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“Nosotros somos como el cofrecito del cual todo el mundo está robando; pero esto acabó”. Con estas palabras, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció que su país no firmaría la declaración final del encuentro de la cúpula del G7, realizado en Canadá entre el 8 y el 9 de junio pasados.

Por: Marcos Margarido

Algunas horas antes, el primer ministro del Canadá, Justin Trudeau, anunciaba que el encuentro había sido un éxito y que los siete países establecieron amplios acuerdos en una serie de objetivos económicos y de política externa, a pesar de los desacuerdos profundos entre Trump y los líderes de las demás naciones, principalmente en la cuestión del comercio.

No obstante, los desacuerdos en el comercio fueron mayores que los amplios –y necesariamente genéricos– acuerdos, y la declaración final del G7 se volvió letra muerta. Prevaleció la promesa de guerra comercial de Trump contra lo que él llama tratamiento injusto de las otras naciones en relación con los Estados Unidos. Citó, específicamente, la sobretasa de 270% sobre lácteos norteamericanos importados por el Canadá y “los automóviles extranjeros que inundan nuestro mercado”, que prometió tasar.

Algunas semanas antes, Trump ya había impuesto tasas de 10% sobre el aluminio y de 25% sobre el acero importados, y de 25% sobre productos electrónicos, aeroespaciales y máquinas chinas por valor de U$S 50.000 millones. Todos los países prometieron tomar represalias, como China, que estableció sobretasas por el mismo valor sobre los bienes producidos por sectores económicos que apoyan a Trump, como el agrícola. Este impuesto alcanza a más de un tercio del total de las exportaciones norteamericanas a China, que sumaron U$S 130.000 millones en 2017, sin contar U$S 40.000 millones para Hong Kong.

La represalia china causó una caída de 3,78% en la Bolsa de Shanghái y de 5,77% en la Bolsa de Shenzhen. Estas caídas repercutieron en Japón, con caída de 1,77% en la Bolsa de Tokio y, posiblemente, en las bolsas de Europa.

La posibilidad de una guerra comercial entre las principales economías del planeta causa pavor en el capital financiero, pues puede llevar a un achicamiento del comercio y, así, agravar la crisis económica mundial. También amenaza la estabilidad de la Organización Mundial del Comercio (OMC) creada justamente para establecer reglas de abertura del comercio e impedir el establecimiento de barreras proteccionistas contra productos importados. La OMC, basada en el Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio de 1948, siempre actuó para favorecer la exportación de los países imperialistas, bajo la hegemonía norteamericana, a las semicolonias, en el contexto de la nueva división mundial del trabajo de la pos Segunda Guerra Mundial.

Trump busca una salida para la crisis económica

Eso ocurre en un momento en que la economía norteamericana tiene un buen desempeño, así como las economías de los principales países imperialistas. El PIB está presentando resultados positivos años tras año, sin embargo oscilantes en torno a 2% y debajo de los índices pre crisis.

La previsión para 2018 gira en alrededor de 3% (2,3% en 2017), mientras para las economías avanzadas (según clasificación del FMI) es de 2,5% (2,3% en 2017). Pero este no es el signo de una arrancada del crecimiento y sí del agotamiento de más un ciclo de expansión y la entrada en un nuevo ciclo recesivo.

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El Banco Mundial prevé una caída del crecimiento a partir de 2019, con el PIB mundial siendo reducido de 3,8% en 2017 a 2,9 en 2020. La previsión del FMI para los Estados Unidos es de reducción del crecimiento para 1,9% en 2020 y la mantención de achicamiento en los años siguientes. Las economías avanzadas siguen el mismo padrón.

Según el Banco Mundial en su informe Global Economic Prospects (Perspectivas de la Economía Global), “a pesar de la expansión global en curso, se espera que solo 45% de los países tengan una aceleración del crecimiento este año, contra 56% en 2017. Además de eso, la actividad global aún es menor que la expansión anterior [la crisis económica mundial], a pesar de una década de recuperación”. Es decir, el Banco Mundial reconoce que, a pesar de los ciclos cortos de expansión y contracción, la tendencia de crecimiento económico más lento en el largo plazo se mantiene.

Es en este escenario que los países imperialistas buscan una salida que favorezca a sus burguesías, donde los Estados Unidos buscan readquirir su hegemonía, ahora cuestionada por el crecimiento de China y por el fortalecimiento de Alemania y Francia a través de la Unión Europea.

Conviene recordar que los Estados Unidos no están solos en esta política aislacionista. Gran Bretaña está intentando dar forma al Brexit, a la salida de la Unión Europea, en medio de crisis políticas interminables, y el nuevo gobierno italiano promete seguir por el mismo camino. Es el “cada uno por sí” tomando cuerpo contra los años de cooperación entre estos ladrones para con el resto del mundo. Entidades como la ONU y la Organización Mundial del Comercio (OMC) comienzan a presentar señales de saturación, en la medida en que no consiguen establecer una política común entre los países imperialistas.

El agotamiento de la política económica anterior

El imperialismo enfrentó la crisis económica iniciada en 2008-2009, por un lado con el ataque a las conquistas obtenidas por los trabajadores, en una guerra social permanente en todo el mundo. Por otro, con una política fiscal llamada de quantitative easing, para posibilitar crédito a intereses bajos para las industrias, evitando una bancarrota total. El salvataje de las grandes empresas y la exención de todo tipo de impuestos para las industrias es un complemento de esa política.

