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Cuando hablamos o pensamos en familia, el modelo que nos viene es el de una casa en la cual viven el padre, la madre y los hijos, con papeles determinados y considerados naturales. Para la mujer, eso significa todas las tareas domésticas, la monogamia y una situación de inferioridad en relación con el marido. Modelo, ese, admitido por el Estado y bendecido por las religiones. Además de esta primera observación, vemos que la monogamia es solamente para la mujer, porque en tanto ella es juzgada socialmente y fuertemente castigada (aún hoy en algunas culturas) por su infidelidad, los hombres encuentran la prostitución pública, y su infidelidad es consentida e incluso aplaudida como señal de virilidad.

Por: Ana Minutti

“(…) La desigualdad legal, que heredamos de condiciones sociales anteriores, no es causa sino efecto de la opresión económica de la mujer. En el antiguo hogar comunista, que comprendía a numerosas parejas con sus hijos, la dirección del hogar, confiada a las mujeres, era una industria socialmente tan necesaria como la búsqueda de víveres, de lo que se encargaban los hombres. Las cosas cambiaron con la familia patriarcal y, aún más, con la familia individual monogámica. El gobierno del hogar perdió su carácter social. La sociedad ya nada tenía que ver con él. El gobierno del hogar se transformó en servicio privado; la mujer se convirtió en primera criada, sin tomar más parte en la producción social. Solo la gran industria de nuestros días le abrió de nuevo –aunque solo para la proletaria– el camino de la producción social. Pero eso se hizo de manera tal que si la mujer cumple sus deberes en el servicio privado de la familia, queda excluida del trabajo social y nada puede ganar; y, si quisiera tomar parte en la industria social y ganar su vida de manera independiente, le es imposible cumplir con las obligaciones domésticas. De la misma forma que en la fábrica, eso es lo que ocurre a la mujer en todos los sectores profesionales, incluso en la medicina y en la abogacía. La familia individual moderna se funda en la esclavitud doméstica, franca o disimulada, de la mujer, y la sociedad moderna es una masa cuyas moléculas son las familias individuales” (Engels, F. El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado).

En Rusia, antes de la Revolución de 1917, las mujeres de las familias campesinas eran plenamente sumisas, teniendo la cocina como su prisión natural. En algunas regiones más atrasadas, los hombres tenían el derecho de vida y de muerte sobre sus esposas e hijas.

Las mujeres que vivían en las ciudades eran obligadas a trabajar en las fábricas con largas jornadas. Cuando volvían a sus casas, el trabajo continuaba: lavando, cocinando, limpiando. Como decía Alexandra Kollontai:

“La inmensa mayoría de esas mujeres estaba casada; fácil es imaginarnos la vida familiar que podían disfrutar. ¿Qué vida familiar puede existir donde la esposa y madre está fuera de casa durante ocho horas diarias, diez, mejor dicho (contando el viaje de ida y vuelta)? La casa queda, necesariamente, descuidada; los hijos crecen sin ningún cuidado maternal, abandonados a sí mismos en medio de los peligros de la calle, en la cual pasan la mayor parte del tiempo.

La mujer casada, la madre que es obrera, [deja] su sangre para cumplir con tres tareas que pesan al mismo tiempo sobre ella: disponer de las horas necesarias para el trabajo, lo mismo que hace su marido, en alguna industria o establecimiento comercial; dedicarse, después, de la mejor forma posible, a los quehaceres domésticos; por último, cuidar de sus hijos”.

En el inicio del siglo XX, solamente 12,4% de las mujeres rusas sabía leer y escribir.

Patriarcado o capitalismo:¿a cuál de esos sistemas estaban sometidas las mujeres en Rusia?

Existe una polémica entre las organizaciones feministas, y/o que luchan por los derechos de las mujeres, sobre las razones de la opresión a que las mujeres están sometidas.

Las llamadas feministas radicales afirman que los orígenes de la subordinación femenina estarían localizados en el proceso reproductivo. “Los papeles desempeñados por hombres y mujeres en la reproducción de la especie”, comenta Adriana Piscitelli (2002) respecto de esta visión, “son factores fundamentales de donde derivan las características que tornan posible la dominación que los hombres ejercen sobre las mujeres”.[1]

Planteado de esta forma, se puede decir que todos los hombres dominan, oprimen y explotan a todas las mujeres. Este concepto es lo que se llama patriarcado.

En Rusia, antes de la Revolución de 1917, la totalidad de las mujeres no estaba en iguales condiciones frente a la situación general que vivía el país. Según Pierre Broué: “[Rusia] Era un país inmenso, poblado por campesinos primitivos –estos mujics tan parecidos a los villanos de nuestra Edad Media–, pero también el campo de expansión de un capitalismo moderno y americanizado, que utilizaba un proletariado muy concentrado en las grandes fábricas. En el espacio ruso, las grandes propiedades de la nobleza y las comunidades campesinas coexistían con los monopolios industriales y financieros”.

