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La campaña presidencial del senador Bernie Sanders para 2020 ha generado mucho entusiasmo entre progresistas liberales, así como en parte significativa de autodeclarados socialistas democráticos. Estos tienen como su dirección a los Socialistas Democráticos de América (DSA) y publicaciones como la revista Jacobin, que dedicó toda su edición del invierno de 2019 a defender la idea de que la campaña de Sanders es un instrumento para el avance de la lucha por el socialismo.

Por: Orlando Torres

En artículos como “El ejercicio del poder” de Bhaskar Sunkara, “El Estado que precisamos” de David Broder, “Manejando la presidencia imperial” de Meagan Day, y “Un plan para el socialismo en América” de Peter Gowan, el DSA y la Jacobin articulan tres líneas de argumentación para convencer a la izquierda a apoyar completamente a Bernie en 2020. En primer lugar, apuntan que la campaña representa la perspectiva más promisoria y realista de que la izquierda de los Estados Unidos “ejerza el poder” e implemente una serie de reformas socialdemócratas (universalización de la salud, gratuidad en las universidades, un salario mínimo de U$S 15 por hora, un New Deal “verde”, etc.), al mismo tiempo que “debilita a la derecha”. En segundo lugar, defienden que vencer elecciones y aprobar reformas es necesario para crear las condiciones políticas que permitirían luchas más radicales en el futuro. Y, en tercer lugar, argumentan que, incluso que Bernie no gane, su campaña y plataforma, aún así, avanzarían la conciencia socialista en una escala de masas.

Nosotros discordamos profundamente con cada una de esas tesis y las refutaremos. Las primeras dos partes de este artículo examinarán el papel histórico del reformismo en la implementación de reformas y contrarreformas bajo el capitalismo, basada en el trabajo del historiador marxista Robert Brenner. La tercera parte utiliza ese análisis histórico para evaluar la campaña Bernie 2020 bajo una perspectiva socialista.

Cómo en realidad las reformas son (y siempre fueron) conquistadas

La apelación principal de la campaña de Sanders es, sin duda, su plataforma de reformas socialdemócratas de sentido común, que, si implementadas, realmente mejorarían las condiciones materiales y políticas de los trabajadores de Estados Unidos. Pero lo que la estrategia del DSA asume de forma errónea y ahistórica es que elegir políticos con plataformas “progresistas” o socialdemócratas es el método primario, o por lo menos un elemento central de la estrategia de conquista de reformas. Esas es una premisa clásica del reformismo, que en las palabras de Robert Brenner, falla en

“distinguir entre los legisladores inmediatos de las reformas y los creadores de las ofensivas políticas de las masas que realmente tornan posible legislaciones reformistas. Ellos típicamente, y desastrosamente, ignoran los movimientos de masas combativos que transformaron, queriendo o no, lo que hasta entonces eran políticos reformistas y agentes de la transformación política y social”.[1]

Como Brenner demuestra en su clásico ensayo “La paradoja de la socialdemocracia: el caso estadounidense”,[2] es la interacción entre dos factores fundamentales lo que determina las condiciones de posibilidad para reformas progresistas dentro del capitalismo propenso a crisis: 1) una alteración en la correlación de fuerzas entre las clases, resultante de un ascenso de las movilizaciones políticas de las masas proletarias, que desafíe el capital y el Estado a través de acciones directas en los lugares de trabajo y en las calles; 2) los ciclos de expansión y crisis de la economía capitalista. Por un lado, movimientos proletarios de masas encienden la chispa de la transformación de la conciencia política y una fisura [en ella], y amenazan los lucros capitalistas –necesarios para arrancar reformas de la clase dominante– y, por otro, los ciclos de expansión y retracción del capitalismo (las condiciones de lucratividad capitalista) determinan con cuanta fuerza la clase capitalista probablemente resistirá la presión del movimiento por reformas.

