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En 1975, Estados Unidos sufrió una dura derrota militar en la guerra de Vietnam (la primera en su historia). Esta derrota limitó la capacidad de intervención militar directa del imperialismo estadounidense y dio lugar a una política adaptada a esta realidad, que hemos llamado “reacción democrática”.

Por: Alejandro Iturbe

En 1954, el imperialismo francés había sido derrotado y debió retirarse de su vieja posesión colonial en Indochina. Una de las consecuencias de esa derrota fue el surgimiento del Estado obrero de Vietnam del Norte, en tanto que en la región sur de este país el imperialismo intentaba mantener un Estado capitalista con un gobierno títere (Vietnam del Sur).

El gobierno de Vietnam del Sur ya casi no podía sostenerse por sí mismo ante la ofensiva militar del Norte y las guerrillas dirigidas por el PC (el Vietcong). En este marco, desde inicios de la década de 1960, Estados Unidos comenzó a aumentar su presencia militar en el país. Primero lo hizo de modo limitado, durante el gobierno de John Kennedy (16.000 soldados). Su sucesor, el también demócrata Lyndon Johnson, declara oficialmente la guerra a Vietnam del Norte y aumenta la presencia militar estadounidense a 300.000 efectivos. Finalmente, el republicano Richard Nixon (presidente entre 1969-1974) aumenta la apuesta y, como consecuencia, llega a haber más de 500.000 soldados yanquis en combate, con el más moderno armamento de la época.

La intervención en Vietnam no fue algo aislado sino la expresión más saliente de toda una serie de hechos que desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial expresaban una política: la burguesía imperialista estadounidense consideraba tener el derecho de intervenir en todo el mundo (a través del apoyo a golpes de estado o con invasiones), con la excusa de la “lucha contra el comunismo”. Entre ellos, cabe mencionar: la guerra de Corea (1950-1953); los golpes contra Jacobo Arbenz en Guatemala (1954), Juan Perón en Argentina (1955), y João Goulart en el Brasil (1964); la invasión a República Dominicana (1965); y el golpe contra Sukarno en Indonesia (1967).

En el caso de Vietnam, al esfuerzo militar se sumó la utilización de métodos de gran crueldad como el de asesinar a todos los pobladores de una aldea con la excusa de que simpatizaban con el Vietcong (por ejemplo, la tristemente célebre masacre de My Lai, en marzo de 1968). O quemar con napalm (fósforo líquido) los campos de cultivo y a quienes se encontraban en ellos.

Pero nada de esto impidió la dura derrota que ya a finales de 1973 era irreversible. Una derrota que quedó simbolizada en las imágenes de la apurada huida de los helicópteros estadounidenses (que llevaban oficiales y funcionarios), y en la desesperación de sus agentes de Vietnam del Sur (que no fueron contemplados en la evacuación y se colgaban de los helicópteros para intentar huir).

La derrota en Vietnam mostraba de modo muy claro dos realidades combinadas. La primera era que el ejército estadounidense era muy efectivo si se trataba de una intervención militar rápida y del apoyo a un golpe militar. Pero cuando esa intervención se transformaba en una guerra de ocupación, las cosas se complicaban y mucho: ese ejército salió de Vietnam no solo derrotado sino profundamente desmoralizado y dividido.

La segunda realidad es que con heroísmo y determinación de las masas es posible derrotar al imperialismo en una guerra de liberación nacional. Más aún si, como fue el caso de la guerra de Vietnam, se combina con un gran movimiento solidario a nivel mundial y, especialmente, dentro de los propios Estados Unidos.

El gobierno Carter

La derrota en Vietnam limitó la capacidad de intervención militar directa del imperialismo estadounidense (y del imperialismo en general). El llamado “síndrome de Vietnam” era la dificultad del imperialismo de intervenir militarmente en el mundo (como lo hacía permanentemente en el pasado) por el temor de que esa intervención derivase en una larga y costosa guerra como en Vietnam.

