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Desde finales de marzo, una coalición de nueve países, encabezada por Arabia Saudita, y apoyada por el imperialismo norteamericano y el Estado sionista de Israel, está bombardeando territorio yemení, el país más pobre de Medio Oriente.

Por LIT-CI

Miles de civiles han muerto y la destrucción avanza sin pausa. Las milicias huthis, a pesar de su carácter de clase burgués y su programa teocrático, están a la cabeza de un proceso muy progresivo que derrocó al presidente Hadi, sucesor del ex dictador Saleh. Ahora, además, lideran la resistencia armada en contra de los ataques extranjeros que son una respuesta contrarrevolucionaria a la victoria del pueblo yemení.

Estamos delante de un nuevo episodio de la revolución en Yemen y, por ende, del proceso revolucionario más general en el Magreb y Medio Oriente. Ante la agresión militar de un país más fuerte y opresor en contra de otro más pobre y oprimido, los revolucionarios tenemos una primera obligación: ubicarnos militarmente al lado del país oprimido (Yemen) y por la derrota del país opresor (Arabia Saudita y sus amos imperialistas).

En 2011, siguiendo la estela de otros países del Norte de África y Medio Oriente (Egipto, Túnez, Libia, Siria), el pueblo yemení protagonizó un levantamiento en contra de la terrible dictadura proimperialista y prosaudita de Alí Abdulá Saleh, que entonces controlaba el país, hacía 33 años.

Durante aquellas jornadas, las legítimas y largamente reprimidas aspiraciones democráticas se combinaron con el no menos ardiente clamor popular para mejorar las dramáticas condiciones de vida. Como ocurrió en toda la región, este fue el principal motor que impulsó las movilizaciones en Yemen.

En noviembre de 2011, para intentar contener el crecimiento de las protestas, que amenazaban a este régimen político, Saleh cedió el cargo a quien había sido su vicepresidente durante 17 años: Abd Rabbo Mansur Hadi[1]. En enero de 2012, el dictador partió a EEUU tras obtener del parlamento completa inmunidad para él, para toda su familia y para cualquier funcionario de su gobierno. Incluso se le otorgó el título de “presidente honorífico” hasta la convocatoria de nuevas elecciones[2]. Este acuerdo fue producto de meses de negociaciones, auspiciadas por el imperialismo norteamericano y europeo en comunión con las monarquías dictatoriales agrupadas en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG)[3], con actuación principal de Arabia Saudita.

El sátrapa había renunciado, pero el régimen dictatorial continuó en pie. En ese momento, el imperialismo y las monarquías petroleras del Golfo pudieron concretar la tradicional maniobra de “cambiar algo para que todo siga igual”. Ante el acoso del movimiento popular antidictatorial, debieron “sacrificar” a quien había sido siempre un obediente lacayo (Saleh), en aras de mantener la esencia del régimen dictatorial y la estructura semicolonial yemení.

Yemen es el país más pobre de Medio Oriente. Para los niveles de la región, es un pequeño productor de petróleo. En 2013 producía 130.000 barriles por día (0,1% de la producción mundial); antes del proceso revolucionario esa cifra alcanzaba los 440.000. Para hacerse una idea, Arabia Saudita produce 10,3 millones de barriles por día. Aún así, la exportación de crudo es responsable por 25% del PIB y representa 70% de los ingresos del gobierno.

Sobre un total de 24 millones de habitantes, 50% sobrevive en condiciones de extrema pobreza y un tercio padece hambre crónica; 35% está desocupado[4]; 54% es analfabeto; apenas la mitad de la población tiene acceso a la electricidad (una cuarta parte en las zonas rurales donde viven dos tercios de los yemeníes).

Sin embargo, Yemen es un punto muy sensible. Posee ribera sobre el importante estrecho de Mandeb, que comunica al mar Rojo con el océano Índico, siendo el principal enlace marítimo entre Occidente y Asia. Este es el cuarto estrecho en cuanto a volumen de envío de crudo en el mundo: en 2013 pasaron por ahí 3,8 millones de barriles diarios. Esto no es poca cosa: por las costas del mar Rojo pasa la mitad de la producción petrolera mundial.

