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“Los que se lavan las manos lo hacen en una fuente de sangre”. La frase de Bertold Brecht, uno de los grandes artistas revolucionarios del siglo XX –que ha sido utilizada en manifestaciones en el Brasil contra la acción genocida del sionista Bolsonaro ante la pandemia de Covid-19–, no podría representar mejor la continua Nakba (catástrofe) a que están sometidos los palestinos desde hace 72 años. O sea, desde la creación del Estado de Israel mediante la limpieza étnica planificada el 15 de mayo de 1948, que culminó con la expulsión violenta de 800.000 palestinos de sus tierras y la destrucción de cerca de 500 aldeas. Incluso fueron cometidos genocidios en decenas de aldeas en este proceso que fue la piedra fundamental del proyecto político colonial sionista inaugurado a finales del siglo XIX, y que el 2 de noviembre de 1917 recibió las bendiciones de Gran Bretaña, con la emisión de la Declaración Balfour.

Por: Soraya Misleh

En esta declaración, Inglaterra se decía favorable a la constitución de un hogar nacional judío en Palestina, sobre la cual recibió el mandato como espolio de guerra al final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la derrota del Imperio Otomano que colonizaba la región. Se inaugura allí la alianza sionismo-imperialismo y una larga historia de complicidad internacional con los crímenes contra la humanidad que son la base del Estado de Israel. La Declaración Balfour fue determinante para la ejecución del proyecto colonial que intentaría –y sigue intentando– apagar del mapa a los palestinos. Y en la época había no más de 6% de judíos en Palestina.

Este primer crimen revela dos enemigos poderosos de la causa palestina, que siguen actuales: el imperialismo y el sionismo. Dos décadas después, un tercer enemigo se hacía evidente: los regímenes árabes. La derrota de la revolución de 1936-1939 en Palestina contra el mandato británico y la colonización sionista, el momento más próximo a que se llegó de la liberación, desnudó este trío perverso. La acción de los regímenes árabes, así como de la burguesía palestina, fue decisiva para sepultar este proceso. Estaba armado el escenario ideal para la ejecución de la limpieza étnica.

Los palestinos, absolutamente vulnerables luego de la derrota, con los dirigentes de la revolución asesinados o presos, fueron desarmados; no podían siquiera portar un cuchillo de cocina. Mientras tanto, los años siguientes marcan el envío de armas por Stalin, vía Checoslovaquia, para las bandas sionistas.

Al final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el escenario mundial favorecía los intentos sionistas. Aun cuando haya habido comprobadamente acuerdo con Hitler, como el de Haavara, los horrores nazistas fueron bien utilizados como propaganda para el proyecto colonial sionista. Eslóganes como “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra” y “haremos florecer el desierto” completaban el cuadro. Detalle: los sionistas siempre supieron que había una población mayoritariamente árabe en Palestina, que no era un vacío demográfico. Pero los consideraban un no pueblo, que, por lo tanto, debería ser eliminado. La transferencia poblacional está ampliamente registrada en los diarios de los dirigentes sionistas, y posteriormente, sin medias palabras, es compulsoria. Un eufemismo para limpieza étnica planificada.

El destino de Palestina era sellado con la promesa al imperialismo de que el sionismo era lo que se llamaba el puesto avanzado de la civilización contra la barbarie. O sea, su enclave militar en la región de Medio Oriente y el Norte de África, para seguir usurpando sus riquezas en una región rica en petróleo y agua subterránea.

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La historia de Palestina está repleta de esos negociados, al margen de una vida palestina que seguía y se daba sobre todo en las áreas rurales, donde habitaba la mayoría de su población. Y es sobre esta realidad que se impone el tercer crimen determinante: la recomendación de división de Palestina en un Estado judío y uno árabe, prácticamente mitad y mitad, con Jerusalén bajo administración internacional, por la Asamblea General de la recién creada Organización de las Naciones Unidas (ONU), el 29 de noviembre de 1947, presidida por el diplomático brasileño Osvaldo Aranha. Era la señal verde para la limpieza étnica planificada que se iniciaría doce días después y que culminaría con la creación del Estado de Israel en 78% del territorio histórico de Palestina.

