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La serie de la HBO sobre el accidente nuclear de Chernóbil ya se tornó la de mayor audiencia de la historia, provocando grandes debates en todo el mundo. Y como podía ser de otra manera, el debate tomó contornos políticos. Por un lado, la prensa mundial, refiriéndose a los crímenes de la burocracia soviética en Chernóbil, viene aprovechando la serie para denunciar el accidente como una “herencia más del comunismo”.

Por: D., físico y miembro del POI (Partido Obrero Internacional) de Rusia, sección de la LIT-CI

De hecho, en la serie abundan las referencias a Lenin y a Marx, sea en los discursos de los burócratas soviéticos, sean en retratos y carteles. Por otro lado, los altos gobernantes rusos actuales, legítimos herederos capitalistas de la vieja burocracia soviética, denuncian que la serie pasa una visión falsa, “exagerada” del accidente, como parte de una pretendida “propaganda anti-rusa”.

Cuando el asunto es Chernóbil, la versión oficial rusa se limita solamente a destacar el (verdadero) heroísmo de aquellos que murieron para minimizar los efectos de desastre. Omite, obviamente, que muchas veces aquellos grandes héroes siquiera eran conscientes de las consecuencias de su exposición a la radiación. Ya la izquierda estalinista, como siempre, se limita a repetir los argumentos de los ideólogos de Putin, como máximo tiñéndolos un poco con un rojo descolorido.

De la serie de HBO.

Por más que existan algunas imprecisiones factuales, polémicas en relación con el papel de algunos personajes y tintes políticos, en líneas generales la serie es muy buena y muy útil. Si fuese necesario resumir al máximo, diríamos que la serie tiene una gran virtud y un gran defecto. La virtud está justamente en mostrar en toda su crudeza los riesgos y las consecuencias de un accidente nuclear, levantando nuevamente el debate en todo el mundo sobre este tema. Y el defecto está en querer convencer que el accidente se debió únicamente al carácter obtuso y criminal de la burocracia soviética, como si los reactores del resto del mundo fuesen seguros.

Pero no, no son seguros. La tecnología de fisión nuclear, o sea, la que rompe (fisiona) átomos pesados inestables como el Uranio-238 para extraer energía no es segura. En ningún lugar es segura. El accidente de Chernóbil no fue solamente el resultado de una secuencia improbable de eventos imprevisibles, incompetencia y mentiras como se muestra en la serie, sino un riesgo permanente para cualquier reactor del mundo. El accidente de Chernóbil no fue un caso aislado. Ya ocurrieron otros accidentes comparables, como el de los reactores de Three Mile Island en los Estados Unidos, en 1979, de Mayak en la ex URSS, en 1957, y de Fukushima en el Japón, en 2011, además de muchos otros accidentes también serios. Entre los accidentes nucleares más graves de la historia aún se incluye el brasileño con Cesio-137 en Goiânia, en 1987, que no involucró un reactor sino una bomba de radioterapia abandonada.

De la serie de HBO.

El desastre en Chernóbil no se resume a que la tecnología utilizada tuviese problemas o que los protocolos de seguridad no hayan sido cumplidos. Probablemente, no haya nada en el mundo con tantos controles de seguridad como las usinas nucleares (con la obvia excepción de las bombas nucleares…). Pero no es suficiente. No existe tecnología conocida para hacer seguras las reacciones de fisión en un reactor. Hay tecnología para minimizar los riesgos, no para eliminarlos. Si sobre cualquier tecnología y sector industrial puede decirse que siempre hay riesgos, por ejemplo en la minería de carbón o en la extracción de petróleo, no se puede decir lo mismo sobre la escala de las consecuencias. En el caso de la energía nuclear, los riesgos no son aceptables, como muestra muy bien la serie.

Hoy existen en el mundo más de 800 reactores nucleares distribuidos por más de 50 países, entre activos e inactivos, contándose solamente los utilizados para fines civiles y “legales” reconocidos por la AIEA (Agencia Internacional de Energía Atómica). Estados Unidos, Canadá, Israel, países europeos y otros poseen incluso varias usinas ilegales, por fuera del control de la AIEA. Hay incluso reactores militares para producción de combustible para armas atómicas y reactores experimentales que tampoco entran en la contabilidad de la AIEA. La división entre reactores civiles y militares es artificial. No existe la “energía atómica pacífica”. El desarrollo de las usinas nucleares fue un subproducto de la producción de la bomba atómica. Las usinas son necesarias para la producción de plutonio, mucho más eficiente para bombas nucleares que el uranio, pero que no existe en cantidad suficiente en la naturaleza. Cualquier país que quiera desarrollar bombas atómicas necesita dominar también la tecnología de las usinas nucleares. Por eso, hay gran incentivo estatal de los gobiernos (y en especial de sus Fuerzas Armadas) a la “energía atómica pacífica”, pues es la base para la energía atómica para fines militares.

