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Mientras escribo, la epidemia de coronavirus (aún o declarada pandemia) continúa extendiéndose. Ahora, existen más casos nuevos afuera de China que adentro, con una aceleración particular en Corea del Sur, Japón e Irán. Hasta ahora, hay más de 80.000 personas infectadas solamente en China, lugar de origen del brote. El número de personas muertas por el virus ya sobrepasó 3.200.

Por: Michael Roberts

Fig. 1: Crecimiento diario de casos de Covid-19, por región. Línea azul llena: provincia de Hubei; línea azul punteada: resto de China; línea naranja: resto del mundo.

Como dije en mi primer post sobre el brote, “la infección se caracteriza por la transmisión de humano a humano y un aparente período de incubación de dos semanas, entonces la infección probablemente continuará extendiéndose por todo el mundo”. Aunque más personas mueran cada año debido al virus de la influenza (gripe común) y por suicidios o accidentes de tránsito, lo asustador en la infección actual es que la tasa de mortalidad es mucho mayor que la de la gripe, tal vez treinta veces mayor. Por lo tanto, su propagación por el mundo acabará por matar a más personas.

Y como dije en aquel primer post, “el brote del virus corona puede desaparecer como otros antes de él, pero es muy probable que haya más y [otros] posibles patógenos aún más mortales por delante”. Eso ocurre porque la causa más probable del brote fue la transmisión del virus de animales –donde probablemente quedó hospedado por millares de años– a seres humanos a través de uso de una agricultura industrial intensiva y de ampliación de mercados de carne de animales salvajes exóticos.

El COVID-19 es más virulento y mortal que los virus influenza anuales, que cada año matan a muchas personas más vulnerables. Pero, si no fuera contenido, acabará igualando esa tasa de mortalidad y aparecerá en una nueva forma cada año. No obstante, si fueran tomadas precauciones (lavar las manos, no viajar o trabajar, etc.) y principalmente, si la persona fuera saludable, joven y bien alimentada, nada debería ocurrir. Pero si la persona fuese anciana, con muchos problemas de salud y viviese en malas condiciones, e incluso precisa viajar y trabajar, corre un riesgo mucho mayor de sufrir enfermedades graves o muerte. El COVID-19 no es una enfermedad de oportunidades iguales.

Pero, las enfermedades y muertes producto del COVID-19 no son la preocupación de los estrategas del capital. Ellos están preocupados apenas con los daños a los mercados de acciones, los lucros, y la economía capitalista. De hecho, oí el argumento en los escalones ejecutivos del capital financiero de que, ¡si muchas personas ancianas e improductivas muriesen, podría aumentar la productividad, porque los jóvenes y productivos sobrevivirán en mayor número!

Esa era la solución malthusiana clásica del inicio del siglo XIX para la crisis del capitalismo. Lamentablemente, para los seguidores del pastor reaccionario Malthus, su teoría de que las crisis en el capitalismo son causadas por la sobrepoblación fue demolida, dada la experiencia de los últimos 200 años. La naturaleza puede estar envuelta en la epidemia de virus, pero el número de muertes depende de la acción humana –de la estructura social de una economía; del nivel de infraestructura y de los recursos médicos y políticas de los gobiernos–.

No por casualidad China, donde tuvo inicio el brote, consiguió movilizar recursos masivos e imponer condiciones draconianas de aislamiento de la población para controlar la propagación del virus[1]. Las cosas no parecen tan controladas en países como Corea del Sur o Japón, o probablemente los EEUU, donde los recursos son menos planificados y los gobiernos quieren que las personas continúen trabajando por el capital, y no evitar la enfermedad. Y regímenes desgastados de países pobres, como el de Irán, parecen haber perdido completamente el control.

La verdadera preocupación de los estrategas del capital es, en realidad, si esa epidemia puede ser el gatillo de una gran recesión o caída de la economía, la primera desde la Gran Recesión de 2008-2009. Eso ocurre porque la epidemia se da exactamente en el momento en que las principales economías capitalistas ya parecen muy débiles. La economía capitalista mundial ya disminuyó casi una velocidad de estol[2] de 2,5% al año. Los EEUU están creciendo apenas 2% al año, Europa y Japón apenas 1%; y las principales economías emergentes del Brasil, México, Turquía, Argentina, África del Sur y Rusia están básicamente estáticas. Las enormes economías de la India y de China también desaceleraron significativamente el año pasado. Y ahora, la parálisis debido al COVID-19 empujó la economía china hacia un barranco.

