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Toda mujer trabajadora, todas aquellas mujeres jóvenes, las que hacen parte de algún colectivo feminista, toda luchadora y luchador a quienes nos une la necesidad de enfrentar la violencia machista desenfrenada, los planes de austeridad, el recorte de derechos, la amenaza constante del desempleo y la precariedad del mismo, la corrupción galopante, la explotación sin límite y la opresión creciente, necesitamos estudiar las enseñanzas de aquella revolución que hicieron las obreras y los obreros, las y los campesinos pobres, y los soldados de Rusia en 1917.

Por: Rosa Cecilia Lemus

Hace 100 años, esta revolución conmovió al mundo. Hoy estamos presenciando, justo en el año de su centenario, una lucha creciente y masiva de las mujeres contra la opresión machista, contra los feminicidios, contra la desigualdad salarial, que se expresó de manera contundente el pasado 8 de marzo. Junto con ellas, los trabajadores de distintos continentes salen a las calles en movilizaciones multitudinarias contra los gasolinazos, como en México; contra los despidos y los planes de ajuste, como en Argentina; contra las reformas laborales y de las pensiones, como en Brasil y Chile; contra los planes de austeridad de los gobernantes de la Unión Europea; y contra Trump, quien está mostrado sin tapujos el verdadero rostro del imperialismo.

En esta lucha actual se vuelve a discutir qué hacer. ¡Huelga general! exigieron los trabajadores el 7 y 8 de marzo en Argentina. ¡Greve geral! pidieron en Brasil el 15 de marzo. El 26 del mismo mes, miles se movilizaron en cerca de 100 ciudades de la Rusia de Putin contra la corrupción y la represión. Y ese “¿Qué hacer?” tiene mucho que ver con esta primera revolución obrera de hace cien años, porque ella nos enseñó el camino.

Hoy como ayer, sectores de mujeres proponen: ¡fraternidad de las mujeres de todas las clases por nuestros derechos!; los sectores reformistas de “izquierda” claman: ¡unidad electoral de la izquierda contra la derecha! ¡Unidad con los demócratas progresistas! Con la ilusión, las primeras, de que un movimiento de todas las mujeres de todas las clases pueda acabar con la opresión machista. Con la ilusión, los segundos, de que con elecciones y mediante el voto los explotados y oprimidos pueden acabar con la miseria, el hambre, las guerras y la explotación.

Estas mismas propuestas se hacían hace 100 años en vísperas y en medio de la primera revolución obrera triunfante. Y estas mismas propuestas se escuchan hoy porque, definitivamente, los intereses de las distintas clases en pugna siguen siendo los mismos.

La Revolución Rusa de 1917 triunfó porque el Partido Bolchevique, el más revolucionario que ha dado la historia, supo defender de manera intransigente los intereses del proletariado y ganar a las masas obreras, a las mujeres trabajadoras, a los campesinos y a los soldados para un programa socialista, internacionalista, que requería de una profunda transformación en las estructuras del régimen burgués vigente. Tuvieron que disputar la dirección del movimiento con toda suerte de reformistas, que proponían un programa de conciliación y alianzas entre distintos intereses de clase, y con los sectores burgueses “progresistas”.

Y estas concepciones aún persisten hoy dentro de la izquierda y del vasto movimiento feminista, por lo menos en algunas de sus expresiones organizadas.

Pero veamos las lecciones de la Revolución de Octubre con relación a la liberación femenina o a la cuestión femenina, como solían denominarla los bolcheviques. La manera como la resolvieron sigue conservando toda su vigencia y nos sirve sin ninguna duda para encarar el problema en nuestra lucha actual.

