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¿Cómo fue posible que un territorio que hace menos de 250 años estaba sometido al yugo colonizador de una potencia extranjera –la Corona británica– no solo se desarrolló a tal punto de superar a su antigua metrópoli sino que se erigió –hace poco menos de un siglo– en el imperialismo hegemónico del planeta?

Por Daniel Sugasti

Esta es una de las muchas preguntas que impone el estudio de la extraordinaria historia de los actuales Estados Unidos de América. En Hispanoamérica, por ejemplo, ronda el mito de que los EEUU se transformaron en una potencia mundial debido a que fueron colonizados por ingeniosos anglosajones que dejaron marcas no solo de una supuesta superioridad racial sino también de una mentalidad más ambiciosa y adelantada con relación a hábitos de trabajo.

Los ingleses, según esta creencia, habrían impulsado un modelo de colonización mucho más “capitalista” que sus pares ibéricos, que se habrían limitado a succionar todos los recursos que podían mientras “trasplantaban” el feudalismo europeo en estas latitudes. En consecuencia, el atraso latinoamericano sería producto de esta “herencia feudal”.

Un compañero me comentó que en cierta ocasión una persona lamentó el hecho de que los hispanoamericanos no hayamos sido colonizados por los ingleses: “nuestros países serían poderosos como los EEUU…”, razonó con amargura. Mi perspicaz amigo le respondió que, si el problema se resumía a la labor “civilizadora” de los británicos, también existía la posibilidad de que fuésemos el espejo de la India…

La interpretación que ensalza la “superioridad” de la colonización anglosajona tiene sus raíces en corrientes historiográficas liberales –aunque posteriormente haya sido asumida por exponentes del estalinismo y sus variantes–. Si bien es una lectura superficial y, por lo tanto, simplificadora, descansa sobre determinados elementos verdaderos. El primero es que, efectivamente, del proceso de descolonización americano los EEUU emergieron como una potencia económica y militar y el resto de las Américas se mantuvo en condición semicolonial.

El segundo tiene que ver con las diferencias en relación con el tipo de colonos y con el modelo de colonización entre el norte y el sur de las Américas. Los primeros colonos ingleses en Norteamérica –si tomamos el clásico ejemplo de los “Padres Peregrinos”– componían un sector social perseguido por la monarquía absolutista anglicana debido al dogma religioso que profesaban: el calvinismo. Eran conservadores en todos los terrenos, pero los movía el afán de encontrar un lugar en el mundo en medio de la represión y el tumultuoso ambiente político en Inglaterra y en toda Europa durante el siglo XVII. Esto hizo que esos colonos –que habían huido de Europa– sí aspirasen a establecerse en el otro lado del Atlántico conforme sus creencias y costumbres.

El caso de los conquistadores ibéricos fue distinto. No constituían ningún sector perseguido sino, por el contrario, estimulado para embarcar rumbo a la conquista del Nuevo Mundo. En términos generales, es correcto afirmar que no pretendían establecerse en los territorios conquistados – aunque muchos lo hicieron, evidentemente– sino enriquecerse lo más rápido y abundantemente que les fuera posible para poder retornar a la metrópoli. Lo ideal para el grueso de los conquistadores ibéricos era ascender socialmente en su tierra de origen.

Estas diferencias subjetivas acerca del tipo de colonos en el norte y en el sur de las Américas fueron importantes, aunque, como veremos, tienen una explicación objetiva.

Es fundamental comprender, antes de adentrarnos más en el tema, que si los EEUU alcanzaron el grado de desarrollo de fuerzas productivas que ostentan actualmente no se debió a la obra de su antigua metrópoli sino a un hecho de signo opuesto.

La base sobre la que se construyeron los EEUU reside en la manera como esa nación rompió las cadenas que sujetaban a las entonces trece colonias a Londres. La conocida Guerra de Independencia (1775-1783) fue el primero y decisivo paso de un proceso revolucionario que permitió una colosal liberación de fuerzas productivas, que posibilitó no solo la existencia misma de los EEUU sino, además, que ese país diese un salto hasta alcanzar la cúspide de la dominación mundial. Pero ese es un tema que merece ser tratado con detenimiento, por lo que lo dejaremos para otra ocasión.

