del cobrador, del chofer y del testigo, que las acompañaban, las dos decidieron, entonces, seguir a una comisaría. Y, llegando allá, lo que se vio fue más una desatención homofóbica.
 
Con la clara intención de hacer que ellas desistiesen de registrar la denuncia, los policías les hicieron esperar varias horas, conversaron, de manera particular con el agresor y con las víctimas, presionándolas a no registrar la queja, afirmando que aquello no pasaba de un “malentendido de ómnibus”.
 
Al percibir que L. y D. estaban dispuestas a luchar por sus derechos, los policías se volvieron más enfáticos y apelaron, afirmando que el agresor era un “ciudadano” sin problemas policiales, un trabajador que, ciertamente, tenía una familia y toda una vida que preservar: “Piensen bien antes de actuar contra él, ustedes pueden perjudicar la vida del hombre para siempre, piensen en él, no sean irresponsables.”, decía uno de los policías.
 
Una segunda agresión: los brazos del Estado
 
Todo el lamentable episodio (que aún no llegó a su fin) es ejemplar de lo que llamamos lesbofobia, la versión “femenina” de la homofobia: el “horror y el miedo” provocados en los reaccionarios y conservadores al ver a dos mujeres juntas. Es la lesbofobia que está por detrás de la agresión y, también, de la defensa, por las “autoridades” de los “derechos” de un agresor “ciudadano de bien”, pisoteando el de las dos mujeres que osaron “subvertir el orden” de las cosas. La opresión contra las mujeres es doble contras las mujeres lésbicas.
 
Decididos a no acatar la denuncia y la caracterización de “crimen de odio”, los policías dijeron que – toda vez que ellas insistían en registrar la denuncia – solamente L. podría hacerlo, ya que era la única que tenía marcas en su cuerpo. Y, pasando por encima, impusieron “condiciones”: D. no debería ser mencionada y no podría acompañar a su enamorada que, agitada, estaba en lágrimas, durante el testimonio.
 
Lo que vino después fue una escena ya conocida por todos, el de tratar de denunciar casos de homofobia, racismo o machismo. L. fue censurada: las palabras machismo y homofobia sepultabas el y el escribiente se rehusó a incluir el preconcepto y la discriminación en el Registro de Ocurrencia. D. no apareció ni como víctima ni como testigo tampoco. Sólo fue aceptado el testimonio de un hombre, algo que, según un policía, era “mejor para las muchachas, porque el testimonio de un hombre tiene más validez, más peso, es más coherente y más racional”.
 
Victimadas por una segunda agresión, esta vez herida por los brazos del Estado, L. y D. se sintieron alcanzadas por una revuelta mezclada con los sentimientos de vulnerabilidad, impotencia e irrespeto. Un dolor que ellas tuvieron que llevar a casa, solas, ya en los albores de la mañana.
 
Persistentes y encallecidas por todo lo que tuvieron que enfrentar para estar juntas, con una hija, ellas incluso quisieron ir a la Decradi (Delegación de Crímenes Raciales y Delitos de Intolerancia), pero este “brazo” del Estado es más lento, no funciona 24 horas por día y no atiende a los fines de semana y feriados (justamente en los horarios y días en que suceden la mayoría de los casos). Además de estar lejos de la periferia, en el centro de la ciudad.
 
La responsabilidad del gobierno
 
En conversación con Opinión Socialista, D. dijo que la marca que quedó de la historia fue la rebeldía por “haber sido agredidas física y verbalmente sólo porque somos lesbianas y, en segundo lugar, no tenemos ni el derecho de denunciar eso. Quedé muy disgustada.”
 
Lo peor es que esta no había sido la primera agresión sufrida por las dos. Y, lamentablemente, ellas no son las únicas. ¿Cuántas otras L. y D. acabaron gravemente heridas o muertas en el país? La lesbofobia casi nunca es documentada por el Estado. Es invisible en las estadísticas.
 
Combinación absurda de machismo y homofobia, la situación vivida por L. y D. es, prácticamente, institucionalizada por el Estado burgués. Tanto por su fuerza represiva, representada por la policía, como por sus poderes judicial y legislativo, que se rehúsan a condenar y castigar la homofobia.
 
Hoy, el gobierno de Dilma también se rehúsa a tomar alguna actitud para revertir esa situación. O peor: a través de acuerdos espurios con aliados aún peores, ayuda a bloquear iniciativas que podrían disminuir el preconcepto, como fue el caso del “kit anti-homofobia” y la mutilación del PLC 122 (proyecto de ley por un Brasil in homofobia, de Marta Suplicy, setiembre 2011). El gobierno federal es testigo silencioso de toda la humillación, en tanto hace coro con la bancada religiosa que predica abiertamente el odio.
 
Vale recordar que esta impunidad está siendo salvaguardada por una mujer en la presidencia y por gente que ya condenó todo eso. El resultado no podía ser otro: lesbianas, principalmente las de la clase trabajadora, como L. y D., siguen vulnerables a las agresiones y otras formas de discriminación.
 
Y, ante esto, sólo nos resta una alternativa: la organización independiente, al lado de los demás oprimidos y explotados, y la lucha sin tregua para cambiar esa situación. La lucha para barrer toda forma de discriminación contra LGBT’s, juntamente con todos los obstáculos que impiden nuestro acceso a condiciones de trabajo, de salud, de educación, de transporte y seguridad que nos permita, de hecho, ejercer la libertad.
 
Es para entablar esta lucha y ayudar a construir esta sociedad, que el PSTU, desde su fundación, tiene su Secretaría de Gays, Lésbicas, Bisexuales, Travestis y Transgéneros y, a través de sus militantes, impulsa la organización.
 
Brasil: campeón de asesinatos de homosexuales
 
2011 – 251 homicidios*
2010 – 260 homicidios
2009 – 198homicidios
 
Fuente: Grupo Gay de Bahía.
*Datos preliminares.

Lea también  Aborto: un derecho a decidir por el que mujeres y hombres debemos pelear juntos

Babi Borges es miembro de la Secretaria LGBT del PSTU

 
Traducción Laura Sánchez