De allá hasta acá, la expansión colonial sigue impunemente, bajo la complicidad criminal de la misma “comunidad internacional” que la ratificó. En 1967, Israel ocupó el resto de Palestina (Cisjordania, Gaza y Jerusalén Oriental). Más de 350.000 nuevos refugiados.

El año 1993 marca un trágico y definitivo punto de inflexión en la historia de lucha de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), cuando esta firma con Israel, bajo mediación del imperialismo estadounidense, los desastrosos Acuerdos de Oslo, en la huella de la poderosa Intifada (levante popular). El resultado es la continua expansión colonial, facilitada por la creación de un gerente de la ocupación, la Autoridad Palestina (AP), cuya sobrevivencia es explicitada con la cooperación de seguridad con Israel para reprimir la resistencia.

Luego de varias negociaciones que jamás podrían garantizar justicia, pues siempre se dieron normalizando la Nakba de 1948 e insistiendo en la mentira de la “solución de dos Estados”, en enero de este año Trump anunció unilateralmente el llamado “Acuerdo de Siglo” frente a un sonriente Netanyahu, legitimando la anexión de Cisjordania por el sionismo y la expansión colonial en curso, que ya alcanza 85% de la Palestina histórica y sigue a todo vapor, enmascarada por un mundo asombrado por la pandemia.

El secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, en medio de la tragedia que asola a los Estados Unidos, con más de un millón de casos confirmados de Covid-19 y 80.000 muertes, fue para Jerusalén esta semana para llevar a cabo su agenda. Un día antes de la posesión del gobierno sionista de coalición Gantz-Netanyahu, reiteró el plan imperialista-sionista de anexión previsto en el dicho “Acuerdo del Siglo”, a partir de julio próximo. Dijo que era una decisión que los dirigentes israelíes tienen el derecho de tomar, pero en coordinación con Washington.

“Acuerdo del Siglo”

Por ser demasiado descarado en sus propósitos coloniales, el “Acuerdo del Siglo” ha recibido condena internacional. No obstante, los mismos que lo condenan son cómplices. Si no hubiesen históricamente normalizado las violaciones cometidas por el sionismo –lo que continúan haciendo– no habría tal plan.

La Nakba de 1948, que saludaron al reconocer el Estado de Israel, no puede estar despegada de este proceso. Como destaca la periodista Ramona Wadi en artículo de su autoría en el portal Alaraby, “Trump y Netanyahu están actuando sobre un legado de impunidad por la violencia colonial que fue tácitamente aprobada (…)”. Ella continúa: “Sin ninguna censura política, los invasores coloniales conquistaron el estatus de vecinos. Esa fue la afirmación clara de la comunidad internacional de que el pueblo palestino era ahora un apéndice de su propia historia, en lugar de ser protagonista”.

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Aún conforme la autora, “la expansión de los asentamientos coloniales de Israel suministran una agenda perpetua para la ONU. La violación en curso –clasificada como crimen de guerra por el Tribunal Penal Internacional en sus investigaciones preliminares de denuncias presentadas por la Autoridad Palestina– ha sido rutinariamente deplorada por la comunidad internacional, pero nunca como parte de la Nakba en curso

del pueblo palestino”.

Como correctamente identifica Wadi, al condenar solo la anexión y sus consecuencias, ignorando que es continuidad de la catástrofe de 1948, la comunidad internacional sigue en esa “normalización”. Lo que es aún corroborado por la Autoridad Palestina, observa Wadi: “Su dependencia de la ayuda internacional para sostener su jerarquía garantiza que cada abertura a la ONU se base en ayudar a esta a salvar la diplomacia de los dos Estados. Así, la anexión israelí también es normalizada por la dirección palestina, a pesar de que el dirigente de la AP, Mahmoud Abbas, amenaza interrumpir todos los acuerdos con Israel”.