Lo que más preocupa al imperialismo en Yemen es su condición limítrofe con Arabia Saudita. Este país, gobernado por una monarquía teocrática profundamente reaccionaria, se erige, después del Estado sionista de Israel, como el principal gendarme de los intereses del imperialismo; actúa como plataforma política y militar al servicio del completo dominio estadounidense de la región. No por otra razón, desde el comienzo del proceso revolucionario en Medio Oriente, las principales potencias mundiales hicieron todo cuanto pudieron para que los levantamientos no se extendieran al Golfo Pérsico. En ese sentido, en febrero de 2011 el pueblo de Bahrein dio una primera muestra de ese “peligro”, cuando comenzó un proceso de movilizaciones en contra de la monarquía de ese país. No fue casual que los levantamientos de Bahrein hayan sido sofocados rápidamente con la intervención directa de tropas saudíes.

En este marco, tras la salida “pactada” de Saleh no se realizaron elecciones sino un “referendum” en el que Hadi concurrió como candidato único. De esta forma, Hadi asumió oficialmente la presidencia de Yemen en febrero de 2012. El propio Saleh participó del acto de posesión. Por su parte, la entonces canciller estadounidense Hillary Clinton hizo lo propio, y saludó el hecho como “otro importante paso en su proceso de transición democrática [de Yemen]”[5].

Como era de esperar, Hadi continuó asumiendo los dictados de Washington y Riad. En el plano económico, no resolvió –ni tan siquiera atenuó– ninguno de los flagelos que azotan al pueblo yemení. En el plano político también siguió los pasos de Saleh: reprimió protestas y mantuvo la opresión sobre la minoría “chií” en el norte del país.

Segundo capítulo de la revolución

Las medidas de Hadi socavaron las ilusiones iniciales sobre la “transición política”. El deterioro de la economía hizo que detonasen nuevas protestas sociales. En ese escenario convulsionado, el movimiento chií Ansar Allah [“partidarios de Dios”], más conocidos como huthis, adquirió mucho protagonismo al organizar, en agosto de 2014, una serie de manifestaciones masivas contra la decisión gubernamental de reducir los subsidios sobre los hidrocarburos y el consecuente aumento de los precios del combustible. Ese movimiento rápidamente pasó a reivindicar la renuncia de Hadi. La respuesta del presidente Hadi ante la nueva ola de manifestaciones fue la represión brutal.

Provenientes del norte del país, los huthis son una expresión político-militar burguesa de la minoría chií en Yemen[6]. El partido fue fundado en 1992 y actualmente toma el nombre del clérigo Hussein Badreddin al-Houthi, que en 2004 dirigió una insurrección armada contra Saleh, principalmente en la provincia de Saada, pero terminó siendo asesinado en setiembre del mismo año por el ejército yemení. Actualmente, el principal líder huthi es Abdul-Malik al-Houthi. El programa que defienden es teocrático, identificado específicamente en el credo zaidí, una rama del islam chií casi exclusiva del norte de Yemen. Esta confesión, aunque minoritaria, abarca un tercio de la población del país. Otro hecho importante: como parte de la población chií, los zaidíes han sufrido históricamente innumerables persecuciones sectarias por parte de los gobiernos “suníes”, serviles a los intereses de Arabia Saudita y, evidentemente, del imperialismo.

La bandera del grupo tiene la siguiente inscripción: “Dios es grande, muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, maldición sobre los judíos, victoria para el Islam”. A nivel internacional admiten tener relaciones con Irán y Hezbolá. En 2009, Issam Al-‘Imad, uno de los líderes huthi, admitió que su partido está ideológicamente influenciado por los ayatolás iraníes[7].

