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Las escenas de George Floyd siendo torturado por los policías hasta la muerte chocaron en EEUU y provocaron una rebelión en el país. El 25 de mayo un policía se arrodilló sobre su cuello por casi 9 minutos, en cuanto otros miraban y Floyd decía repetidamente “no puedo respirar”.

Por PSTU-Brasil

La brutalidad recorrió el mundo y los Estados Unidos asistieron a una rebelión que no acabó hasta el momento. Comenzó en Minneapolis, ciudad donde Floyd fue asesinado. La imagen de la delegación de la ciudad quemada fue apenas el inicio de una revuelta que se esparció como un puñado de pólvora por al menos 150 ciudades, entre ellas Atlanta, Denver, Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Oakland, San Francisco, Miami

La rebelión fue combatida por una salvaje represión. En Twitter, Donald Trump amenazó a los manifestantes: “Cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos”. Además de ser una grave amenaza usar tiros contra manifestantes, el recado tenía una simbología racista, pues la frase fue acuñada en 1967 por el jefe de la policía, el racista Walter Headley, durante la revuelta negra de aquel año.

Escondido en un búnker

En la capital de Washington, el día 29, manifestantes cercaron la Casa Blanca y gritaron: “no puedo respirar”. Trump fue obligado a esconderse en un búnker subterráneo durante los enfrentamientos afuera. La última vez que un gobierno del país usó un búnker fue el 11 de setiembre de 2001.

Nunca en la historia había tenido que ser usado por un presidente para esconderse de la ira del propio pueblo estadounidense.

Las protestas en masa tomaron las calles para exigir justicia a Floyd, con el movimiento Black Lives Matter (vidas negras importan), al frente, creado contra la violencia policial en los Estados Unidos.

Represión y amenazas de Trump

La policía reprimió con brutalidad a los manifestantes en Minnesota y en todo el país, disparando balas de goma, lanzando granadas, gases lacrimógenos y empleando métodos odiosos de violencia e intimidación. La policía aún atacó y arrestó a un periodista negro de CNN quien cubría las protestas. Su colega blanco que estaba al lado no fue preso.

De la Casa Blanca (o desde su búnker, no se sabe), Trump escribía en una red social que lanzaría contra los manifestantes “los perros más crueles y las armas más amenazadoras que he visto”. Es una reverencia a los perros utilizados en el pasado para cazar esclavos que huían. Trump también anunció que el movimiento antifascista de izquierda, ANTIFA, sería designado como una organización terrorista.

Por lo menos 20 Estados activaron la Guardia Nacional para reprimir las protestas. Trump amenazó usar el propio ejército para sofocar la rebelión. Los gobernadores y prefectos decretaron estado de sitio en varias ciudades. No avanzó. La rebelión siguió hacia el frente en un país harto de violencia policial racista, que tiene hoy 40 millones de desempleados y lidera el ranking de muertes por COVID-19.

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La gota que derramó el vaso

El obdio contra el racismo aumentó cuando dos jóvenes negros fueron asesinados por policiales en los primeros meses del año. Breonna Taylor, una médica de emergencia de 26 años, fue baleada ocho veces cuando policiales entraron a su apartamento en Louisville, en Kentucky, el día 13 de marzo. Ahmaud Arbery, 25 años, estaba corriendo en el sur de Georgia cuando fue perseguido por dos hombres blancos armados que sospechaban de robo y dijeron estar intentando aprenderlo. Uno de ellos le disparó y lo mató. Todo fue filmado y nadie fue condenado.

Por cierto, la impunidad reina en estos casos. Según el mapa de violencia policial, entre 2013 y 2019, el 99% de los oficiales envueltos en asesinatos durante el servicio en los EEUU no fueron condenados criminalmente.

A esos casos bárbaros, se suman centenas de otros que levantaron la creación de Black Lives Matter. No es por acaso que la ola es la más amplia, intensa y radical desde el asesinato del activista Martin Luther King en 1968.

También es diferente de la revuelta de 1992, en Los Ángeles. La ola de protestas se convirtió en un tsunami que se esparció por todo el país.

Declive del imperio americano

Pandemia, crisis económica y polarización social

Ya hace algún tiempo que el sueño americano se convirtió en una pesadilla social. El país más rico del mundo es el líder mundial en casos y muertes por COVID-19. Hasta el 1 de junio, el país tenía 1.847.626 casos registrados y más de 106 mil muertos. Con respecto a eso, Trump se burla de las víctimas y va a jugar golf.

La pandemia evidenció las brutales y profundas desigualdades sociales del país, en cuestiones de raza, género, pobreza y desinformación. Las muertes por el virus son mayores entre negros y negras. Ahora representan apenas 13% de la población en EEUU, los negros son el 52% de los contagiados y el 58% de los muertos por COVID-19. Más allá de eso, la policía también prende y asedia negros y negras por violar las órdenes de confinamiento más que los blancos, como fue evidente en Nueva York.

