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La recesión económica mundial –exacerbada por la crisis sanitaria que desató la pandemia de Covid-19– permite prever un recrudecimiento de la lucha de clases en una dimensión histórica. Plantea un escenario político volátil, que en este momento tiene su máxima expresión en la ola de protestas en EEUU a raíz del asesinato de George Floyd. La crisis en el corazón mismo del capitalismo ha provocado un proceso de movilización mundial impresionante. Parafraseando a Lenin, una “catástrofe nos amenaza”: la política genocida de los gobiernos capitalistas del mundo. En consecuencia, la necesidad de que las fuerzas de la revolución socialista estén preparadas en todos los sentidos, no solo para enfrentar la amenaza sino para derrotarla, es más imperiosa que nunca.

Por Daniel Sugasti

Las manifestaciones antirracistas dentro y fuera de EEUU sobrepasan la cuestión racial y el enfrentamiento en contra de la política “autoritaria” del gobierno de Trump o la arraigada violencia policial en contra de los pobres y no blancos. La rebelión expresa un hastío general contra el agravamiento de las condiciones de existencia de amplios segmentos de la clase trabajadora –sobre todo entre los negros y otras minorías oprimidas– y sectores medios arruinados con la crisis.

Por otra parte, la masificación de las protestas en la principal potencia mundial refuerza el resurgimiento de las luchas en el contexto de la revolución chilena, pero también en el Ecuador, Hong Kong, Brasil, Londres, Lisboa, Madrid, etcétera. Esta nueva realidad abona la hipótesis de que la lucha de clases no está para “cuarentenas” prolongadas.

Si en algún momento hubo una “pausa” provocada por la pandemia, la guerra social emprendida por los gobiernos burgueses hace que la reacción de las masas trabajadoras sea inevitable. Si la conjunción entre pandemia y recesión económica pone de manifiesto que, en muchos casos, lo que está en juego es la propia sobrevivencia, no se puede descartar que lo que estamos presenciando sea el preludio de procesos todavía más convulsivos.

El imperialismo está consciente de la situación y de su posible dinámica de mayor polarización social. Ante esto, tiene un programa bastante nítido: que los muertos los pongan los trabajadores y aprovechar la pandemia para descargar el peso de su crisis sobre las doloridas espaldas de nuestra clase.

Si para salir de la crisis –que desde la óptica capitalista significa recuperar sus tasas de ganancias– es necesario empujar a la humanidad al abismo de la barbarie, el puñado de multimillonarios que domina el mundo no dudará en hacerlo. No hay medias tintas: o ellos, o nosotros.

En las filas del movimiento obrero y social, o dentro de aquello que se conoce como “izquierda” en sentido lato, la disputa ideológico-política acerca de cuál es el camino a seguir es feroz. La histórica encrucijada entre reforma o revolución –que la revolucionaria polaca Rosa Luxemburgo precisó como un embate entre socialismo o barbarie–, está planteada al rojo vivo. Esto nos lleva a una primera definición: el reformismo, con todas sus variantes, no cumplirá un papel distinto del que cumplió en crisis anteriores del sistema capitalista. Una vez más será su muleta. Estará del lado de la contrarrevolución. Estará con ellos, no con nosotros.

Este es el contexto de la fundación –hace poco más de un mes– de la autodenominada Internacional Progresista (IP), movimiento surgido a partir de una iniciativa del senador demócrata Bernie Sanders y del movimiento europeo DiEM25, liderado por Yanis Varoufakis, conocido exministro de Finanzas del gobierno de Syriza en 2015.

Esta organización se presenta a sí misma como un “frente común para barrer con el autoritarismo”. La iniciativa de Sanders y Varoufakis logró atraer a una serie de intelectuales de izquierdas y honestos activistas por las más distintas causas sociales:  Noam Chomsky; Carola Rackete, capitana símbolo del rescate de migrantes en el Mediterráneo; el actor mexicano Gael García Bernal; la escritora canadiense Naomi Klein, entre otras figuras. El abanico de simpatizantes incluye, además, el juez español Baltasar Garzón y el Nobel de Economía en 2001, Joseph Stiglitz.

