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Este mes de setiembre se cumplen 35 años de las masacres en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, en Beirut Occidental, Líbano. Cerca de 3 mil palestinos fueron asesinados, con extrema crueldad, impactando al mundo. Aún hoy, la herida sigue abierta. En los dos lugares, la memoria de las masacres permanece vívida.

Por Soraya Misleh

Sabra, ahora, es un distrito administrativo, en el que viven más de 12 mil personas. Chatila se mantiene como uno de los 12 campos oficiales en Líbano, registrados en la Agencia de las Naciones Unidas para Asistencia a los Refugiados Palestinos (UNRWA), en la que se encuentran cerca de 450 mil palestinos. De ese total, casi 10 mil viven en Chatila. Establecido en 1949 por la Cruz Roja Internacional -por lo tanto, después de la nakba (catástrofe que representó la creación del Estado de Israel, el 15 de mayo de 1948)-, el campo aún enfrenta graves problemas de saneamiento ambiental, con sistema de alcantarillado precario, refugios húmedos y superpoblación.

Hay solo dos escuelas y un centro de salud. Pobreza, falta de infraestructura y desempleo, sin contar la discriminación, son parte del cotidiano de los palestinos, también en Sabra. Sin los mismos derechos que el resto de la población, son prohibidos de actuar en decenas de profesiones.

La situación de penuria se repite en los demás campos, sea en la propia Palestina ocupada o en los países árabes vecinos. Son más de 5 millones de refugiados registrados en la UNRWA. Hay, incluso, cerca de 1 millón no catastrados en la región, además de miles esparcidos por el mundo.
El genocidio

En 1982, Líbano enfrentaba una guerra civil, con una ola de insatisfacción popular contra la élite dominante. Uno de sus integrantes era Bashir Gemayel, líder de un partido de extrema derecha, denominado “Falange”. Tenía la intención de expulsar a los palestinos de aquel territorio, pues los consideraba “población excedente”. Asumiría la presidencia del país, pero fue asesinado el 14 de septiembre, como consecuencia de la guerra, antes de concluir su intento. Pero, su “solución radical” fue puesta en práctica por sus seguidores luego de su muerte, entre los días 16 y 18, en los campos de Sabra y Chatila, en acuerdo y con la colaboración estricta de Israel, cuyo ministro de Defensa, de la época, era Ariel Sharon. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) ya había sido expulsada, lo que fragmentó y debilitó al movimiento.

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Conforme al historiador palestino Rashid Khalidi, en un artículo titulado “Los Estados Unidos fueron responsables por la masacre de palestinos en 1982”, publicado en The Nation, el 14 de septiembre último, sobre documentos que pasaron a ser públicos recientemente, de los Archivos Oficiales Israelíes, muestran la responsabilidad de los Estados Unidos en las masacres: ellos tenían asegurada la salvaguarda de los campos de refugiados, en el momento del retiro de la OLP. Además, su diplomacia había sido comunicada previamente sobre la matanza que ocurriría en Sabra y Chatila pero, no sólo no intervino, sino que suministró antes las armas para el genocidio. El enviado especial de Estados Unidos, Morris Draper, recibió la información del propio Sharon.

En un baño de sangre, fueron asesinadas a tiros o acuchilladas, principalmente, mujeres, niños y enfermos. El genocidio fue acompañado, incluso, por otros actos de salvajismo, como estupros. La población no tuvo como escapar, ya que Israel no sólo facilitó el ingreso de las tropas libanesas y las entrenó, sino que cercó los campos, impidiendo su evacuación.

Los asesinatos en Sabra y Chatila integran la trágica lista de masacres cometidas contra palestinos por Israel desde 1948, como parte de una limpieza étnica deliberada, que perdura hasta los días actuales. Lo más conocido de ellos acontecieron el 9 de abril de aquel año, en una aldea palestina, llamada Deir Yassin, en la que vivían cerca de 750 personas. Doscientas cincuenta y cuatro fueron asesinadas aquel día, también incluyendo mujeres, niños y enfermos, según el portal de Deir Yassin Remembered.
El mundo se levanta

Las masacres en Sabra y Chatila provocaron, en el mundo, una oleada de indignación hasta entonces sin precedentes en la historia de Palestina. Una movilización, organizada por el movimiento “Paz Ahora”, en Israel, llevó a sus calles a cerca de 400 mil manifestantes. Las protestas se expandieron por todo el globo, incluyendo Brasil, en donde marchas con millares de personas se realizaron para exigir justicia. Como consecuencia, Ariel Sharon, el gran arquitecto del genocidio en Sabra y Chatila, fue responsabilizado indirectamente por las masacres y apartado del cargo de ministro de Defensa. El continuaría, aún por mucho tiempo e cometidas las atrocidades como esas, lo que le valdría el apelativo de “carnicero”, hasta quedar en estado permanente de coma, a comienzos del 2006 y, finalmente, fallece en enero del 2014.