Cuando la economía está en crecimiento y la lucratividad está alta, puede ser de interés de los capitalistas hacer concesiones para evitar inestabilidad política y perturbaciones en la productividad y en las ganancias. Pero, durante épocas de contracción económica y lucros bajos, raramente se conquistan reformas sino no es con niveles extremadamente altos de organización y militancia de la clase trabajadora. Además, bajo el modo de producción capitalista, el pleno empleo y el estado de bienestar social dependen del alto nivel de inversiones y recaudación de impuestos, que por su parte dependen del crecimiento económico y la lucratividad capitalista. Así, en épocas de crisis, que son inherentes al capitalismo, y por lo tanto no pueden ser impedidas por un Estado capitalista, gobiernos socialdemócratas se tornan agentes de la clase dominante al restaurar ganancias y crecimiento a través de medidas de austeridad antiobreras.

Este análisis surge a partir de los desarrollos históricos de los últimos cien años. Como el ensayo de Brenner describe en detalle, hubieron dos grandes olas de reformas en Estados Unidos –una en los años 1930 y 1940 y otra en los años 1960–. Esas reformas solo fueron posibles por causa de una explosión de movimientos populares y proletarios independientes, orientados para la acción directa y contrarios al electoralismo y a las fuerzas sociales del reformismo: las burocracias sindicales, los dirigentes de clase media de las organizaciones progresistas, y los políticos del Partido Demócrata.

En los años 1930 hubo una ola sin precedentes de huelgas y movilizaciones obreras militantes (nuestro periódico escribió sobre ellas en otras ediciones), que se desarrollaron por fuera y contra la dirección reformista y burocrática de la Federación Americana del Trabajo (AFL). Luego de tolerar pasivamente una ofensiva antisindical brutal en los años 1920, los dirigentes de la AFL sabotearon las huelgas de 1933 al presionar a los sindicatos para hacer que los trabajadores volviesen a sus puestos y a depender de las mesas de mediación de Roosevelt, que casi siempre quedaban del lado de los patrones. No obstante, la dinámica del movimiento venía de trabajadores de base cada vez más combativos y organizados, que estaban dispuestos a romper con la burocracia y formaron Trabajadores Automotrices Unidos (UAW) y eventualmente el Congreso de las Organizaciones Industriales (CIO) como alternativa a la AFL. Durante esa época, la fuerza del movimiento obrero era tan grande que arrancó concesiones significativas (por ejemplo, las leyes Wagner y de la Seguridad Social), incluso durante una depresión económica. Incluso así, la burocracia sindical y políticos progresistas como Franklin D. Roosevelt hicieron todo lo que podían para contener la militancia sindical y canalizarla hacia el Partido Demócrata, que, a pesar de tener una mayoría enorme en el parlamento, aprobó una serie de leyes (especialmente las leyes antihuelga Smith-Connally de 1943 y la Taft-Harley de 1947) que allanaron el camino para la gran caída en el movimiento sindical en las décadas siguientes.

En los años 1960, los movimientos de los Derechos Civiles y del Black Power [Poder Negro] dependían principalmente de acciones directas para enfrentar estructuras económicas y racistas, causando una ola de organización militante que incluyó enormes movilizaciones estudiantiles, de mujeres, y antiimperialistas. Combinado a ese desafío real a los intereses de la clase dominante, hubo un salto correspondiente en la conciencia (tanto liberal como radical), que, unido a la prosperidad y la lucratividad capitalistas inéditas del período 1945-1970, permitieron una serie de reformas durante los gobiernos Johnson y Nixon (las varias leyes de los Derechos Civiles, los Programas contra la Pobreza, la Agencia de Protección Ambiental, y otras). Sin embargo, una vez más, las fuerzas sociales del reformismo –en este caso los dirigentes de las organizaciones negras oficiales, como la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP), no solo hicieron todo lo que pudieron para canalizar la energía de la lucha del pueblo negro hacia las elecciones al organizar un movimiento de registro electoral para Lyndon Johnson, sino que denunciaron al combativo movimiento Black Power como “padre y madre de la violencia”.[3]

Conforme los movimientos disminuyeron bajo la represión estatal, y la economía capitalista entró en crisis a inicios de los años 1970, el capital lanzó un ataque total contra las victorias de la clase trabajadora, con la complicidad activa del Partido Demócrata, que desde entonces no aprobó una única reforma social significativa.