Las mujeres obreras a la vanguardia de la revolución

Los bolcheviques resumieron en tres palabras todo un programa revolucionario: Paz, Pan y Tierra. En plena Primera Guerra Mundial imperialista, miles de hombres eran obligatoriamente enlistados en las filas del ejército, la gran mayoría de ellos, como siempre, provenientes del proletariado y del campesinado. Esta situación produjo una afluencia masiva de mujeres como trabajadoras, que en el sector agrícola llegó a ser de 72% y en las industrias constituía 50% de la fuerza de trabajo en 1917. Las condiciones de vida, ya de por sí miserables para la inmensa mayoría bajo el zarismo, empeoraron con la guerra, provocando una verdadera hambruna y obligando a las mujeres a suplir el trabajo de los hombres. A las jornadas de 10 a 12 horas en las fábricas se sumaba el hecho de que no tenían qué dar de comer a sus hijos, viendo morir a muchos de ellos sin siquiera cumplir su primer año de edad. Por eso, ellas fueron las primeras en exigir la terminación de la guerra y pan para sus hijos. Estas dos primeras consignas de los bolcheviques fueron tomadas por las mujeres trabajadoras, y fraguadas en las largas filas de las panaderías. El sector más oprimido, y por tanto más sensible del proletariado, iniciaba la revolución con una huelga de las textiles de Petrogrado, justo en el día de la mujer, a la cual se juntaron los metalúrgicos al grito de “PAN”. Los trabajadores organizados en los Sóviets (consejos), que ya eran parte de su experiencia desde la revolución de 1905, rápidamente extendieron las protestas a todo el país. A los pocos días, el zar abdicaba y era reemplazado por un gobierno provisional encabezado por la burguesía.

Ellas cumplirían también un papel destacado para ganar a los soldados para la causa, pues muchos de ellos eran sus maridos. No es casual que esto haya sucedido, pues las mujeres trabajadoras educadas en la sumisión y la obediencia transforman estas en franca rebeldía, cuando en épocas turbulentas los sufrimientos las llevan al límite.

Fueron las mujeres obreras, como parte de su clase, las que iniciaron la revolución; no fue un movimiento de las mujeres en general. Por el contrario, durante la revolución las mujeres, dependiendo de su clase, estarían en barricadas opuestas: de un lado, las obreras, las campesinas pobres junto con sus compañeros de clase y el partido bolchevique, y del otro, las mujeres burguesas y de los partidos reformistas que apoyaron el gobierno provisional entre febrero y octubre de 1917.

En este periodo, los bolcheviques dieron una batalla paciente contra las ilusiones de las masas en el Gobierno Provisional al interior de los sóviets dirigidos mayoritariamente por los reformistas mencheviques y social revolucionarios, argumentando que ese gobierno no cumpliría con ninguna de las expectativas de las masas sublevadas. Ni con el fin de la guerra, ni con el pan ni con la tierra. Solo la toma del poder por los sóviets de obreros en alianza con el campesinado pobre podría dar solución a sus demandas.

Esto confirma la visión marxista de que las reivindicaciones femeninas, sobre todo las de la mujer trabajadora, siempre aparecen como expresión y parte del movimiento más general por la liberación de los explotados y oprimidos en su conjunto, y que las mujeres se ubican en los procesos de la lucha de clases no como un movimiento homogéneo sino defendiendo los intereses de la clase a la cual pertenecen.

Octubre: comienza la liberación

En Octubre se concreta la consigna bolchevique de ¡todo el poder a los sóviets! Esta organización de Consejos de obreros, campesinos pobres y soldados, expresión democrática de las masas movilizadas, dirigidas por el partido bolchevique, comienza inmediatamente la toma el poder, promulgando las primeras directrices del nuevo gobierno para resolver los problemas más elementales por los cuales se produjo la insurrección: el fin de la guerra, la confiscación de los alimentos en manos de los propietarios privados acaparadores y especuladores, la distribución de las tierras a los campesinos pobres, la restitución de las libertades de prensa y de expresión. Es decir, las orientaciones encaminadas a llevar a la práctica el programa de Paz, Pan y Tierra.

Estas primeras medidas no estaban al margen de las preocupaciones de las mujeres obreras y campesinas, por el contrario, significaban comenzar la resolución de sus más inmediatos sufrimientos: pan para su hijos, vuelta de sus maridos (los que lograron sobrevivir) del frente de batalla, y tierra para los campesinos pobres. Con ello se daba el primer paso en la revolución, ganando la voluntad de las mujeres obreras y campesinas, que ya hacían parte activa de los sóviets.

En el mes de diciembre del mismo año, a poco más de un mes de la toma del poder, el gobierno soviético aprueba una serie de leyes encaminadas a tomar en primer plano los problemas específicos de las mujeres.

