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Es inevitable pensar que una pandemia como el Coronavirus, con la magnitud e importancia que ha tomado, no trastoque la vida cotidiana del mundo entero. Este virus solo viene a empeorar la ya terrible situación de las mujeres trabajadoras en el mundo.

Por Isabel Morales y Ruth Díaz

Para las mujeres de los sectores populares y más empobrecidos, esto solo empeora el hecho de seguir haciéndonos cargo de las tareas domésticas y del cuidado de la familia, pero ahora en condiciones mucho más extremas y en algunos casos el día completo, lo cual nos genera más frustración, angustia y enojo, que vienen a sumarse a la falta de recursos para afrontar la situación de crisis económica que recae sobre la mayoría de la sociedad.

El sufrimiento cotidiano de las tareas domésticas.

Un factor determinante en el empeoramiento de las condiciones de vida del encierro obligatorio es la imposición de garantizar todas las tareas domésticas y de cuidados al instante. Esta imposición esta naturalizada y, por lo tanto, silenciada, y en contexto de aislamiento obligatorio por la pandemia, es en muchos casos al 100%.

Antes del Coronavirus, según cifras mundiales de la ONU “Las mujeres dedican entre 1 y 3 horas más que los hombres a las labores domésticas; entre 2 y 10 veces más de tiempo diario a la prestación de cuidados (a los hijos e hijas, personas mayores y enfermas), y entre 1 y 4 horas diarias menos a actividades de mercado”[1]. Por supuesto que esta estadística computa a mujeres que trabajan fuera del hogar, ya sea en relación de dependencia o no, y que luego al regreso deben hacerse cargo de las tareas domésticas, el cuidado de niños, ancianos, familiares discapacitados, etc.

Estas cifras empeoran a medida que las condiciones económicas y los recursos son más escasos. En el caso de mujeres de sectores medios o profesionales que trabajan fuera del hogar, se contrata a otra mujer pobre en condiciones informales, muchas veces inmigrante, lo cual fortalece y reproduce la feminización de estas tareas y genera sobre esas mujeres situaciones de mayor explotación y precariedad laboral.

Sea como sea, al acceder al mundo del trabajo las mujeres también nos hacemos cargo de una doble jornada laboral, doble carga de responsabilidades y, en el caso de las tareas del hogar, sin límites de tiempo ni tampoco una remuneración, de la cual gozamos en el caso de un trabajo por fuera, por mínimo que sea.

De todas maneras, se sigue naturalizando la idea arraigada de que las tareas domésticas y de cuidados son propias de la mujer y que esa sería su función primordial en esta sociedad. No es casual que la mayoría de los empleos a los cuales accedemos en el mundo del trabajo estén relacionados con esto: docentes, enfermeras, cuidadoras, trabajadoras de limpieza, etc.

Tener en mente las múltiples tareas de la organización del hogar[2] como su realización efectiva lleva demasiado tiempo que nosotras no podemos utilizar para otras actividades: el trabajo bajo relación de dependencia, el estudio o la formación, la cultura o el ocio. Las mujeres que tienen jornadas extenuantes en las fábricas, limpiando casas de familia o atendiendo pequeños comercios no “descansan” al llegar al hogar, y si bien en muchos casos sus compañeros también corren la misma suerte de vivir para trabajar, en general los varones al despreocuparse de estas tareas pueden “desconectar” con una cerveza o mirando fútbol en sus escasos tiempos libres. Como si no fuera demasiada carga, la sociedad nos impone que ante todo esto permanezcamos sonrientes y amorosas, y seamos las sostenedoras afectivas en situaciones difíciles, como por ejemplo esta coyuntura que el mundo hoy atraviesa.

Pero lamentablemente, esto es más grave aún para aquellas mujeres pobres que son jefas de hogar, que solas deben sostener sus casas, que deben soportar la campaña mundial de aislamiento social, mientras siguen siendo condenadas a trabajar en las fábricas, a viajar hacinadas en transportes públicos y a sufrir por no poder “quedarse en casa” y cuidar a la familia. Ellas siguen exponiéndose al virus, llevándolo a sus casas y cargando con las tareas del hogar a su regreso.

