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Hace pocos días, el presidente estadounidense Donald Trump volvió a poner en vigencia una serie de sanciones comerciales a Irán. Estas sanciones habían sido adoptadas en 2010 por el gobierno de Barack Obama, y suspendidas en 2015 por el propio Obama (con apoyo de la Unión Europea y la ONU).

Por Alejandro Iturbe

Las medidas adoptadas por Obama en 2010 intentaron justificarse con el argumento de que el programa nuclear autónomo que desarrollaba Irán podía conducir a la fabricación de armas de este tipo y, por lo tanto, violaba el Tratado de No Proliferación (TNP). Este tratado fue firmado en 1968 por tres países imperialistas (EEUU, Gran Bretaña, Francia) y la burocracia estalinista gobernante en la URSS y China (que, en esa época, aún eran Estados obreros). El TNP establece que solo esos cinco países podrían tener el estatus de “nación nuclearmente armada” para “preservar la paz mundial”.

Es una política totalmente hipócrita que, bajo el manto de la “desnuclearización militar”, deja el monopolio de este tipo de armas a un pequeño puñado de países y se lo prohíbe a todos los demás, además de otorgar al imperialismo el derecho de controlar cualquier desarrollo nuclear en el mundo, así sea con fines pacíficos. El TNP “miró para otro lado”  cuando India, Pakistán e Israel desarrollaron armas nucleares, pero el imperialismo se consideró con derecho de aplicar sanciones en el caso de Irán y Corea del Norte. En este contexto, en 2010 repudiamos las sanciones a Irán y defendimos el derecho de este país de desarrollar su propio programa nuclear e incluso de construir armas de este tipo. Esto no significaba dar ningún apoyo político al régimen dictatorial de los ayatolás ni dejar de respaldar la lucha de los trabajadores y las masas iraníes contra ese régimen.

En julio de 2015, el llamado “sexteto” (los gobiernos de Estados Unidos, China, Francia, Reino Unido, Rusia y Alemania) negoció con el régimen de los ayatolás la suspensión de las sanciones a cambio de una drástica reducción del programa nuclear iraní y de la aceptación de un “control internacional” sobre él [1]. Ahora Trump retoma las sanciones cuyas primeras medidas intentan bloquear el comercio iraní de maquinaria y, especialmente, las transacciones en divisas extranjeras y moneda nacional que Irán realiza con el exterior. En caso de ser efectivas, serán un golpe muy duro porque, para financiarse, el régimen iraní está emitiendo bonos de deuda externa que coloca en el exterior y, junto con esto, está impulsando un aumento de las inversiones imperialistas en el país.

Sin embargo, la fundamentación que utiliza es diferente de la de Obama: ya no se trata de impedir la fabricación de armas nucleares por parte de Irán sino que “la asfixia económica fuerce a Teherán a retirar su apoyo a grupos terroristas y a retroceder en lo que considera injerencias territoriales” [2]. Nuevamente, repudiamos estas sanciones.

La revolución iraní de 1979

Para entender el significado de estas medidas y las consecuencias que tienen en el plano internacional, es necesario repasar un poco la historia de las relaciones entre el imperialismo e Irán en las últimas décadas.  

En 1979, una poderosa revolución obrera y popular  barrió el régimen dictatorial de Mohamed Reza Pahlevi (sha o rey de Irán), agente incondicional del imperialismo estadounidense. La revolución acabó siendo controlada y congelada por los líderes de la estructura religiosa chita (los ayatolás) que construyeron un régimen político del tipo que Trotsky llamó “bonapartismo sui generis”.

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Es decir, un régimen que expresa sectores de la burguesía nacional de países semicoloniales que, por un lado, tienen roces y enfrentamientos con el imperialismo para defender un espacio económico-político mayor. Por eso, sin exceder los límites del sistema capitalista, adoptan algunas medidas antiimperialistas. Por ejemplo, en 1979 se renacionalizó el petróleo y su producción con el monopolio de la NIOC (siglas en inglés de Compañía Nacional de Petróleo de Irán) que, en la época del Sha estaban bajo control mayoritario de compañías extranjeras. Por el otro, para controlar a las masas y la revolución que los había llevado al poder, a la vez que otorgaban algunas concesiones económico-sociales a las masas, los ayatolás construyeron un régimen dictatorial reaccionario y represivo.