O sea, la mujer campesina estaba, junto con su familia, subyugada por la nobleza. Su condición de vida era pésima, con viviendas precarias, sin recursos para pagar la poca tierra que conseguía comprar, con instrumentos agrícolas precarios. Muy diferente de la mujer cuyo marido era dueño de grandes propiedades con tecnología moderna. Esa mujer no precisaba trabajar en la tierra y tenía empleadas que hacían el servicio doméstico.

A pesar de que tanto la mujer campesina como la esposa cuyo marido era un gran propietario de tierras eran oprimidas, lo que determinaba su opresión no era el hecho de que pudieran reproducir otros seres humanos, y sí la clase a que cada una pertenecía, ya que la mujer burguesa vivía del trabajo de la mujer campesina.

Lo mismo se daba con las mujeres que vivían en las ciudades y que, por ejemplo, trabajaban en las fábricas. Lo que las distinguía era la clase en que estaban localizadas y no la capacidad de tener hijos.

Para el marxismo, las cuestiones culturales son provenientes del modo de producción dominante, y las diferencias entre las mujeres y los hombres, que se tornaron opresión con el surgimiento de la propiedad privada, dentro del capitalismo son usadas para sobreexplotar a las mujeres.

En el campo, las mujeres estaban sometidas a relaciones familiares atrasadas, con mucha cultura patriarcal. En las ciudades, las mujeres que ingresaban a las fábricas creaban las condiciones para luchar por su emancipación como mujer y como clase proletaria sin que eso significase librarse de las tareas domésticas.

Es así que en relación con la familia subsistían en la Rusia de aquella época enormes contradicciones entre su atraso en el campo y el fuerte desarrollo industrial en las grandes ciudades.

Mientras la familia campesina aún conservaba profundos trazos patriarcales heredados de las sociedades precapitalistas, la familia obrera se encontraba atravesada por las contradicciones propias del capitalismo moderno, provocadas por la entrada masiva de las mujeres en las fábricas y su deber de seguir como esclavas del hogar.

Trotsky señalaba que la burguesía rusa era una clase cobarde que no se atrevía a enfrentar el poder de la nobleza. Y aún así, este particular desarrollo de Rusia se reflejaba también en el gobierno del Estado. Mientras la burguesía veía crecer su poder económico, el Estado era comandado por el zar, una institución propia de su pasado reciente.

Los bolcheviques entendieron que estas contradicciones solo podían ser resueltas por una clase: la clase obrera, con sus organismos de poder, los sóviets, y bajo la dirección de su partido revolucionario e internacionalista. Adoptaron prontamente un programa revolucionario que no intentaba desarrollar etapas pero sí superar su desarrollo desigual y combinado, saltando etapas y resolviendo la contradicción de fondo entre las clases poseedoras y las desposeídas, entre las viejas y las nuevas costumbres, la vieja y la nueva familia, acabando de raíz con las bases económicas y sociales que ocasionaban la opresión y esclavizaban a la mujer.

Esta enseñanza de la Revolución Rusa adquiere hoy más que nunca una importancia enorme porque, lamentablemente, muchas de las organizaciones que se reclaman del feminismo confunden patriarcado, una forma de familia con características económicas y sociales donde su función era la de ser una unidad productiva en las sociedades precapitalistas, con la moderna monogamia burguesa. La forma de familia adoptada por el capitalismo efectivamente mantiene la monogamia, y dentro de ella el privilegio para los hombres de no ser responsables por las tareas domésticas derivadas de la función reproductiva, además de todas las ideologías sobre la inferioridad intelectual de la mujer, así como el refuerzo de los papeles de cada sexo en la vida privada y pública. Sin embargo, ya no es una familia patriarcal en los términos de su función productiva como en el pasado precapitalista.

Este error lleva a estas organizaciones a plantear como la principal contradicción de la sociedad capitalista “la dominación de los hombres sobre las mujeres”, proponiendo como estrategia la hermandad de las mujeres de las diferentes clases contra los hombres de las diferentes clases.

La revolución fue el camino

La Revolución Rusa mostró el camino para acabar con la opresión de las mujeres y liberarlas del modelo de familia que las colocaba como esclavas. Con leyes que le dieron igualdad jurídica frente a los hombres, los primeros meses de la Revolución de 1917 iniciaron un proceso de cambio en las relaciones familiares, que se profundizaron en la medida en que daban también las condiciones reales para que las mujeres se liberaran del trabajo doméstico.

Establecer las condiciones para liberar a las mujeres de los trabajos domésticos dentro de las familias, sin embargo, no era una tarea fácil. Se comenzaban a dar los primeros pasos con la construcción de lavanderías y restaurantes públicos, así como de guarderías. Esos eran los primeros pasos para, de hecho, establecer la igualdad dentro de la familia, entre hombres y mujeres.