Wendy Goldman, en su libro La Mujer, el Estado y la Revolución, plantea que los bolcheviques ofrecieron una solución clara a la opresión de la mujer: “sus recetas, a pesar de una sencillez aparente, se basaban en suposiciones complejas sobre las raíces y el significado de la liberación”. [1]

Establecieron el matrimonio civil en sustitución del religioso; el reconocimiento de los hijos ilegítimos con plenitud de derechos; el derecho de divorcio a petición simple de cualquiera de las partes; el derecho al aborto libre, voluntario y gratuito; la plena igualdad jurídica y de derechos políticos del hombre y la mujer. Un año más tarde, en octubre de 1918, se expidió un completo código sobre el matrimonio, la familia y la tutela. La legislación soviética se convertía así en la más avanzada del mundo en relación con el reconocimiento de la mujer y su igualdad. Varias de estas primeras medidas ni siquiera eran socialistas, eran medidas democrático-burguesas, pero demostraban ya esa profunda convicción de los bolcheviques de que la burguesía en decadencia era incapaz de llevar a cabo las tareas democráticas que bajo el lema “igualdad y fraternidad” le sirvieron de sustento a las revoluciones burguesas contra la nobleza, y que la verdadera y completa liberación de las mujeres solo era posible bajo el socialismo.

Ni siquiera los países capitalistas más avanzados tenían, ni tienen hoy en día, una legislación igual. Lenin, refiriéndose a la lucha por el derecho al divorcio en 1916, expresaba esa convicción de la siguiente manera:

“Los marxistas, en cambio, saben que la democracia no suprime la opresión de clase, sino que hace la lucha de clases más pura, más amplia, más abierta, más nítida, que es, precisamente, lo que necesitamos. Cuanto más amplia sea la libertad de divorcio, tanto más claro será para la mujer que la fuente de su “esclavitud doméstica” es el capitalismo y no la falta de derechos[2].

Acabar con la esclavitud doméstica

Esta comprensión del problema de la opresión femenina, estos supuestos complejos de sus causas, de los que habla W. Goldman, están en la base de las medidas que tomó el poder soviético. La falta de derechos, como dice Lenin, no es la causa de su opresión, eso es apenas una consecuencia de ella. El responsable de su esclavitud doméstica es el capitalismo. Los bolcheviques encararon con resolución el ataque directo a las bases materiales de la opresión de la mujer. Esas bases materiales estaban asentadas sobre una contradicción de hierro, que ya Marx y Engels habían señalado:

“Cuanto menos habilidad y fuerza requiere el trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el desarrollo de la industria moderna, mayor es la proporción en que el trabajo de los hombres es suplantado por el de las mujeres y los niños. Por lo que respecta a la clase obrera, las diferencias de edad y sexo pierden toda significación social. No hay más que instrumentos de trabajo, cuyo coste varía según la edad y el sexo.”[3]

Esto quiere decir que el capitalismo, con el desarrollo de la gran industria, había colocado a la mujer obrera, e incluso a las profesionales, en una enorme contradicción. Mientras más eran ellas sometidas a la venta de su fuerza de trabajo en el mercado capitalista como instrumentos directos de explotación por parte del capital, su condición de madres y esposas se convertía en una triple carga de la que el capitalismo no era, ni será, capaz de liberarlas.

El capitalismo, al hacerlas parte de la producción, sentaba las bases de su liberación pero, al mismo tiempo, en función de las leyes que rigen la ganancia, las convertía en el sector más explotado y oprimido del proletariado.

Sobrexplotación, porque el ingreso masivo de mujeres y niños a los procesos productivos fue utilizado, y es utilizado, por los capitalistas para bajar el valor de la fuerza de trabajo (salarios) del conjunto del proletariado, y del femenino aún más, pues ha sido y sigue siendo considerado como salario complementario. A la vez, la somete de manera indirecta dentro de la familia a asumir los costos de la reproducción de la fuerza de trabajo, de su reposición y del cuidado de los miembros improductivos de la sociedad. Es decir que la opresión de la mujer, particularmente de la trabajadora, se incrementa a niveles extraordinarios en el capitalismo y en el seno de la familia obrera. No pasa lo mismo con la mujer burguesa o de los sectores más altos de la pequeña burguesía, pues ellas pueden resolver este problema pagando los servicios de otra u otras mujeres. Otra gran diferencia, las burguesas no reproducen la fuerza de trabajo, pues en sus familias nacen los herederos del capital.