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Chernóbil no fue una excepción. La AIEA recibe en promedio una notificación por día de incidente nuclear en alguna región del mundo, de distintos niveles de acuerdo con una escala que lleva en cuenta la cantidad de radiación escapada, el número de víctimas humanas, y el costo financiero. ¡Entre los considerados serios, ya fueron más de una centena desde la fundación de la AIEA en 1957! La mayor parte de esos incidentes ocurrió en Estados Unidos. Esa estadística de notificaciones de la AIEA es subestimada, dado que empresas privadas gestoras de los reactores y los gobiernos no informan todos los incidentes y muchas veces minimizan su gravedad, de la mismísima forma como se muestra en la serie en relación con Chernóbil.

El accidente de Three Mile Island en Estados Unidos, así como el de Chernóbil, también se dio por cortes de costos en el sistema de seguridad, uso de materiales fuera de especificación para abaratar el reactor, personal sin calificación necesaria para su operación, y tentativas de la empresa y del gobierno de minimizar lo ocurrido, negándose a evacuar a la población local. Pasadas 38 horas del accidente, el gobernador de Pensilvania declaró por la TV que estaba “todo bajo control”. Como se ve, la incompetencia, el desprecio por las vidas humanas, y las mentiras no son defectos exclusivos de la burocracia soviética…

¿Y qué decir del supertecnológico y supercompetente Japón, que construye la usina nuclear de Fukushima justamente en una región conocida por los riesgos de terremotos y tsunamis? En Fukushima no uno sino tres reactores explotaron. Como resultado del calor intenso generado por la fusión de los núcleos, hubo derretimiento del fondo de concreto y escapó radiación para el agua subterránea, lo que en Chernóbil fue evitado por el trabajo heroico y voluntario de los mineros de Tula, como muestra una de las escenas más emocionantes de la serie. Para mantener resfriados los tres núcleos derretidos de Fukushima son necesarias 400 toneladas de agua por día. Eso hasta hoy, pasados más de ocho años del accidente. Cada día, esas 400 toneladas de agua se tornan 400 toneladas de agua radioactiva. Y esa agua radioactiva es por lo menos parcialmente arrojada al mar… El “moderno” Japón no divulga el volumen total, pero se estima un mínimo de 100 toneladas de agua radioactiva en el océano por día desde el accidente y por lo menos por unos 30 años más… Esas aguas radioactivas no afectan solamente las costas japonesa y asiática del Pacífico, sino que fueron detectadas ya en la costa americana, australiana y sudamericana… El Japón no divulga ni el número de muertos en el accidente ni la estimativa de muertos para los años siguientes debido a la exposición a la radiación. El cálculo oficial estima en 40 años el tiempo necesario para controlar los núcleos activos de los reactores.

Francia, país que tiene la mayor proporción de usinas nucleares en su matriz energética en todo el mundo, recientemente, para “economizar”, rebajó los protocolos de seguridad en sus reactores, como fue denunciado por activistas franceses contrarios al uso de la energía nuclear.

No, los reactores americanos, europeos y japoneses no son seguros… Ninguno lo es. Iouli Andreev fue director del Servicio Soviético de Emergencias Nucleares y fue militar responsable por la limpieza de la región de Chernóbil tras el accidente. Él afirma: “Los accidentes en las usinas nucleares ocurren una vez cada 25 años, independientemente del sistema político. Es imposible hacer las usinas nucleares perfectamente seguras por varias razones técnicas. Podría gastarse más dinero con el proyecto y la operación de las usinas, pero eso no sería rentable comercialmente. Hasta ahora, nuestro planeta ha tenido suerte luego de los accidentes nucleares, pues el viento no se dirigió a grandes ciudades con las emisiones radioactivas, pero no será siempre así”.