Esto explica, entre otras cosas, el envío de centenas de combatientes huthis para luchar al lado del régimen de Al Assad en Siria. De hecho, la entrada en escena de los huthis en Siria coincidió con la participación más directa de Hezbolá, en 2013[8]. Esta posición también los enfrenta al Estado Islámico (EI) y Al Qaeda, que actúa en Yemen a través del grupo Ansar al-Sharia. El EI, que considera “herejes” a los zaidíes, declaró en abril: “Hemos llegado a Yemen, con hombres hambrientos de tu sangre para vengar a los suníes y recuperar las tierras que han ocupado”[9]. Por su parte, los huthis han mandado refuerzos a Irak para combatir al EI junto a las milicias chiíes comandadas por Irán. En cuanto a Al Qaeda, el enfrentamiento se circunscribe a territorio yemení, donde Ansar al-Sharia controla partes del sur del país y realiza frecuentemente atentados con bombas en Saná y otras ciudades controladas por los huthis.

El ex dictador Saleh siempre combatió a los huthis. Aunque de manera intermitente,  existen enfrentamientos entre ambas fuerzas como mínimo desdela década del noventa. Sin embargo, la lucha se intensificó en 2003, tras la invasión norteamericana a Irak. En junio del año siguiente, como mencionamos, el clérigo Husein Badreddin al-Houthi lanzó una ofensiva en contra del gobierno yemení para “defender su comunidad [chiíes zaidíes] contra la discriminación”[10]. La insurrección siguió de manera discontinua hasta alcanzar un frágil alto el fuego en 2010. Al año siguiente, cuando comenzó el proceso revolucionario regional, los huthis adhirieron al movimiento general y acometieron nuevamente contra Saleh. En medio de las protestas, llegaron a controlar Saada y extendieron su influencia a las provincias vecinas. Durante las protestas de 2011, los huthis llegaron a participar de la llamada “Conferencia de Diálogo Nacional”, que supuestamente comandaría la “transición” y la redacción de una nueva constitución nacional. Sin embargo, rompieron con ese organismo luego de rechazar el acuerdo propuesto por el CCG en noviembre de 2011, que incluía la inmunidad para el ex presidente Saleh y el establecimiento de un gobierno de coalición[11].

Para ese momento, los huthis ya eran una fuerza considerable. Según estimaciones, hasta 2009 sus filas contaban con aproximadamente diez mil combatientes. Actualmente, algunos informes afirman que alcanzarían más de cien mil efectivos, entre combatientes y simpatizantes[12].

El conflicto escaló en setiembre de 2014, cuando las milicias huthis tomaron la capital y poco después capturaron Al Hudeida, una ciudad estratégica para el acceso al mar Rojo. Las fuerzas armadas se dividieron: una parte adhirió a los huthis; otra se mantuvo fiel a Hadi. En pocos días, los rebeldes tomaron la sede de la televisión estatal, el Banco Central y los ministerios, y también con los principales cuarteles. La única resistencia real a la toma de la capital vino del partido Islah (ligado a los Hermanos Musulmanes) y algunas brigadas de Al Qaeda.

Para enero de 2015 aumentaron su control en Saná, logrando hacerse con el palacio presidencial, otros edificios gubernamentales, además de la principal estación de radio. Hadi fue forzado a renunciar y los huthis instauraron un nuevo gobierno en su reemplazo[13]No obstante, en febrero, Hadi logró huir de su arresto domiciliario y se retractó de su renuncia al cargo. Se asentó en Adén, importante puerto y ciudad sureña, donde declaró que resistiría al gobierno “ilegítimo” huthi.

La ofensiva insurgente no se detuvo en la capital y fue avanzando rumbo al sur. En marzo, junto a la capital de la provincia de Lahech, cercana a Adén, cayó en sus manos la estratégica base militar estadounidense de Al Anad. En este cuartel se encontraban, hasta pocos días antes, militares norteamericanos que se encargaban de la formación de las tropas yemeníes en su “lucha contra el terrorismo” y desde donde supervisaban los ataques con drones –que realizan hace años– en distintos puntos del país. Sin embargo, en el momento de la llegada de las milicias huthis, ningún militar extranjero se encontraba en aquella base. El 21 de marzo, Washington había iniciado la retirada de las fuerzas especiales que operaban en el país.