El ingreso masivo de mujeres y niños como asalariados fue muy difícil de entender por parte del movimiento obrero y de su vanguardia política, pues implicaba una competencia feroz por los puestos de trabajo, al punto que las últimas décadas del siglo XIX estuvieron marcadas por la exigencia del proletariado masculino de un “salario familiar”.

Wendy Goldman reseña en su libro, citado anteriormente: “Los sindicatos artesanos montaron una serie de batallas perdidas en su intento por dar vuelta el reloj, y las demandas por un salario familiar se escuchaban en toda Europa hasta la misma Primera Guerra Mundial” El proletario se negaba a aceptar esta nueva regla de la explotación capitalista, exigiendo mayor salario para que el pudiera mantener a su familia. Seguía creyendo que el proveedor era él y la mujer debería estar en el hogar cuidando los hijos.

El poder soviético tenía que resolver esta compleja contradicción y lo hizo “expropiando a los expropiadores”, es decir, eliminando la propiedad privada capitalista para poner los medios de producción bajo control de los productores legítimos: la clase obrera. Frente al problema de la propiedad de la tierra y su colectivización, el proceso fue mucho más complicado, con avances y retrocesos producto de la necesidad de resolver el problema de la hambruna y la producción de alimentos en medio de la guerra imperialista primero, y de la guerra civil, después. Junto con ello se estableció el trabajo social obligatorio para hombres y mujeres. Con esta medida se pretendía conservar y ampliar al máximo el papel de las mujeres en la producción y el trabajo social, para sacarlas de las cuatro paredes del hogar privado e individual, involucrándolas en todas las tareas de construcción de la nueva sociedad. Al mismo tiempo, se aprobaron, dependiendo de las distintas coyunturas, normas que prohibían el trabajo nocturno de las mujeres, se reglamentaron las horas de trabajo, y se comenzó una lucha titánica por brindar las condiciones materiales para la protección de la maternidad y la niñez abandonada.

Liberar a las mujeres del trabajo privado doméstico solo era posible organizando una red de servicios sociales asumidos por el conjunto de la sociedad proletaria y organizado por el Estado Soviético: maternidades, casas cunas, jardines de infancia, comedores, lavanderías, dispensarios, hospitales, sanatorios, organizaciones deportivas, cines, teatros, escuelas públicas, etc., de los que se harían cargo asalariados de los dos sexos. Se trataba, como plantea Trotsky:

“La absorción completa de las funciones económicas de la familia, por la sociedad socialista, al unir a toda una generación por la solidaridad y la asistencia mutua, debía proporcionar a la mujer y en consecuencia a la pareja una verdadera emancipación del yugo secular”.[4]

La cuestión de la familia

Los bolcheviques eran conscientes de que con la toma del poder se abría apenas una fase transicional al socialismo, que la realización de sus políticas y la construcción del socialismo dependían de una serie de factores tanto internos como externos. Tenían la esperanza de que la revolución triunfase pronto en los países más desarrollados de Europa, lo que permitiría dar un enorme salto en el desarrollo de las fuerzas productivas y en la derrota de la guerra imperialista. Sabían igualmente que las leyes que otorgaban la igualdad de derechos entre los sexos, por sí mismas no resolvían el problema de las condiciones materiales necesarias para su consolidación.

“Solamente después de la conquista del poder por la clase obrera comienzan a instaurarse las condiciones capaces de transformar la vida hasta sus cimientos más profundos….

