Compartir

Hace unos días, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció la aplicación de aranceles a los productos importados desde China, que totalizarán unos 60.000 millones de dólares. ¿Cuál es el significado y las posibles consecuencias de esta medida?

Por Alejandro Iturbe

En los próximos días, el secretario de Comercio Exterior de su gobierno, Robert Lighthizer será el encargado de elaborar una lista de productos chinos cuya importación será fuertemente tarifada. Según fuentes de la Casa Blanca podría afectar unos 1.300 tipos de bienes, desde zapatos y ropa hasta aparatos de tecnología de punta.

En 2016, durante la campaña electoral, Trump enfatizó mucho la necesidad de reducir el déficit comercial estadounidense (importaciones menos exportaciones) a través de medidas de este tipo. Pero hasta ahora sólo había tomado medidas menores y, en 2017, ese déficit aumentó un 12% sobre el año anterior, y acumuló 566.000 millones de dólares. Casi la mitad de esa cantidad se produce en el comercio con China.

Para Trump, esta situación significa que “los Estados Unidos están débiles y el mundo se está aprovechando de ello” y que estas medidas “nos harán más fuertes, un país más rico” porque ayudarían a recuperar industrias y puestos laborales que se trasladaron a China y otros países de Asia o México. Ese fue el significado que tuvo America First, “primero los Estados Unidos”, el leitmotiv de su campaña electoral. Con esas propuestas, fue apoyado por un sector de la burguesía estadounidense cada vez más desplazado del mercado y, fundamentalmente, de un sector de trabajadores industriales blancos perjudicados y que aspiraban a volver a la “época de oro”. 

Pero la realidad actual del capitalismo imperialista es mucho más compleja que este análisis simplista y, por lo tanto, también son mucho más profundas las contradicciones que generan medidas de este tipo.

Un proceso de varias décadas

El gigantesco déficit comercial que hoy tiene Estados Unidos es el resultado de procesos muy profundos del capitalismo imperialista iniciados a partir de la crisis económica de las décadas de 1970 y 1980. Desde esos años, la economía estadounidense se “desindustrializó”: la producción industrial (incluyendo construcción, electricidad y servicios de agua) pasó de representar el 38% del PIB, en 1965, a menos del 19%, en 2004.

De modo paralelo a esta reducción de la industria, la economía se hacía cada vez más “financierizada”, especulativa y parasitaria. En esos años, el sector “servicios” creció del 50 al 78%. De modo específico, las “finanzas, seguros y negocios inmobiliarios” ya representaban casi el 21%: es decir, una participación superior a todo el “sector secundario” de conjunto (1). Hasta la crisis abierta en 2007-2008, este rubro continuó creciendo: en 2008, el economista Joseph Stiglitz consideró que  «Aproximadamente el 80% de la suba del empleo y casi las dos terceras partes del incremento del PIB de EE.UU, en los últimos años, se originó directa o indirectamente en el sector inmobiliario”.

Ante la necesidad de recuperar su tasa de ganancia, las grandes empresas industriales con sede en Estados Unidos comenzaron a trasladar sus fábricas a países con mano de obra barata y salarios mucho menores, como los “tigres de Asia” o las maquilas mexicanas. De modo especial, a partir de 1990, esas empresas realizaron gigantescas inversiones en China, que se fue transformando en la “fábrica del mundo”.

Al mismo tiempo que trasladaban su producción a otros países, dentro de EEUU, esas empresas pasaron a concentrarse en la producción de tecnología y, a través de ella, ejercer el control de la cadena de valor.

Lea también  Hong Kong: un proceso de movilización democrática que no se detiene

China una “fábrica del mundo” subordinada al imperialismo

El destino principal de la producción industrial china es la exportación a todo el mundo, especialmente a EEUU. El país pasó de exportar algunas decenas de miles de millones de dólares en 1978 (con una participación  menor del 1% del total mundial) a casi 1,8 billones en 2010 (casi el 12%). Las exportaciones inicialmente fueron de productos baratos, luego se incorporaron los productos electrónicos y, finalmente, automóviles,  maquinarias y material ferroviario.