 

Tras la caída de Lahech, el ministro de Defensa del gobierno huthi anunció la captura del ministro de Defensa del ex gobierno de Hadi, el general Mahmud al Sobeihi. Otros altos mandos de las tropas leales a Hadi corrieron la misma suerte. Los rebeldes huthis continuaron su avance militar al sur. Estando a pocos kilómetros de Adén, llegaron a bombardear el sitio donde Hadi estaba refugiado. El 25 de marzo, ante la inminencia de su captura, este decidió huir rumbo a Arabia Saudita, no sin antes pedir una “intervención militar” contra los rebeldes “para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales”.

La caída de Hadi representó una victoria para el pueblo yemení. Después de la salida “acordada” del dictador Saleh en 2012, las masas de Yemen se sacudieron a su sucesor, que no solo perdió el poder sino que debió huir del país para no caer en manos de una insurrección armada.

Este es un hecho tremendamente progresivo, que muestra no solo que las revoluciones en Medio Oriente no han sido “derrotadas”, como afirma la prensa burguesa y corea el resto de la “izquierda”, sino que es un aliciente fortísimo para el proceso revolucionario que, con altibajos y contradicciones, se desarrolla en toda la región.

¿Este hecho transforma a los huthis en una dirección “progresiva”? De ninguna forma.  Ya nos hemos referido a su carácter de clase y a su programa. Además, diversos analistas coinciden en que existiría un pacto entre este “partido-ejército” y oficiales leales al ex dictador Saleh, respaldado política y materialmente por Irán.

Pero aquí se expresa la contradicción de este proceso tan progresivo: la ofensiva huthi (un partido burgués con programa teocrático), consiguió capitalizar la mayor parte del malestar popular contra Hadi, específicamente ante la falta de resultados tangibles de la “transición democrática” y, sobre todo, ante medidas particularmente odiosas como la subida de los precios de los combustibles, en un país en el que la mitad de la población sobrevive en la miseria.

Una vez más, la dramática ausencia de una dirección revolucionaria y de un peso social fuerte de la clase trabajadora organizada plantea la situación en la que una dirección burguesa y reaccionaria (los huthis) encabeza un proceso progresivo (la bronca de las masas contra los gobiernos dictatoriales y entreguistas de Saleh y su sucesor Hadi).

La intervención militar saudita con el apoyo de EEUU e Israel

Cuando se produjo la huida del sucesor de Saleh, los huthis habían tomado más de la mitad del país, incluida la capital, Saná. La caída de Hadi (hombre del imperialismo y de los sauditas) desató las alarmas de las reaccionarias monarquías del Golfo, sobre todo de Arabia Saudita, que siempre consideró a Yemen su “patio trasero”. La contrarrevolución no podía dejar impune aquella conquista revolucionaria.

El 26 de marzo, Arabia Saudita comenzó una ofensiva aérea sobre Yemen. La operación fue denominada “Tormenta de la Firmeza”. EEUU respaldó los ataques y confirmó su apoyo logístico y de inteligencia a la intervención. Lo mismo hizo Israel. De la ofensiva militar participan Emiratos Árabes, Kuwait, Bahrein, Catar, Jordania, Marruecos y Egipto. Irán, aliado de los huthis, pide el cese inmediato de las hostilidades.

Los rebeldes huthi consideraron los bombardeos una declaración de guerra contra Yemen. Sus portavoces pidieron voluntarios “para luchar contra el invasor” que presumen puede iniciar operaciones terrestres en cualquier momento[14]. De hecho, Riad, que cuenta con el apoyo de sus socios del CCG, a excepción de Omán, ha movilizado a 150.000 soldados en la frontera y dispone de un centenar de aviones de combate. El embajador saudí en EEUU, Adel al Jubeir, justificó la agresión diciendo que la misma era para “proteger y defender al Gobierno legítimo” de Hadi. El mismo diplomático aseguró días atrás que: “El reino [saudí] y sus aliados se comprometen a defender la legitimidad en Yemen y a evitar que la milicia aliada con Irán y con Hezbolá controle Yemen”.

El carácter de la intervención es doblemente reaccionaria: en primer lugar, se trata del ataque de un país gendarme del imperialismo contra un país históricamente oprimido; en segundo lugar, surge como respuesta contrarrevolucionaria a un avance de la revolución yemení y, por ende, de toda la región.

