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Gaza es el capítulo explícito de la limpieza étnica en Palestina, que sigue hace más de 71 años, desde la Nakba.

Por: Soraya Misleh, para Carta Capital, 14/11/2019

En solo dos días, 34 palestinos asesinados en Gaza y 111 heridos. Este es el saldo de la nueva ofensiva israelí, que se inició el último 12 de noviembre. Todo comenzó con el lanzamiento de una bomba sobre la casa del dirigente del partido Jihad Islámica, Bahaa Al-Ata, y de su compañera. El ataque que los mató también dejó heridos a los hijos y otros miembros de la familia, además de vecinos. Bajo la ya desgastada retórica de “seguridad” y “defensa” –del ocupante–, la disculpa era que Abu Al-Ata coordinaba el lanzamiento de cohetes a “Israel”.

En verdad, como siempre, la acción planificada tuvo que ver con cálculo político sionista. La crisis interna se expresa y se profundiza –así como la decadencia de ese proyecto colonial ante el mundo–. Desde las segundas elecciones generales israelíes en setiembre último, no consiguieron siquiera formar su “gobierno de unidad nacional” –la primera fue en abril, mismo impasse, que llevó a la repetición del proceso de votación.

Líder del partido Likud, el criminal Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel por una década y responsable por innumerables masacres, es apuntado como “flojo” en relación con Gaza. La reciente ofensiva buscaba responder a ese argumento y mantenerlo en el juego político (lo que puede incluso librarlo de la cárcel, frente a acusaciones de corrupción).

Uno de los que llamaron a Netanyahu de “flojo” es su sucesor como primer ministro, Benny Gantz. A despecho de eso, según el Times of Israel, él habría declarado que esa “crisis” no lo forzaría al gobierno de unidad. Para analistas, en su pretensión de mostrarse el “hombre fuerte”, Netanyahu estaría más interesado en una tercera elección general, que se aproxima. Bombardear Gaza sería parte de esa preparación y campaña para ver si tiene éxito como primer ministro en la nueva tentativa. No obstante, con la mira en los fríos cálculos, declaradamente no pretendía mantener los bombardeos sobre aquellos que desprecia, mata y deshumaniza hace tiempo. Y la Jihad Islámica y el Hamas estuvieron en El Cairo, capital de Egipto, discutiendo acuerdo para el cese del fuego que se puso en vigencia este 14 de noviembre, y que ya demuestra su fragilidad.

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Bombardeos como los vividos por los palestinos ahora tienen incluso otra función. Están intrínsecamente ligados al teste de nuevas tecnologías militares para posterior exportación –destino de 70% de esa producción israelí–. Los palestinos son los conejillos de indias. Lo que los mata sostiene la ocupación sionista criminal. Y gobiernos de todo el mundo son cómplices: cada día, firman nuevos acuerdos para adquisición de esas armas. El Brasil está en el tope de la lista: en los últimos años, se tornó uno de los cinco mayores importadores de esas tecnologías. Y Bolsonaro, representante explícito del sionismo en el sillón del Planalto, está loco por subir nuevos escalones. Los gobiernos estaduales, como el de Wilson Witzel, en Rio de Janeiro, siguen su mal ejemplo: armas israelíes están en manos de los policías que matan pobres y negros en las periferias.

Limpieza étnica

Nada de nuevo. Israel sigue masacrando en Gaza de forma criminal, sea a cuentagotas, sea vía bombardeos masivos, como en 2008-2009, 2012 y 2014, los más intensos entre ellos. Y si no arroja bombas sobre las cabezas de palestinos, mata lentamente: según la propia Organización de las Naciones Unidas (ONU), Gaza puede tornarse inhabitable ya en 2020, frente a la grave crisis humanitaria impuesta por bombardeos frecuentes en medio de un cerco deshumano que ya dura 12 años. Son dos millones en esta prisión a cielo abierto. Apenas cuatro horas de electricidad por día. Noventa y seis por ciento del agua potable contaminada. Mitad de los niños con cuadro de desnutrición crónica. Y desde marzo de 2018, en medio de protestas por el retorno de los refugiados y contra el bloqueo criminal, más de 300 muertos y 30.000 heridos.

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Gaza es el capítulo explícito de la limpieza étnica en Palestina. Que sigue hace más de 71 años, desde la Nakba (la catástrofe con la creación del Estado de Israel el 15 de mayo de 1948). En esta estrecha Franja, 80% de los desplazados internamente –o sea, refugiados dentro de su propia tierra, oriundos de aquellos 800.000 expulsados en la Nakba– es parte de los hoy cinco millones a la espera del retorno.

En estos dos días, la repuesta palestina, obviamente sin el mismo poderío militar, tanto que no hay víctimas israelíes, vino bajo la forma de centenas de cohetes. Vergonzosamente, de acuerdo con el Middle East Monitor, el coordinador especial de la ONU para el Proceso de Paz en Medio Oriente, Nickolay Mladenov, condenó el lanzamiento de estos como “inaceptable”, y no la masacre en Gaza. Muy diferente de la verdadera y urgente solidaridad internacional, que encuentra su expresión entre los oprimidos y explotados de todo el mundo.

Además, los palestinos persisten. Resisten. “Cuando tengamos sed, exprimiremos las piedras. Y comeremos tierra, cuando estemos hambrientos. Pero no nos iremos. Y no seremos avarientos con nuestra sangre. Aquí tenemos un pasado. Y un presente. Aquí está nuestro futuro”, resuenan las palabras del poeta palestino Tawfiq Zayyad.

Artículo publicado en Carta Capital, sección Mundo, 14 de noviembre de 2019.

Traducción: Natalia Estrada.