Resulta más evidente aún que la transformación radical de la vida (la emancipación de la mujer de la esclavitud doméstica, la educación pública de los niños, la abolición del constreñimiento económico que pesa sobre el matrimonio, etc.) no avanzará sino a la par de la acumulación social y del predominio creciente de las fuerzas económicas socialistas sobre las del capitalismo.”[5]

El problema del desarrollo de las nuevas relaciones familiares y, por tanto, de la liberación de las mujeres obreras y campesinas del trabajo doméstico estaban íntimamente ligadas. Hubo mucha polémica entre los bolcheviques sobre la abolición de la familia, el proceso de extinción, o su reemplazo sobre nuevas formas, y las relaciones entre los sexos. Todos acordaban que era básico liberarlas del yugo servil del trabajo doméstico y que era necesaria la socialización de estas funciones económicas de la familia. Pero la realización de estas tareas dependía del crecimiento y acumulación de los recursos económicos y del éxito en subvertir las viejas costumbres heredadas del capitalismo y de su desarrollo más atrasado en el campo en donde aún persistían costumbres medievales aún más rezagadas y donde vivía la inmensa mayoría de la población.

Trotsky opinaba que la familia no podía ser abolida: que había que reemplazarla, porque “la verdadera emancipación de la mujer era imposible en el terreno de la miseria socializada”. Alexandra Kollontai, Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública, era mucho más optimista y consideraba que, con relación a la vieja familia, las conquistas logradas en los primeros años de la revolución habían echado suficientes raíces como para resistir los avatares:

“El estado del proceso de liberarse de las tradiciones de la sociedad burguesa se dejaba ver más claramente que antes por razón de las consecuencias que producía la NEP en la Unión Soviética. Durante los tres años de la revolución, en los que se derribaron los pilares fundamentales de la sociedad burguesa y se intentaba tenazmente erigir con la mayor rapidez posible las bases para la sociedad comunista, reinaba una atmósfera en la que las tradiciones rebasadas se extinguían con rapidez increíble. (…) El desarrollo de una producción socialista origina la disolución de la familia tradicional y con ello hace posible una creciente igualdad de derechos y una posición más libre de la mujer en la sociedad”.[6]

Pero el proceso no fue fácil, tuvo avances y retrocesos. La red de servicios sociales, comedores, lavanderías, salas cunas, hospitales, era absolutamente insuficiente para cubrir las necesidades. La economía de guerra obligaba a que muchos recursos se invirtieran en la defensa del naciente Estado obrero, sitiado por 14 ejércitos de los países capitalistas europeos, y los alimentos escaseaban. No todos los centros de atención de los trabajos domésticos conseguían ser de buena calidad y esto hacía que nuevamente se volviera al “hogar”. La Nueva Política Económica (NEP), diseñada como una medida temporal para incentivar la producción, producía diferencias salariales en la ciudad y cierta acumulación en el campo, volcando nuevamente la mirada de los sectores favorecidos a la “mesa familiar”. Sin embargo, a pesar de todos los avances y retrocesos en este terreno, la revolución rusa demostró que con relación a la liberación de la mujer ningún país capitalista, ni siquiera los más desarrollados países imperialistas, le llega a los talones. Los bolcheviques hicieron una verdadera revolución para acabar con la opresión. Sentaron las bases de nuevas relaciones humanas y entre los sexos, sobre bases económicas y sociales nuevas.

“Las mujeres recibirían al menos la misma educación y salario que los hombres y podrían concentrarse en sus propios objetivos y desarrollo individual. Bajo tales circunstancias el matrimonio se tornaría superfluo. Los hombres y las mujeres se unirían y se separarían cuando lo desearan, sin las presiones deformadoras de la dependencia y la necesidad económicas… la familia despojada de sus funciones sociales previas, se extinguiría gradualmente, dejando en su lugar individuos plenamente autónomos, con igualdad y libertad para elegir a sus compañeros sobre la base del amor y el respeto mutuos”.[7]

La erradicación de la prostitución

Los bolcheviques se basaron en los estudios y análisis de la familia realizados por Marx y Engels para diseñar una política que enfrentara el fenómeno de la prostitución. En estos análisis, ellos señalaban que la monogamia se había establecido solo para la mujer, como garantía de que los herederos de la propiedad privada fueran hijos “legítimos” del padre y no de otro, y que para los hombres se mantenía la libertad sexual: “Lo que para las mujeres es un crimen de graves consecuencias legales y sociales, considérase muy honroso para el hombre’’, por tanto, la prostitución pública se convertía en su complemento, en la antítesis de la misma institución familiar. Esto sigue siendo así en nuestros días, en donde la mujer le debe fidelidad absoluta al marido o cónyuge, y es causa de muchos feminicidios. Es necesario señalar que la prostitución ha tomado ribetes extraordinarios en este sistema, producto del desempleo y de la expulsión violenta del aparato productivo de capas muy amplias de mujeres proletarias, que no encuentran otra forma de sobrevivir que vendiendo su propio cuerpo.