No se dispone de cifras exactas sobre la cantidad los muertos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirmó el 12 de junio que 2.584 personas habían muerto y 11.065 habían resultado heridas durante el conflicto[15]. Sin embargo, otras fuentes hablan del doble de fallecidos. La OMS también informa que 16 millones de yemeníes están afectados por los bombardeos y los enfrentamientos. Por otra parte, cerca de 330.000 personas han sido desplazadas hacia el interior del país.

Nuestra posición

El enfrentamiento militar es claro: de un lado, existe una coalición de países liderada por la monarquía saudita, patrocinada por el imperialismo y reforzada por el odiado Estado sionista de Israel, que está bombardeando al país más pobre de la región; de otro, el pueblo yemení, que, al igual que sus hermanos de otros países del Norte de África y Medio Oriente, está protagonizando un proceso revolucionario que, hasta ahora, ha derrocado a dos dictadores proimperialistas y prosauditas. Más sintético aún: un país pobre y oprimido, en medio de una revolución, está siendo atacado por otro históricamente más fuerte y opresor.

Delante de este enfrentamiento, nuestra posición es categórica: estamos incondicionalmente por la victoria militar de los yemeníes (dirija quien dirija la resistencia) y, por ende, por la derrota de los invasores sauditas. La LIT-CI declara su solidaridad total con el pueblo yemení y, al mismo tiempo, llama a todas las fuerzas revolucionarias y democráticas a cerrar filas en torno a la resistencia armada yemení. Esta es una tarea antiimperialista de primer orden e ineludible. Esto no significa, evidentemente, expresar ningún tipo de apoyo político al partido huthi, que como analizamos es una organización burguesa, reaccionaria y teocrática.

Esto hace necesaria y posible, en este momento, una política de unidad militar con los huthis en torno a algo muy concreto: la defensa de la soberanía de Yemen. Pero esta unidad militar no puede darse sino en el marco de la más absoluta independencia política, pues por su carácter de clase, los huthis terminarán traicionando la causa, más tarde o más temprano.

La lucha nacional y antidictatorial del pueblo yemení debe, en el marco de su propio curso, superar a la dirección huthi. Esta es y será siempre inconsecuente. La apuesta de los revolucionarios/as en un conflicto de esta naturaleza debe ser forjar, al calor del enfrentamiento concreto, una dirección política capaz de movilizar a la clase trabajadora y a todos los sectores populares para que estos asuman la completa conducción del proceso. Y esta dirección revolucionaria, a su vez, deberá plantear como salida un programa socialista que indefectiblemente parte de los problemas democráticos más sentidos, comenzando por la derrota de los agresores extranjeros.

La más amplia unidad de acción en contra del imperialismo, de Arabia Saudita y de Hadi debe combinarse con la más resuelta independencia de clase. Tal es el camino para conquistar la liberación nacional y, en el mismo proceso, la liberación social del pueblo yemení. Un triunfo en Yemen en contra del imperialismo y sus agentes sería un poderoso acicate para la revolución en toda la región. Esa debe ser nuestra apuesta.

Secretariado Internacional

San Pablo, 24 de junio de 2015


[1] Ver: http://www.rtve.es/noticias/20111123/saleh-se-convierte-cuarto-dictador-arabe-caer-tras-firmar-su-salida-arabia-saudi/477417.shtml . En junio de 2011, Saleh había sido gravemente herido por un atentado que lo obligó, en los hechos, a apartarse del poder y viajar a Arabia Saudita para someterse a tratamientos médicos.

[3]El CCG está formado por Bahrein, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.

[4] Tras la Guerra del Golfo, en 1990, más de un millón de trabajadores yemeníes emigraron a Arabia Saudita en busca de empleo.

[6] Los chiíes representan 47% de la población, mientras los suníes alcanzan 53%.

[9] http://www.zocalo.com.mx/seccion/articulo/estado-islamico-esta-en-yemen-y-acabara-con-rebeldes-chiitas-1430083527

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