Combinado con esto, se abrió una crisis política dentro del país: en 1974, Nixon fue destituido de su cargo por un proceso de impeachment parlamentario, y fue reemplazado por su vicepresidente Gerald Ford.

A finales de 1976 gana las elecciones presidenciales una figura de segunda línea del Partido Demócrata: el entonces gobernador de Georgia, James “Jimmy” Carter. Durante la campaña electoral, con una imagen simpática y campechana, Carter sintonizó los “nuevos tiempos” del electorado y siempre iniciaba sus actos con la frase: “No soy político, no soy de Washington”.

Fue su consejero de Seguridad, Zbigniew Brzezinski (de origen polaco), quien elaboró la política de “reacción democrática”. Él era muy consciente de las condiciones desfavorables en el mundo y de que, por ello, el aspecto militar debía pasar a un segundo plano y ponerse al servicio de una nueva táctica central. Según su visión: “Vencer no significa más la capacidad de derrotar militarmente a un adversario… Sino que es la capacidad de prevalecer contra ese adversario en una paciente lucha de largo plazo”.

Esto no significaba que el imperialismo se hubiese vuelto “pacifista” o “humanitario” sino que la situación lo obligaba a limitar su acción militar y a ponerla al servicio de otros mecanismos tácticos (pactos, negociaciones, elecciones burguesas) que permitieran frenar y desviar los procesos revolucionarios y avanzar en los objetivos más estratégicos. Usando la imagen de aquel animal de carga que puede avanzar a través de golpes o de una zanahoria colgada a su frente, se limitaba el uso del “garrote” y se lo ponía al servicio de la “zanahoria”. Para ello contaba con la colaboración del aparato estalinista y su política (la “coexistencia pacífica”), y de las direcciones traidoras.

Es importante señalar que la situación abierta para el imperialismo con la derrota en Vietnam se vio profundizada por las revoluciones que en 1979 derrocaron al Sha de Irán, y a Anastasio Somoza, en Nicaragua. Esta última abrió un proceso revolucionario en Centroamérica de conjunto, considerado su “patio trasero” por el imperialismo yanqui, donde la política de reacción democrática le sería de gran utilidad.

Se considera que Brzezinski fue también fue el autor intelectual de un plan estratégico para la restauración del capitalismo en la URSS y los demás Estados obreros burocratizados. Una política que habría incluido la elección del papa de origen polaco Juan Pablo II (1978) y también la operación de la CIA en Afganistán contra la ocupación militar de las tropas de la URSS. En este último caso, si bien se ayudó a derrotar esa ocupación y se provocó una crisis en el estalinismo, uno de los instrumentos que se impulsó para eso (la organización que luego tomaría el nombre de Talibán) terminó siendo un nuevo problema para el imperialismo después de tomar el poder, en la segunda mitad de la década de 1990.

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Reagan y los acuerdos de Contadora  

El gobierno de Carter ser vio debilitado y perdió prestigio popular por el fracaso de dos operaciones relámpago para rescatar a los diplomáticos y funcionarios de la embajada estadounidense en Irán, mantenidos por un largo período como rehenes por los “guardianes revolucionarios” iraníes. Fue un factor importante para que a finales de 1980 fuese derrotado en su intento de reelección por el candidato republicano Ronald Reagan.

Reagan es recordado como un hombre de derecha que “endureció” la política exterior estadounidense. Lo cierto es que, si bien Reagan usó más el garrote, mantuvo lo esencial de la reacción democrática: ponerlo al servicio de los pactos y negociaciones porque la relación de fuerzas así se lo imponía.

Por eso, solo realizó una intervención militar directa: la invasión a la pequeñísima isla caribeña de Grenada para derrocar al gobierno de Hudson Austin (1983). En la guerra de Malvinas entre Gran Bretaña y la Argentina (1982), Reagan apoyó claramente al gobierno de Margaret Thatcher pero, en el terreno militar, ese apoyo se expresó solo en el suministro de bases de abastecimiento (la isla de Ascensión). Como se señaló en congresos de la LIT-CI de la época: “El imperialismo no hace lo que quiere sino lo que puede”.