Para resumir, las burocracias sindicales y los dirigentes de clase media de las organizaciones progresistas de los oprimidos históricamente actuaron para contener y obstaculizar el desarrollo de movimientos combativos de acción directa, al mismo tiempo que trabajaban para domesticarlos y canalizar su energía para la política electoral burguesa. Al mismo tiempo, políticos reformistas se beneficiaron electoralmente con saltos en la conciencia generados por movimientos radicales y ocasionalmente, bajo la correlación cierta entre la presión de los de abajo y la lucratividad capitalista, actuaron como los “legisladores inmediatos” de las reformas que se tornaron posibles a través de la lucha clasista y combativa, o sea, a través de los métodos que el reformismo sabotea, directa o indirectamente. De hecho, políticos reformistas que ganan crédito político por reformas arrancadas por los de abajo, usan esas victorias legislativas para crear la dependencia política y electoral que debilita los movimientos y abre camino para las contrarreformas.

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El papel del reformismo en las contrarreformas

La cuestión histórica remanente es cuál es el papel que las fuerzas sociales del reformismo cumplieron durante períodos de poco activismo o de desaceleración económica. Nuevamente, los registros históricos son iluminadores. En Estados Unidos, desde el fin del boom de posguerra a inicios de los años 1970, la así llamada Izquierda del Partido Demócrata, la dirección burocrática establecida en los sindicatos, los dirigentes de clase media de las organizaciones “progresistas” (por ejemplo, el MoveOn, la Credo, el Indivisible, etc.) fueron completamente incapaces de liderar cualquier resistencia efectiva (dentro o fuera de las instituciones del Estado) contra la ola de ataques capitalistas a los niveles históricamente altos de concentración de riqueza, precariedad, salarios reales en caída y baja sindicalización.

Como regla, cuando gobiernos reformistas están en el poder durante períodos de desaceleración económica o baja militancia, no solo ellos no implementan su propio programa como incluso aprueban ataques contra la clase trabajadora para restaurar la lucratividad capitalista. Eso quedó evidente cuando gobiernos laboristas y socialdemócratas en países como Inglaterra, Francia, el Estado español, e incluso Suecia implementaron cortes y políticas de austeridad en los años ’70, ’80 y ’90. Pero hay ejemplos más recientes, como el del gobierno de Syriza en Grecia, que llega al poder con una plataforma radicalmente antiausteridad en 2015 e inmediatamente comienza a aplicar un paquete humillante de medidas de austeridad exigidas por la Unión Europea. Tal vez más dramático es el reciente colapso de la así llamada “Ola Rosa” de gobiernos en América Latina que completó un ciclo entero de la política reformista: una ola de movimientos sociales combativos y antineoliberales generó un cambio en la correlación de fuerzas entre las clases en los años 1990 y en el inicio de los años 2000; políticos y dirigentes reformistas consiguieron canalizar la creciente conciencia radical y la energía del movimiento hacia adentro de las instituciones de la democracia burguesa, teniendo victorias electorales; durante un período de crecimiento económico (2002-2014), con los precios internacionales de commodities como petróleo, oro y carbón extraordinariamente altos, gobiernos reformistas surfearon en la ola de crecimiento y aplicaron una serie de reformas moderadas mientras mantenían la lucratividad capitalista; cuando los precios de las commodities previsiblemente entraron en colapso y el boom se volvió crisis, esos mismos gobiernos reformistas –de Dilma Rousseff en el Brasil a Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela– removieron reformas que habían sido conquistadas e implementaron el mismo tipo de medidas antipueblo (como ataques a las jubilaciones y a los servicios públicos, ataques a la negociación colectiva, represión a las movilizaciones populares) por las que habían sido electos para revertir.

¿Por qué esos dirigentes reformistas, que supuestamente tienen un compromiso de levar adelante los intereses de la clase trabajadora, se tornan agentes de la burguesía durante períodos de desaceleración económica y/o de baja actividad militante? Una parte de la respuesta fue resumida por Brenner, que explica que “las fuerzas sociales que dominan la política reformista, principalmente el oficialato sindical y los políticos de partidos socialdemócratas… no son ellos mismos parte de la clase trabajadora”, a pesar de que dependen, para su sustento, de organizaciones mantenidas por la clase trabajadora.