La OCE –que representa las 36 economías más avanzadas del planeta –ahora alerta para la posibilidad de que el impacto del COVID-19 reduzca el crecimiento económico global este año en relación con sus previsiones anteriores. La OCDE redujo su previsión de crecimiento central de 2,9% a 2,4%, pero afirmó que “un brote de coronavirus más duradero y más intenso” podría reducir el crecimiento para 1,5% en 2020. Incluso en su previsión central, la OCDE alertó que el crecimiento global podría encogerse en el primer trimestre. Se espera que el crecimiento chino caiga por debajo de 5% este año, ante el 6,1% del año pasado –que ya era la tasa de crecimiento más débil de la segunda mayor economía del mundo en casi treinta años–. El efecto del cierre generalizado de fábricas y negocios en China reduciría el crecimiento global en 0,5%, lo que llevó a la reducción de su previsión inicial para 2,4% en el primer trimestre.

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Fig. 2: La OCDE derriba su previsión de crecimiento para 2020.

Italia sufrió su 17° decadencia mensual consecutiva en la actividad industrial en febrero. Y el gobierno italiano anunció planes de inyectar 3,6 mil millones de euros en la economía. El índice de gerentes de compras de la IHS Markit para la industria italiana cayó a 48,7 en febrero. Una lectura debajo de 50 indica que la mayoría de las empresas investigadas está relatando un encogimiento de la actividad productiva. Y la investigación fue concluida el 21 de febrero, antes de la intensificación del brote de coronavirus en Italia. Hubo una contracción semejante de la actividad fabril en Francia, donde el PMI industrial cayó 1,3 puntos, para 49,8. No obstante, la actividad industrial aumentó en la zona del euro en febrero, con el PMI del bloque subiendo 1,3 puntos, para 49,2, pero aún por debajo de los 50.

Hasta ahora, los EEUU evitaron una seria caída en los gastos de los consumidores, en parte porque la epidemia no se extendió ampliamente en el país. Tal vez la economía americana pueda evitar una caída por el COVID-19. Pero las señales aún son preocupantes. El último índice de actividad del sector de servicios en febrero mostró una contracción por primera vez en seis años y el indicador general (gráfico abajo) también entró en territorio negativo [es decir, menor a 50].

Fig. 3: PMI del sector de servicios en los Estados Unidos.

Fuera del área de la OCDE, hubo más malas noticias sobre crecimiento. El PMI de la Absa Manufacturing de África del Sur cayó para 44,3 en febrero de 2020, ante 45,2 en el mes anterior. La lectura apuntaba para el séptimo mes consecutivo de contracción en la actividad fabril y para el ritmo más rápido de caída desde agosto de 2009. Y el sector industrial de China registró su menor nivel de actividad desde el inicio de los registros. El PMI de manufactura general de Caixin China cayó para 40,3 en febrero de 2020, el nivel más bajo desde el inicio de la investigación en abril de 2004.

El FMI también redujo su ya baja previsión de crecimiento económico para 2020. “La experiencia sugiere que cerca de un tercio de las pérdidas económicas por la enfermedad serán costos directos: pérdida de vida, cierre de lugares de trabajo, y cuarentenas. Los dos tercios restantes serán indirectos, reflejando una retracción en la confianza del consumidor y en el comportamiento de los negocios, y en un aprieto en los mercados financieros”. Por lo tanto, “en cualquier escenario, el crecimiento global en 2020 caerá por debajo del nivel del año pasado. Hasta dónde va a caer y por cuánto tiempo es difícil de prever y dependerá de la epidemia, pero también de la puntualidad y de la eficacia de nuestras acciones”.

Una de las principales consultoras de previsiones económicas, la Capital Economics, redujo su previsión de crecimiento en 0,4 puntos porcentuales, para 2,5% en 2020, en lo que el FMI considera territorio de recesión. Y Jennifer McKeown, alertó que, si el brote se torna una pandemia global, el efecto “podrá ser tan malo como 2009, cuando el PIB mundial cayó 0,5%”. Y una recesión global en el primer semestre de este año “‘parece repentinamente una posibilidad clara”, dijo Erik Nielsen, economista jefe de la UniCredit.