La gran prueba de fuego de esta política como un todo fue el proceso revolucionario centroamericano, iniciado en 1979 en Nicaragua y que se había extendido a El Salvador (donde existía un poderoso movimiento guerrillero, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional – FMLN) y, en menor medida, a otros países.

En Nicaragua impulsó, financió y armó el frente de guerrillas “Contras” para combatir y debilitar al gobierno sandinista (este frente abarcaba desde sectores que habían roto con el sandinismo hasta somocistas, pasando por burgueses disidentes y líderes campesinos e indígenas). En El Salvador apoyó la ofensiva militar fascista de la Junta Militar, para controlar la capital del país y expulsar de allí a la guerrilla y sus simpatizantes.

Pero ese endurecimiento estaba al servicio de los pactos y negociaciones. Los gobiernos de México, Panamá, Venezuela y Colombia formaron en 1983 el Grupo Contadora para buscar una “salida pacífica” a los “conflictos centroamericanos”. Posteriormente, se formaría el “Grupo de Apoyo a Contadora” (los gobiernos de Brasil, Argentina, Perú y Uruguay), y el presidente costarricense Oscar Arias presentaría el “plan de paz” que lleva su nombre. Era una maniobra de pinzas contra los procesos revolucionarios: mientras Reagan jugaba el papel de “policía malo”, los gobiernos democrático-burgueses latinoamericanos ponían la “cara de amigos” para asfixiarla con el abrazo de la “paz”.

La maniobra dio resultado. En Nicaragua, la guerra concluiría en el Acuerdo de Esquípulas II (1987): la guerrilla “Contra” se desarmaba pero, al mismo tiempo, el gobierno sandinista hacía importantes concesiones; entre ellas, contribuir al aislamiento de la guerrilla salvadoreña. En El Salvador demoró un poco más: en 1992, por los acuerdos de Chapultepec, el FMLN abandonó la lucha armada por el poder, entregó las armas y se transformó en un partido político “normal”. La revolución centroamericana había sido frenada y desviada por la reacción democrática.

Los procesos de lucha contra las dictaduras sudamericanas

Desde los primeros años de la década de 1980, en varios países sudamericanos (como Argentina, Brasil y Chile) se vivía un fuerte ascenso de masas contra las dictaduras instaladas en décadas anteriores.

Fue otra prueba para la política de reacción democrática, que se orientó a evitar la caída de esas dictaduras por la vía de la acción de masas. El modelo tomado era el de la exitosa “transición” española a partir de 1976, luego de la muerte de Francisco Franco (1975). Es decir, una transición controlada por el propio régimen saliente (que así evitaba ser “juzgado” y destruido violentamente). Esto se apoyaba en la capitulación de las direcciones traidoras (en el caso de España, el PSOE y el PCE) y se expresó en los llamados “Pactos de la Moncloa”. Fue una política preventiva frente a la revolución democrática, y un mecanismo para evitarla.

En Chile, después de la derrota de Pinochet en el plebiscito de 1988, en medio de un fortísimo ascenso antidictatorial, la burguesía chilena y el imperialismo pudieron aplicar esta política gracias a la capitulación del PC y del PS. La dictadura salió de la escena y fue reemplazada por un régimen con elecciones y parlamento. Pero las fuerzas armadas y represivas salieron intactas y se mantuvieron muchas leyes del pinochetismo.

No siempre esta política para evitar la caída de las dictaduras fue exitosa. Pero, incluso si la dictaduras caían por la acción de las masas, la reacción democrática buscaba asegurar el control de los procesos revolucionarios en los marcos del estado capitalista, a través de la democracia burguesa.