“… encima de todo, ellos están fuera del patio de la fábrica […] tienen su base material, su sustento, en la propia organización sindical o partidaria […]. En la medida en que la organización es viable, ellos pueden tener una forma viable de sustento y una carrera razonable […]. Ya que la resistencia militante al capital puede provocar reacciones por parte del capital y del Estado que amenacen las condiciones financieras o la propia existencia de la organización […], los sindicatos y partidos reformistas […] [buscan] parar los ataques del capital a través de conciliaciones con él”.[4]

La segunda parte de la respuesta tiene que ver con estrategia. Como ya mencionado, durante épocas de desaceleración económica, los capitalistas no conceden fácilmente reformas que disminuyan aún más sus lucros, y tienden a retener inversiones (o sea, una “huelga de capital”) y crear un caos económico para imponer sus intereses de clase. Así, como regla, los gobiernos reformistas se ven frente a dos opciones: 1) implementar medidas de austeridad antipueblo para restaurar la lucratividad del capital y el crecimiento económico, o 2) de hecho desafiar las relaciones de propiedad capitalistas. El problema es que adoptar la segunda forma exitosa –desafiar y derrocar a los propietarios de los medios de producción– requiere un nivel de autoorganización, conciencia y militancia de la clase trabajadora que no puede ser construido por vía electoral. Es necesaria una acumulación gradual de luchas de acción directa que minen la legitimidad del Estado capitalista y así amenacen la viabilidad tanto de campañas electorales de corto plazo como de gobiernos reformistas que dependen de instituciones del Estado.

Así, incluso si dirigentes capitalistas que administran Estados capitalistas tuviesen la voluntad política de luchar por el socialismo en momentos de crisis (algo muy improbable por las razones presentadas por Brenner), la clase trabajadora probablemente estaría falta de preparación para ese nivel de lucha. Como veremos, las estrategias necesarias para “tomar el control del Estado capitalista” a través de las elecciones burguesas están generalmente en contradicción con las necesarias para construir el activismo y la conciencia socialista de masas.

Hay dos lecciones claves que trabajadores y socialistas precisan aprender con esas experiencias históricas. Primero, el reformismo y la política electoral en verdad no ganan reformas que beneficien a la clase trabajadora. En lugar de eso, movimientos combativos de acción directa, que se organicen independientemente de y frecuentemente directamente contra las fuerzas políticas del reformismo, pueden arrancar concesiones por parte de la clase dominante al generar perturbaciones y cambios en la conciencia que alteren el panorama político. Esas concesiones frecuentemente (pero no siempre) son legisladas por políticos reformistas, pero solo pueden ser conquistadas por la lucha independiente. Segundo, conquistar reformas y elegir políticos reformistas para mandatos no crea, por sí solo, las condiciones para un cambio más profundo del capitalismo. En la medida en que la energía de movimientos radicales es canalizada para la política electoral burguesa y para lejos de la acción directa militante, que fue lo que conquistó las reformas, y, en la medida en que los trabajadores son presionados por los gobiernos reformistas a contener sus luchas en los límites aceptables por el capital, las condiciones de la posibilidad de un cambio radical se van a deteriorar en lugar de mejorar. De hecho, en épocas de crisis, gobiernos reformistas tienden fuertemente a atacar ellos mismos a los trabajadores para retomar el crecimiento y la lucratividad.

¿Qué papel puede cumplir una campaña (o presidencia) de Bernie 2020 en la lucha por el socialismo?

Dado el papel histórico del reformismo, una de las cuestiones centrales de la izquierda en Estados Unidos es qué relación tener con la campaña de Bernie 2020.

Aunque para socialistas haya ventajas evidentes en una campaña de gran visibilidad, que pueda hablar a millones de trabajadores, también hay enormes costos políticos a ser pagos por ser candidato por un partido vehementemente capitalista: limitar nuestro programa a reformas socialdemócratas, y abrazar una estrategia con foco en las elecciones.

