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La zona conocida como Ghouta Oriental, situada en las afueras de Damasco, viene sufriendo intensos bombardeos por parte de las aviaciones rusa y del régimen de Bashar al-Assad hace más de 20 días ininterrumpidos. La ofensiva del régimen sirio se ha intensificado en las últimas semanas y tiene como objetivo recuperar uno de los últimos enclaves en Siria controlados por la oposición.

Por Gabriel Huland

El Ghouta está asediado y prácticamente aislado del resto de Siria desde 2013, pero la situación ha empeorado bastante recientemente, desde que el régimen ha bloqueado casi por completo la entrada de cualquier tipo de alimento o medicamento. Antes se podían introducir alimentos y otros productos a través de túneles que conectaban Ghouta a otras zonas periféricas también controladas por grupos opositores a Assad, pero actualmente todos los túneles están destruidos, bastante damnificados o enlazados a zonas controladas por el régimen.

Distintas fuentes en Ghouta afirman que la crisis humanitaria es extremadamente grave. Cerca de 500.000 personas están atrapadas dentro de la zona sin acceso a agua potable, alimentos ni medicamentos. Un médico que sigue trabajando en uno de los pocos hospitales de Ghouta asegura que 500 pacientes se encuentran en estado grave y deben ser evacuados inmediatamente para poder recibir atención médica. Se han detectado cerca de 30 casos de tuberculosis y más de 20 personas necesitan diálisis. Las redes sociales han repercutido algunos casos de recién nacidos malnutridos muertos pocas horas después del parto. El hambre asola a varias familias.

Osmar Nassar, residente en Ghouta, afirmó lo siguiente en un artículo publicado en la web Al-Jumhuriya el 29 de noviembre:

“No se trata meramente de un barrio asediado, se asemeja, más bien, a un campo de concentración; una prisión gigantesca con medio millón de seres humanos encerrados. Un campo de concentración preparado para el genocidio por gas o incineración.” [1]

El precio de los escasos alimentos aún disponibles en el mercado ilegal ha alcanzado precios exorbitantes y prácticamente inaccesibles para sus residentes, mayoritariamente campesinos y trabajadores(as) en situación precaria o en el paro, ya que la economía está destruida. Ghouta es una región agrícola, situada a pocos kilómetros del centro de Damasco, anteriormente famosa por suministrar pan y otros alimentos a la capital siria.

Hace algunas semanas, según el periodista Malath al-Zoabi, un kilogramo de azúcar podría costar más de 230 dólares. Aceite de oliva está completamente inaccesible y, con el invierno acercándose, los vecinos no tienen como calentarse. Se trata de una situación dramática, poco noticiada por los grandes medios de comunicación, que desenmascara una vez más las reales intenciones de Bashar al-Assad con respecto a la oposición y, sobre todo, a las zonas civiles insurrectas contra su autoridad. Muerte y destrucción.

El asedio a Ghouta Oriental tuvo su inicio en agosto de 2013 tras los conocidos ataques químicos con gas sarín llevados a cabo por el régimen sirio y que ocasionaron la muerte de más de mil personas, entre ellas centenares de mujeres y niños. Desde entonces, la estrategia de asediar y aislar zonas enteras, también utilizada en otras ocasiones como en Alepo el año pasado, Homs y Daraya, se ha combinado con los bombardeos periódicos contra zonas civiles y espacios públicos como plazas y mercados.

¿Hacia dónde va Siria?

El Ghouta Oriental se ha convertido desgraciadamente en el principal símbolo de la fracasada estrategia de la “comunidad internacional” respecto a la revolución siria. En 2013, tras los ataques químicos anteriormente mencionados, el entonces presidente de EEUU Barack Obama no cumplió su promesa de intervenir militarmente caso Assad “cruzase la línea roja” al utilizar armas químicas. En aquel momento, Assad no sólo cruzó la línea roja como intensificó el uso de barriles explosivos y otras armas letales contra zonas fuera de su control. La negativa de la mayor potencia mundial de actuar dejó libre el camino para que el mayor criminal de guerra del siglo XXI siguiera cometiendo atrocidades contra su propio pueblo.

La intervención de EEUU en Siria se dio cerca de un año después de los ataques químicos, bajo el pretexto de “lucha contra el terrorismo y el autodenominado Estado Islámico”, causando la muerte de miles de civiles y, en la práctica, ayudando al régimen sirio en su guerra contra la revolución. Quedó claro en este momento que el objetivo de EEUU nunca ha sido humanitario ni democrático. Su gran preocupación ha sido desde el inicio no permitir una revolución triunfante en un país clave en el Medio Oriente.

Assad ha logrado avances importantísimos en el último año, sobre todo desde la victoria en la “Batalla de Alepo”, en diciembre del año pasado. No obstante, afirmar que la guerra ha terminado, como hicieron Assad y Putin recientemente, es bastante precipitado. Assad se ha convertido claramente en una marioneta de Rusia e Irán y no reúne las condiciones políticas ni económicas para re-estabilizar el país sin ayuda de sus socios extranjeros.

Las Naciones Unidas afirman que la “reconstrucción” del país costará cerca de 250 mil millones de dólares, una cifra astronómica que está despertando los intereses de grandes empresas europeas, estadounidenses y de otros países. Próximamente empezará la corrida por el botín de la tragedia siria. La sangre siria es la más barata del mercado, parafraseando a la cantante brasileña Elsa Soares. Los discursos sobre paz y justicia esconden en realidad la ganancia de empresas y estados que solo piensan en hacer negocios.

Las recientes conferencias de Astana y Ginebra no han representado ningún avance hacia el fin de la guerra. Assad no está dispuesto a hacer ningún tipo de concesión a la oposición y sigue con su política de causar la máxima destrucción posible -como en el caso de Ghouta- en las zonas rebeldes. La “reconstrucción” del país difícilmente será posible, incluso si se confirma el acuerdo entre Putín y Trump sobre la permanencia de Assad, sin la recomposición de su tejido social y humano. Y el régimen sirio no está dispuesto a hacerlo.

Siria se ha convertido en los últimos años en el capítulo más sangriento de la disputa regional entre Saudí Arabia e Irán, las dos principales potencias regionales junto a Israel y Turquía. La disputa entre los dos países se ha expresado en distintos conflictos y crisis recientes, como la crisis de Qatar, la terrible guerra en Yemen y la renuncia del primer-ministro libanés Said Hariri.  Sin embargo, pese sus intereses conflictivos, ambos países han intervenido en Siria para frenar el avance de una revolución que, caso triunfase en derrocar la dictadura de Assad, podría detonar una ola de revoluciones y protestas que cambiarían todo el panorama del Medio Oriente.

Notas:

[1] https://www.aljumhuriya.net/en/content/siege-versus-prison-assad%E2%80%99s-syria-comparison