Por su parte, el imperialismo estadounidense estaba en gran medida impotente frente a esta revolución a partir de la situación internacional desfavorable en que había quedado luego de su derrota en la guerra de Vietnam (oficializada en abril de 1975) y su imposibilidad de enfrentarla con una invasión militar o un golpe de Estado sangriento (lo que se llamó el “síndrome de Vietnam”). Por eso, pasó a utilizar otras tácticas más sutiles que hemos denominado “reacción democrática”. Lo cierto es que, en 1979, tuvo que “tragarse el veneno” pero siempre consideró a Irán como una “cuenta pendiente” que, desde entonces, no ha podido cobrarse.

El fracaso de Bush y el “síndrome de Irak”

A partir de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, el gobierno de George W. Bush intentó aplicar un plan para terminar con el “síndrome de Vietnam” y poder volver a la política del “garrote” de invasiones y golpes de Estado en los países cuyos gobiernos no se inclinaban servilmente. Anunció la “guerra contra el terror” contra el “eje del mal” (una lista de países que encabezaba Irán).

Pero consciente de la dificultad militar de atacar primero a Irán, decidió comenzar por los “costados”: el derrocamiento del régimen del talibán, en Afganistán (2001) y el de Saddam Hussein, en Irak (2003). Derrocar esos regímenes fue fácil, pero luego el gobierno de Bush se vio metido, en ambos casos, en una ocupación militar de largo plazo, que enfrentaba poderosas guerras de liberación nacional. Objetivamente, el proyecto de Bush fue derrotado en ambas guerras y así lo reconocieron la mayoría de los analistas políticos burgueses y los propios jefes militares estadounidenses. Surgió así lo que se denominó el “síndrome de Irak”: en vez de lograr terminar con el “síndrome de Vietnam”, la derrota del proyecto Bush había creado uno nuevo, mucho más reciente.

El propio Bush debió adaptarse a esta realidad y desde 2005 la única forma de tener un gobierno central en Irak fue sobre la base de un acuerdo de hecho con el régimen de los ayatolás y su influencia “pacificadora” sobre la burguesía y la mayoría chiíta de la población iraquí. Por efecto de la derrota del proyecto Bush, Irán había pasado de ser el principal país del “eje del mal” a un aliado táctico imprescindible en un Irak que se fragmentaba militar y territorialmente en tres zonas (chiíta, sunita y kurda).

Mientras tanto en Irán

Gracias a la riqueza y a las exportaciones de petróleo, durante casi un cuarto de siglo el régimen de los ayatolás pudo desarrollar, con cierta estabilidad, un modelo económico capitalista bastante autónomo y cerrado, con fuerte peso del Estado, que llegó a controlar el 80% del PIB. Sobre esta base, tiene aspiraciones de “potencia de influencia regional” expresadas en sus acuerdos con el régimen sirio de Assad, el apoyo a la organización chiíta libanesa Hezbollah y otras de países de Medio Oriente. Esas aspiraciones se vieron fortalecidas por el papel central que comenzaba a jugar en Irak. En ese marco, estableció una alianza con el régimen ruso de Putin.

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Sin embargo, esas aspiraciones comenzaron a tener fuertes contradicciones con la situación interna del país. En la última década, la crisis económica internacional agravó los síntomas de agotamiento que ya mostraba el modelo económico capitalista relativamente cerrado. En medio de fuertes pujas entre las distintas alas burguesas que se expresan en la cúpula clerical del régimen, este comenzó a aplicar un plan económico de “apertura”, con privatizaciones y búsqueda de inversiones extranjeras (hoy el control económico del Estado ha descendido a 50% del PIB), endeudamiento externo y fuertes ataques al nivel de vida de las masas y a las conquistas económico-sociales que se habían logrado a partir de la revolución. Las sanciones económicas impuestas por Obama en 2010 obligaron al régimen a acentuar estos ataques.

Esto potenció la lucha de los trabajadores y las masas contra el régimen, que combina diversos procesos: entre ellos, la lucha de nacionalidades oprimidas (como los kurdos o los baluchis), la lucha de los trabajadores contra los ajustes, y la de las mujeres contra la terrible opresión que sufren bajo un régimen clerical muy reaccionario [3]. Algunos analistas consideran que Irán marcha hacia una situación similar a la de Venezuela [4].   

La política de Obama

Retrocedamos un poco en el tiempo y volvamos a las sanciones de 2010. El gobierno Obama tenía que enfrentar la situación  que le había dejado Bush y, entonces, hizo explícita y profundizó la política que ya se había visto obligado a aplicar en 2005: negociar con Irán. La estrategia de Obama era integrar de modo definitivo el régimen iraní al “orden mundial”.

