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Para analizar de modo completo el panorama de la situación de Estados Unidos, además de la grieta entre los diferentes sectores burgueses debemos referirnos a la incipiente resistencia del movimiento de masas que está enfrentando a Trump. Una resistencia que comenzó con las importantes movilizaciones que se realizaron en muchas de las grandes ciudades del país (el propio día que se supo que sería el próximo presidente del país), y que fueron conocidas como “Not my president” (No es mi presidente).

Por: Alejandro Iturbe

Continuó con los numerosos actos el día en que asumió. En especial la “Marcha de las Mujeres” que reunió 500.000 personas en Washington DC y varios millones en todo el país. Algunos analistas estiman que, considerada de conjunto, fue la movilización más grande de la historia de Estados Unidos. Posteriormente, como un hecho muy importante, se produjo la movilización a los aeropuertos contra el “veto a los musulmanes” que, objetivamente, terminó en un triunfo y obligó al gobierno a retroceder.

Estamos viendo hechos inéditos en la historia del país: grandes movilizaciones contra un gobierno que recién asumió. No queremos exagerar ya que los próximos meses mostrarán con mayor claridad la dinámica. Pero es posible que estemos asistiendo a los primeros pasos de un gran proceso de ascenso de masas en Estados Unidos.

Este posible ascenso tiene bases objetivas profundas: el constante deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores y las masas en las últimas décadas y, con ello, el fin del “sueño americano” del progreso constante. Este proceso objetivo va erosionando la base subjetiva y modifica la conciencia de las masas, que sustentaba el régimen burgués. Una de las expresiones de este proceso de la conciencia fue que el movimiento Occupy y sus críticas al sistema que defiende los intereses del “1% más rico del país”. También en la crisis que, a distinto ritmo, viven ambos partidos de la burguesía imperialista.

Una base objetiva y subjetiva que ya había tenido algunas expresiones incipientes en los últimos años. Nos referimos a la rebelión de los trabajadores estatales del Estado de Wisconsin, en 2010; al movimiento Occupy, en 2011 (de fuerte impacto en la juventud); a las acciones del movimiento de los inmigrantes contra las deportaciones; a la campaña por “los 15 dólares la hora” que expresó (posiblemente por primera vez de modo organizado) a sectores muy explotados de la clase trabajadora; y, de modo muy significativo, a la oleada de lucha de los negros y latinos contra la violencia y los asesinatos policiales, proceso que da un salto a partir de los hechos de Ferguson, en 2014, con violentos enfrentamientos con la policía y la represión. Cabría agregar también las luchas en defensa de la educación pública en varios Estados y ciudades.

Lejos de cerrar o atenuar estos elementos de crisis del régimen y frenar la dinámica de la movilización de masas, la elección de Trump parece haberlos acentuado ya que ahora se suma también el hecho de que, para muchos sectores, su política y sus medidas son percibidas, con justicia, como un ataque a las libertades y derechos democráticos tan valorados por el pueblo estadounidense.

Las debilidades del ascenso

Tal como Lenin, creemos que las grietas interburguesas pueden alentar y potenciar el proceso incipiente de ascenso de masas. Al mismo tiempo, consideramos que no debemos “enamorarnos” del momento actual del proceso sino analizar sus debilidades, especialmente aquellas que pueden frenarlo o frustrarlo.

La principal debilidad es que, por lo menos en las últimas movilizaciones, se trata de un proceso popular, básicamente de la juventud y de sectores medios (con fuerte peso de las organizaciones de derechos civiles) sin que la clase obrera haya intervenido en forma organizada (con la excepción del sindicato de taxistas de Nueva York y el de los portuarios de Oakland-San Francisco y la plataforma del Movimiento Sindical se Levanta contra Trump).