En la Rusia zarista la prostitución estaba generalizada y había sido regulada desde la década de 1840. Los bolcheviques comenzaron derogando esta legislación, que de hecho la legalizaba, porque no la consideraban “un trabajo” sino la expresión más extrema de la explotación y degradación de la mujer, una forma emparentada con el esclavismo, que reducía a la mujer al papel de objeto de la lujuria masculina; una de las expresiones más violentas de la desigualdad social, destinada a desaparecer con la extinción de la propiedad privada. Consecuentes con esta concepción se dieron una política de no criminalizar a las mujeres que la ejercían, a las que consideraban víctimas, sino de prohibir y castigar el proxenetismo o mantener un prostíbulo.

Tomaron una serie de medidas, todas ellas encaminadas a resolver las causas materiales que ocasionaban la prostitución.

“ Dentro del partido comunista se estableció en 1919 una sección femenina (zhenotdel) que consideraba la eliminación de la prostitución como uno de sus objetivos principales. En 1919, el Comisariado del Pueblo de Salud formó por primera vez una comisión contra la prostitución, la cual fue reorganizada en 1923… también se crearon Consejos de lucha contra la prostitución a nivel provincial… los consejos de lucha contra la prostitución organizaban el trabajo en el ámbito local, con diferentes grados de éxito. Proporcionaban viviendas temporarias a mujeres desempleadas y a campesinas que migraban a las ciudades. Ambos grupos de mujeres eran vistos como poblaciones vulnerables que podrían recurrir a la prostitución”[8].

Se establecieron hospitales en donde de manera gratuita eran atendidas las mujeres con enfermedades venéreas. Se establecieron porcentajes importantes para que las mujeres ingresaran a cursos de formación técnica para elevar su nivel cultural y mejorar sus posibilidades de empleo.

Esta batalla de los bolcheviques de los primeros años de la revolución sufriría un primer retroceso con la implementación de la NEP, que produjo un retroceso en el empleo y como consecuencia un aumento en los índices de prostitución, la cual había desaparecido durante los tres primeros años de la revolución.

Marxismo y feminismo: una polémica necesaria

La Revolución de Octubre y la concepción marxista llevada a la práctica por el partido bolchevique durante los primeros años de la revolución y antes de la degeneración provocada por la burocracia estalinista a partir de 1924, después de la muerte de Lenin, que analizaremos en otro artículo, conservan hoy toda su riqueza y actualidad. No se trata de una discusión de ideas simplemente. Se trata de la mejor experiencia del movimiento obrero en el poder: La Revolución Rusa fue y sigue siendo una experiencia cualitativa en el camino para la liberación de las mujeres, ya que se propuso erradicar las bases materiales de la opresión, además de conceder una igualdad absoluta en los derechos democráticos. Y eso se confirma aún más con la restauración del capitalismo tanto en la ex URSS como en los otros Estados obreros.

Queremos, a partir de esta experiencia, reivindicar su actualidad y dejar planteadas algunas diferencias con distintos sectores del feminismo. Somos consientes de que “el feminismo” no es homogéneo y está integrado por muchas concepciones y matices, y que en su seno también se expresan intereses de clase y de sectores de clase distintos. Si bien las distintas corrientes se plantean como tarea la igualdad política y social de las mujeres, tarea plenamente reivindicada por los socialistas, proponen, en la mayoría de los casos, una estrategia que nos parece equivocada: la necesidad de construir un amplio movimiento de mujeres como sujeto político y social para luchar contra el patriarcado; para otras, contra el capitalismo patriarcal. Nosotros defendemos que la liberación de la mujer es una tarea de toda la clase trabajadora de conjunto, y no solo de las mujeres trabajadoras.

