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La reunión de la cúpula del G20 del último fin de semana, en Osaka, no resolvió nada sustancial en la guerra comercial y tecnológica que los Estados Unidos está entablando con China. En la mejor de las hipótesis, se combinó una tregua en los aumentos de impuestos de importación y en otras medidas contra empresas de tecnología chinas. Pero no fue alcanzado un acuerdo duradero, pues esta es una “guerra fría” entre el poder económico relativamente declinante de los Estados Unidos y un nuevo y peligroso rival por la supremacía económica: China. Así como la última “guerra fría” entre Estados Unidos y la ex URSS, esta puede durar una generación o más antes de que surja un vencedor, y cuanto más dure la guerra fría, esta vez las chances están en contra de Estados Unidos.

Por: Michael Roberts, 5/7/2019.-

En el G20, Trump y Xi concordaron con una tregua sobre las actuales medidas y en reiniciar las “negociaciones”. Trump hizo algunas concesiones, permitiendo que empresas norteamericanas vuelvan a vender productos para la Huawei. Entonces, presumiblemente, Google, Android, etc., reaparecerán en los dispositivos de la Huawei. Y China podrá, presumiblemente, comprar los procesadores y chips de que precisa de la Intel, la Qualcom y Micron. Pero no hubo claridad sobre si esas concesiones incluyen lo que la Huawei puede vender para empresas americanas (o sea, redes 5G).

Pero, así como la noche sigue al día, la guerra comercial será retomada en algún momento, porque las principales demandas de los Estados Unidos son inaceptables para China, o sea, que China renuncie a la tentativa de igualar la tecnología de Estados Unidos y acepte la supervisión de Estados Unidos en sus asuntos económicos.

El G20 puede ofrecer una breve pausa para los mercados financieros, pero eso no alterará la desaceleración general que la economía mundial está experimentando ahora, con la probabilidad de una nueva, y cada vez más próxima, caída en la producción, en el comercio, y en las inversiones globales. Los índices de actividad global en los sectores manufacturero y de servicios ya disminuyeron a niveles no vistos desde el fin de la Gran Recesión en 2009.

Figura 1: PMI global de la J. P. Morgan en los sectores de producción y servicios

El índice de actividad global de la JP Morgan de junio sugiere que el crecimiento económico mundial está por debajo de tasa anual de 2,5%, un número frecuentemente considerado en el límite de la “velocidad de parálisis”, o sea, cualquier cosa debajo de esa tasa indicaría una recesión global.

Figura 2: PMI y PIB industriales globales

La realidad es que Trump no puede revertir la decadencia constante de la antigua competencia industrial de Estados Unidos y el actual desafío de China a su superioridad tecnológica. El empleo industrial en Estados Unidos cayó de cerca de 25% de la fuerza de trabajo en 1970 a 9% en 2015. Esa decadencia no se debe a extranjeros malvados que traen acuerdos comerciales, como le gusta argumentar a Trump. La mayoría de los estudios (no todos) descartan esa tesis. Un estudio realizado por David Autor y colaboradores evalúa que la competencia de China llevó a la pérdida de 985.000 empleos industriales entre 1999 y 2011. Eso es menos de un quinto de la pérdida absoluta de empleos industriales durante ese período y una parte muy pequeña de la decadencia industrial en el largo plazo.

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La mayor razón por la cual Trump no puede traer de vuelta esos empleos industriales es que ellos en gran parte fueron perdidos por el éxito de la “eficiencia” norteamericana. En las últimas tres décadas y media, los industriales eliminaron más de siete millones de empleos, pero producen más que nunca. El Economic Policy Institute (EPI) relató en The Manufacturing Footprint and the Importance of the US manufacturing Jobs que, “si usted intenta entender cómo tantos empleos desaparecieron, la respuesta que obtiene repetidamente en los datos es que no fue el comercio que causó eso, sino, principalmente, la tecnología […] Ochenta por ciento de empleos perdidos no fueron sustituidos por trabajadores chinos, sino por máquinas y automatización. Ese es el primer problema al imponer impuestos. Lo que se descubre es que es más probable que las empresas americanas sustituirán a sus trabajadores más caros por máquinas”.

Esos estudios revelan lo que la economía marxista mostró muchas veces. En el capitalismo, el aumento de la productividad del trabajo ocurre por medio de la mecanización y de la reducción de fuerza de trabajo. Marx explicó en El Capital que esta es una de las principales características de la acumulación capitalista –la propensión a la tecnología por el capital– algo continuamente ignorado por la economía burguesa, hasta hoy.
Para Marx, al contrario de la economía burguesa, la inversión en el capitalismo ocurre solo para el lucro, no para aumentar la producción o la productividad como tal. Si el lucro no puede ser suficientemente aumentado a través de más horas de trabajo (más trabajadores y jornadas más largas) o por la intensificación del ritmo de trabajo (velocidad y energía – tiempo y movimiento), la productividad del trabajo solo puede ser aumentada por un avance tecnológico. Así, en términos marxistas, la composición orgánica del capital (el valor de la maquinaria y de las instalaciones en relación con el número de trabajadores) aumenta a lo largo del tiempo.