Es innegable que la campaña de Bernie en 2016 tuvo un enorme impacto en la política de Estados Unidos. Su máquina de levantamiento de fondos e inmensa exposición mediática ayudó a popularizar una serie de reformas socialdemócratas de sentido común, como la salud universal, la enseñanza superior gratuita, el aumento del salario mínimo, la universalización de las guarderías, la tasación progresiva, y reformas ambientales. En ese proceso, la campaña generó expectativas sobre cuáles políticas son de hecho políticamente viables y construyó una nueva base electoral que rechaza explícitamente la ortodoxia neoliberal y abiertamente desafía el establishment de derecha del Partido Demócrata. Además, la autoidentificación de Sanders como un “socialista democrático” llevó a una explosión del número de miembros del DSA, que tornó las campañas presidenciales de Sanders en 2016 y 2020 su prioridad máxima. Así, la dirección del DSA y su publicación central, el Jacobin, han puesto la campaña Bernie 2020 como una oportunidad histórica indispensable para conquistar reformas importantes, crear las bases para luchas más avanzadas, y (incluso si la elección se perdiese) aumentar la conciencia socialista.

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Muchos trabajadores y activistas que buscan una alternativa política tradicional son, comprensiblemente, atraídos por esa visión. Lamentablemente, ella está basada en una comprensión equivocada del capitalismo, del Estado, y de la dinámica de la lucha de clases, que la torna no solo inadecuada como, en último análisis, contraproducente en la lucha por el socialismo.

Primero, Bernie Sanders no es y nunca fue controlado por el DSA o leal a este, o a cualquier organización socialista o de izquierda. Por el contario, Bernie arma su lista con los Demócratas en el Senado, firmó un juramento de fidelidad afirmando que “concurrirá como un Demócrata… y presidirá como un Demócrata”, y, como demostró en 2016, apoyará a Demócratas de las corporaciones en elecciones generales. Por lo tanto, en el probable caso de que Sanders no consiga ser electo con las reglas abiertamente antidemocráticas de las elecciones primarias internas, se puede esperar que él apoye a cualquier candidato que los demócratas lancen, dando así de manos juntas su base electoral antineoliberal, arduamente construida, a los representantes de la burguesía.

Eso sabotea en un nivel fundamental la tarea central de los socialistas de construir una base para un futuro partido proletario, pues refuerza, en la práctica, los principios de colaboración de clases y el “mal menor” que sustentan la capacidad de cooptación y desmovilización que posee la democracia burguesa.

Apoyadores de Sanders, naturalmente, tienen la esperanza de que él derrote el ala derecha del Partido Demócrata y sea electo presidente. En ese escenario improbable, pero no imposible, las contradicciones de la estrategia reformista serían expuestas claramente, comenzando con una presión enorme e inédita tanto por parte de los Demócratas como de los medios burgueses para que Sanders retroceda aún más en su ya limitado programa y se quede con algo que el Congreso “esté dispuesto a aprobar”.

De hecho la presión para evitar el enfrentamiento con electores “moderados” y los medios corporativos de forma que puedan poner en riesgo la mayoría en el Congreso en 2022, junto con la presión para hacer concesiones políticas que demuestren que el gobierno puede sobrepasar las barreras del Congreso y aprobar alguna cosa (¡cualquier cosa!) en sus primeros dos años serían, muy probablemente, poderosas o suficientes para domesticar la presidencia de Sanders y hacerla algo enteramente inofensiva para el statu quo.

Si cuando eso ocurra, los trabajadores y las comunidades oprimidas se movilizaran contra el gobierno –sea porque están siendo arrojadas a los leones en concesiones al establishment, sea porque sus necesidades nunca estuvieron representadas en el programa limitado de Sanders–, inmediatamente serían presionados fuertemente a quedarse en la línea (en ese caso por las fuerzas reformistas que apoyan a Sanders) con el argumento de que criticar a un “presidente socialista” divide a la izquierda y ayuda a la derecha a retomar el poder.