Pero la IP también recogió la adhesión de un amasijo de políticos frentepopulistas, reformistas, socialdemócratas –muchos de ellos expresidentes latinoamericanos–: Lula, Dilma, Mujica, Evo Morales, Rafael Correa, Fernando Lugo, el español José Luís Rodríguez Zapatero, etcétera. En esta lista también merecen destaque el exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera; el excanciller de los gobiernos de Lula, Celso Amorim; y el último candidato presidencial del PT brasileño, Fernando Haddad[1]. La primera ministra islandesa, Katrín Jakobsdóttir, es otra pieza clave de la nueva agrupación política.

La IP, como anticipamos, se sostiene en el aparato del Instituto Sanders y del DiEM25. Si la pandemia lo permite, sus dirigentes anunciaron la intención de realizar un primer congreso en la capital islandesa, Reikjavik, organizado por el partido de Jakobsdóttir, el Movimiento de Izquierda-Verde.

¿Es necesaria una organización internacional que dote de un programa y centralice la lucha (en todas sus dimensiones) contra el capitalismo mundial? Evidentemente, sí. Esta concepción y objetivo es un patrimonio, una herencia legada por los cuatro intentos para conformar una Internacional que se dieron en los últimos 155 años. La discusión con la IP no es esa. El debate de fondo es con qué programa, política, método, y con quiénes construir la Internacional.

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En ese sentido, si el “dime con quién andas…” ya nos proporciona una pista del perfil ideológico-programático de la “nueva” Internacional Progresista, toca detenerse en el análisis de sus propuestas y acciones políticas.

¿Humanizar o destruir el capitalismo?

La idea de una “Internacional Progresista” viene de 2018. Fue esbozada en dos artículos publicados en The Guardian, primero por Sanders y, después, por Varoufakis.

Por más de un año, la cosa no pasaba de una idea suelta. La oficialización de la iniciativa en medio de la pandemia y del agravamiento de la crisis económica, sobre todo en EEUU, no es fortuito. Obedece a un intento de contener o presentar una alternativa (falsa) para esterilizar el descontento generalizado y, si es posible, conducir los posibles estallidos sociales hacia callejones sin salida, por dentro del sistema capitalista, sus instituciones más tradicionales y sus mecanismos electorales.

El caso de las protestas que sacuden EEUU es un buen ejemplo de esto. Sanders, cuya candidatura despertó la simpatía de muchos activistas sociales, no hace un llamado a intensificar la lucha para enfrentar el genocidio del pueblo negro, que está siendo afectado de manera desproporcionada por la pandemia y por sus efectos económicos, como el desempleo y la pobreza. El senador no propone un plan de emergencia económico y sanitario que, entre otras medidas básicas, plantee la nacionalización de la medicina privada y la creación de un sistema único de salud; o bien la prohibición de los despidos por medio de fuertes sanciones económicas o la propia estatización de las grandes empresas.

Si uno entra en el sitio web de la IP, no existe una campaña contra la guerra social desatada por la pandemia ni sobre el histórico movimiento antirracista que electriza EEUU. La explicación de esto es que para Sanders y los demás dirigentes de la IP –Varoufakis tiene la misma línea en Europa, donde también ebullen las protestas– el terreno de sus acciones son las instituciones vigentes, no la movilización de los oprimidos. Por eso no debe sorprender que, a pesar de su retórica con tonalidad socialista, ahora Sanders está apoyando y llama a sus seguidores a apoyar la candidatura de Joe Biden, el competidor del aparato demócrata.

Esta propuesta y ubicación, como veremos, no solo no es nueva sino que no tiene ninguna posibilidad de satisfacer los anhelos de las masas trabajadoras que se levantan o se levantarán contra los gobiernos y sus actos de guerra social –porque no cuestiona el capitalismo– ni será capaz de combatir de manera consecuente los proyectos de extrema derecha o, en algunos casos, explícitamente neofascistas que se desarrollan en algunos países.