Sobre el concepto de patriarcado o de familia patriarcal tenemos profundas diferencias teóricas, ya que nos parece poco diálectico y no explica cómo se combinan y se desarrollan las relaciones de género y clase, las de opresión y explotación. Podríamos llenar páginas y páginas con citas no solo de los marxistas sino de investigadores serios que demuestran que el capitalismo mantuvo la opresión de la mujer, transformando las instituciones sociales e idéológicas que la sustentaba para darle un nuevo carácter de clase. El capitalismo destruyó la forma de familia patriarcal que se mantuvo hasta las sociedades precapitalistas, en la que esta cumplía una función productiva ligada a la agricultura y al artesanado, para pasar a ser un espacio no productivo pero manteniendo la esclavitud doméstica para cumplir las necesarias tareas de reproducción de la fuerza de trabajo. La familia como institución social ha sufrido profundas transformaciones en la medida en que se transforman las relaciones de producción de la vida material.

En su estudio sobre la evolución del pensamiento de Marx y Engels con relación a la familia, Wendy Goldman, señala que ambos pensadores: “sugirieron que la familia era más que un conjunto de relaciones naturales o biológicas, adoptando una forma social correspondiente con el modo de producción. Insistieron en que la familia debía ser analizada de manera empírica en todas las etapas históricas, y no como un concepto abstracto” .[9]

Nuestra diferencia con las corrientes feministas, en este terreno tiene, entonces, una utilidad práctica; no nos anima hacer una polémica en el terreno abstracto. Es fundamental determinar cuál es el enemigo que tenemos que enfrentar las mujeres trabajadoras en la actualidad y para nosotras es el sistema capitalista y su modelo de familia, con todas sus determinaciones en cuanto a las relaciones familiares concretas y las relaciones sociales y humanas entre los sexos.

El capitalismo no solo erosiona todos los derechos ganados sino que amenaza con destruir a las familias trabajadoras por las condiciones de la sobreexplotación. Estas contradicciones del sistema, que desarrollamos en este artículo, están ocasionando un sufrimiento cada vez mayor a las mujeres trabajadoras, que tienen que dejar a sus hijos solos o en la calle porque si se dedican a cuidarlos no tienen con qué alimentarlos. Esta realidad provoca situaciones de violencia intrafamiliar espantosa, en la que se golpea fuertemente a la mujer y a los hijos en donde se conservan aún los privilegios para los hombres. Este sistema ha elevado a niveles increíbles el concepto de la mujer como objeto sexual, incrementando la violencia contra ella, en todos los terrenos. Muchas mujeres hoy en el mundo son madres cabeza de familia, teniendo que lidiar solas con la carga de los hijos. Es decir que la opresión, para la mujer trabajadora se incrementa, mientras disminuye la de la mujer burguesa. En los últimos 100 años, desde la Revolución Rusa hasta hoy, las mujeres burguesas han resuelto casi todas las reivindicaciones que señalara Clara Zetkin: derecho al voto y la participación política, manejo autónomo de sus bienes y patrimonio, y liberación de las tareas domésticas. Incluso muchas dirigen sus propias fábricas y negocios, son políticas y hasta presidentas.

Por eso hoy, el principal enemigo de las mujeres trabajadoras son los gobiernos burgueses (dirigidos por hombres o por mujeres), que atacan a nuestra clase y perpetúan la opresión. El “feminismo” burgués (o liberal) del “empoderamiento” no es ya ni reformista, sino que al apoyar abiertamente a esos gobiernos y presidentas en el poder (Merkel, Clinton, Bachelet, Dilma) se han tornado un claro obstáculo para cualquier alternativa de liberación real.