El elemento esencial para ello es el papel y la política de la burocracia sindical. Prácticamente todos sus sectores tuvieron la política electoral de apoyar y financiar la candidatura burguesa de Hillary Clinton. Pero la reaccionaria dirección de la central AFL-CIO ahora está elogiando medidas del gobierno. Luego de una reunión con Trump, Rich Trumka, presidente de la AFL-CIO, dijo que el retiro del Tratado de Comercio Transpacífico es “un primer paso positivo hacia la creación de políticas comerciales que beneficien a los trabajadores”. En un sentido similar se pronunció James Hoffa del legendario sindicato Teamsters (conductores de camiones). Ellos se apoyan fundamentalmente en las expectativas que las promesas de Trump despertaron en el importante sector de trabajadores blancos empobrecidos que votó por él. Otro sector de los dirigentes sindicales (los de las ramas de empleados públicos, docentes y servicios) difícilmente apoye a Trump. Pero hasta ahora, en las recientes movilizaciones, han dicho en los hechos “gracias, no fumo”.

Es difícil esperar entonces que la AFL-CIO sea la que impulse el ingreso de los trabajadores organizados en el ascenso. Más bien todo lo contrario. Pero, ¿qué pasará con sus bases cuando Trump comience a aplicar sus políticas antiobreras, que el anunciado aumento de impuestos a los productos importados encarezca los precios internos, que la rebaja de impuestos a las empresas se exprese en un deterioro mayor de los servicios públicos y que, al mismo tiempo, los salarios retrocedan en su poder adquisitivo? Por otro lado, ¿cuánto tiempo más los dirigentes de los sindicatos de trabajadores públicos y de servicios privados podrán mantener su pasividad frente a estos ataques del gobierno?

Además, hay otro ataque a los trabajadores y los sindicatos: el proyecto de ley presentado por los republicanos en el Congreso, conocido como Right-To-Work (Derecho de Trabajar) que busca debilitar y dividir la base de los sindicatos, su fuerza en la lucha y su capacidad de autofinanciarse. ¿Qué harán los líderes sindicales ante este ataque?

Se abre así una contradicción entre los intereses y las necesidades de esas bases trabajadoras y la política de sus dirigentes. Tal como señala Erek Slater (dirigente del sindicato del transporte público de Chicago) en su artículo para la revista Correo Internacional n.° 16: “Los líderes oficiales de los trabajadores no quieren hoy organizar e impulsar la actividad autónoma y la militancia de la clase trabajadora. Esta tensión entre la estrategia ineficaz y las necesidades urgentes de los trabajadores ha creado una crisis dentro del movimiento que ha explotado parcialmente en la lucha por los 15 dólares”.

De cómo se resuelva esta contradicción entre las necesidades objetivas de los trabajadores y la política de la mayoría de los dirigentes sindicales (con varias hipótesis posibles) va a a estar determinado, por un lado, si la clase trabajadora entra o no en el proceso de ascenso (y con qué fuerza lo hace). Por el otro, si el ascenso se fortalece y potencia o, en caso contrario, que sus posibilidades de enfrentar a fondo y derrotar a Trump sean menores.

Los otros componentes del ascenso

La comunidad y la juventud negras fueron protagonistas de importantes luchas en el período de Obama, especialmente a partir de los hechos de Ferguson. La base objetiva de estas expresiones de lucha es muy profunda. Responde al racismo profundamente arraigado en el capitalismo estadounidense, a la discriminación permanente, a la pobreza y a la miseria que sufren. Se enfrenta con la persecución y la represión judicial-policial y, como un detonante, con los asesinatos policiales, casi siempre impunes. El emergente de estas luchas fue el movimiento Black Lives Matter (BLM) que avanzaba en un proceso muy progresivo de ruptura con el partido demócrata.

Pero en las movilizaciones Not my president, la presencia de la juventud negra, si bien fue importante, ya no tuvo un carácter organizado o centralizado. En la lucha contra el “veto a los musulmanes” esa presencia ya fue muy débil. Un factor muy importante para ello fue que BLM no llamó a participar de ellas. Este movimiento parece haber dicho, en los hechos, que “no era nuestro problema”. Si fue así, es un grave error ya que es necesaria la más amplia unidad y solidaridad de todos los explotados y oprimidos para enfrentar los ataques de Trump y la burguesía. Muy posiblemente esta abstención refleja la presión política de sectores de la burguesía (como George Soros o la empresa Google) que, con dinero en la mano, intentan cooptar esta dirección y sacarla del terreno de la lucha para llevarla en el camino de la “onguización” del movimiento y para que adopte la presión parlamentaria como su eje.