En la Argentina, la derrota en la guerra de Malvinas (junio de 1982) aceleró el proceso de caída de la dictadura, por la combinación entre su derrumbe y la acción revolucionaria de las masas. La revolución democrática había triunfado. Las masas salían a las calles a aprovechar el espacio ganado y a luchar por sus muchas reivindicaciones. Si no era posible evitar la revolución, se trataba entonces de canalizar y frenar su desarrollo a través de los mecanismos de la democracia burguesa. En este caso, el papel esencial de contención fue jugado por los dos tradicionales partidos burgueses con peso de masas: el peronismo y el radicalismo.

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Para ello se apoyaban en las ilusiones de las masas de que bastaba recuperar la democracia para resolver todos sus problemas. Algo que Raúl Alfonsín (quien sería electo presidente) aprovechó en su campaña electoral: “Con la democracia se come, se cura y se educa”. La revolución no fue derrotada en las calles pero sí fue frenada a través de varios y tramposos mecanismos que incluyeron el juzgamiento y la cárcel de las principales figuras militares de la dictadura.

Detrás de la aplicación de esta política, en diferentes partes del mundo existía en los hechos lo que el documento aprobado por el II Congreso Mundial de la LIT-CI (1985) llamó el Frente Contrarrevolucionario Mundial por la “Paz y la Democracia”. Formaban parte de él: el imperialismo; la burocracia estalinista; las mayorías de las burguesías nacionales y sus partidos; la Iglesia; los partidos comunistas occidentales; y la socialdemocracia.

El interregno de Bill Clinton

Después de los dos mandatos de Reagan siguió uno del que había sido su vicepresidente, George Bush padre (1989-1993). Las elecciones de finales de 1992 volvieron a inclinar la balanza hacia los demócratas, con el triunfo del entonces gobernador del Estado de Arkansas, Bill Clinton.

Capitalizando su imagen joven y su sonrisa (que recordaba a John Kennedy) derrotó al “viejo” Bush. Clinton tenía un pasado “rebelde”: él y su esposa Hillary habían participado e impulsado las movilizaciones contra la guerra de Vietnam, y en 1969 evitó ser convocado al servicio militar para no ser enviado a esa guerra. Pocos años después ingresó en la política burguesa e hizo una rápida carrera dentro del Partido Demócrata.

Aprovechó una buena situación económica internacional y nacional, derivada de los beneficios que el imperialismo obtenía de la restauración capitalista en los ex Estados obreros (especialmente China). Entonces, fue cómodamente reelecto en 1996.

Durante sus mandatos mantuvo a fondo la política exterior de reacción democrática, cuyos objetivos amplió a otros campos. Por ejemplo, dio el impulso inicial de lo que sería el Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica (NAFTA por sus siglas en inglés) entre EEUU, Canadá y México. Ese y otros acuerdos similares realizados posteriormente son una muestra de que se podían defender los intereses imperialistas sin invasiones o golpes militares, a través de acuerdos consensuados con las burguesías nacionales.

Pero a no engañarse, Clinton también usó un poco el garrote. En 1998 llevó a cabo un ataque al Irak de Sadam Hussein, con excusas similares a las que luego utilizaría Bush hijo: la supuesta posesión de “armas de destrucción masiva”. Esta acción militar, apoyada por el gobierno británico, se conoció como “Operación Zorro del Desierto”. Se trató de una acción limitada y de presión pero cuya fundamentación sería luego aprovechada por Bush. Dentro de EEUU, en 1994 sancionó la llamada “Ley de los Tres Delitos” que analizamos en otro artículo de esta revista (pp. 5-8).

Sin haber tenido que enfrentar conflictos importantes en Estados Unidos, Clinton terminó sus dos mandatos constitucionales con el mayor índice de aprobación popular de un presidente desde la Segunda Guerra Mundial. Después de eso, pasó a ser uno de los principales dirigentes del Partido Demócrata y a realizar campañas que, al mismo tiempo, le permiten hacer muy buenos negocios, como la recuperación inmobiliaria del Haarlem neoyorquino o el impulso de las maquilas en las zonas francas de Haití.