Ante el régimen de apartheid, enfrentado por los palestinos hasta hoy, su llamado es por los boicots a Israel, a los moldes de la acción que ayudaron a poner fin a la segregación de negros en Africa del Sur, durante los años 1990. El gobierno brasileño se convirtió, en los últimos años, en uno de los 5 mayores importadores de tecnología militar de la potencia ocupante, y es el momento de fortalecer la exigencia por la ruptura de esos y otros contratos.

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Con el ojo puesto en la ampliación de ese mercado potencial, no sólo en Brasil, sino en toda América Latina, una semana antes del aniversario de las masacres de Sabra y Chatila, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, estuvo en la región, acompañado de una delegación formada por 30 empresarios. Pasó por Argentina, Colombia y México, siendo recibido con protestas por la extensa trayectoria al servicio de la ocupación y colonización de tierras palestinas. Implicado en crímenes contra la humanidad, como las masacres en Gaza en los últimos años -la mayor de ellas durante 51 días, en el 2014, cuando fueron muertos cerca de 2.200 palestinos, entre los cuales más de 500 fueron niños-, Netanyahu mereció el rechazo de activistas y de la comunidad palestina.

Heredero de Sharon en las políticas contra el pueblo que vive bajo ocupación, está -como todos los demás líderes sionistas-, preocupado con el crecimiento de la campaña del BDS (boicots, desinversión y sanciones), la cual ha sido criminalizada. En la otra punta, el “sionismo de izquierda” -con distinta retórica- también se coloca contra el boicot a Israel, al que, vergonzosamente, hace coro el diputado federal Jean Wyllys (PSOL-RJ). El 14 de septiembre último él compartió, en su página de Facebook, un video del Instituto Brasil-Israel, que reafirma, en su contenido, la oposición a la campaña en cuestión. La producción falaz intenta igualar opresor y oprimido, bajo la falsa propaganda de que el boicot perjudica un posible diálogo y la paz. Omite, sin embargo, que lo que compromete ese camino es la ausencia de una solución justa -solamente posible con la garantía de regreso de los millones de refugiados, a las tierras de donde fueron expulsados, o sea, en un Estado Unico Palestino, laico, libre, democrático y no racista, con derechos iguales a todos y todas los/las que quieran vivir en paz con los palestinos.

La ofensiva al BDS es señal de que ese movimiento ha dado resultado efectivo para aislar política, económica y culturalmente al Estado racista de Israel. De hecho, tal amargura en los últimos tempos, significó una caída del 46% de las inversiones extranjeras. Datos relativos a la economía, en Israel, comprueban la importancia de esa campaña: 25% de la fuerza de trabajo está empleada en la industria militar o de “seguridad” y mitad de la población, comprometida en proyectos relativos a la “defensa”. Del total producido, el 70% se destina a la exportación. O sea, es una economía sustentada por los negocios ligados a la ocupación, ya sea por las potencias imperialistas y por sionistas a nivel mundial -independientemente de la religión, sean judíos o cristianos.

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Un verdadero homenaje a las víctimas de Sabra y Chatila debe fortalecer el llamado a la campaña del BDS, como acción de solidaridad internacional activa. Paralelamente, es menester colocarse al lado de los verdaderos luchadores en el mundo árabe, de modo de combatir a los enemigos de la causa palestina, identificados ya en 1936-1939 por el revolucionario palestino marxista Ghasan Kanafani: el imperialismo/sionismo, los regímenes árabes y la burguesía palestina. Para que cesen las masacres como las que ocurrieron en 1982 en Líbano -cuya amenaza inminente, cerco, ofensivas e, incluso, limpieza étnica, lamentablemente aún hoy son una trágica realidad de los palestinos, que viven en campos de refugiados en el mundo árabe. Es el caso de Siria en este momento, bajo la dictadura sangrienta de Bashar al-Assad, en búsqueda por derrotar la revolución allí iniciada, en el 2011.

Traducción Laura Sánchez