En un estudio de una pandemia global de gripe, los profesores de la Universidad de Oxford estimaron que un cierre de escuelas por cuatro semanas –casi exactamente lo que Japón introdujo– reduciría 0,6% de la producción en un año, pues los padres tendrían que quedarse fuera del trabajo para cuidar de los hijos. En un artículo de 2006, Warwick McKibbin y Alexandra Sidorenko, de la Universidad Nacional Australiana, estimaron que una pandemia global moderada a grave de gripe con una tasa de mortalidad de hasta 1,2% reduciría en 6% el PIB de la economía de los países avanzados, en el año del brote.

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El Institute of International Finance (IIF), agencia de investigación financiada por bancos e instituciones financieras internacionales, anunció que: “Estamos rebajando el crecimiento de China este año de 5,9% a 3,7%, y de los EEUU de 2,0% a 1,3%. El resto del mundo es inestable. Alemania lucha para reerguir la fabricación de automóviles, el Japón cayó por el aumento de impuestos en 2019. Los mercados emergentes (EM) están débiles en el momento. El crecimiento global puede aproximarse a 1,0% en 2020, el más débil desde 2009”.

¿Cuáles son las reacciones políticas de las autoridades oficiales para evitar una caída económica seria? El Federal Reserve de los EEUU cortó la tasa de interés en una reunión de emergencia. Canadá siguió el ejemplo y otros lo seguirán. El FMI y el Banco Mundial están disponiendo cerca de U$S 50.000 millones por medio de sus líneas de financiamiento de emergencia para países de baja renta y mercados emergentes que podrían buscar apoyo. De este monto, U$S 10.000 millones están disponibles con interés cero para los miembros más pobres, a través del Servicio de Crédito Rápido.

Eso puede tener algún efecto, pero es más probable que los cortes en las tasas de interés y el crédito barato acaben siendo usados para impulsar el mercado de acciones con más capital ficticio –y, de hecho, los mercados de acciones hicieron una recuperación limitada después de caer más de 10%–. El problema es que esa recesión no es causada por “falta de demanda”, como la teoría keynesiana dice, sino por un “choque del lado de la oferta” –a saber, pérdida de producción, inversión y comercio–. Las soluciones keynesiana/monetaristas no funcionan, porque las tasas de interés ya están próximas de cero y los consumidores no pararon de gastar, por el contrario. Jon Cunliffe, vicegobernador del Banco de Inglaterra, dijo que, como el coronavirus es “un puro choque de oferta, no hay mucho que hacer”.

Y, como argumenta el economista marxista británico Chris Dillow, la epidemia de coronavirus es, en realidad, apenas un factor extra que mantiene las principales economías capitalistas disfuncionales y estancadas. Él establece la principal causa de mantenimiento de la decadencia de largo plazo en la lucratividad del capital. “La teoría básica (y el sentido común) nos dice que debería haber un vínculo entre los rendimientos de los activos financieros y los de los activos reales; por lo tanto, rendimientos bajos de títulos deberían ser una señal de rendimientos bajos del capital físico. Y ellos son”. Él identifica “tres grandes hechos”: la vulnerabilidad; la crisis, y empleos precarios. Y, como él dice, “todas esas tendencias son discutidas hace mucho tiempo por los marxistas: caída de la tasa de ganancia; monopolio llevando al estancamiento; propensión a la crisis; y peores condiciones de vida para muchas personas. Y hay muchas evidencias de ello”. De hecho, como cualquier lector regular de este blog sabe.

Y también está la deuda. En esta década de bajas tasas de interés (hasta negativas), las empresas han recurrido a un exceso de préstamos. Una deuda enorme, particularmente en el sector corporativo, es una receta para un grave colapso si la rentabilidad del capital cae drásticamente.

Ahora, John Plender, del Financial Times, aceptó mi argumento. Él resaltó que, de acuerdo con el IIF, la proporción de la deuda mundial en relación con el producto interno bruto (PIB) alcanzó una alza histórica de más de 322% en el tercer trimestre de 2019, con la deuda total afectando cerca de U$S 253.000 millones. “La implicación, si el virus continúa propagándose, es que cualesquiera fragilidades en el sistema financiero tienen el potencial de desencadenar una nueva crisis de la deuda”.