El propio Varoufakis se encarga de dejar esto nítido. Cuando la IP se lanzó públicamente, el economista griego subrayó que su objetivo era movilizar a las personas, coordinar acciones entre sectores “progresistas”, pero no para liquidar el capitalismo (“el sistema”), sino para “transformar” el orden global junto con las instituciones que lo componen. La propuesta central de la IP, que también es planteada en términos vagos, es enfrentar el “autoritarismo”, presentado como un nacionalismo resurgido, encarnado en políticos como Trump, Bolsonaro, Matteo Salvini, Viktor Orbán, etcétera.

Pero tampoco llega a ser un frente único de combate contra esas corrientes, puesto que los métodos que propone para enfrentar los ataques (reales o potenciales) a las democracias liberales se ciñen a los límites de las instituciones, sin llamar nunca a la lucha abierta (que supondría el enfrentamiento físico, en ciertos casos) contra esas corrientes de extrema derecha.

La nueva organización formula sus metas de manera tan general que se diluyen en sí mismas: “fomentar la unión, coordinación y movilización de activistas, asociaciones, sindicatos, movimientos sociales y partidos en defensa de la democracia, la solidaridad, la igualdad y la sostenibilidad”[2].

La tarea, según la IP, es defender un Estado de Bienestar en el contexto de un mundo más “democrático, igualitario, ecologista, pacífico y en el que prime la economía colaborativa”[3]. Esta meta es limitada puesto que, incluso en sus décadas de auge, los llamados Estados de Bienestar no pasaron de ser Estados burgueses que admitieron ampliar políticas sociales compensatorias y libertades democráticas formales en la Europa occidental durante la segunda mitad del siglo XX. El carácter efímero de ese fenómeno se hizo más visible después de la crisis de 2008-2009, cuando las principales conquistas materiales y garantías formales fueron atacadas o desmontadas una por una.

En el sitio web de la IP puede leerse la “visión” de mundo que plantean: democrático; descolonizado; justo; igualitario; liberado; solidario; sostenible; ecológico; pacífico, “donde la violencia de la guerra sea sustituida con la diplomacia de los pueblos”; poscapitalista, “que recompense todas [las] formas laborales mientras se elimina el culto [del] trabajo”; próspero, “que invierta en un futuro dichoso de abundancia compartida”; pluralista; etcétera[4].

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Lo anterior puede ser una enumeración de expresiones de deseos y valores muy bonita (al menos retóricamente), pero ese mundo es inalcanzable en los moldes del programa y las acciones que plantean.

Ese “orden internacional progresista” surgiría, siempre según ellos, de la “transformación” de las “instituciones que impactan sobre nuestras vidas, nuestras comunidades y el planeta”. Uno de los primeros pasos en dirección a esa transformación de las instituciones imperantes, una primera gran tarea en ese sentido, es que la IP sea “una agencia de noticias para las fuerzas progresistas del mundo”[5].

Retrocedamos un poco. Como dijimos al inicio, las bases de los que por veces se llaman “red” de fuerzas progresistas fueron esbozadas en 2018. Sanders escribió un artículo contra el surgimiento de un nuevo “eje autoritario”, compuesto por una “una red de oligarcas multimillonarios”, al cual debía oponérsele una coordinación de fuerzas “progresistas”[6].

Esta idea fue secundada y profundizada en un artículo de Varoufakis, publicado en el mismo periódico, también en 2018. Un texto que merece que nos detengamos en algunos de sus puntos.

El exministro del gobierno Syriza comienza planteando explícitamente que “no debemos apresurarnos para salvar el orden liberal. Deberíamos rehacerlo…”[7].

En términos más concretos, la premisa de Varoufakis es la siguiente: “El consejo de seguridad de la ONU, el FMI, el Banco Mundial y la OIT fueron concebidos como agencias de cambio, y pueden volver a serlo”. Luego, la gran tarea es reformar o reencauzar esos organismos a sus fines originales, puesto que “se volvieron en contra de los principios en los que se basaban”. Por ejemplo, según la opinión de Varoufakis, el FMI debería “reequilibrar” los “desequilibrios comerciales”; el Banco Mundial debería “supervisar un New Deal verde en colaboración con los bancos de inversión pública de Europa y China”; la OIT debería tener el poder para “sancionar” a las grandes empresas que impiden la sindicalización e incumplen normas internacionales de trabajo, no simplemente publicar informes[8].