Veamos dos ejemplos del dominio estadounidense de este circuito inversión-producción-exportación china-comercialización mundial:

a) En el año 2008, la cadena de supermercados Wal Mart controlaba cerca del 15% de las exportaciones chinas (casi 225.000 millones de dólares anuales). A través de diversas empresas “chinas”, produce numerosos artículos industriales de consumo (como los pequeños cuatriciclos para cortar el césped de los jardines de las casas de la clase media) que luego vende en los locales de su cadena mundial.

b) Un I-Pod de la marca Apple se comercializaba internacionalmente en unos 200 dólares. Este y otros productos son fabricados en China por la gigantesca empresa Foxconn. Pero en ese país solo se queda un 4% de ese valor. El resto es apropiado por el imperialismo a través del control de la tecnología y la cadena de comercialización.

Desde 1990, funciona lo que hemos llamado el “tándem económico” EE.UU.-China: la burguesía estadounidense realizó gigantescas inversiones en China, país que vende sus productos industriales a todo el mundo, especialmente al propio EE.UU. Por otro lado, gran parte de las ganancias obtenidas vuelven a EE.UU., principalmente para comprar bonos del Tesoro estadounidense. De esta forma, se financia una parte del déficit estatal y se realimenta el circuito económico-financiero-especulativo de EE.UU.

Además de esta “alimentación financiera”, la burguesía estadounidense aprovecha esta relación con China en dos sentidos. En primer lugar, al importarse productos más baratos que el precio que tendrían si fueran producidos en el país, se mantiene un cierto nivel de consumo interno. Ese es uno de los principales factores que permitió que la economía estadounidense saliera de la fase más recesiva de la crisis y mantuviera un “crecimiento anémico” en los últimos años.

En segundo lugar, la utilizó como un factor para presionar la baja de los salarios y las condiciones laborales de los trabajadores estadounidenses. Desde la reconversión de la GM, los salarios de los obreros industriales se redujeron de 4.800 a 2.400 dólares mensuales. En los servicios, especialmente en el comercio y las cadenas de comida rápida, la situación es aún peor: el salario mínimo sindicalizado es de 1.200 dólares y sus trabajadores están luchando por un salario de 15 dólares la hora.        

Nos hemos referido al “funcionamiento en tándem” de las economías estadounidense y china. Pero no se trataba de dos “locomotoras” iguales y equivalentes. Una es la principal y dominante (EEUU), la otra es subsidiaria y dominada (China). China se transformó en la “fabrica del mundo” pero no como “potencia dominante” sino como país subordinado, en un modelo de acumulación dominado por los capitales imperialistas. Desde este punto de vista, el funcionamiento global del modelo económico chino es similar al de los países semicoloniales más fuertes, como el Brasil (2).

Lea también  Michael Roberts: el G20 y la guerra fría en el sector de tecnología

Las contradicciones de Trump

Trump esperó más de un año para anunciar la aplicación de medidas que ya había prometido durante su campaña electoral. ¿Por qué lo hace ahora? El factor objetivo principal es, sin duda, el crecimiento imparable del déficit comercial. A esto se agrega el hecho de que sectores de la burguesía china “piratean” tecnología creada en Estados Unidos y salen a vender en el mundo productos que compiten con los de las empresas estadounidenses (incluso con aquellos que son producidos en China). Es el caso de celulares, computadoras y tabletas.

El gobierno de Trump se ha debilitado en este primer año de gobierno. Entre otros factores que inciden en ello, la economía no termina de levantar y entrar en un crecimiento realmente sostenido. Trump necesita defender su imagen de “duro”. El vicepresidente Mike Pence destacó que: “la iniciativa había sido una promesa de campaña de Trump: “La acción de hoy es un claro mensaje de que este presidente y su gobierno ponen a EE.UU. primero, y que la era de la economía que se rendía ante otros países terminó”.

Mantener su imagen y mostrar que está cumpliendo sus promesas electorales es especialmente importante para mantener su base electoral, especialmente de cara a las elecciones parlamentarias de “medio término” en las que, si es derrotado, su gobierno quedaría mucho más debilitado (3).  

Trump pretende enfrentar esa perspectiva con su estilo bravucón y fanfarrón. Pero entre sus intenciones y la posibilidad de aplicar sus propuestas media la realidad económica, política y social de Estados Unidos y del mundo. Por eso, su gobierno aparece como oscilante y contradictorio, porque cada una de esas intenciones de avanzar choca con esa realidad y lo condiciona.