Aún así, estamos dispuestas a realizar unidad de acción por las reivindicaciones democráticas comunes, por ejemplo contra los feminicidios y el derecho al aborto, con todos los sectores del movimiento de mujeres, incluyendo sectores burgueses. En esta lucha enfrentamos con resolución y coraje el machismo de nuestros compañeros de clase, para que entiendan que este nos divide y merma nuestra fuerza de la misma manera que el racismo, la xenofobia, y la lgbtfobia. Por eso creemos que esta política de conciliación de clases de las feministas, en el terreno femenino desarma y confunde a las trabajadoras para enfrentar abiertamente las causas profundas de su opresión y violencia. Las mujeres socialistas, por el contrario, nos diferenciamos, establecemos una línea de clase frente al problema de la opresión. Si bien podemos encontrarnos en acciones y marchas con sectores burgueses, somos totalmente opuestas a organizar un movimiento político común con nuestras enemigas de clase, en nombre de la hermandad de las mujeres.

Por otro lado, algunas agrupaciones feministas radicales o socialistas proponen redistribuir las tareas domésticas entre el hombre y la mujer en el seno de la familia. Aunque estamos de acuerdo con que es una medida útil y necesaria, es insuficiente y limitada porque se queda en los marcos del régimen burgués.

Nuestra estrategia es la de los bolcheviques, que con la revolución demostraron que se trata más bien de sacar las funciones domésticas del ámbito familiar privado para trasladarlas a la economía social bajo control obrero. Mucho menos concordamos con quienes proponen la legalización de la prostitución con el argumento de proteger a las mujeres que por necesidad tienen que recurrir a ella. Estamos, como los bolcheviques, en contra de la criminalización y discriminación de la mujer, pero exigimos el desmantelamiento de las redes de trata y del negocio de la prostitución, exigimos pleno empleo y capacitación, ¡exigimos condiciones dignas de vida para las mujeres! Compartimos lo que planteaba Clara Zetkin: “previsiones económicas y educativas que permitan la recuperación de las prostitutas, esa herencia del orden burgués, rescatándolas del lumpenproletariado y reincorporándolas a la comunidad de los trabajadores”.[10]

La estrategia socialista para la liberación de las mujeres hoy implica retomar el camino de Octubre. Eso requiere, primero, dar un duro combate al machismo en los sindicatos, lugares de trabajo, universidades, etc., y lograr que las organizaciones de la clase trabajadora y el movimiento estudiantil y popular se pongan a la cabeza de la lucha por los derechos de las mujeres y contra toda discriminación. Pero también requiere revolucionar las bases materiales de la sociedad, para acabar con la explotación y reorganizar el trabajo con igual participación y derechos, socializando el trabajo doméstico. Todo eso es imposible sin la construcción de un partido de los trabajadores, socialista y revolucionario, que se ponga a la cabeza de una tarea tan gigantesca: la liberación total de las mujeres trabajadoras y, con ellas, de toda la humanidad.

Invitamos a nuestros lectores a que visiten nuestro site. Allí encontrarán una serie de artículos que desarrollan de manera más amplia distintos aspectos relacionados con la Revolución Rusa y la liberación femenina.

[1] GOLDMAN, Wendy. La Mujer, el Estado y la Revolución. Cap. 1, p. 35.

[2] El marxismo y la cuestión de la mujer. Cecília Toledo (Org.). San Pablo: Ediciones Marxismo Vivo, p. 158 (subrayado nuestro).

[3] MARX, K. y ENGELS, F. Manifiesto del Partido Comunista. Cap. I, “Burgueses y Proletarios”, publicado por CITO 1998, p. 85 (subrayado nuestro).

[4] TROTSKY, León. La revolución traicionada. San Pablo: Ediciones Marxismo Vivo, 2011, p. 133.

[5] TROTSKY, León.Problemas de la vida cotidiana”. México: Siglo XXI. Cuadernos de Pasado y Presente, p. 183.

[6] KOLLONTAI, Alexandra. “La Mujer en el desarrollo Social”, prólogo Oslo 1925, edición española, Guadarrama.

[7] GOLDMAN, Wendy. Op. cit., p. 29.

[8] FRENCIA, Cintia; GAIDO, Daniel. El marxismo y la liberación de las mujeres trabajadoras de la Internacional de Mujeres Socialistas a la Revolución Rusa, Ariadna ediciones EIRL, 2016.

[9] GOLDMAN, Wendy. Op. cit., p. 52.

[10] ZETKIN, Clara. “Directrices para el movimiento comunista femenino, 1920”.

Artículo publicado en la Revista Correo Internacional n.° 17.