A la luz de lo que Varoufakis escribió en 2018 es posible comprender más fácilmente el meollo de las concepciones y las propuestas políticas de lo que ahora se llama Internacional Progresista. En suma, él plantea que el movimiento “progresista” no debe aspirar a que las instituciones internacionales –FMI, BM, OIT…– se “desmoronen”; no, el objetivo debe ser “transformarlas” y “reclamar” que esos organismos se rediman de sus pecados y, reconvertidos, sellen un “Nuevo Acuerdo Verde Internacional”[9]. Consagrado este nuevo “acuerdo” –una variante parecida con los planteos liberales acerca de establecer “un nuevo pacto social”– la justicia climática y los derechos de los trabajadores estarían garantizados y protegidos.

La elocuencia con la que Varoufakis expone sus ideas hace posible imaginarlo ante los ejecutivos del FMI o del Banco Mundial intentando convencerlos de que el mundo debe ser más humano, solidario, democrático y ecológicamente sostenible… ¿No sería esto intentar dibujar en el agua? ¿Convencer al alacrán de que no debe usar su aguijón?

Pero no podemos ser injustos. Varoufakis admite que una transformación positiva de las instituciones internacionales presupone un cambio (total o parcial) en su composición. Propone que estén conformadas no solo por agentes designados por los gobiernos sino por “ciudadanos de todo el mundo”. El excolega de Tsipras dice que sostener que las instituciones están fuera del alcance de un “política progresista” es un punto de vista fatalista. De ahí surge la tarea clave: “los internacionalistas deben darse cuenta del poder de estas instituciones para transformar el mundo para mejor, y reclamarlas como propias”[10].

El reformismo siempre acusó a los partidos revolucionarios de no ser realistas o “pragmáticos”. Nosotros preguntamos: ¿es realista pensar que “la gente común”, los “ciudadanos”, podrían tomar el control del FMI, el Banco Mundial, la OIT, la ONU, entre otros organismos imperialistas, democratizándolos y promoviendo un cambio de carácter, de manera tal que pasen a proteger los derechos laborales y defender el medio ambiente?

Por eso, el debate de fondo –como adelantamos– es entre reformar o destruir el orden imperialista y sus instituciones.

En esos términos, el programa esbozado por la IP y el pensamiento de sus principales dirigentes no deja dudas acerca de su estrategia: presionar por reformas del capitalismo-imperialista y sus instituciones más emblemáticas. Es difícil concebir una utopía más reaccionaria. Sembrar ilusiones de este tipo solo puede conducir a incontables derrotas.

La llamada IP es una nueva faceta de la histórica cobardía y postración del reformismo ante el poder de la burguesía. Es más, confirma un curso de degeneración que es cada vez más evidente.

Si el origen del reformismo, a finales del siglo XIX expresaba una base de la “aristocracia obrera” en los países centrales de Europa y hablaba del socialismo “en días de fiesta”[11], lo que podemos llamar neorreformismo (Unidas-Podemos, Syriza, Bloco de Esquerda, Frente Amplio en Chile, PSOL, etc.) se apoya en sectores medios de la sociedad y ha abandonado la bandera del socialismo incluso en el terreno de la retórica.

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Pero tanto el “viejo” como el “nuevo” reformismo se apoyan en un pilar común: no se proponen derrocar el capitalismo sino maquillar el rostro de la bestia. Fuera del poder, hacen todo lo que está a su alcance para frenar o desviar las luchas de la clase trabajadora. Cuando llegan al poder, se transforman en gerentes del capitalismo, sin siquiera impulsar reformas. Los ejemplos de Syriza, Unidas-Podemos, Lula, Dilma, Evo, Zapatero, entre muchos otros, son una prueba contundente de que, en realidad, estamos frente a un reformismo sin reformas. Sanders, como dijimos, no llegó a gobernar, pero ahora apoya al candidato oficial del Partido Demócrata, que aplicará los mismos planes imperialistas dentro y fuera de EEUU.