Trump despreció totalmente la pandemia y aún desprecia a sus víctimas. El 27 de febrero, día de la primera muerte por COVID-19, dijo que el virus desaparecería, como en un “milagro”. Después habló que el virus es una invención de China para debilitar a los EEUU. En seguida, defendió tratamientos peligrosos, como el uso de la cloroquina, se recomendó hasta el uso de desinfectantes. Algunos seguirán las recomendaciones de Trump y morirán. Trump también estimula protestas (mayoritariamente blancos) que exigen la reapertura de la economía. En Michigan, uno de esas protestas fue realizada por una milicia armada que entró en la sede del gobierno de asalto con escopetas.

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La mayor crisis desde 1929

La economía de los EEUU vive su mayor crisis desde 1929. El FMI prevé una caída del 5,9% en la economía y alerta que el país enfrentará una situación peor que la vivida durante la Gran Depresión en la década de 1930.

El desempleo pasó de 3,5% antes de l a pandemia, al 14,7% el más alto en más de 70 años. Para efectos de comparación, en la crisis de 2009, la tasa máxima fue de 10%. Es evidente que la población más vulnerable son los negros, 16,7% de los desempleados, asiáticos e hispanos con 14,5% y 18,9% respectivamente.

Dimitir en los EEUU es un acto simple, pues el empleador no precisa pagar ningún tipo de multa. El país tampoco tiene un sistema a de salud pública, lo que explica el alto índice de muertes por COVID-19. Por cierto, muchos de los que murieron de COVID-19 fueron enterrados como indigentes porque si un pariente o amigo fuese al hospital para reconocer el cuerpo, sería obligado a pagar la cuenta por el tratamiento.

El 1% más ricos son más ricos

Ya antes de la pandemia, la desigualdad social en el corazón del capitalismo mundial ya era asombrosa. Más de 140 millones de personas son pobres o viven con renta suficiente para pagar sus cuentas, lo que representa 43% de la población del país, según la organización Poor People’s Campaign.

En EEUU, 1% de los millonarios tendrán 70% de la renta nacional en 2021 de acuerdo con una proyección hecha por Boston Consulting Group (BCG). La desigualdad aumentó de forma brutal después de la crisis de 2009. Se estima que el 95% de las ganancias económicas desde la recuperación de la crisis están en manos del 1%. Según Oxfam, de las ocho personas ricas, seis son americanos y dueños de una riqueza del mismo tamaño que de la mitad de la raza humana junta.

Un capitalismo decadente y racista

En cuanto eso, billonarios facturaron casi US$ 500 millones en medio de la pandemia según el relatorio de Americans for Tax Fairness y del Institute for Policy Studies. En cuanto eso, la población negra es asesinada y perseguida por la policía, y los trabajadores esenciales ni siquiera tienen asistencia médica garantizada ni un salario digno.

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El todo poderoso EEUU es el retrato del capitalismo decadente. En el corazón del sistema, la desigualdad, el desempleo, la pobreza y el racismo se profundizan y son el combustible para grandes rebeliones sociales que chocan directamente con el sistema.

Socialismo. La salida es revolucionaria: de raza y clase

El levantamiento en EEUU necesita desarrollar comités de organización de apoyo, solidaridad y lucha que organicen, de manera independiente de los políticos y de los partidos burgueses (Demócratas y Republicanos), la más profunda solidaridad y apoyo a esas manifestaciones, en particular entre los trabajadores pobres y la población migrante.

La lucha desnudará más la decadencia del capitalismo. No por casualidad gana aliento en el país un debate sobre el socialismo, en particular entre los jóvenes. Una investigación del Instituto Gallup muestra que el 51% de ellos tenía una visión positiva del socialismo.

Malcom X alertaba que “no hay capitalismo sin racismo”. Antes de él, Carter Woodson ya explicaba que “sobre el actual sistema del capitalismo, el negro no tiene chance de trabajar por elevación en la esfera económica. La única esperanza de mejorar su condición a ese respecto es a través del socialismo, el control popular de los recursos”.

La historia comprueba que ellos tenían razón. Pero para acabar con el sistema es preciso que la clase trabajadora blanca estadounidense supere el veneno del racismo contra los negros, hispanos y asiáticos. Solo así será posible liberarse de la explotación y de la pobreza impuesta por Trump y los capitalistas.

El capitalismo decadente no tiene nada que ofrecer a negros, hispanos, asiáticos y trabajadores blancos en EEUU ni en ningún lugar del mundo. El capitalismo necesita acabar.

Traducción: Cristian González