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El filme “Las Sufragistas” (suffragettes) vale una bella polémica. La película narra la historia, o un momento de la historia, de la lucha de las mujeres inglesas por el derecho al voto. Lucha esta muy progresiva y que sirvió para avanzar en la emancipación de las mujeres y en la igualdad jurídica en relación con los hombres. Y, en el caso de las mujeres trabajadoras, como decía Clara Zetkin, estar en pie de igualdad con sus compañeros de clase para luchar contra el capitalismo.

Por: Maria Costa y Jerónimo Castro

En la trama, una joven obrera, casada y madre de un hijo, se envuelve lenta y a regañadientes (al principio), y luego de forma apasionada y decidida, pese a los riesgos y consecuencias en su vida personal y su empleo, con la lucha de las mujeres inglesas, en el comienzo del siglo pasado, por el derecho de votar.

El filme está marcado por escenas de denuncia al machismo y a la desigualdad de las mujeres en relación con los hombres, que marcaron aquella época pero que son mucho más actuales de lo que algunos imaginan. Las agresiones, las humillaciones, el asedio sexual y la desigualdad en la relación entre las parejas aparecen aquí y allí como un telón de fondo, pero también como una denuncia y al mismo tiempo una explicación de por qué la joven Maud (Carey Mulligan) se envuelve cada día más con la lucha por el voto. Esa denuncia, extremadamente actual, es sin duda la parte más progresiva del filme.

En la historia se va mostrando cómo todos los hombres, el patrón que la asedia, el marido obrero y sus compañeros que la desprecian y están en contra de su lucha, el policía que la golpea y los políticos que la engañan, son sus enemigos. El filme, dicho sea de paso, tiene apenas dos personajes masculinos con buenas actitudes, el hijo del personaje principal, que es un niño, y el marido de Edith Ellyn (Helena Bonham Carter).

Al mismo tiempo, las mujeres del filme forman un frente donde casi todas son luchadoras heroicas y abnegadas, y en la mayoría de los casos solidarias entre sí. Desde Emmeline Pankhurst, la noble burguesa que dirige la lucha de las mujeres, pasando por Edith, la farmacéutica radical, hasta la propia Maud, una obrera fabril.

En fin, el filme retrata cómo una comunidad de mujeres unidas enfrentaron, con las armas que fueron precisas, a una sociedad machista… y la derrotaron. Nada más actual. En realidad, ahí está la clave para entender el filme, su actualidad.

Hombres contra mujeres

En el inicio del filme se narra que “esta es la historia de un grupo de trabajadoras que adhiere al movimiento suffagette”. No obstante, en poquísimos momentos los problemas de estas mujeres son asociados al hecho de que son explotadas; la mayoría de las veces son asociados al hecho de ser mujeres o de la que la ley privilegia a los hombres.

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Esa perspectiva de que los problemas de todas las mujeres devienen de su condición de mujeres tiene varias consecuencias: una de ellas es la visión de que todos los hombres son enemigos, pues de conjunto estos se benefician de la opresión de las mujeres.

La narrativa del filme parte de esa lógica fundamental, es una lucha de hombres contra mujeres. Las mujeres quieren votar. Los hombres están en contra. Cada grupo de manera más o menos consciente. Maud dice eso claramente en un momento del filme: “Nosotras quebramos ventanas, nosotras quemamos cosas porque la guerra es el único lenguaje que los hombres entienden; ustedes nos pegan, nos traicionan y no nos resta nada más (…)”.

Hay algunas otras escenas categóricas sobre esto. Cuando Maud es asediada y despedida por su patrón por su participación en los actos de las sufragistas, y reacciona alcanzándolo con un hierro caliente en la mano, un obrero va en su socorro y más tarde, su marido también apoya al patrón. La escena, a pesar de rápida es lapidaria; ambos se apoyan en la opresión a la mujer. Otra escena en el final del filme pasa el mismo mensaje. Maud rescata a una joven obrera que sufría asedio sexual y la lleva para ser empleada doméstica en la casa de una burguesa que en algún momento había participado de la lucha de las sufragistas. O sea, una buena patrona, que sin duda, en la lógica del filme, será mejor que un mal patrón. Es un hecho que dejar de ser asediada en el lugar de trabajo es una conquista importantísima, pero no cambia su condición fundamental de explotada, y siendo así, temprano o tarde podrá volver a ser asediada.

Como dijimos antes, dos personajes masculinos son dignos de nota por no ser “malos”. El primero es el hijo de Maud, que es un niño, y con quien ella tiene una fuerte relación afectiva, en contraposición al padre, también obrero, que es mostrado en el filme como displicente, al punto de entregar el hijo para adopción. El otro, es el marido de Edith Ellyn, un farmacéutico que apoya la lucha de las sufragistas.