Pero incluso si un futuro presidente Sanders, milagrosamente transformase el Partido Demócrata en una organización socialdemócrata militante y enfrentase un ataque frontal por parte de los medios, su gobierno aún enfrentaría la realidad de que, bajo el capitalismo, todas las reformas pro trabajadores son financiadas con los ingresos por impuestos y que la capacidad del Estado de recaudar impuestos depende del crecimiento económico, o sea, de la lucratividad capitalista. Eso quiere decir que o una contracción cíclica de la economía, o una retención políticamente deliberada de las inversiones por parte de los capitalistas, generaría recesión económica, minando la legitimidad política del gobierno y forzando a un abandono de las reformas y un retorno a políticas antiproletarias para retomar la lucratividad y el crecimiento.

Esa es la historia establecida del reformismo y no hay razón para creer que será diferente en un proyecto reformista que carga con los fardos adicionales de ser parte de una institución capitalista, en una época en que los movimientos independientes de la clase trabajadora no son ni de cerca tan poderosos como fueron en los años ’30 y ’60.

Más allá del poder estructural del capital, cualquier desafío profundo a la clase dominante por parte de un futuro gobierno Sanders también sería enfrentado por el que Charlie Post llama “gobierno permanente no electo – el servicio civil / agencias ejecutivas, o el poder Judicial y, en último análisis, las Fuerzas Armadas”–. Como Post apuntó varias veces,

“esas instituciones, popularmente conocidas como ‘deep state’, históricamente fueron el centro de la resistencia a tentativas de la izquierda socialista de ‘utilizar’ posiciones electas en el Estado capitalista para implementar reformas significativas, cuanto más romper con la lógica del capital… Solo una ruptura decisiva en la estructura institucional del Estado –el desmantelamiento del viejo Estado y la construcción de un contrapoder proletario– pueden hacer que la clase trabajadora conquiste reformas significativas y comience la construcción del socialismo”.[5]

Vencer esos obstáculos exigiría masivos movimientos independientes de la clase trabajadora para orientarlos tácticamente hacia acciones directas y con disposición para, si es necesario, no cumplir la ley y luchar contra el Partido Demócrata, la burocracia sindical, y la dirección de la clase media de las ONGs progresistas.

Los defensores más sofisticados de la estrategia del DSA reconocen tanto las barreras estructurales que confronta un posible gobierno Sanders como la centralidad de las luchas de las masas para superarlas. Por eso, apelan a una así llamada estrategia “interna-externa” que intenta productivamente combinar la construcción de las luchas de las masas con llegar al gobierno por medio de elecciones y así administrar el Estado capitalista. Apuntan, repetidamente, hacia el soporte retórico de Sanders a causas laborales y sociales y convocan “un movimiento de masas de personas ordinarias, que ejerza su propia presión sobre los políticos, que rivalice con la presión ejercida por los capitalistas [a través] de huelgas políticas que derriben los lucros y paralicen las funciones normales de la sociedad”.[6] Eso, claro, no es nuevo; la mayoría de los proyectos reformistas fueron seductores para las movilizaciones populares, frecuentemente con una retórica mucho más radical (por ejemplo, Syriza o Chávez), como un complemento necesario a la actividad parlamentaria. Y, como los reformistas de ayer, socialistas apoyadores de Bernie 2020 no enfrentan ni resuelven las tensiones y contradicciones inherentes entre el electoralismo y la lucha de masas.

El conflicto más obvio entre los dos objetivos es sobre prioridades. Si, como la historia muestra, es el poder perturbador de los movimientos militantes de las masas y no el de los políticos reformistas electos lo que crea las condiciones para la conquista de reformas, entonces la lógica dice que construir esos movimientos es la tarea central de los socialistas (tanto reformistas como revolucionarios) de hoy. Sin embargo, cuando socialistas son enredados por el juego de la democracia capitalista, que requiere una inversión extraordinaria de tiempo y de energía en campañas que comienzan meses o años antes de que ocurra la votación, es difícil imaginar cómo va a haber recursos para construir una base militante en lugares de trabajo y barrios. Cada hora que un socialista gasta amarrando votos para Bernie 2020 es una hora que no gasta construyendo movimientos independientes orientados hacia la acción directa en las calles y en los lugares de trabajo.

