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El sistema capitalista está basado en la producción e intercambio de mercancías. En la actual fase, llamada imperialista, la producción y el intercambio son mundiales. Los trabajadores poseen una mercancía especial que es su fuerza de trabajo, vendida a los patrones a cambio de un salario.

Por: Marcos Margarido

De la misma forma que compramos mercaderías por el menor precio, los capitalistas buscan, entre los trabajadores, a aquellos que venden su fuerza de trabajo por menor precio. Hacen eso para aumentar sus ganancias. Sin embargo, cuando los trabajadores de un país se organizan y consiguen mejoras salariales, o cuando hay escasez de trabajadores –lo que hace que los salarios aumenten–, los patrones traen trabajadores de países donde el precio de la mercancía fuerza de trabajo es menor.

Hambre y guerras son causadas por los capitalistas de los países avanzados, que ocupan otros países para robarles sus riquezas naturales. Eso obliga a las personas a huir para intentar vender su fuerza de trabajo en los países en que intentan establecerse.

Así, los inmigrantes se tornan trabajadores súper explotados, pues reciben un salario menor que el valor de la fuerza de trabajo pagada a los trabajadores nativos. El capitalista se beneficia de trabajadores en exceso, sean ellos nativos o inmigrantes, para forzar los salarios hacia abajo. Es por eso que el desempleo nunca acaba. Este no es un defecto del sistema capitalista sino una de sus principales molas de propulsión.

Cuando ese “ejército industrial de reserva” alcanza un nivel encima del deseable, se hace mucho más fácil librarse de los inmigrantes, amenazándolos con la deportación. Esa es el arma que los gobiernos tienen en las manos. Cuando precisan forzar una reducción salarial traen inmigrantes, pero cuando los hay en exceso, aumentan la represión, como ocurre ahora.

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El preconcepto como arma adicional

Además, los gobiernos, los patrones y los sindicalistas traidores diseminan ideologías preconceptuosas contra los trabajadores inmigrantes para dividir a la clase.

Utilizan el racismo, la xenofobia –que es el odio a los extranjeros–, y la religión. El presidente de Hungría, por ejemplo, dice que los inmigrantes musulmanes amenazan la civilización cristiana. Trump llamó a los inmigrantes de animales, demostrando todo su racismo.

Los sindicalistas traidores, por otro lado, impiden la organización de inmigrantes en los sindicatos. Dicen que los empleos deben ser reservados para los trabajadores nativos.

Eso debilita a la clase trabajadora y, por eso, los europeos y los norteamericanos tienen empleos cada vez más precarios y salarios rebajados. Al mismo tiempo, la tasa de desempleo en países como Estados Unidos e Inglaterra, con gran número de inmigrantes, está en sus niveles más bajos, lo que echa por tierra la leyenda de que los inmigrantes sacan los empleos a los nativos.

En realidad, quien causa desempleo es el propio capitalismo. Cuando llega una crisis económica, como la que vivimos hoy, las fábricas cierran, la producción disminuye, los trabajadores son despedidos, las ventas en el comercio se reducen. Y nada de eso fue causado por la inmigración.

Solo la unión de los trabajadores puede resolver ese problema

Es necesario unir a todos los trabajadores para luchar por la legalización de todos los inmigrantes y para conseguir aumento salarial para todos. Contra la política de los sindicalistas traidores, es preciso exigir la sindicalización de cualquier trabajador, incluso que no tenga visto, y hacer una fuerte campaña contra la xenofobia en los sindicatos.

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Pero eso no basta. Si el capitalismo es incapaz de dar empleo a todos, entonces es necesario cambiar este sistema de explotación. En Inglaterra, por ejemplo, las fábricas funcionan con apenas 60% de su capacidad de producción. Es necesario poner las fábricas bajo control de los trabajadores para garantizar producción máxima y empleo para todos. Estas medidas simples pueden resolver situaciones complejas como la crisis migratoria, pero sabemos que los patrones nunca van a concordar con eso, pues eso va a disminuir sus ganancias. Solo una revolución socialista, que pase el poder de las manos de una minoría de patrones para la mayoría de los trabajadores y un gobierno socialista basado en consejos populares puede adoptar las medidas de fondo para acabar con la explotación.

Traducción: Natalia Estrada.