Hay un detalle, en realidad una serie de ellos, sobre la contraposición de estos dos personajes, el marido obrero de Maud y el marido farmacéutico de Edith Ellyn. Uno es un obrero, el otro un pequeñoburgués. El obrero es incapaz de ser parte de la lucha por el derecho al voto, por el contrario, el pequeñoburgués se integra en un papel subalterno a las luchas de las mujeres. El obrero rechaza siempre la lucha de su compañera y termina por expulsarla de la casa. Pero, hay una escena en la que Edith Ellyn es encerrada en una sala de su casa para que no vaya a una manifestación especialmente peligrosa. Quien la encierra es su marido, que obviamente hace eso por amor. Sorprendentemente, en la escena siguiente el personaje reaparece al lado de este mismo marido que, en última instancia, puede decidir a qué actividades ella va y a cuáles no.

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Un mensaje a-clasista y a-histórico de la lucha de las mujeres

El mensaje que el filme pasa es que como de fondo no existen diferencias entre los problemas de las mujeres trabajadoras y los de las mujeres burguesas, todas las mujeres deben unirse en torno a sus propios intereses, independientemente de la clase social a la que pertenezcan. Ellas y solamente ellas, y todas ellas juntas van a resolver sus problemas. En el rincón opuesto del ring están los hombres, ellos, y todos ellos, son los beneficiarios de la opresión y de la explotación de las mujeres, son los enemigos.

Esa lectura, que es muy actual y compartida por la mayoría de los movimientos de mujeres, separa la sociedad en “géneros”, masculino y femenino. Puede hasta parecer cierto, pero es falso.

Esa visión, feminista, de la realidad es opuesta a la visión marxista que dice justamente lo contrario, o sea, que los intereses fundamentales de los individuos en la sociedad y sus miembros giran alrededor de la clase en que ellos nacen y no del sexo a que ellos pertenecen. Es por eso que Clara Zetkin decía:

“Por eso, la lucha por la emancipación de la mujer proletaria no puede ser una lucha semejante a la que desarrolla la mujer de la burguesía contra el hombre de su clase; por el contrario, la suya es una lucha unificada a la del hombre de su clase contra la clase de los capitalistas”.[1]

Por otro lado, si los problemas no son de clase, entonces pueden resolverse en los marcos de la democracia burguesa. En su discurso, Emmeline Pankhurst es categórica: “Estamos luchando por un tiempo en que cada niña nacida en este mundo tenga una oportunidad igual a sus hermanos. (…) No queremos ser infractoras, queremos ser legisladoras (…) yo incito a las mujeres de esta reunión y de toda Gran Bretaña a la rebelión”. Esta es una perspectiva que sirve a las mujeres burguesas, que al ser detentoras de los medios de producción, sus problemas materiales ya están resueltos, luego, solo basta con cambiar la ley. Para las mujeres trabajadoras es diferente, no basta la igualdad en la ley, pues la condición fundamental que determina su desigualdad es la explotación y no la opresión. Para las obreras no basta una ley que permita el divorcio, necesita que sean garantizadas las condiciones materiales que le permitan vivir de forma decente sin la renta complementaria de un marido.

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Además, hay un aspecto a-histórico en esta versión de los hechos: ninguna unidad policlasista trajo jamás beneficios duraderos a los sectores subalternos que los apoyaron. Todo frente policlasista es la antesala de la derrota de los explotados que lo componen, sean del sexo, raza, nacionalidad, religión u orientación sexual que sean. En ese sentido, hacemos nuestras las conclusiones de Clara Zetkin sobre la lucha.

“Las proletarias no deben contar, por lo tanto, con el apoyo de las mujeres burguesas en la lucha por sus derechos civiles; las contradicciones de clase impiden que las proletarias puedan aliarse con el movimiento feminista burgués. Con eso no queremos decir que deban rechazar a las feministas burguesas si ellas, en la lucha por el sufragio universal femenino, se pusieran a su lado y bajo su dirección para combatir en los frentes al enemigo común. Sin embargo, las proletarias deben ser perfectamente conscientes de que el derecho de voto no puede ser conquistado mediante una lucha del sexo femenino sin discriminaciones de clase contra el sexo masculino, sino solamente con la lucha de clases de todos los explotados, sin discriminación de sexo, contra todos los explotadores, también sin ninguna discriminación de sexo”.[2]

Traducción: Natalia Estrada.

[1] ZETKIN, Clara, La contribución de la mujer proletaria es indispensable para la victoria del socialismo.

[2] ZETKIN, Clara, Resolución presentada al Congreso Socialista Internacional de Stuttgart, 22 de agosto de 1907.