Como si fuese poco, la cuestión no se agota en los accidentes nucleares. Después de enriquecido, el combustible nuclear no puede “apagarse”. Cuando se termina la vida útil del combustible de una usina, este pasa a ser considerado residuo nuclear, la tal basura radioactiva, altamente peligrosa. La única cosa que se puede hacer es almacenarlo lejos de seres vivos. Las mejores “soluciones” que los gobiernos y las empresas encontraron hasta ahora fueron arrojarlos al mar o enterrarlos. Muchas veces, las potencias “exportan” la basura nuclear para países semicoloniales… La llamada media vida de un átomo es definida como el tiempo para que mitad de los átomos radioactivos de una muestra decaigan en otros átomos. En el caso de los residuos radioactivos, la media vida de varios de los isótopos sobrepasa varias décadas (cesio-137, 30 años; estroncio 90, 28 años; plutonio 241, 15 años; plutonio 239, 10 años; plutonio 238, 90 años), algunos superando el millar de años (plutonio 240, 6.500 años). Repetimos, ese es el tiempo necesario para que solo mitad de los átomos de la muestra decaiga. La otra mitad sigue radioactiva. O sea, no se resuelve el problema de los residuos empujándolos para el futuro, para las próximas generaciones. Los barriles con residuos nucleares se oxidan y se deterioran, y están hace décadas liberando radiación permanentemente en los mares y los lechos de agua subterráneas. A eso se suman los problemas como el transporte de residuos. Hubo incontables accidentes con transporte que liberaron radiación, incluso caídas de aviones y hundimiento de navíos cargados con basura nuclear.

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Las regiones que fueron utilizadas como áreas de testes de bombas nucleares sufren también con la contaminación radioactiva. Son principalmente islas del Pacífico, regiones del Círculo Polar Ártico, desiertos, fondos de mar, además de los testes realizados directamente en la atmósfera. Y, obviamente, hay que incluir todavía las regiones de Hiroshima y Nagasaki…

Existe también el problema de la extracción de uranio. Los trabajadores de las minas de uranio, así como los habitantes de las regiones involucradas, están permanentemente recibiendo dosis de radiación. Como no es uranio enriquecido, esas dosis son bajas, pero acumulativas, aumentando fuertemente la probabilidad de que esos trabajadores y sus familiares desarrollen cáncer. No por casualidad se terceriza mucho la minería de uranio para países africanos y asiáticos, que producen para las potencias: por ejemplo, Francia extrae el uranio necesario en sus ex colonias, como Níger y Gabón; Estados Unidos e Inglaterra, en el Congo, Namibia y la India; Rusia extrae la mayor parte en Kazajistán y Uzbekistán.

Entre los defensores del uso de la energía nuclear son comunes los argumentos de que esta, bien utilizada, sería segura, limpia y barata. Hay incluso muchos “ecologistas” que defienden eso. ¡Son mentiras! No existe tecnología que garantice seguridad en su utilización. La falta de seguridad y la cuestión de los residuos y de la minería hacen que tampoco sea limpia. Y la energía nuclear no es de manera alguna barata, es posiblemente la más cara de todas. Si aparenta ser barata, eso se debe solamente a un truco contable, ese sí barato. ¡Simplemente, los costos de un accidente nuclear no son contabilizados! El costo para intentar lidiar con las consecuencias del accidente de Chernóbil, en valores corregidos, ya sobrepasó los 150.000 millones de dólares, y la previsión es que el de Fukushima sobrepase los 180.000 millones. Si esos costos, altamente subestimados, fuesen contabilizados, quedaría claro que la energía nuclear no tiene nada de barata. Pero esos gastos son asumidos por los Estados con dinero público, mientras los lucros generados por las usinas son devorados por las empresas privadas que las administran. Es la vieja privatización de los lucros y socialización de los perjuicios… Pero los costos financieros son aquí lo menos importante. Para controlar el núcleo de Chernóbil fueron necesarios ¡900.000 trabajadores expuestos a la radiación! Una gran parte lo hizo voluntariamente. En el caso de Fukushima nuevamente el Japón no divulga las informaciones, pero se estima un mínimo de 40.000 trabajadores expuestos. No hay datos confiables sobre cuántos murieron debido a la exposición a la radiación en ninguno de los dos casos. Fueron, con certeza, decenas de miles. Dejamos aquí nuestro sincero homenaje y agradecimiento a estos héroes-trabajadores que impidieron que los desastres se transformasen en tragedias aún mayores.