Bush: un giro de timón que es derrotado

El candidato republicano de las elecciones de finales de 2000, George Bush hijo, representaba un sector de dirigentes de ese partido agrupados en el proyecto denominado “Nuevo Siglo Americano”. Este sector consideraba que el inicio del siglo XXI estaba definido por la disputa por el dominio de los recursos naturales en el mundo (esencialmente el petróleo), y que si los Estados Unidos no garantizaban su hegemonía en este campo, retrocederían como potencia mundial.

Para ello era válido y necesario utilizar métodos agresivos y bélicos contra otros países. La política exterior aplicada por Clinton y los demócratas se caracterizaba como “insuficiente” y “tímida”, porque conducía al debilitamiento de EEUU, y era necesario cambiarla. Es decir, Bush y su equipo proponían un giro de timón: terminar con el síndrome de Vietnam y la política defensiva de la reacción democrática y pasar a la ofensiva, retomando el garrote como elemento central.

Sin embargo, el gobierno de Bush nació débil y cuestionado: sacó menos votos populares que el candidato demócrata Al Gore, y solo fue electo gracias a una definición controversial de la Corte Suprema, que le atribuyó los representantes de Florida.

Para poder llevar adelante su proyecto, Bush aprovechó el efecto político que produjeron los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de setiembre de 2001. Muchos analistas consideran incluso que el gobierno sabía de antemano lo que iba a suceder y “dejó correr” para utilizar ese efecto en su favor.

Más allá de esta controversia, después del 11-S no solo consiguió el respaldo de sectores centrales de la burguesía imperialista sino también apoyo popular para su política que ya no aparecía como agresiva, es decir, “nos están atacando y debemos defendernos”. Propuso lanzar la “guerra contra el terror” contra lo que llamó “el eje del mal”: entre otros, los gobiernos de Afganistán, Irak, Siria, Corea del Norte e Irán.

El primer episodio de esa guerra fue la invasión a Afganistán para derrocar al gobierno del Talibán (acusado de haber ayudado a los autores del 11-S), en octubre de 2001, con participación minoritaria de tropas de Gran Bretaña y otros países. El paso siguiente fue la invasión a Irak, en marzo de 2003, para derrocar al gobierno de Sadam Hussein (acusado de poseer “armas de destrucción masiva”). Ambos gobiernos fueron derrocados pero el imperialismo se vio obligado a mantener ocupaciones militares que debieron enfrentar guerras de liberación nacional de curso cada vez más desfavorable y que terminaron, objetivamente, con su derrota.

Las tropas invasoras ya se han retirado de Irak pero en lugar de lograr “tranquilidad” dejaron un país dividido (como mínimo en tres), sumido en permanentes conflictos militares, y la necesidad de apoyarse en el régimen iraní (hasta hace poco un “enemigo”) para tener un gobierno central en Bagdad y tratar de evitar que la situación empeore aún más. En Afganistán aún se mantienen tropas, pero los propios mandos militares estadounidenses reconocen que han sido derrotados. Esas tropas solo sirven para mantener el control de las áreas centrales de Kabul (la capital), mientras que el resto del país es dominado por las fuerzas del Talibán o por jefes tribales regionales. Mientras tanto, se busca una negociación con los rebeldes para lograr una retirada un poco más digna. De modo colateral, la inestabilidad (de hecho la propia guerra) se extendió al vecino Pakistán (hasta hace pocos años un sólido aliado de EEUU).

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Es cierto que estas derrotas no aparecen a simple vista tan claras y evidentes como la de Vietnam. Por ejemplo, no dieron origen a un Estado obrero, como en Vietnam. También quedaron un poco ocultas por el caos que quedó en Irak o por el hecho de que aún controlan Kabul en Afganistán. Pero no por eso son derrotas de menor envergadura. La propia burguesía imperialista y su prensa no se engañaron: elaboraron el concepto de “síndrome de Irak” (en analogía con el de Vietnam) para caracterizar la situación resultante y la necesidad de volver a poner el timón hacia la reacción democrática.