Por ejemplo, fue, vino y volvió a ir con las leyes antiinmigración; el muro con México no pasa, por ahora, de las palabras; amenazó con atacar a Corea del Norte, pero retrocedió y entró en el camino de negociaciones que le proponía el gobierno chino…

En el caso de los aranceles a los productos chinos, esas contradicciones se expresaron casi simultáneamente. Por un lado, Trump, a fines del año pasado se reunió con los líderes chinos para discutir acuerdos que fueran equilibrando el déficit comercial. Entre otros, se firmaron acuerdos de compra de varios aviones de la estadounidense Boeing y de la europea Airbus. Por otro lado, pocos meses después sale con los “botines de punta” y anuncia unilateralmente la aplicación de aranceles.

Las posibles consecuencias

Pero las consecuencias de esta política son muy profundas. En primer lugar, lo distancia y lo enemista con los líderes chinos, que son aliados subordinados naturales para “mantener tranquilo el mundo” (basta ver su actuación en África) y hacer buenos negocios. Las medidas anunciada por Trump amenazan la dinámica del conjunto del “modelo chino” en un momento en que este evidencia serias señales de crisis.

Por eso, el gobierno chino alertó que podría producirse una “guerra comercial internacional” de aranceles y que si Trump avanza en su política de aranceles responderá con medidas equivalentes. En un comunicado, la embajada china en EEUU le dice al gobierno de Trump: “Tome decisiones cautelosas y evite colocar la relación comercial Estados Unidos-China en peligro”, esas medidas “van a lastimar directamente los intereses de consumidores, empresas estadounidenses y mercados financieros”.

En represalia, China podría imponer aranceles a productos agrícolas estadounidenses, como la soja, por ejemplo. En ese caso se verían afectados sobre todo los productores rurales, que en muchos casos se consideran votantes de Trump. Varios estados agrícolas como Iowa, Colorado o Kansas ya manifestaron su preocupación. Además, los chinos podrían suspender la compra de aviones acordada en Beijing.

Lea también  Hong Kong: la clase obrera entra en escena

Como problema también muy importante, las medidas de Trump van contra las actuales tendencias más profundas del capitalismo imperialista en general y del estadounidense en particular. En especial, contra las grandes empresas multinacionales que tienen fábricas directas o asociadas en China. También contra la política y la dinámica de otros sectores y países imperialistas.

No es casual que ese anuncio haya recibido críticas de “hombres de negocios estadounidenses, de los países del G-20, de la Organización Mundial de Comercio, del FMI y hasta de su propio partido”. Trump redobló la apuesta y anuncia que esta medida es “Es la primera de varias” (4).

Por otro lado, es falso que esta sea una política que vaya a favorecer a los trabajadores estadounidenses. En primer lugar, si bien pueden recuperarse algunos empleos industriales, estos serán con los nuevos criterios: salarios más bajos y condiciones laborales más duras. Además, la aplicación de los aranceles producirá un aumento de precios y, con ello, una caída de la capacidad de consumo y, como consecuencia, una disminución de puestos de trabajos en los servicios, especialmente el comercio.

En este marco, ¿avanzará Trump a fondo con su política o sucumbirá a las presiones contra ella? No lo sabemos. Es posible que, como en otros temas, termine con una línea “ni chicha ni limonada”.

Si avanza, como vimos, generará gigantescas contradicciones con otros sectores imperialistas, con China, y con los propios trabajadores estadounidenses. Si no lo hace, o lo hace solo a medias, se acentuará su imagen de debilitamiento y semi-parálisis.

En cualquier caso, la tarea de los trabajadores en Estados Unidos y en el mundo seguirá siendo combatir a su gobierno y al capitalismo imperialista de conjunto, aprovechando tanto esas contradicciones como ese debilitamiento.

Notas:

1- Datos extraídos de La crisis del petróleo y sus consecuencias en la crisis de EE.UU., Efraín Baldaos Bensa.

2- Sobre este tema ver artículo: https://litci.org/es/menu/mundo/asia/china/certezas-e-interrogantes-que-plantea-la-crisis-economica-en-china/

3- Cuando un gobierno pierde estas elecciones parlamentarias de medio término, la prensa estadounidense lo llama lame duck (pato manco) porque solo va a poder “caminar con muchas dificultades” hasta el final de su mandato.

4- Clarín, 22/3/2018.