Fig. 4: Deuda global alcanza nuevo récord. Columnas azules: Deuda en billones de dólares; línea roja: Proporción del PIB (%).

El enorme aumento de la deuda corporativa no financiera de los EEUU es particularmente impresionante. Eso permitió que grandes empresas globales de tecnología comprasen sus propias acciones y pagasen enormes dividendos para los accionistas, depositando dinero en el exterior para evitar impuestos. Pero también permitió que pequeñas y medianas empresas en los EEUU, Europa y Japón, que no ganan mucho durante años, sobrevivan en los que fue llamado como “Estado zombi”, o sea, hacer apenas lo suficiente para pagar a sus trabajadores, comprar insumos, y pagar sus deudas (crecientes), pero sin sobrar nada para nuevas inversiones y expansión.

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Plender observa que un informe reciente de la OCDE dice que, hacia finales de diciembre de 2019, el stock global de títulos corporativos no financieros en circulación alcanzó una alza histórica de U$S 13,5 billones, el doble del valor en términos reales en relación a diciembre de 2008. “El aumento es más impresionante en los EEUU, donde el FED estima que la deuda corporativa subió de U$S 3,3 billones antes de la crisis financiera a U$S 6,5 billones el año pasado. Dado que las Alphabet (Google), Apple, Facebook y Microsoft detentaban solas una caja líquida positiva de U$S 328.000 millones a finales del año pasado, eso sugiere que gran parte de la deuda está concentrada en los sectores tradicionales de la economía, donde muchas empresas generan menos lucros que las Big Tech. El servicio de la deuda es, por lo tanto, más oneroso”.

Fig. 5: Deuda corporativa no financiera de los Estados Unidos (% del PIB).

El último informe de estabilidad financiera global del FMI amplía ese punto con una simulación, mostrando que una recesión tan severa como la de 2009 resultaría en que las ganancias de las empresas con deuda de U$S 19 billones serían insuficientes para pagar los intereses.

Por lo tanto, si las ventas cayeran, las cadenas de suministros fuesen interrumpidas y la lucratividad cayera aún más, esas empresas fuertemente endeudadas podrán entrar en colapso. Eso afectaría los mercados de crédito y los bancos, y provocaría un colapso financiero. Como mostré en varias ocasiones, la lucratividad del capital en las principales economías presenta una tendencia de caída.

Fig. 6: G7: Tasa interna de retorno sobre el capital (en relación con el PIB). De izquierda a derecha, se lee: Era dorada; crisis de lucratividad; recuperación neoliberal; larga recesión.

Y la masa de ganancias globales también estaba comenzando a contraerse antes que el COVID-19 entrase en escena (ver gráfico abajo, a partir de los datos de ganancias corporativas de seis principales economías; cuarto trimestre de 2019, estimado). Por lo tanto, incluso si el virus no provocase una caída, las condiciones para una recuperación significativa simplemente no existen.

Fig. 7: Ganancias corporativas globales (media ponderada) % año a año. De izquierda a derecha, se lee: Crisis de los mercados emergentes; boom de las empresas de tecnología; crisis de las punto.com; boom de crédito; gran recesión; recuperación; crisis de la deuda del euro; minirrecesión; antes del virus.

Finalmente, este virus va a disminuir (aunque pueda permanecer en el cuerpo humano para siempre y volver en el invierno, en mutaciones anuales). La cuestión es si el ‘choque de oferta’ es tan grande que –aunque las economías comiencen a recuperarse cuando las personas vuelvan al trabajo, a viajar, y el comercio sea retomado– los daños causados puedan ser tan profundos y el tiempo necesario para la recuperación tan largo, que esto no sea un ciclo económico rápido de un trimestre en forma de V, sino una caída en forma de U de seis a doce meses.

[1] En realidad, estas condiciones solo son posibles en China porque se trata de un régimen dictatorial de hierro, que impone sufrimientos enormes a la población, con el mismo objetivo de mantener la economía capitalista funcionando, tal como en los demás países mencionados, ndt.

[2] La velocidad mínima en la cual una aeronave (en el caso, la economía) aún consigue mantenerse estable.

Fuente: Michael Roberts, Disease, debt and depression. https://thenextrecession.wordpress.com/2020/03/05/disease-debt-and-depression/
Traducción del original en inglés: Marcos Margarido.
Traducción del portugués al castellano: Natalia Estrada.