Para eso, había que darle un cierto espacio político y económico y, a la vez, aprovechar las buenas oportunidades de negocios que se abrían en el país. En el marco de esa estrategia de negociación, Obama se endurece con las sanciones para recortar ese espacio, especialmente el de un posible desarrollo militar autónomo de cierto poder nuclear.

Jaqueado por la situación política y económica interna, y apremiado por la necesidad de inversiones y financiamiento externo, el régimen iraní “baja el copete” y acepta las condiciones impuestas por Obama y el imperialismo. Eso lleva al acuerdo firmado en 2015 y al levantamiento de las sanciones.

De repente, Donald

En el medio de ese cuadro, Donald Trump llega, de modo un tanto inesperado, a la presidencia de los Estados Unidos y comienza a modificar muchas de las políticas implementadas por Obama en el terreno político y económico. Entre ellas, la estrategia negociadora hacia Irán y el régimen de los ayatolás, reemplazándola por la vuelta a las sanciones.

Lo hace con todo el poder que le otorga ser el presidente de Estados Unidos y con la misma aspiración que Bush: volver a una situación en que la voz del imperialismo estadounidense sea incontestable. Pero choca contra dos elementos centrales combinados de la realidad. El primero y principal es el “síndrome de Irak” y la debilidad relativa que esto le impone para las acciones militares. Por eso, muchas veces va y viene con sus amenazas como ocurrió con Corea del Norte.

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El segundo es que muchas de sus propuestas y acciones (en el plano político como en el económico) chocan contra los intereses económicos y las políticas de sectores muy importantes de la burguesía estadounidense y de las de otros países imperialistas. Acaba así actuando como un “elefante en un bazar” resquebrajando cada vez más el frente imperialista. Así ocurrió, por ejemplo, con las trabas impositivas a la importación de productos chinos o en la última reunión del G7, donde acabó peleado con todos los otros gobiernos imperialistas.

Lo mismo sucede con estas sanciones a Irán. El partido demócrata de EEUU ya lo ha criticado a través de Brett Bruen, un diplomático  responsable de la “comunicación global” de la Casa Blanca en la época de Obama, quien considera que “EEUU pagará un ‘alto precio’ por la pérdida de credibilidad al retirarse del acuerdo [nuclear con Irán] […] Es una apuesta peligrosa. Washington está en general actuando solo y sin mucha planificación” [5].

Lo mismo sucede en el caso europeo. Varias empresas de primer nivel, como la alemana Volkswagen, la petrolera Total y la automotriz Renault (que tienen inversiones o proyectos en Irán) ya se han expedido públicamente contra las medidas de Trump, que las afecta directamente. En el caso de la petrolera, la imposibilidad de importar equipos le impedirá participar de la explotación del yacimiento gasífero de South Pars, mientras que la VW y la Renault (asociada a la empresa local Iran Khodro) tendrán dificultades en la importación de piezas. Otro afectado será el gigante europeo Airbus, que no podrá cumplir un contrato de venta de aviones de más de 20.000 millones de dólares [6].

Estas consecuencias, que generan choques en el terreno económico entre las potencias imperialistas y Trump, no son las únicas. Sus medidas solo conseguirán echar más fuego a la situación interna iraní y a la posibilidad de que un estallido revolucionario derribe el régimen de los ayatolás. Es decir, en lugar de ayudar a disminuir la temperatura de una región que ya vive una situación explosiva, las medidas de Trump pueden contribuir a generar una nueva explosión.

Notas:

[1]https://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/01/160116_iran_eeuu_prisioneros_acuerdo_nuclear_sanciones_ab

[2] https://elpais.com/internacional/2018/08/06/estados_unidos/1533580191_967832.html

[3] Ver, por ejemplo: https://litci.org/es/menu/mundo/medio-oriente/iran/protestas-iran-2017-cambiando-la-historia-la-resistencia-popular-irani/  y

https://litci.org/es/menu/mundo/medio-oriente/iran/la-lucha-las-mujeres-iran/

[4] https://www.infobae.com/opinion/2018/06/27/la-crisis-economica-y-politica-en-iran/

[5] https://elpais.com/internacional/2018/08/06/estados_unidos/1533580191_967832.html

[6]http://www.elmundo.es/economia/macroeconomia/2018/08/06/5b672fffca474155158b4594.html