La actual dirección del DSA puede argumentar que el elemento “externo” de su estrategia es tan importante cuanto su cruzada para ganar elecciones, pero, considerado el propósito de sus actividades prácticas desde 2016, cualquiera que esté prestando atención sabe que mucho más tiempo y energía están siendo invertidos en garantizar reclutas para candidatos progresistas (de los cuales muchos ni siquiera son miembros del DSA y solo comparten una parte de su programa) que en reformar el movimiento sindical u organizar a la clase trabajadora inmigrante.

Más importante aún es el hecho de que ganar elecciones bajo el capitalismo envuelve una lógica fundamentalmente diferente de la utilizada para construir movimientos de masas. Como Robert Brenner explicó, ganar elecciones requiere dos cosas básicas: ser atrayente para 50% más 1 y hacer que los apoyadores realicen el acto relativamente pasivo de ir a las urnas a votar. Por lo tanto, para ganar, candidatos de izquierda precisan hasta cierto punto aceptar y adaptarse a la conciencia actual del electorado. Es un juego de canalizar energía de la izquierda en las primarias y entonces, lentamente, moverse hacia el centro mientras se distancia de ideas consideradas radicales demás para ganar más votos de moderados. Nosotros ya estamos viendo esa dinámica en juego con Bernie Sanders.

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El 23 de febrero, Sanders llamó a Venezuela a aceptar la así llamada “ayuda humanitaria”, orquestada por Trump y gobiernos de derecha de América Latina para apoyar materialmente la tentativa de golpe de la derecha venezolana, pero ha mantenido un silencio palpable sobre las violentas sanciones económicas impuestas por Estados Unidos a la economía de Venezuela como parte de una campaña abierta para forzar un cambio de régimen. Más recientemente, en una Cámara de Concejales en Iowa, Sanders respondió a una pregunta sobre sus posiciones respecto de la inmigración, diciendo que “lo que precisamos es de una reforma completa de la inmigración. Si usted abre las fronteras, mi Dios, hay mucha pobreza en este mundo, y usted va a tener gente de todo el mundo. Y no creo que sea algo que podamos hacer en este momento. No da. Entonces, no es mi posición”. Si Bernie vence las primarias, se puede esperar que tanto su programa como su imagen se muevan aún más a la derecha conforme él se enfoca en los Estados indecisos; y también puede esperarse que su núcleo duro de apoyadores en la izquierda, incluyendo el DSA, acepten eso sin críticas pues entienden que es necesario para vencer.

Por su parte, huelgas y otras acciones militantes de masas exigen no solo grandes cantidades de personas participando, sino un compromiso mucho más profundo. Para vencer en una batalla contra los patrones, los trabajadores precisan, en las palabras de Brenner, “desarrollar la más poderosa solidaridad; precisan aceptar riesgos, hacer sacrificios, estar preparados para cometer acciones ilegales y usar la fuerza, y por fin, precisan desarrollar las ideas que expliquen y justifiquen esas acciones para sí mismos y para los otros. Todo eso es necesario para vencer, porque lo que está involucrado es un test directo de fuerzas con los empleadores y/o con el Estado”.

Naturalmente, acciones militantes frecuentemente alienan a electores moderados y de clase media que están súper representados en el electorado. Cuanto más militante e independiente se torna un movimiento, mayor es la tensión entre la construcción del poder estructural de la clase trabajadora y la victoria en las elecciones para administrar el Estado capitalista. Más aún, como descrito arriba, los movimientos militantes con frecuencia precisan confrontar las fuerzas sociales del reformismo: la burocracia sindical y la dirección de clase media de las organizaciones progresistas. Si la dirección de los sindicatos y ONGs progresistas abrazan Bernie 2020, como hicieron algunas en 2016, y mucho más probablemente lo harán ahora, un ascenso en la militancia de base forzaría otra elección central: ¿la campaña y sus apoyadores en la izquierda jugarían su peso político y material incondicionalmente en la tarea de reformar el movimiento obrero? ¿O se equivocarían y cumplirían un papel conciliador para evitar alienar apoyadores poderosos en la burocracia sindical? Si la historia fuera un indicativo, ellos capitularían a las presiones de un “pragmatismo” fútil y derrotista.