Según León Trotsky, “es evidente que mientras la igualdad del hombre y de la mujer no fuera alcanzada en la familia, no se podría hablar seriamente de su igualdad en la producción ni incluso de su igualdad política, pues si la mujer continúa esclavizada a la familia, a la cocina, a la limpieza y a la costura, sus posibilidades de actuar en la vida social y en la vida del Estado se mantienen reducidas en extremo”.

Destruir lo viejo y construir lo nuevo

La revolución destruyó lo viejo, y era preciso construir lo nuevo. Eso no se dio sin conflictos, discusiones y teorías de cómo sería la nueva familia bajo el socialismo.

Los conflictos fueron descritos por Trotsky en su texto Problemas de la vida cotidiana. Cuando el marido se torna un revolucionario, su horizonte se ensancha y se torna más complejo. Al retornar a la familia, él se ve frente a sí mismo. Percibe que nada cambió. Tanto la mujer como el hombre se sorprenden, y el conflicto lleva a la separación. En otra situación en que los dos participan activamente del proceso revolucionario, la familia se disgrega, el conflicto se profundiza y el divorcio en inevitable. En el caso de que la mujer conozca la militancia y un nuevo abrirse, el conflicto con el marido está planteado, así como la separación.

Como planteaba Trotsky, esos conflictos se dan primero en la vanguardia, pero no se limitan a ella. Son inevitables para el conjunto de la clase.

En su libro Mujer, Estado y Revolución, Wendy Goldman relata algunas de estas discusiones, que fueron intensas e involucraron no solo a las mujeres que se preocupaban con el tema sino incluso a juristas, miembros del Partido Bolchevique, y otros. Alexandra Kollontai afirmaba que la familia ya era obsoleta, una vez que el Estado había ya asumido las tareas de criar a los hijos y explicaba que, “una vez que el trabajo doméstico fuese transferido para el dominio del trabajo asalariado, nada restaría de la familia a no ser un ‘lazo psicológico’”.

Las tareas domesticas eran vistas por todos los que se preocupaban con el tema como el principal obstáculo para la emancipación de las mujeres y para la construcción de nuevas relaciones familiares. Ya las feministas modernas defendían la redistribución de las tareas domésticas dentro de la familia, aumentando las responsabilidades domésticas de los hombres en las tareas.

Goldman también plantea que teóricos soviéticos reconocían que la unión entre compañeros exigía que las mujeres se tornasen iguales en relación con los hombres, y cita al escritor M. Shishkevichque. Frente a una audiencia de trabajadores y campesinos, comentó: “Tan frecuentes son las disputas y peleas causadas por el distanciamiento de los cónyuges. Un marido lee un poco, asiste a una conferencia, mira como los otros ven la vida. Pero la esposa está con las ollas en el fuego todo el tiempo, chismoseando con los vecinos”.

Sobre los que defendían las relaciones basadas en la “unión libre” o en el “amor libre”, lo que causaba aversión a Lenin por la asociación con la promiscuidad burguesa, él defendía que sin amor no había base para un relacionamiento, y defendía la plena libertad de divorcio.

El papel de los padres en la educación y la crianza de los hijos también era objeto de discusión y de divergencias. Al final, si el Estado se encargase del cuidado, de la alimentación y de la educación de los niños, ¿cuál era el papel que les restaba a los padres? Pero todo concordaban con que, con la ayuda del Estado, la mujer se mantendría dentro de la producción y de la vida pública.

En resumen, la visión bolchevique sobre la familia se basaba en la unión libre, en la emancipación de las mujeres por el trabajo asalariado, en la socialización del trabajo doméstico, y en el debilitamiento de la familia. Dieron también una dura batalla por la eliminación de la prostitución, lo que consideraban una de las más humillantes formas de opresión.

A pesar de todas las conquistas que las mujeres obtuvieron con la Revolución de 1917 y con la posibilidad de su emancipación y libertad con la transformación de la familia, hubo un retroceso brutal bajo el estalinismo. Pero este es otro capítulo a ser contado.

[1] Adriana Piscitelli, antropóloga feminista, graduada en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1979, es profesora e investigadora del Núcleo de Estudios de Género Pagu de la Universidad Estadual de Campinas, San Pablo, Brasil [N. de T.].

Bibliografía:

El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, F. Engels, 1964.

Problemas de la vida cotidiana, L. Trotsky, 1979.

Mujer, Estado y Revolución, Wendy Goldman, 2014.

La mujer en el desarrollo social, Alexandra Kollontai, 1976.

Género y Clase, Cecília Toledo, 2016.

El Partido Bolchevique, Pierre Broué, 1960.

Traducción: Natalia Estrada.