El capitalismo nos oprime para ganar más y más

Las tareas domésticas y de cuidados son embrutecedoras y opresivas, cuando se realizan en el ámbito privado porque se reproducen día a día a lo largo de la vida, y en cada rol asumido: como hijas, esposas, madres, abuelas, etc. El cumplimiento de estas tareas tan extenuantes es funcional al sistema capitalista que, sin invertir un centavo para que éstas se cumplan, de igual modo garantiza la mínima supervivencia de las familias sobre todo de los sectores obreros y populares, garantizando que día a día quienes deben salir a trabajar, lo puedan hacer. Y así, seguir siendo explotados fuera de nuestros hogares, en una rueda sin fin que solo enriquece a los patrones del mundo.

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Mucho se debate al respecto sobre la naturaleza de estas tareas, y la mayoría de las salidas que proponen hasta los sectores más radicales del feminismo son de más confinamiento y mayor aislamiento de las mujeres con salarios o reconocimientos económicos de manera individual por este trabajo. Esta pandemia ha demostrado que las soluciones para los servicios esenciales deben ser estatales, deben tener un contenido social y colectivo, pero que el capitalismo no está dispuesto a hacerlo. Las ganancias capitalistas están por encima de las necesidades de salud, vivienda o alimentación de la humanidad. Si las tareas domésticas y de cuidados fueran socializadas, garantizadas por el estado, además de funcionar mucho más eficientemente, no arrojaría a las mujeres al embrutecimiento, el confinamiento y la precarización de su fuerza de trabajo. [3]

Aunque la consigna de visibilización de estas tareas es levantada por grandes masas femeninas en el mundo, las únicas que viven una situación sin salida son las trabajadoras y pobres, (las que acceden a una mejor situación económica pueden contratar a otras mujeres para que carguen con estas denigrantes tareas) y por eso la solución a esto es y debe ser una tarea de toda la clase obrera en la lucha por cambiar este sistema de opresión y explotación.

Muchas mujeres pobres, en su mayoría inmigrantes o negras, cargan sobre sus espaldas con las tareas que las mujeres con dinero no quieren hacer, son en pleno siglo XXI modernas esclavas que llevan el nombre de trabajadoras. Ellas reciben salarios de hambre, y tienen un nivel de informalidad altísimo. Trabajan muchas horas y muy lejos de sus hogares, pero las que aún están peor son las que conviven con sus empleadores para los que están a disposición las 24hs del día. En esta situación de pandemia son las que más sienten los efectos y son tratadas como mercancías y no como personas. Fue tremendo el caso en Argentina de un matrimonio que “ingresó” a su empleada doméstica en el baúl del auto para que no los sancionen por romper la cuarentena, o el trágico desenlace que tuvo una trabajadora en Río de Janeiro, que murió por coronavirus porque su jefe que había viajado a Italia la contagió.

La precariedad del empleo las ha dejado sin ingresos ante la restricción y nadie se hace cargo de eso, aunque muchas son obligadas a trabajar en estas circunstancias y sin medidas de protección. Las empleadas “con cama” han quedado en muchos casos confinadas en el trabajo alejadas de sus familias y sin ningún espacio para el descanso.

No es una pregunta sin respuesta por qué sucede todo esto: es el capitalismo sin ninguna mascara, que utiliza todo tipo de opresión (racial, cultural, étnica o sexual) para exprimir hasta la última gota de nuestro sudor y a costa de nuestras vidas, seguir llenando los bolsillos de los dueños del mundo, que ya nada necesitan, pero lo quieren todo, aun nuestras vidas.  Por eso, no hay salida para los sectores populares y para la clase trabajadora dentro de este sistema, puesto que nuestros intereses son totalmente opuestos a los de esa clase que parasita sobre nuestra existencia.

Aislamiento y empeoramiento de la opresión

En esta situación de riesgo mundial y aislamiento obligatorio en muchos países del mundo por la pandemia del Coronavirus, la situación no hace más que empeorar: empobrece a los más pobres y, sobre todo en estos sectores, a las mujeres. La “feminización de la pobreza” se acentúa y, ante el paro que implica para muchos trabajadores y trabajadoras que no cobraran un salario si no trabajan, la pelea por la supervivencia se pone a la orden del día.

