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La ofensiva ruso-siria de las últimas semanas contra Ghouta Oriental, uno de los últimos refugios de la oposición armada a Bashar al-Assad, ha causado la muerte de más de 600 personas, según el Centro de Documentación de Violaciones (VDC, por sus sigla en inglés). Más de 98% de las víctimas son civiles y, entre los muertos, más de 100 son niños(as). Un verdadero genocidio cometido sin ningún pudor por Assad y Putin, y transmitido en directo al mundo entero.

Por: Gabriel Huland

Una vez más, vimos un espectáculo de hipocresía por parte de las Naciones Unidas y de distintos jefes de Estados y/o representantes de las grandes potencias mundiales. Las Naciones Unidas afirmaron no tener palabras para describir la tragedia. Pocos días después quedó claro que la redacción de la resolución de cese de fuego aprobada por el Consejo de Seguridad era ambigua y estaba abierta a posibles interpretaciones, permitiendo la continuidad de la ofensiva. La resolución, más que detener la barbarie, casi la legitima.

La representante de EEUU en las Naciones Unidas, Nikki Haley, hace discursos en contra de Assad pero no toma ninguna medida contra Rusia, su gran patrocinador. La crisis política en Estados Unidos, causada por las relaciones entre la administración Trump y el gobierno Putin, demuestra que los lazos políticos/económicos y la cooperación en materia de seguridad entre ambos países es fuerte y viene de lejos.

Por su parte, los jefes de Alemania y Francia hicieron discursos expresando su condena a los ataques, pero tampoco anunciaron ninguna medida concreta para presionar a Rusia y a Assad a detener la masacre. Lo que vemos es un verdadero teatro de horrores. Una película de terror en la que los protagonistas son actores bien pagados que actúan desde sus mansiones en Europa, Rusia y EEUU, mientras os de reparto son personas de carne y hueso que pagan con sus vidas la sed de poder de los dueños del mundo.

¿Quién controla Ghouta?

En la zona hay cerca de 20.000 combatientes armados, la mayoría de los cuales pertenece al grupo Jeish al-Islam (Ejército del Islam), grupo de orientación salafista vinculado a Arabia Saudita. El fundador del grupo, Zahran Alloush, estaba en la cárcel, condenado por poseer vínculos con grupos fundamentalistas, al principio de la revolución, y fue puesto en libertad por el régimen de Assad. En este momento, cuando las protestas eran masivas y pacíficas, el gobierno sirio tenía la estrategia de “sectarizar” la revolución y conseguir así legitimidad internacional para reprimir violentamente las protestas.

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El régimen sirio sigue bombardeando Ghouta con la excusa de que hace uso de su “legítimo derecho de defensa”. Se justifica también en el hecho de que lucha contra Hay’at Tahrir al-Sham (HTS) –antiguo Frente Al-Nusra, afiliado a Al Qaeda–. HTS es catalogado como terrorista por distintos países y organismos internacionales. No tiene más que 200 miembros activos en una zona habitada por más de 400.000 personas.

La estrategia de bombardeos masivos y aleatorios nunca logrará hacer desaparecer el grupo. Según el periódico libanés The Daily Star, la oposición armada conoce bien la zona y se mueve por una extensa red de túneles. Además, los combatientes están bien entrenados y tienen acceso a víveres, lo que les permitiría sobrevivir en la clandestinidad por meses.

Por otro lado, en Ghouta todavía sigue activa una importante red de grupos civiles organizados, como los Cascos Blancos, grupos de periodismo ciudadano, centros de documentación de violaciones, y grupos de ayuda humanitaria. El comité local sigue funcionando, a pesar de que su sede fue recientemente bombardeada.

La política del régimen, según distintos activistas sirios, parece ser la de causar la mayor destrucción posible para forzar una evacuación de la población hacia la zona de Idlib, en el norte del país. Idlib acoge en este momento a millones de personas oriundas de distintas partes del país, como Alepo, Daraya y otras ciudades, en donde se han hecho acuerdos de evacuación entre los grupos de oposición y el régimen. La situación actual puede durar meses y meses. Todo depende de Rusia. Idlib no tiene capacidad infraestructural para relocalizar a más personas, sin contar con que también sufre constantes bombardeos.

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Ghouta y el inicio de la revolución

En marzo de 2011, unos niños hicieron una pintada en un muro en Daraya, en el sur de Siria, en contra del régimen de Bashar al-Assad. Con esta acción desavisada, empezaban la revolución que se convertiría en el capítulo más dramático de la historia moderna de Siria. Poco tiempo antes, en Egipto, Mubarak renunciaba ante la presión de una insurrección popular de grandes proporciones. En este mismo período, se daban movilizaciones en Túnez, Bahrein y Libia. La primavera árabe, en todo su esplendor, mostraba al mundo su potencial revolucionario.

Casi siete años después, una Siria destrozada agoniza bajo bombardeos diarios y enfrentamientos múltiples que aturden a cualquiera que intente acompañar el conflicto a través de los medios de comunicación. La irracionalidad de una guerra en la que el mundo observa pasivo a un tirano traspasar diariamente todos los límites imaginables de barbaridad y crueldad. Si creemos que hemos visto lo peor en Siria, nos estamos engañando. Assad y Putin siempre pueden ir todavía un paso más allá.

Ghouta Oriental está ubicada a pocos kilómetros del centro de la capital siria y del palacio presidencial. Se encuentra en la periferia de Damasco y, junto a otros barrios como Kabun, Barzeh y Jobar, fue desde el principio uno de los epicentros de la revolución siria. Allí vivían (y siguen viviendo) familias de la clase trabajadora. Gente sencilla, que despierta por la mañana para ir a trabajar y regresa a su casa por la noche, buscando nada más que la tranquilidad del hogar y la compañía de la familia.

Ghouta representa la revolución de forma muy nítida. En los años anteriores a 2011, vivió un crecimiento demográfico notable, recibiendo a decenas de miles de personas de distintos extractos sociales y de varias partes del país, que emigraban a la capital en busca de trabajo y mejores condiciones de vida.

Por una campaña internacional contra el genocidio sirio

Las imágenes transmitidas por los medios de comunicación y que circulan por las redes sociales están generando un gran sentimiento de indignación en varias partes del mundo. Distintas manifestaciones están organizándose en varias ciudades. La solidaridad internacional es grande, pero tiene que hacer frente a varios enemigos.

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Por un lado, las grandes potencias internacionales fingen indignarse ante el genocidio pero no hacen más que discursos para los medios de comunicación. Por el otro, están los grupos vinculados a la “izquierda” estalinista y castro-chavista, que apoyan a Rusia y a Siria, y reproducen el discurso esquizofrénico de que el régimen lucha contra el terrorismo. Por último, las dictaduras árabes también han demostrado que solo piensan en derrotar las revoluciones árabes y mantener inalterable el orden regional.

No obstante, un segmento importante de la sociedad siria en la diáspora sigue activa: documentando los crímenes, denunciando los culpables, presionando a los gobiernos y tribunales, organizando acciones de solidaridad. Una parte de la izquierda y del activismo combativo apoya al pueblo sirio en su lucha contra el mayor de los terroristas de nuestro tiempo, Bashar al-Assad, y sus aliados.