Irak y Afganistán no fueron las únicas derrotas del proyecto Bush. Debemos considerar como parte de esas derrotas el fracaso del golpe contra Chávez en Venezuela, en 2002; y la clara derrota de la invasión israelí al Líbano, en 2005.

La invasión a Haití, en 2004, y la posterior ocupación militar merecen una consideración especial. Hoy Haití es objetivamente una colonia de Estados Unidos. Pero el imperialismo logró “tercerizar” esta ocupación a través de la ONU y la Minustah, encabezada por tropas brasileñas y con la colaboración de otros países, y así evitar el costo político directo. La ocupación se mantiene, al servicio del plan Clinton de maquilas.

Un rostro nuevo para un nuevo giro de timón

Bush dejó una “pesada herencia”: no solo la relación de fuerzas desfavorable en el mundo sino también una profunda crisis económica. En ese marco, los sectores más lúcidos de la burguesía imperialista estadounidense impulsaron un nuevo golpe de timón para retomar la aplicación plena de la política de reacción democrática, y a Obama como la mejor figura para implementar ese cambio, en 2008.

En otro artículo de esta revista analizamos cómo enfrentó Obama este doble “frente de tormenta” y qué resultados obtuvo. Un aspecto central de ese balance es que obtuvo algunos logros importantes (apoyado en la crisis de dirección revolucionaria y la capitulación de direcciones traidoras) pero no consiguió estabilizar el mundo. Esa es la realidad actual para el imperialismo estadounidense.

En un análisis de la actual situación mundial, Zbigniew Brzezinski vuelve a mostrar su lucidez imperialista. En una entrevista realizada en 2014: “Vivimos un período de inestabilidad sin precedentes. Hay enormes franjas del territorio mundial dominadas por la agitación, revoluciones, rabia y pérdida de control del Estado… Es un despertar político global basado en una toma de conciencia sobre las injusticias, las desigualdades y la explotación… Los Estados Unidos aún son dominantes pero ya no son capaces de ejercer poder hegemónico… La fragilidad americana queda evidente en su incapacidad de dar estabilidad a la política dinámica e imprevisible de Medio Oriente…”. [1] Con más fuerza que en la década de 1980, mantiene plena vigencia el concepto de que “el imperialismo no hace lo que quiere sino lo que puede”.

Queremos terminar este material primero con una conclusión. La política de reacción democrática responde, por un lado, a esta cuestión a la vez concreta y profunda. Por el otro, también se origina en un balance: las lecciones de Vietnam: las acciones militares que se transforman en ocupaciones y guerras que se extienden en el tiempo terminan siendo muy negativas para el imperialismo. Mientras que, en el marco de un mundo convulsionado por las revoluciones, la reacción democrática ha demostrado ser más exitosa y le da mayor capacidad de maniobra. Logró además, un éxito complementario: cooptar para los “beneficios” de la democracia burguesa a gran parte de la izquierda que antes se le oponía, transformándola así en un nuevo componente de la defensa del “orden mundial”.

El interrogante es qué hará el gobierno Trump. Su discurso de campaña electoral y varios de los miembros electos para su gabinete apuntan en el sentido de acabar o reducir la política de reacción democrática. Pero, si se juega a hacerlo, es posible que actúe como un “elefante en un bazar”, no solo por un posible aumento de la resistencia de las masas sino también por la grieta que abriría dentro de la burguesía imperialista. Es necesario que los revolucionarios impulsemos la lucha que puede generar el repudio a Trump y, en ese camino, aprovechemos esas grietas.

[1] Revista Época, edición 863, 15 de diciembre de 2014.

Artículo publicado en la revista Correo Internacional n.° 16, enero de 2017.-