La mayoría de las y los trabajadores a nivel mundial viven en condiciones absolutamente precarias y superpobladas, las expresiones más brutales quizá se reflejan en India, en las gigantescas favelas de Brasil o en los barrios de Venezuela. Pero en todo el globo hay millones de personas en las condiciones más inhumanas de vida, donde el acceso al agua, principal elemento de sanidad para evitar la trasmisión del Covid-19, es inexistente.

En estos lugares, las mujeres debemos hacernos cargo de “cuidar” a las familias, ante un discurso generalizado de responsabilidad individual de la enfermedad en lugar de las necesarias obligaciones de los estados. Allí no hay aislamiento posible, hay hacinamiento y pobreza, hay hambre y desesperación. Somos nosotras las que debemos elegir cómo mueren nuestros hijos y familia, si de Coronavirus, de hambre o reprimidos por los gobiernos que militarizan a la población pobre en nombre de la salud.

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Hay una parte considerable del planeta que está en aislamiento, que se vio obligada a quedarse en la casa y eso conlleva muchos trastornos sicológicos y situaciones emocionales dificultosas. Sin embargo, somos sobre todo las mujeres las que estamos además obligadas socialmente a garantizar la atención de todas las orbitas de trabajo familiar: garantizar el alimento a pesar de los pocos recursos que se tenga, la educación dentro de la casa (ya que las escuelas fueron cerradas en la mayoría de los países) , la atención de ancianos que no deben salir a  la calle por ser población de riesgo pero que necesitan aún más cuidados de lo normal (sin ningún tipo de ayuda estatal para esta tarea), la limpieza exhaustiva de la casa para evitar mayores riesgos de contagio, la contención psicológica de los miembros de la familia y un largo etcétera.

Capítulo aparte debe ser la mención de la situación de las mujeres y menores que sufren violencia en el hogar. La declaración de cuarentena obligatoria ha sido en muchos casos una sentencia carcelaria para nosotras. La convivencia forzada con los agresores y abusadores es tremendamente dolorosa. Las cifras informadas por las líneas de ayuda en Brasil, Argentina o España muestran un aumento de las denuncias de violencia desde la cuarentena. También se ha registrado un récord de pedidos de divorcio en China ahora que empiezan a levantarse las medidas de aislamiento. Las políticas, programas y presupuestos de todos los países son totalmente insuficientes y las mujeres están ahora confinadas y más expuestas en la supuesta seguridad de su hogar.

¿Y si no es el capitalismo, la nada?

Ante esta situación extrema, las revolucionarias estamos convencidas que hay mucho que aun necesitamos conseguir exigiéndole a nuestros gobiernos. En nuestro horizonte, el mejor ejemplo a seguir sigue siendo el del Estado Obrero que se pone en pie luego de la Revolución Rusa de 1917, donde se destruyeron las viejas leyes que ponían a las mujeres en situación de desigualdad jurídica respecto de los hombres y donde las tareas domésticas y de cuidados fueron socializadas creando lavanderías, comedores, guarderías, y todo tipo de institución para aliviar a las mujeres de las embrutecedoras tareas. Solo de esta manera ellas pudieron estar al frente de la construcción del Estado Obrero, gigantesca tarea que el estalinismo abortó luego, tirando por la borda las conquistas logradas.

Nos queda una sola conclusión posible: no hay estado ni gobierno dentro de este sistema (por más democrático que nos pueda parecer) que tome la tarea de la liberación de las mujeres respecto a su desigualdad material y lleve esa tarea hasta el final. No es posible conseguir esto dentro del capitalismo, tal como quieren convencernos amplias y extensas variantes del feminismo. Aunque valoramos cualquier pequeña conquista en nuestros derechos que las mujeres seamos capaces de conseguir dentro de este sistema, éstas siempre serán insuficientes y estarán permanentemente amenazadas. Más aún cuando ahora el capitalismo intenta salvarse a sí mismo de una crisis extrema como la que pone de relieve esta pandemia. Es tan simple como comprender que, si privilegian sus ganancias, nosotras nunca seremos libres de estas tareas, así como el conjunto de los trabajadores tampoco lo serán del yugo de la explotación que pesa sobre su cabeza durante toda su vida.