Los primeros europeos que conquistaron partes de Norteamérica fueron españoles. Fundaron La Florida en 1513 y, por medio de sucesivas expediciones, tomaron posesión del oeste, hasta Alaska. El Tratado de París –que selló el fin de la Guerra de los Siete Años– otorgó al reino español la Luisiana –entonces bajo dominio francés– en 1763[1].

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La colonización inglesa comenzaría casi un siglo después de la emprendida por los españoles. La expedición que resultó en la fundación de Jamestown (Virginia) en 1607 formó parte de un plan de colonización con miras a explotar la zona con cultivos de tabaco. El proyecto fue financiado por una empresa llamada Compañía de Virginia. Los primeros puritanos de los que hablamos anteriormente llegarían en 1620 a bordo del célebre barco llamado Mayflower para colonizar la zona nororiental (Nueva Inglaterra). La expansión de estos colonos fue relativamente rápida en una franja de territorio a lo largo de la costa del Atlántico, lo que resultaría en las trece colonias existentes en el siglo XVIII, desde Nuevo Hampshire en el norte hasta Georgia en el sur. La conquista de otros territorios, ahora estadounidenses, fue posterior a la independencia. En 1803, Napoleón Bonaparte, entonces Primer Cónsul francés, vendió Luisiana a los EEUU[2]. En 1819, el monarca hispano Fernando VII hizo lo propio con Florida, ensanchando aún más el dominio de Washington. En 1867 adquirieron Alaska del Imperio ruso. Ya la expansión hacia el oeste se realizó de manera brutal. La doctrina del Destino Manifiesto[3] guió a la pujante burguesía estadounidense no solo a cometer todo tipo de atrocidades contra las comunidades indígenas sino, sobre todo, a emprender una guerra de agresión contra México (1846-1848) que resultó en una ampliación de 25% del territorio de los EEUU como consecuencia de la anexión de aproximadamente la mitad del suelo mexicano.

Como planteamos, es un hecho que las trece colonias mostraron características distintas a las de los territorios conquistados por los ibéricos o incluso por otros ingleses, por ejemplo, en las Antillas. No se desarrollaron sobre la base de la mera extracción de metales preciosos sino sobre la producción agrícola destinada, principalmente, a la exportación a la metrópoli. Esto contribuyó a que los colonos concibieran el territorio conquistado como un establecimiento más permanente.

También es cierto que, en el propio contexto de las trece colonias británicas, las del norte se especializaron en la pequeña agricultura (granjeros), además de la producción artesanal y, después, manufacturera. La dinámica de este modelo estimulaba la creación de un mercado interno y, a la larga, tendería a privilegiar el trabajo “libre”. Esto sería el caldo de cultivo para una burguesía con intereses propios. Dispuesta a llevárselo todo por delante, sería la vanguardia de la lucha por la independencia y, casi un siglo después, de la abolición de la esclavitud. Por su parte, las colonias del sur se especializaron en cultivos extensivos (plantaciones), sobre todo de tabaco y algodón, orientados casi exclusivamente al comercio exterior y sostenidos en el trabajo de africanos esclavizados.

Entonces, si en su conjunto las trece colonias nacieron como engranajes del mercado mundial capitalista, en escala local se fue incubando una división en la burguesía nativa alrededor de cuál modelo de acumulación capitalista debía ser adoptado. El duelo entre ambos proyectos estratégicos de nación solo se resolvería después de la conocida Guerra de Secesión (1861-1865).

Pero las peculiaridades del norte de los EEUU en relación con el sur y con el resto del continente no pueden explicarse con teorías racistas o centrándose en el influjo de la ideología calvinista en ese proceso de modelación nacional. Si los colonos puritanos no se dedicaron a la extracción de metales preciosos –como hicieron los españoles, por ejemplo, en Potosí– o a las plantaciones en larga escala para la exportación como sí hicieron sus compatriotas sureños –utilizando además mano de obra esclava importada de África– no fue porque no quisieron sino porque no encontraron las condiciones propicias para esto.