El hecho de que los países capitalistas “avanzados” sean tan criminales, mezquinos e irresponsables en relación con la energía nuclear no disminuye en nada la responsabilidad de la burocracia soviética por la catástrofe de Chernóbil. Usurpando el nombre del socialismo en defensa de sus egoístas intereses, la burocracia estalinista, con su política antileninista de “construir el socialismo en un solo país”, se negó a extender la revolución, aislando a la URSS y metiéndola en una corrida nuclear y militar con el imperialismo, este mucho más poderoso. Al obligar a la ex URSS a competir en condiciones desfavorables, la burocracia estalinista impuso metas irreales incluso en el área nuclear, ampliando todos los riesgos. La gestión burocrática, sin control de los trabajadores, agravaba aún más todo. No en vano se asocia el desastre de Chernóbil a la decadencia y posterior disolución de la ex URSS. De hecho, el accidente ocurrió en 1986, cuando el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética ya implementaba a todo vapor su política de restauración capitalista, que convertiría a los burócratas soviéticos de entonces en los actuales capitalistas rusos. Que la usina de Chernóbil tuviese como nombre oficial Estación Electronuclear Vladimir Ilich Lenin quedará para siempre marcado en la historia como el símbolo más tétrico de la falsificación del leninismo por el estalinismo.

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La clase trabajadora, los habitantes de barrios pobres, y las poblaciones de los países semicoloniales son los que mueren en las minas de uranio, en las usinas nucleares, y en los depósitos de residuos radioactivos. Por eso, son quienes más necesitan de un programa para la cuestión nuclear. Un programa de la clase trabajadora. En una cuestión tan grave, que envuelve sin exageraciones la sobrevivencia de la humanidad, el programa de la clase trabajadora no puede contener medias palabras ni medias medidas. No puede repetir los crímenes de los Partidos Comunistas que llevaron a la catástrofe de Chernóbil ni tampoco repetir la traición de los partidos socialdemócratas europeos, que desde el poder en sus Estados mantuvieron y ampliaron el uso de la energía nuclear, incluso para fines militares. ¡Debemos estar decididamente por el fin de la utilización de la energía nuclear tanto para fines militares como para fines dichos pacíficos! ¡Exigimos la desactivación de todas las ojivas nucleares del mundo! Estamos en contra de las usinas nucleares comerciales para la producción de energía eléctrica y el lucro. Por el cierre de todos los reactores nucleares del mundo, de todos los países. Mantenimiento solamente de reactores de investigación y para la producción de radioisótopos para medicina, sin secreto comercial, militar o de Estado, bajo control de la comunidad científica de todo el mundo.

La energía nuclear no es segura, no es limpia, no es barata. En las condiciones del capitalismo decadente en que vivimos, los riesgos tienden a aumentar con la crisis económica y los cortes cada vez mayores en mantenimiento, seguridad, y personal especializado, tanto por parte de los gobiernos endeudados como de las empresas privadas en busca de ganancias máximas. Además, en la medida en que envejecen, los reactores van exigiendo costos extras de mantenimiento.

En el marco de este programa radicalmente contrario al uso de la energía nuclear para fines tanto militares como comerciales, comprendemos la posibilidad de excepciones parciales, tácticas, en el caso de países semicoloniales (o nuevos Estados donde la clase trabajadora tome el poder), que para defenderse de la presión imperialista se vean obligados a mantener/desarrollar usinas nucleares (e incluso armamento). Pero será una excepción temporal, en el marco de una política general de desnuclearización de todo el planeta, comenzando obviamente por las grandes potencias nucleares: Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Inglaterra e Israel.

Este programa no es utópico. La presión popular ya consiguió arrancar en Alemania una moratoria en la construcción de nuevas usinas nucleares y un plano de desactivación de las existentes. En el Japón, luego de Fukushima, también hay moratoria. En los años ’80 hubo un potente movimiento popular contra la energía nuclear en los Estados Unidos. Es posible organizar el amplio rechazo al uso de la energía nuclear en una campaña mundial por su fin.

La humanidad socialista del futuro, libre de la opresión, de la explotación, y de las guerras promovidas por el imperialismo, así como de las trabas de lo que fue la burocracia soviética, tendrá entonces plenas condiciones de domar el átomo y descubrir formas de explorar con seguridad la energía nuclear en pro del bienestar común de toda la humanidad, y no de los intereses mezquinos de un puñado de capitalistas o naciones ricas que, con su afán de lucro, amenazan la existencia del plantea Tierra y de todos los seres que lo habitan.

Traducción: Natalia Estrada.