En los Estados Unidos, por ejemplo, el Federal Reserve (FED), el banco central norteamericano, compró títulos del tesoro por valor de U$S 2 billones, inyectando dinero suficiente en la caja del gobierno para mantener el crédito barato en los años siguientes. La Unión Europea aplicaría la misma política algunos años después.

Estas dos políticas no consiguieron acabar con la crisis de larga duración. Los trabajadores y pueblos resistieron, y continúan resistiendo, causando procesos revolucionarios en el norte de África y en el Oriente Medio, en Ucrania y en Nicaragua; grandes movilizaciones, que alcanzaron a América Latina, los países periféricos de la Unión Europea (Portugal, España, Grecia) y incluso Estados Unidos; y huelgas importantes en varios países del mundo.

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Desde el punto de vista económico, el FED acabó con la política de quantitative easing en el final de 2014, resultando en un aumento de la tasa de interés. Las empresas aprovecharon los tiempos de intereses bajos para hacer préstamos que, según Michael Roberts[1], generaron deudas de cerca de U$S 14,5 billones (2017), que en pagos de servicios de la deuda implican alrededor de U$S 3,8 billones por año. El aumento de las tasas de interés por el FED puede crearles dificultades adicionales.

¿Inversiones productivas o especulativas?

Más allá del endeudamiento, la tasa de ganancia del sector productivo viene sufriendo caídas continuas a lo largo de los años, haciéndose cada vez menos atrayente para las inversiones. Según Michael Roberts, en el artículo ya citado, las ganancias de las 500 mayores industrias norteamericanas aumentaron 6% en el primer trimestre de 2018, principalmente debido a la reducción de impuestos hecha por el gobierno. Sin esta reducción, hubo una caída de 0,6% en aquel trimestre, que siguió a una caída de 0,1% en el cuarto trimestre de 2017. Según él, “la tasa de ganancia media de las economías del G7 permanece abajo de los niveles pre-crisis incluso después de 10 años de recuperación”.

Debido a la baja de la tasa de ganancia, el capital sale de la inversión productiva y va a buscar lucros ficticios en la especulación financiera. Uno de los países donde este movimiento es más acentuado, Gran Bretaña, tiene una de las mayores caídas de la tasa de productividad[2] entre los países del G7. Pasó de una tasa media anual de 2,2% antes de 2007 a 0,2% entre este año y 2017. Solo Italia presentó un desempeño de la tasa de productividad peor que la de Gran Bretaña. No es coincidencia que estos dos países estén procurando salidas aislacionistas.

Con los Estados Unidos se da la misma tendencia de aumento de capital y lucro ficticios en detrimento de la inversión en el sector productivo, aunque la caída de su tasa de productividad haya sido la menor en el G7. Tampoco es coincidencia que esta tendencia se haya acentuado con la política de quantitative easing. Esta fue capaz de evitar un colapso en el auge de la crisis, pero solo para empujar el problema hacia adelante y, tal vez, aumentarlo, pues la cantidad enorme de capital ficticio torna más difícil el aumento de la tasa de ganancia en el sector productivo.

La guerra comercial y la guerra social

La guerra comercial es apenas un aspecto de la política del sector de la burguesía que está perdiendo terreno en el mercado mundial y que tiene en Trump a su principal representante. Ella es, en verdad, un componente de profundización de la guerra social en curso. Si la escalada de sobretasas y represalias continúa, las barreras aduaneras podrán causar el cierre de empresas y la pérdida de millones de puestos de trabajo, lo que llevará a la reducción salarial por el aumento de la competencia entre los trabajadores en la busca de empleo. La consecuencia será una concentración aún mayor del capital, el aumento del poder de los monopolios, y el aumento de la desigualdad social existente en el mundo.

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Trump intenta amenizar este efecto sobre su electorado de la clase obrera blanca transformando toda su xenofobia, racismo y machismo en política oficial del país. Pero tampoco este sector escapará. El aumento de la explotación siempre alcanza el conjunto de los trabajadores y es condición necesaria para que el sector productivo vuelva a ser atrayente para el capital en su búsqueda de lucro máximo.

La mayoría de la burguesía norteamericana y mundial pregona que la salida es la mantención de la vieja cooperación entre las naciones imperialistas y sus entidades mundiales de explotación y opresión. Los partidos reformistas de todos los tipos y la burocracia sindical dicen lo mismo, pues esta cooperación pacífica es el mejor escenario para la aplicación de sus políticas de colaboración de clases. Sin embargo, la historia ya mostró que de ella solo podemos esperar la profundización de la miseria en la que la gran mayoría de la humanidad vive hoy.

Como dice Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo, “cuando una gran empresa asume proporciones gigantescas y, a través de cálculos precisos, organiza el suministro de materias primas… de todo lo que es necesario para decenas de millones de personas; … cuando un único centro administra todos los estadios del procesamiento de material para la manufactura de todo tipo de productos, que son distribuidos de acuerdo con una planificación única para centenas de millones de consumidores –entonces se hace evidente que tenemos socialización de la producción… y que las relaciones de propiedad privada constituyen una cáscara sin ningún contenido, … pero que será inevitablemente removido” por la revolución socialista mundial. No será la amenaza de una guerra comercial lo que impedirá a la clase obrera completar esa tarea iniciada por la Revolución Rusa de 1917.

Notas:

[1] https://thenextrecession.wordpress.com/2018/06/10/trumps-tantrums-and-the-world-economy/

[2] La tasa de productividad se obtiene de la división de la producción nacional por el número total de horas trabajadas.

Traducción: Natalia Estrada.