El historiador marxista Milcíades Peña señaló, correctamente, que la diferencia fundamental entre los distintos desarrollos históricos –en el norte y en el sur del continente– residió en las condiciones objetivas sobre las cuales se asentó la colonización. La principal diferencia no fue racial o “espiritual” sino de “clima, terreno, disponibilidad de mano de obra”[4].

Junto con el dirigente trotskista Nahuel Moreno, Peña polemizaba con intelectuales estalinistas que, para reforzar la conocida tesis de la colonización “feudal” en Latinoamérica y justificar sus consecuencias políticas en el siglo XX, reverenciaban el proceso histórico de Norteamérica como “capitalista” casi en estado puro.

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Los marxistas respondían que toda América había sido colonizada en el contexto de conformación del mercado mundial capitalista (no solo el norte del continente), es decir, que la “esencia” o “sentido” de esa empresa era burguesa, a pesar de que la producción orientada al mercado internacional se concretara apelando a una combinación compleja entre formas de producción precapitalistas (encomiendas u otras variantes de servidumbre, esclavitud indígena y africana, etcétera) y embriones de trabajo “libre”.

Peña explica que en el norte de lo que hoy es EEUU las tierras eran áridas y solo podían explotarse en pequeña escala; no existía abundante mano de obra indígena disponible, de manera tal que los colonos puritanos ingleses –que llegaron con una mentalidad más bien feudal y buscando tierras para subsistir– debieron sobrevivir de su trabajo como agricultores. Debido al tipo de terreno y a la escasez de mano de obra se hizo imposible desarrollar una economía de plantación como sí fue posible en el sur. En oposición, en el sur de las posesiones británicas en América, el clima y el influjo del tabaco determinó que la tierra no fuera cultivada por pequeños agricultores sino en grandes extensiones trabajadas por la mano de obra esclava y servil[5].

Hay que entender que, en todos los casos, los colonos europeos buscaron metales preciosos o las materias primas que demandaba el mercado mundial. La diferencia objetiva fue que en el norte de los EEUU no existían metales preciosos ni pueblos indígenas que pudieran ser fácilmente subyugados. No había mucho que pudiera ser “parasitado” y esto generó las condiciones para una economía basada en una clase de medianos y pequeños granjeros que producían por medio del trabajo familiar, intercambiaban entre sí y con artesanos, y colocaban excedentes en el mercado exterior. Así fueron construyéndose los cimientos para un amplio mercado interno.

Esta realidad es opuesta a la que encontraron los colonos ingleses en el sur o los ibéricos en el resto de América, que se asentaron sobre tierras más fértiles o explotaron minas de metales preciosos sometiendo a millones de indígenas o negros africanos a la condición de siervos o esclavos: una masa de fuerza de trabajo tan inmensa y relativamente “fácil” de reponer que a los colonizadores poco les importaba que fuera “molida” en los ingenios de azúcar o que se pudriera en las minas. En parajes como el Río de la Plata, los colonizadores europeos y la embrionaria burguesía local encontraron condiciones tan favorables para la ganadería que bastaba poco más que sentarse y contemplar cómo las vacas engordaban para después exportar los cueros (al principio sin procesar) o el charque (carne salada) en la región o al otro lado del Atlántico, conformando un modelo que Peña denominó irónicamente la “civilización del cuero”. No es difícil entender, por lo menos a trazos gruesos, que aquellos sectores burgueses no tenían muchos motivos para interesarse en el fortalecimiento de un mercado interno o en cultivar ambiciones manufactureras.

Pero lo cierto es que si los “industriosos” colonos norteños hubiesen encontrado metales preciosos o mejores condiciones para someter a la fuerza de trabajo local para extraer excedente social se habrían comportado como los colonos sureños y como los ibéricos en el resto de las Américas.

Nahuel Moreno abordó el problema de una manera más compleja, señalando una paradoja histórica merecedora de nota. Él sostuvo que el proyecto original de colonización del noroeste de EEUU se hizo con una mentalidad feudal, es decir, trabajar la tierra en el contexto de una economía que, en primer término, pretendía que los colonos se autoabasteciesen, sin pretender demasiada ligazón con el comercio internacional. En este sentido, a pesar de los intentos por recrear ciertas relaciones feudales que desarrollaron los primeros colonos, no fue posible cristalizar una “clase terrateniente feudal” dado el exceso de tierras y la escasez de “siervos”. Había tanta tierra disponible que se hacía difícil sujetar a los trabajadores a ella, puesto que siempre existía la posibilidad de migrar más hacia el oeste y establecer una propiedad, por supuesto, con todos los riesgos que esto implicaba.