Es, precisamente, el tipo de profunda solidaridad, creatividad y autogobierno colectivo necesarios para vencer huelgas y acciones del género lo que construye una conciencia socialista genuina. Desafiar a los patrones y al Estado da a los trabajadores la experiencia concreta de su poder y capacidad de acción. Da significado a la idea de que, como trabajadores, nosotros tenemos la llave de nuestra propia liberación y precisamos depender unos de los otros y de nuestro poder organizador para transformar el mundo. Como defendió Florence Oppen en una edición anterior de nuestra revista, la autodeterminación democrática de los trabajadores está en el centro de la conciencia socialista. Por lo tanto, su ascenso requiere una ruptura…

“… con las ilusiones y la dependencia de las instituciones del gobierno burgués, que incluyen todos los espacios de la democracia representativa (legislativos municipales, estaduales y el Congreso federal) así como los partidos establecidos. La independencia de clase no es algo que pueda ser simplemente proclamado e impreso en un panfleto. Ella significa la creación de una experiencia concreta de lucha y dirección de nuestra clase por nuestra clase, con democracia, independencia y responsabilidad”.

A pesar de su papel en popularizar elementos del programa socialista (educación y salud gratuitas, entre otras), la campaña Bernie 2020 no servirá como un vehículo efectivo para construir la conciencia socialista, porque abraza de forma acrítica el sistema electoral capitalista, su poder de cooptación, y la ilusión de que el socialismo puede alcanzarse sin lucha revolucionaria.

Como socialistas comprometidos, no podemos apoyar la campaña Bernie 2020, no por causa de alguna promesa dogmática de pureza o maximalismo, sino porque ella forma parte de una estrategia que ciertamente cooptará y por fin minará las luchas de la clase trabajadora, al mismo tiempo que reconstruye la base social y la legitimidad del Partido Demócrata y de la democracia capitalista.

En lugar de eso, presentamos una estrategia socialista alternativa –una en que el centro de gravedad es incontestablemente la construcción de las luchas democráticamente autoorganizadas de la clase trabajadora y la gradual unificación y encaminamiento de ellas hacia la acción directa. Eso no significa, claro, que socialistas no deban participar de las elecciones; significa que nosotros participamos de campañas electorales independientes de oposición, no con el objetivo central de ganar mandatos (aunque eso sea una posibilidad en determinados contextos), sino sí de construir, fortalecer y conectar movimientos en torno a un programa transicional que esclarezca la necesidad de romper con el Estado y moverse más allá de los límites de lo que es posible bajo el capitalismo. Esa estrategia no solo tiene mucha más chance de conseguir reformas como de conquistarlas de una manera que construya la independencia y el poder organizativo de nuestra clase, en lugar de montar el palco para la desmovilización y la contrarreforma.

Bernie Sanders, líder eficiente y carismático, que construyó una impresionante base electoral en la clase trabajadora –de personas que quieren construir una sociedad diferente, que están hartas del statu quo, y que están en busca de una alternativa real–, si él realmente se comprometiese con esa plataforma, o siquiera con el socialismo, rompería con el Partido Demócrata, convocaría una convención de organizaciones proletarias, socialistas y de justicia social, y pondría su candidatura bajo el control democrático de los trabajadores. No tenemos ninguna ilusión de que eso ocurra –al final, Bernie fue el primero en firmar un compromiso de “apoyar el candidato escogido por los Demócratas, sea quien fuere… punto final”. Pero si Sanders pasase a actuar en serio y pusiese su estrellato al servicio de las luchas de la clase trabajadora, consideraríamos apoyarlo.

Notas:

[1] https://www.versobooks.com/blogs/2508-the-paradox-of-social-democracy-the-american-case-part-one

[2] https://solidarity-us.org/atc/43/p4958/

[3] Hall, S. (2007), The NAACP, Black Power, and the African American Freedom Struggle, 1966–1969. Historian, 69: 49–82.

[4] https://solidarity-us.org/atc/43/p4958/

[5] https://jacobinmag.com/2018/02/socialist-organization-strategy-electoral-politics

[6]https://jacobinmag.com/2019/03/bernie-sanders-movements-not-me-us?fbclid=IwAR0Xk2wKUeEVw_ZAYw66V-v8sr6vqI3p7MLURIObEhVsJqmLXGnI5psBN_4