Contra la visión de “libre mercado” de la economía burguesa, históricamente el desarrollo de nuevas tecnologías ha ocurrido por inversiones del Estado. Eso generalmente ocurrió bajo presión, con las innovaciones durante guerras como un notable impulsor del desarrollo, llevando a avances materiales, productos y procesos. Las tecnologías de los aviones a chorro, motores de cohetes, radares y computación moderna tienen su origen en la Segunda Guerra Mundial, mientras la corrida espacial en la Guerra Fría las desarrolló al punto de lanzar la era tecnológica actual en los años ’90.

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La corrida espacial fue importante, pues ambos lados de la Guerra Fría pusieron en acción sus recién adoptados científicos e ingenieros alemanes para impulsar sus proyectos de cohetes. Eso culminó con el programa Apolo, del presidente Kennedy. Estados Unidos, habiendo sido superado por los soviéticos que lanzaron el primer hombre al espacio, reaccionó dedicando inmensos recursos para recuperar el atraso. La corrida espacial envolvió en su auge a casi 400.000 personas y atrajo 20.000 industrias y universidades privadas. La misión no solo derramó innumerables innovaciones –gran parte de la tecnología necesaria para llegar a la Luna no existía cuando el programa fue anunciado– sino también creó grupos de nuevas industrias de alta tecnología en Estados Unidos, con base en las redes que habían comenzado a surgir durante la guerra.

Eso aceleró el desarrollo de innumerables tecnologías de computación, incluyendo el circuito integrado, la transferencia de datos en masa, y el software de sistemas. Esas fueron las tecnologías revolucionarias que impulsaron el desarrollo de la IBM y de la HP, transformándolas en gigantes de la computación. Otros ingenieros del programa crearon la Intel y varios otras empresas de tecnología. Sin el Apolo, es improbable que el Valle del Silicio [Silicon Valley] se convirtiese en la potencia tecnológica y económica incuestionable que es hoy. El programa Apolo también impulsó amplias innovaciones de negocios, incluso cosas que los consultores han utilizado desde entonces, como planeamiento estratégico, presupuesto, así como nuevos procesos de gerenciamiento y de mejoría en la toma de decisiones.

Pero como la lucratividad del sector privado cayó entre mediados de la década de 1960 y la década de 1980, el gobierno redujo los impuestos y los gastos –principalmente la inversión estatal–. Los avances técnicos en Estados Unidos pasaron a depender cada vez más del sector privado. Pero, la mayoría de las veces, eso no ocurrió, y los capitalistas de Estados Unidos y de las principales economías optaron por transferir sus producción al exterior en busca de mano de obra barata para exportar de vuelta para Estados Unidos. Eso fue expresado en inversiones en América Latina (especialmente en México) y después en China.

Figura 3: Inversión del gobierno de Estados Unidos y productividad (media en 5 años). Línea azul: productividad industrial (%); línea roja: inversión bruta del gobierno (% del PIB)

Hubo una excepción: el sector de alta tecnología de Estados Unidos. Los avances tecnológicos de Estados Unidos son ahora completamente dependientes de la inversión en este sector. Todo en Estados Unidos depende ahora de las FAANGs (Facebook, Apple, Alphabet, Netflix y Google), más la Microsoft. Esas pocas empresas invierten sorprendentes 80% de lo que el gobierno de Estados Unidos gasta con educación, transporte, ciencia, espacio y tecnología. El tamaño de esa inversión supera en mucho los gastos de los diez años del programa Apolo, que llegaron a aproximadamente U$S 150.000 millones en dólares de hoy, menos de dos años de inversiones totales de las FAANGs más la Microsoft.

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Figura 4: Gasto anual de capital (FAANGs + Microsoft). Línea negra: como porcentaje de la inversión bruta del gobierno

El sector de alta tecnología de Estados Unidos es el último bastión de la superioridad productiva de ese país. El banco de inversiones Goldman Sachs observó que, desde 2010, Estados Unidos es el único país donde los lucros corporativos crecieron. Y eso, de acuerdo con el Goldman Sachs, se debe enteramente a las empresas de supertecnología. Las ganancias globales, excepto las del sector de tecnología, son solo moderadamente superiores a las de antes de la crisis financiera, mientras las ganancias del sector de tecnología subieron acentuadamente (reflejando principalmente el impacto de las grandes empresas de tecnología de Estados Unidos).

Si China eventualmente fuese capaz de competir con las FAANGs, la lucratividad del capital en Estados Unidos sufrirá una gran caída y, con eso, la inversión, el empleo y la renta del país en la próxima década. Eso está en el centro de la guerra comercial y tecnológica y es la explicación de por qué va a continuar.

Fuente:
https://thenextrecession.wordpress.com/2019/07/01/the-g20-and-the-cold-war-in-technology/

Traducción del original en inglés, al portugués: Marcos Margarido.
Traducción del portugués al castellano: Natalia Estrada.