Wadi es categórica: “Si la comunidad internacional se opusiese a la Nakba de 1948 o intentase responsabilizar a Israel, la desconexión entre las violaciones históricas y las actuales no habría ocurrido. En lugar de eso, la ONU implementó una narrativa falsa que disocia la historia de la actual violencia política, como si la primera no fuese un producto de la toma de decisiones colonial y, por lo tanto, política”.

La situación en tiempo de pandemia

Desde la Nakba, la sociedad palestina sigue fragmentada. Se estima que esté formada por aproximadamente 13 millones de personas. Según el Centro de Estudios Badil, 66,7% en la diáspora o en campos de refugiados en los países árabes –en los cuales las condiciones son precarias y ya hay, en algunos, casos confirmados de Covid-19– (y los Estados Unidos cortaron remesas para la UNRWA –la Agencia de las Naciones Unidas para Asistencia a los Refugiados Palestinos–, lo que torna aún más preocupante esta situación).

Dos millones viven en Gaza bajo cerco inhumano desde hace 13 años y los frecuentes bombardeos israelíes destruyeron la infraestructura, incluso de hospitales. Aún así, el resultado en el enfrentamiento a la pandemia es sorprendente. En la segunda quincena de marzo se registraron los primeros casos confirmados de Covid-19, y hoy hay solo veinte.

Cerca de tres millones de palestinos viven en Cisjordania y en Jerusalén Oriental, bajo ocupación criminal y régimen institucionalizado de apartheid. Si se suman los de Gaza a esos territorios palestinos ocupados en 1967, ya son más de 14.000 casos sospechosos de Covid-19, 548 confirmados, y cuatro muertes. Una de las mayores amenazas –que viene siendo enfrentada exclusivamente gracias a la autoorganización palestina– sigue siendo Israel, que hace propaganda al mundo de su falsa imagen de salvador de vidas al informar el desarrollo en curso de medicamentos y vacunas.

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Además de estos, hay cerca de 1,8 millones de palestinos en los territorios ocupados en 1948 (“Israel”), sometidos a sesenta leyes racistas, entre los cuales a los residentes de decenas de aldeas no reconocidas por el Estado sionista, no les llegan siquiera los servicios básicos (al inicio de la pandemia, hasta las ambulancias estaban vedadas a los palestinos de tales aldeas, y a las demás no estaban siendo destinados testes y había discriminación en el acceso al tratamiento). Sesenta mil trabajadores palestinos que viven en Cisjordania, pero son obligados a pasar por un checkpoint como ganado para servir de mano de obra barata a sus patrones sionistas, recibieron “permiso” para quedarse en Israel por dos meses, durante la pandemia, mientras israelíes eran puestos en cuarentena.

A pesar de la trágica situación impuesta por la colonización y el racismo, los palestinos siguen dando ejemplo al mundo. Enfrentan la pandemia incluso con todas las restricciones y obstáculos, al mismo tiempo que fortalecen la resistencia a la anexión de más tierras: la Nakba continua.

Israel intensifica la represión y la violencia: las prisiones políticas, sobre todo de niños, ya se expandieron en 6% en el último período, totalizando 194 menores sometidos a tortura institucionalizada y malos tratos. Eso ocurre mientras Israel libera a 500 de sus presos comunes en función de la pandemia. Mantiene, por otro lado, encarcelados a 5.000 palestinos, en situación de amplia negligencia, vulnerabilidad, en celdas mal ventiladas y súper llenas. Ya hay casos confirmados de Covid-19 entre los presos políticos, cuyo único crimen es resistir heroicamente.

Los palestinos se niegan a desaparecer del mapa, desde hace 72 años. En la memoria de la Nakba, que mantienen viva, en su poesía y su literatura, en las piedras contra tanques y en los llamados a campañas de solidaridad internacional –como la del BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) a Israel–, la resistencia es permanente. Sigue inspirando a oprimidos y explotados en todo el mundo.

Que este 15 de mayo se eleve la solidaridad internacional. Que ondeen en todo el mundo banderas palestinas, símbolo de la lucha por la emancipación de la humanidad del yugo del capital. Hasta Palestina libre, del río al mar.

Traducción: Natalia Estrada.