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Odisea de un inmigrante

Si tú no has sido nunca un inmigrante indocumentado de América Central realizando el peligroso viaje por México sólo para enfrentarte a los grupos de odio de los «vigilantes» y a la migra en la frontera de EEUU, entonces no sabes lo que es el infierno.
Si huyes de la pobreza o la persecución en tu propio país, también te explota y te persigue la policía mexicana que trata de robarte hasta la última moneda. Si estás sin dinero, acabas en una cárcel mexicana, acusado de una serie de crímenes de toda índole. Después, puede ser que te torturen los federales, usando técnicas como las del ejército guatemalteco, quienes las aprendieron en la Escuela de las Américas.
Si, por un milagro a tu favor por la perfecta alineación de los planetas, puedes atravesar México sin problemas, y si tienes la suerte de contar con familiares que estén dispuestos y puedan ayudarte con dinero, te encontrarás en manos de los «coyotes» o traficantes de seres humanos. Estas experiencias hacen que el programa de televisión Survivor parezca un juego de niños.  Pero son sólo una muestra de la tormenta que te  espera una vez que llegas a la tierra prometida y son sólo las primeras páginas del libro sobre  mi propia vida.

En EE.UU.
Durante los años 80, cuando tenía veintitantos años, pasé seis meses en el centro de procesamiento Port Isabel en Texas, junto con otros 600 hombres y mujeres de América Central que estaban huyendo de guerras civiles y buscando asilo político.
En Port Isabel, nos dejaron a la intemperie a temperaturas de hasta 38 grados, mientras azotaban al campamento tormentas de polvo e invadían nuestros cuerpos. Se me infectaron los oídos, y tuve que pasar varios días quejándome para que hicieran algo al respecto.  Aun así, tuve suerte pues yo hablaba inglés pero los demás, no.
Durante mis primeros días en ese lugar, no nos proporcionaron productos básicos de higiene como jabón y pasta dental.  Dado que no había excusados portátiles afuera, la gente no tenía otra opción que orinar en la tierra. Cuando los guardias nos veían en las cámaras de vigilancia, nos gritaban insultos racistas.
Después de 15 días llamaban a un prisionero para un juicio y le imponían una fianza entre $15,000 y $35,000. La manera en que nos robaban los federales mexicanos no era nada comparado con esta situación.  ¿Cómo se supone que pueden conseguir los inmigrantes pobres una suma tal de dinero, aunque tengan familiares que trabajen en los EEUU? Muchos detenidos sufrían de ataques de pánico al pensar en la posibilidad de que los deportaran y mandaran de regreso a sus países donde, con toda seguridad, serían asesinados por los escuadrones de la muerte.
Abundaban los maltratos y la corrupción. Una vez, un guardia me ofreció comida y dinero por golpear a un detenido con quien él había tenido problemas hacía unos días. Yo simplemente me alejé de él. Otra vez, un prisionero salvadoreño de mi barraca se tardó en abandonar  el patio cuando nos dijeron que entráramos para comer.  Un oficial le pegó y le sacó sangre. El detenido quería montar un pleito legal y habló con la gente del Proyecto Libertad, un proyecto de derechos del inmigrante.  A medianoche, después de que apagaron las luces, alrededor de cinco oficiales de migración entraron a nuestra unidad, se llevaron al hombre herido y a su testigo, y los transportaron a Houston, donde fueron deportados.
Este llamado «sistema democrático» trató mal a estas personas.  Los derechos constitucionales que se supone que deberían tener en tanto seres humanos en este país, sin importar la raza u origen nacional, se fueron a la porra.

¿Por qué vamos?
En México y América Central, el 90 por ciento de la gente vive cotidianamente en la lucha por sobrevivir.  Muchos dependen de la agricultura para vivir y cultivan su pequeña parcela de tierra propia o trabajan para otras personas.  Pero no pueden competir con las enormes cantidades de productos agrícolas de EEUU, que entran gracias al «libre comercio».
Esto deja a la gente sin otra alternativa que huir.  Aquéllos que tienen casas o ganado los venden y otros piden dinero prestado.  Muchos lo pierden todo en su viaje al norte y los que son deportados regresan a una existencia miserable, peor que la que tenían antes de irse.  ¿Cuál es la solución para estos pobres desgraciados del planeta si no la revolución?
Sin embargo, como una maldición, el capitalismo de los EEUU ha seguido en pie durante lo que parece una eternidad, tiempo en que el Gobierno yanqui nos impide seguir nuestros propios destinos apoyando una oligarquía y dictadura militar genocida tras otra.  Pero no piensen que se ha destruido nuestro espíritu revolucionario.  Ahora más que nunca, a medida que vemos avanzar movimientos en América del Sur hacia  sociedades mejores, nos sentimos inspirados para luchar.
Sin embargo, los pueblos de México y América Central también esperamos que los ciudadanos nacidos en EE.UU. luchen para quitarnos al Tío Sam de nuestras espaldas y para que libren sus propias batallas.  Después de todo, Uds. tienen un historial revolucionario y tal vez puedan hacer sólo una más, para ganar la libertad de todos nosotros.

Hugo Orellana*

* Originario de Guatemala, Hugo Orellana es ahora ciudadano de EE.UU., vive en Seattle, trabaja como empleado público y participa activamente en su sindicato.

Este artículo fue publicado originariamente en Freedom Socialist, periódico del FSP (Freedom Socialist Party) de los Estados Unidos.

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