Es muy difícil que la situación objetiva de la comunidad negra que alimentó su acenso y sus luchas cambie con Trump. Por el contrario, cabe esperar más ataques y, con ello, que aumente la necesidad de luchar. ¿Qué ocurrirá con la dirección de BLM en esta posible situación que entrará en contradicción con su dinámica actual? ¿Seguirá girando a la derecha y chocará con su base o retrocederá en su adaptación al sistema? Otra alternativa posible es que esa dirección se divida frente a esa presión de la base. Es otro de los interrogantes que el futuro más o menos inmediato deberá responder para determinar la dinámica del ascenso.

Otro elemento a analizar es la situación de los inmigrantes: 42 millones de personas de los que 12 millones son indocumentados. El sector mayoritario de los inmigrantes es latinoamericano (especialmente mexicanos) pero también hay otras comunidades, como los provenientes de países musulmanes. Mucho de ellos integran los sectores más explotados de la clase, como el trabajo agrícola y los escalones inferiores de los servicios. Los indocumentados son perseguidos por las policías de migración y, muchos de ellos, encarcelados y luego deportados. Recordemos que en los gobiernos de Obama hubo una cifra récord de deportaciones. Y los documentados también sufren la represión del sistema judicial-policial.

En años anteriores hubo movilizaciones significativas contra las deportaciones de indocumentados (una muy importante fue la huelga de hecho expresada en el “día sin inmigrantes”). También fueron parte muy activa en la lucha por el salario de 15 dólares la hora. La gran contradicción que se presenta en este sector también es su dirección. En la mayoría de sus organizaciones hay mucha influencia de cuadros ligados al partido demócrata que buscan desviar la lucha por “papeles para todos” y contra las deportaciones, para llevarla al estrecho “camino legal” (que los divide entre “elegibles” y “no elegibles” para legalizarse) y al de la mera “ayuda humanitaria”.

Pero nuevamente, la política de Trump agrava las condiciones objetivas que empujan la posible lucha: su plan de echar masivamente a los inmigrantes indocumentados, la construcción del repugnante muro en la frontera con México y el “veto a los musulmanes”. Aquí también es de esperar, como una de las posibilidades, que el ascenso se alimente de esa realidad y de esos ataques (ya lo ha hecho, por ejemplo, en el caso de los musulmanes) y que ello pueda generar también una fuerte contradicción con las direcciones conciliadoras.

Finalmente, en el período más reciente, ha irrumpido con fuerza la lucha de las mujeres. Basta ver el peso que tuvo la Marcha de las Mujeres el día de la asunción de Trump. Uno de los factores que empujan este ascenso ha sido la política de Trump de profundizar los ataques que ya hacía Obama contra el aborto libre y gratuito, sancionado en 1973. Es una amenaza real a un derecho conquistado. A esto se suma que la imagen de Trump y de su gobierno (repugnantemente machista) anuncia que este puede ser solo el inicio de ataques mayores. Por eso, numerosos sectores medios de las mujeres se ponen en guardia y salen a la lucha.

¿Trump va a disputar las calles?

Frente a las movilizaciones, Trump ha respondido con una idea que siempre utilizan los gobiernos reaccionarios: que ellos expresan las “mayorías silenciosas” que no se movilizan. Por ejemplo, en su twitter, publicó comentarios despectivos sobre la gran Marcha de las Mujeres: “¿Por qué no se expresaron con el voto?”.

Él podría apoyarse en una reciente encuesta de la agencia Reuters que informaba que el 49% de los encuestados apoyaban sus medidas de veto a los musulmanes, el 41% se oponía y un 10% no se definía. Más allá de lo que muestra esta encuesta, es muy posible que la población estadounidense esté profundamente dividida no solo sobre esta medida sino sobre el propio gobierno.