Podemos decir que la IP agrava los elementos más reaccionarios de los neorreformistas: a) es mucho más superestructural, es decir, no surge ni se apoya en ningún proceso de luchas progresivas (como fue el caso de Podemos con el movimiento 15M, o de Syriza con la ola de insatisfacción del pueblo griego debido al saqueo de la Troika), aunque, como en esos casos, su intención también sea frenar las luchas actuales; b) está compuesto por expresidentes que en su momento gobernaron para la burguesía y reprimieron al movimiento de masas. Por citar un único ejemplo, conviene recordar que el propio Lula se encargó de enfatizar que los bancos “nunca en la historia del Brasil ganaron tanto dinero como cuando [él] fue presidente”[12].

Por una Internacional obrera, socialista, democráticamente centralizada

Sin destruir el capitalismo, que supone acabar con sus instituciones políticas, económicas y, sobre todo, sus fuerzas armadas, es imposible un mundo justo, igualitario, democrático, solidario y próspero, retomando las declaraciones de la IP.

El hecho de que el mundo sea lo opuesto a esta (difusa) declaración de intenciones de la IP no se debe solamente a tal o cual gobierno, o tales o cuales funcionarios que están en la cúspide de los organismos multilaterales, sino a un modo de producción basado en la explotación de la fuerza de trabajo de miles de millones de personas para enriquecer a un puñado de magnates.

La estrategia de la IP, que se presenta como algo “nuevo”, consiste en la más “vieja” y reaccionaria de todas las estrategias: “humanizar el capitalismo”. Esto exige retomar, a la luz de la nueva realidad mundial, la misma discusión que atraviesa a la “izquierda” hace más de un siglo: reforma o revolución.

En este marco, sostenemos que esa ubicación programática neutraliza a la IP como posible herramienta de combate para los millones de personas y miles de activistas sociales que, incluso en medio de la pandemia, se movilizan en el mundo y buscan alternativas contra los males y la barbarie que el capitalismo impone al planeta.

Es necesaria una respuesta internacional a los ataques del capitalismo, puesto que es un sistema mundial. Para nosotras y nosotros, la alternativa pasa por reconstruir la IV Internacional sobre las bases de su fundación en 1938. Por supuesto, esta tarea exige una actualización programática que incorpore las lecciones que dejaron los grandes hechos de la lucha de clases en los últimos 82 años. Pero el punto de partida es el mismo: “la crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de su dirección revolucionaria”. La solución de esa crisis pasa por reconstruir una Internacional obrera, socialista, con régimen centralista democrático, y templada en los combates más importantes de la clase obrera contra el capital.

Notas:

[1] En Latinoamérica, la IP es promovida por el Grupo Puebla.

[2] Consultar: <https://www.jornada.com.mx/2020/05/18/politica/008n3pol>.

[3] Consultar: <https://ladiaria.com.uy/articulo/2020/5/se-lanzo-la-internacional-progresista-frente-creado-para-enfrentar-el-avance-de-la-derecha-y-la-extrema-derecha-a-nivel-mundial/>.

[4] Consultar: <https://progressive.international/about/es>.

[5] Consultar: <https://progressive.international/wire>.

[6] Consultar: <https://www.theguardian.com/commentisfree/ng-interactive/2018/sep/13/bernie-sanders-international-progressive-front>.

[7] Consultar: <https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/dec/01/liberal-world-order-new-international-yanis-varoufakis-david-adler>.

[8] Ídem.

[9] Ídem.

[10] Ídem.

[11] Un “socialismo” que sería alcanzado gradualmente, por medio de una acumulación de reformas y un aumento del peso parlamentario de la antigua socialdemocracia.

[12] Consultar: <https://tvuol.uol.com.br/video/nunca-ganharam-dinheiro-como-no-meu-mandato-diz-lula-sobre-banqueiros-04020D183666C0C15326>.