El resultado: “el sur de Estados Unidos y Latinoamérica fue colonizado en forma capitalista [producción en gran escala destinada al comercio mundial, DS], pero sin dar origen a relaciones capitalistas y que el norte de Estados Unidos fue colonizado en forma feudal (campesinos que buscaban tierras y nada más que tierras para autoabastecerse) pero sin relaciones feudales”[6].

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El historiador trotskista estadounidense George Novack planteó la situación previa a la revolución de independencia enfatizando que, a pesar de la coexistencia de diversas formas de producción en las colonias norteamericanas, el elemento burgués se había fortalecido a galope de la expansión del comercio mundial, que dictaba la dinámica a la que poco a poco se fueron sometiendo las formas precapitalistas de producción. La burguesía nativa golpeaba las puertas de la historia y exigía su entrada.

Como mencionamos, ningún intento para “reimplantar” las instituciones del feudalismo, en sentido estricto, había prosperado. Por más empeño que determinados sectores propietarios de tierras pusieran en esa tarea, simplemente “no podían llevar a esa parte del nuevo mundo todo el contexto histórico y las relaciones económicas que habían florecido en el medioevo en favor del feudalismo en la Europa occidental”[7].

La misma suerte corrieron las tentativas de recrear gremios cerrados de características medievales. Ninguna casta fija cristalizó en las ciudades portuarias más importantes del Atlántico norte (Filadelfia, Nueva York, Boston y Charleston…). Estas ciudades, todavía con una población relativamente pequeña, estaban atravesadas por frenéticas actividades comerciales que las vinculaban con regiones más distantes. Como escribió Hobsbawm, a finales del siglo XVIII, “estar cerca de un puerto era estar cerca del mundo”[8]. En este ambiente, no solo los farmers sino también artesanos de todo tipo prosperaron de manera relativamente libre.

En la segunda mitad del siglo XVIII, puede decirse que las condiciones para la revolución democrático-burguesa anticolonial estaban maduras. El grado de desarrollo de las fuerzas productivas, sobre todo en el norte de las llamadas trece colonias, había alcanzado un nivel que exigía liberarse de la camisa de fuerza colonial que imponía la monarquía británica. Existía una joven burguesía local dispuesta a destruir cualquier obstáculo para expandir sus propios negocios. Una burguesía que ya mostraba ser insaciable, quizá porque era consciente de que estaba sentada sobre un enorme potencial económico.

Una combinación de este desarrollo interno con eventos externos generaría las condiciones propicias para detonar una de las revoluciones burguesas más emblemáticas de la historia, que abrió las compuertas al crecimiento de un capitalismo nacional como en pocas partes del mundo.

Notas:

[1] España también recuperó el puerto de La Habana y Manila (Filipinas), que habían sido ocupadas por Gran Bretaña.

[2] Esto corresponde a 23% del territorio actual de EEUU. Francia había recuperado este territorio de manos españolas en 1800 por medio del Tratado de San Ildefonso, sellado en el contexto de las Guerras Napoleónicas.

[3] La doctrina del Destino Manifiesto fue una “idea fuerza” que expresaba la creencia de que los Estados Unidos de América estaba destinado a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico.

[4] PEÑA, Milcíades. Historia del pueblo argentino. Buenos Aires: Emecé, 2012, p. 73.

[5] Ibídem.

[6] MORENO, Nahuel [1948]. Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América. Disponible en: <https://www.marxists.org/espanol/moreno/obras/01_nm.htm >, consultado el 02/07/2020.

[7] NOVACK, George. Cinco siglos de revolución. Dos eras de revoluciones sociales. México: Ediciones Uníos, 2000, p. 85.

[8] HOBSBAWM, Eric [1977]. A era das revoluções [1789-1848]. 32ª. ed. Rio de Janeiro: Paz e Terra, 2013, p. 31.