El problema para Trump es que el sector que se le opone está saliendo a las calles de las principales y más dinámicas ciudades del país, mientras su “mitad” (basada en las ciudades más pequeñas y el interior agrario) permanece pasivo. En realidad, hubo una movilización reaccionaria: la Marcha por la Vida, que realizan todos los años los sectores antiabortistas en la fecha en que la Corte Suprema legalizó el aborto en 1973. Participaron unas 50.000 personas, la encabezó el vicepresidente Mike Pence, y recibió el “pleno respaldo” de Trump.

Pero lo cierto es que, hasta ahora, el gobierno viene perdiendo el inicio de la “batalla por las calles”. No es casual que en las últimas movilizaciones contra el veto se cantara en varias ciudades: “¿De quién son las calles? Las calles son nuestras”.

Hasta ahora Trump no ha querido entrar de lleno en esta batalla y organizar su base de apoyo en movilizaciones reaccionarias (la movilización antiabortista se realiza todos los años). Ya vimos que en el tema del veto optó por el “camino judicial”. Por supuesto, no podemos descartar que lo haga en el futuro, más aún si se ve debilitado. O que se apoye (combinado o no con lo anterior) con represión “legal” si consigue apoyo legislativo o judicial a medidas como el veto a los musulmanes.

En ese caso, existe, por supuesto, la posibilidad de que logre derrotar al movimiento de masas y, ahí sí, se abriría una verdadera “onda reaccionaria”. Pero también existe la posibilidad de que, si toma el camino del impulso a las movilizaciones reaccionarias y la represión, no haga más que agudizar y polarizar la situación de modo muy peligroso para la burguesía imperialista.

La cuestión de la dirección

Creemos que la principal debilidad del ascenso es su dirección (o, si se prefiere, sus direcciones). No nos referimos siquiera a una dirección revolucionaria sino a una que exprese y pueda unificar los distintos procesos sectoriales que se combinan en el ascenso. En las movilizaciones contra Trump participaron muchos sectores independientes, pero ellas también fueron alentadas, en muchos casos, por los cuadros demócratas y las organizaciones que influencian. Otras direcciones, como la burocracia sindical apoyan a Trump o no impulsan la lucha contra él.

Los demócratas hacen un doble juego: por abajo impulsan algunas movilizaciones para desgastar a Trump y, al mismo tiempo, no perder el control de las bases. Por arriba, Nina Pelosi (jefa de los demócratas en el Congreso) se reunía con los líderes republicanos para acordar la “agenda legislativa”. Y para aquellos que se habían alejado de los demócratas (como BLM) intentan intervenir sectores como Soros o Google para cooptarlos.

Hemos dicho que existe la posibilidad de que el gobierno de Trump derrote el ascenso “por la derecha”, a través de movilizaciones reaccionarias “de choque” o a través de la represión “legal”. Creemos, sin embargo, que el principal peligro que enfrenta el ascenso en lo inmediato es la política del partido demócrata y de sus cuadros insertos en los movimientos (y de sectores burgueses que actúan en la misma dirección) de controlarlo, desviarlo y dividirlo, y de cooptar a las nuevas direcciones sectoriales que están surgiendo o que puedan surgir.

Esto pone como las principales tareas del momento para las organizaciones revolucionarias y de izquierda el impulsar los diferentes componentes del ascenso y su unificación en un gran movimiento contra Trump. Como parte de esa política, se debe impulsar el surgimiento de nuevas direcciones de lucha en cada sector y la de su coordinación en una lucha nacional contra Trump. Un ejemplo pequeño de eso es la conformación de la plataforma el Movimiento Sindical se Levanta contra Trump en el área de la Bahía de San Francisco. En ese camino, se plantea la necesidad de avanzar en la construcción de una organización revolucionaria socialista que dé una alternativa de fondo al capitalismo imperialista.

En el próximo artículo de esta serie, abordaremos las posibles perspectivas de la situación y las propuestas de la LIT-CI y sus militantes en el país para avanzar en el camino de lucha y organización de los trabajadores y las masas.

Lea también los otros artículos de la serie “Los primeros pasos de Trump” en www.litci.org

  • “El primer mes de Trump”
  • “Trump y la burguesía estadounidense”
  • “Trump y el mundo”