La necesidad de políticas públicas, recursos financieros y estatización de servicios esenciales a la población son mencionadas por nosotras y por muchas corrientes feministas, sin embargo, nuestras estrategias para conseguirlo son muy distintas. Hay quienes aseguran que eso será conseguido con el empoderamiento individual de algunas mujeres que acceden a cargos públicos, que si nosotras vamos “conquistando” espacios de poder todas las mujeres estarán mejor, pero de nada ha servido que Angela Merkel dirija el Estado Alemán, que Cristina Kirchner sea vice presidenta en Argentina o que las empresas tengan mujeres en los directorios, porque en este momento todas ellas mandan a las trabajadoras a morir al defender la producción antes que la salud de la población. No hay aumento de presupuesto en las áreas de violencia de género en ninguno de esos países o por ejemplo el “gabinete femenino y feminista” del gobierno español no garantiza salarios y subsidios para las trabajadoras domésticas que están sin trabajo, ni organiza espacios de cuidado garantizados por el estado para los adultos mayores.

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Tampoco se muestra eficaz la pelea que plantean los sectores separatistas del feminismo, esa lucha que implica “combatir a los hombres” y hacer acciones de manera independiente no son opción en este momento. Para que las mujeres y toda la población pobre no muera en esta pandemia, debemos enfrentar a los hombres y mujeres capitalistas que no les importa nuestras vidas, porque ante esta situación mundial la respuesta no puede ser sólo femenina.

Más que nunca, es preciso seguir peleando a pesar del Coronavirus

Es necesario entonces, que más que nunca el conjunto de la clase trabajadora y no sólo las mujeres, peleemos, para que las tareas de cuidados sean de responsabilidad social y pasen a ser garantizadas por los distintos gobiernos ahora y cuando pase esta crisis. En primer lugar, urge garantizar una cuarentena para el conjunto de la población, no solo para aquellos que puedan pagarla como un privilegio. Que todo el mundo cobre su salario completo en el caso de tener empleo y garantizar el cobro de un salario medio para todas las personas que no lo tienen, para poder sostener el paro de actividades. Esta exigencia es parte fundamental de las necesidades de las familias trabajadoras.

Se necesita poner todo un presupuesto acorde para que nuestros ancianos pobres, los mayores afectados por el Coronavirus, no sean enviados a sus casas a morir porque no tienen para pagar una atención privilegiada, y el sistema público de salud en muchos lugares del mundo, o prácticamente no existe o ya ha colapsado. Son justamente también las mujeres enfermeras o cuidadoras informales las que en sus empleos o en las casas, más se arriesgan ahora al ejercer esos cuidados con casi ningún tipo de prevención. Queda absolutamente claro que el cuidado de enfermos y ancianos es una tarea casi exclusivamente femenina. ¡Que los distintos gobiernos se hagan cargo de la atención y recuperación de todos los enfermos, no solo de quienes pueden pagarlo!

Por eso exigimos que la urgencia mundial y el dinero sean puestos en la salud pública y no en salvar los beneficios de las grandes empresas, en garantizar las condiciones de trabajo necesarias para el personal de cuidados y de salud, así como también para que sigan funcionando y se instalen mayor cantidad de lugares específicos donde se puedan recuperar nuestros enfermos y ancianos. Es necesario también garantizar alimento a la población y distribución con medidas de higiene y seguridad sanitaria.

Todas estas medidas aliviaran la carga que las mujeres tenemos sobre nuestras espaldas, pero es necesario también que los hombres de la clase trabajadora reflexionen y cambien las costumbres y hábitos que perpetúan la opresión, es preciso que repartan las tareas en el hogar, que se dispongan a dividir la carga con nosotras y a que combatan las presiones machistas sobre ellos mismos. Solo así, desde la colaboración mutua y la pelea contra el machismo que nos divide como explotados podremos empezar a organizarnos con nuestros compañeros de la clase trabajadora en la gran tarea política que tenemos por delante: cambiar de raíz este sistema egoísta e injusto, para poner en pie el socialismo, único camino para la liberación final de la humanidad completa.

Notas:

[1] https://www.unwomen.org/es/what-we-do/economic-empowerment/facts-and-figures

[2] https://www.clarin.com/entremujeres/genero/trabajo-domestico-invisible-deteriora-bienestar-salud-mental-mujeres_0_Gx_tyhz0z.html

[3] https://litci.org/es/menu/opresiones/mujeres/el-trabajo-domestico-en-la-revolucion-rusa/